La mujer de la Gavina


 Però Perseu matà el monstre i Andròmeda li fou lliurada com a esposa. Així acaba aquesta història i no d’una altra manera, perquè aquest relat ens parla, en realitat, d’unes creences profundament arrelades en el si de la cultura occidental: només aquell capaç de vèncer les seves pors (l’heroi) obtindrà la mà de la filla del rei.

“La Hija del rey es el símbolo de la protección inesperada, de la virgen-madre; es aquella cuya pureza desinteresada viene a socorrer al hombre amenazado por las aguas. Es la faz propicia del agua, siendo la otra faz la del agua que engulle. Pertenece a las aguas superiores que Dios separa en el origen de las aguas inferiores. Es el agua salvadora, el aspecto tranquilizador de la madre.”

Dies in sorrow

When all the laughter dies in sorrow
And the tears have risen to a flood
When all the wars have found a cause
In human wisdom and in blood
Do you think they’ll cry in sadness
Do you think the eye will blink
Do you think they’ll curse the madness
Do you even think they’ll think

When all the great galactic systems
Sigh to a frozen halt in space
Do you think there will be some remnant
Of beauty of the human race
Do you think there will be a vestige
Or a sniffle or a cosmic tear
Do you think a greater thinking thing
Will give a damn that man was here

 

El violonchelo y la vida.

En la foto Jacqueline du Pré y Barenboim.

Hay momentos en que ocurre algo magnífico, delante de un buen número de personas, algo como por ejemplo una interpretación musical sublime, y todo se conjuga para que lo recién ocurrido, ese pasajero momento de perfección, se convierta en una leyenda. Pero eso no es la vida, es solo un espejismo, real, y peligroso, porque su acontecer parece siempre parte de un pasado no lejano, sino al margen de todos los tiempos. En 1965, una jovencísima violonchelista de 20 años, Jacqueline du Pré, grabó junto a la Orquesta Sinfónica de Londrés, bajo la batuta de John Barbirolli, el Concierto para violonchelo de Edward Elgar, una obra apenas conocida que había caído en desgracia desde su nefasto estreno en 1919. La grabación de Barbirolli con du Pré para EMI fue uno de esos momentos mágicos en que todo lo importante parece resolverse a la perfección. Por lo visto, desde las primeras tomas de la grabación el sentimiento y la pericia técnica de la casi aún niña prodigio hizo que se corriera la voz por el estudio y alrededores, entre críticos y otros músicos y estudiantes, de que estaba teniendo lugar un suceso genial. A la vuelta de un descanso, du Pré y compañía se sorprendieron ante la avalancha de curiosos que querían presenciar las sesiones de grabación. Después de aquello, el concierto de Elgar se convirtió en una de las obra capitales del repertorio para violonchelo solo. Y la angelical y entusiasta Jacqueline du Pré en un fenómeno de masas, que comenzaría a recorrer el mundo con la vitola de la mejor chelista del mundo. Pero eso no era la vida, era solo un espejismo, algo real y peligroso, no un material de recuerdo sino de leyenda. La vida era otra cosa y estaba por llegar, terrible, a la vuelta de la esquina.

Todo indicaba que la carrera de Jacqueline du Pré iba a dominar lo que quedaba de siglo, constituyéndose como una de las figuras indiscutibles de la Historia de la música. Sin embargo, con solo 28 años, se retiró definitivamente de la interpretación. En 1971 se alerta porque siente que pierde sensibilidad en los dedos. Eran los síntomas de una de las enfermedades más crueles —especialmente en su caso—, la esclerosis múltiple. En febrero de 1973 subió a un escenario por última vez, en Nueva York, acompañada de Bernstein y de su amigo el violinista Pinchas Zukerman. Catorce años después, cuando tenía 42, moría en Londres, acompañada de sus más íntimos, entre los que estaba su aún marido —aunque ya por entonces separados— Daniel Barenboim.

La imagen de Jacqueline era cautivadora al violonchelo, junto a la intensidad de su interpretación del más intenso de los instrumentos, socavaba cualquier sensibilidad, por blindada que se presentara. Lo hay nada mas sexual en el mundo que una mujer tocando un violonchelo. La trágica fugacidad de su carrera intensifica mitológicamente la escucha de sus grabaciones. Fue una estrella musical que aparecía a ciertas horas de madurez del cielo en el firmamento donde cegaban la vista los jóvenes airados y despreocupados del pop inglés, los Rolling y los Beatles, eran los 60. Y terminó convertida en una estrella fugaz.  En apenas una década de carrera profesional se colocó junto a los grandes del cello, como sus maestros Rostropóvich y Casals. Elgar, por supuesto, no fue su único momento de grandeza, sobresaliendo también con Schumann, Beethoven y, sobre todo, con Brahms.

Sin embargo, es Elgar la mejor muestra que nos ofrece integralmente a la artista, permitiendo conocerla y comprenderla en una variada concatenación de historias alrededor de la obra y de ella. La más gráfica de todas no es la de los días de grabación de 1965, sino cuando interpretó las sutiles y elocuentes notas de Elgar al compás de la batuta, o casi de la mirada, de Daniel Barenboim, con quien se había casado en 1967. Las filmaciones del documentalista Christopher Nupen captaron la compenetración entre el director y la solista, el juego de miradas enamoradas de dos jóvenes talentos antes de encontrarse en las ondas sonoras que ponían en movimiento sus voluntades puestas de acuerdo. En tales imágenes se percibe ese no se qué mágico que individualiza con un alma una interpretación musical. 

Edward Elgar había sido un reconocido compositor a finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, pero había caído en cierta desgracia a partir de los años 20, el estilo de sus últimas composiciones había pasado de moda, y no ayudó el estreno en 1919 de la última de ellas, precisamente, el Concierto para violonchelo. El día del concierto inaugural de la temporada de la Sinfónica de Londrés, la interpretación del Concierto se saldó con uno de los bochornos más memorables hasta la fecha, consecuencia, por lo visto, de falta de ensayo. El caso es que entre los chelos de aquella orquesta se encontraba Barbirolli, por entonces un joven intérprete que contaba 20 años. No deja de resultar comprensible lo conmovido que se halló, casi medio siglo después, enfrentado de nuevo al mismo concierto de Elgar, pero ya como un anciano director, cuando vio a una joven de aspecto angelical, de la misma edad que él tenía cuando se hundió con la Sinfonica de Londrés y Elgar allá por 1919, haciendo justicia a aquella bella composición que había sido olvidada por una serie de azares infortunados, de los que marcan el camino en la vida.

Jacqueline du Pré pasó sus últimos años sin poder tocar, pero dedicándose a la enseñanza. Transmitiendo, quizás, historias como las que la unieron a Edward Elgar —que había muerto antes de que ella naciera— o a John Barbirolli —que encontró una redención para Elgar gracias a ella—, historias como la que la unió a Daniel Barenboim, y enseñando la técnica para aprender a mirarse con los ojos cerrados y encontrarse con alguien en un mismo sonido.

Al fin llegaste Tú para mecer el cadáver de mi Alma


“Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

Lucas 23:43, Nuevo Testamento. 


“She said you are the perfect stranger she said baby let’s keep it like this
It’s just a cake walk twisting baby step right up and say
Hey mister give me two give me two cos any two can play 
And the big wheel keep on turning neon burning up above
And I’m just high on the world
Come on and take a low ride with me girl
On the tunnel of love “

 
“The tunnel of love” Dire Straits
 
 
Me miraste a los ojos, eras hermosa.
(aún se preguntan los allí  presentes como fui capaz de no agachar mi cabeza perdida)
Dijiste: ” Soy el Mar, sácame de este Planeta”.
Yo siempre creí ser un vertedero.
¿ Cómo saber si esto es real un sueño?.
Decidí intentarlo.
 
Nos emborrachamos de verano en Nuevo York
con Claro de Luna de Debussy fuera de lugar meciéndose
en nuestro ansioso sudor mientras hacíamos el amor. 
Un mutuo “te quiero” al despertar y volvíamos a estar rendidos al opio del amor.
 
Nos sentimos, viento limpio y enamorado, ahora en La Habana,
estampaste el Plymouth 1946 borracha como una cuba, 
discutimos y no hicimos el amor,
despertar y otro te quiero,
Erik Satie Gymnopedie 1;
volamos a Lisboa, 
Alfama y gingiha,
de praça de comerçio a praça da figueria
baje 19 y días 500 noches a pillar “1/2 de coca”,
encerrados en nuestra cama,
escuchamos a mil revoluciones “Diario de un peatón”,
nos prometimos no acabar como Henrika y Rimbaud,
en la pared dibujamos un corazón
hecho con sangre, nuestros pasados y miedos;
juro que nos amamos como nadie jamás se amo,
nos perdimos dos noches en Sintra,
juntos de la mano escribimos muchas estrofas 
que ahora estarán susurrándose otros amantes.
 
Desperté durmiendo en la calle, en mi barrio,
un mes después. Creo que te perdí.
Café, y prensa… 
” Muere chica en Cracovia congelada 
por intoxicación etílica de Soplica”.
 
Me senté dónde solía con mi perrito,
y esnifé  las estrellas con la esperanza de encontrarte.
En la paz ingrávida me sentí,
me mecías en tu pecho,
me cogiste de tu mano,
Leopoldo me susurró al oído:
” No dejes escapar una oportunidad así, 
no sueltes su mano y dile:
” Al fin llegaste Tú para mecer el cadáver de mi Alma”.
 
Seguí su consejo. 
Y allí nos quedamos para siempre.
Fuera de este planeta.
Sin dolor, sin cuerpo.
Amándonos.
En paz. 
 
* En la imagen, el poeta Leopoldo María Panero. 

El genio del mal.

 

Angels are bright still, though the brightest fell. –William Shakespeare

Como no era admisible una representación tan hermosa de Lucifer, la escultura fue desechada y reemplazada en 1848. Curiosamente, la nueva pieza también desbordaba inusitada belleza. Pero quizá ya era demasiado condenarla de nuevo, así que no corrió el mismo fin que su predecesora y ahí permanece hasta hoy, en la catedral de Lieja, en Bélgica. Catedral dedicada a San Pablo, este radiante recinto gótico está ornamentado, como suele ocurrir con las catedrales de aquella época, con un alegórico desfile de arte sacro, vitrales y figuras de santos. Sólo que a diferencia de otras, la de Lieja incluye un habitante que destaca por su atormentada hermosura. Se trata de El genio del mal (Le génie du mal), título que dio a esta representación luciferina su autor, el escultor belga Guillaume Geefs.

Suponemos que la razón de comisionar una escultura de Lucifer, para alojarla dentro de una catedral, era aprovechar su sufrimiento, luego de su abismal caída, como recordatorio a favor de la continencia y la sumisión. De ahí lo problemático que resultaba que la pieza fulgurara con tal hermosura, y terminara indirectamente elogiando la incontinencia.

Apenas unos cuantos detalles, aunque de simbolismo tajante, diferencian a la apolínea figura moldeada en mármol de aquellos seres que, en contraste, gozan del favor de Dios. Su tobillo derecho está abrazado por un grillete que lo encadena al suelo. Cerca de su pie, cuyos dedos evidencian uñas puntiagudas, yace una manzana mordida junto a un cetro truncado –mismo que termina en un motivo astral, refiriendo a la relación entre Lucifer y la “estrella de la mañana”. Las alas presumen una anatomía animalesca, similares a las de gárgolas o murciélagos. Finalmente, un par de cuernos asoma entre su cabello, alusión a la fisiología de Satán pero que también fue un recurso empleado en la tradición icono-religiosa para indicar puntos o rayos de luz.

En la figura de Lucifer convergen un sinnúmero de facetas arquetípicas, mixtura que incluye, entre otras sustancias originarias, la rebeldía y la transgresión, la terrenalización de lo divino, el abismo, el castigo, la luz original y la belleza del misterio.

Se trata de un personaje en esencia “encandilante” –a fin de cuentas su nombre significa “el portador de luz”– y la pieza de Lieja, su mármol blanco impoluto y plausible anatomía, el encanto que en síntesis irradia trasciende credos o morales, mitos y leyendas, asunciones y caídas…

Nunca quise…

Nunca quise enamorarme
de quien pudiera decir mi nombre
sin que le tiemble el pulso en ese momento
en el que dicha y pesar le ganen los labios.

Nunca quise ser de nadie que no supiese
ser holocausto virginal de mínima humanidad,
ni entregarme a la pequeñez de una pasión exagerada
que se borra con un viaje y un “¡déjame en paz!”.

Quise la prenda que se teje día a día,
llegar perdiendo y terminar ganando;
quise salir del frío para entrar a ese territorio
donde lo cálido del amparo roza el infierno del abismo.

Tanto quise, allá por lo sincero
que llevo el mañana sellado en la frente,
y hay un suspiro de otras horas que yo siento es tuyo
que me hace menos solo, casi de piel
y hasta puedo decirte, si me propongo.

Nunca quise enamorarme
y conseguír cosas profundas,
querer de un modo semejante a mi mirada
ser correspondido a la manera de mi boca,
y vivir la constancia de una compañía

Sin amor

“Sin amor” (Нелюбовь)) puede concluir como un canto de amor.

El filme del realizador por Andrey Zvyagintsev te muestra sin dobleces que le sucede a un individuo, a una familia, a una sociedad cuando prescinde del amor como proyecto de existencia y la sustituye por la ausencia de sentimientos o por valores superficiales motivos de angustia y desasosiego.

La trama es desoladora (como la puesta en escena de una Rusia de periferia, gris, postsocialista y precapitalista) la desaparición de un adolescente que vive en una familia disfuncional. Sus padres Boris (Aleksey Rozin) y Zhenya (Maryana Spivak) han perdido no solo su condición paternal, ya no saben quienes son…

El realizador hace un lento y desesperante recorrido por la fractura de unos individuos que se mueven como fantasmas, que se desenvuelven como seres alados arrojados a una realidad que les impone el peor de los crímenes: vivir sin amor. Tres generaciones que se miran y no se reconocen.

Al final la desaparición del adolescente funciona como una metáfora. Esa cinta de colores pasteles desteñidos que cuelga del árbol seco por el invierno…

Un filme devastador. Una gran película.