
Acaba de morir Tzvetan Todorov el pensador francés de origen búlgaro. Una perdida irreparable para un mundo en confusión. Especialista en cuestiones de memoria histórica se mostró fascinado por la figura del insurgente, a quien dedicó su último ensayo publicado, Insumisos (Galaxia Gutenberg), una galería de retratos de personajes históricos que supieron oponerse al poder, de Boris Pasternak a Edward Snowden, pasando por la étnologa francesa Germaine Tillion, figura de la resistencia contra los nazis, con quien intimó poco antes de su muerte en 2008. Todorov presidía la asociación que lleva su nombre. “Hay formas de comportarse con dignidad moral incluso en circunstancias extremas”, explicó a este periódico el año pasado. Otra de sus pasiones fue la relación entre la pintura y el pensamiento. Analizó la obra de Vermeer, Rembrandt y Goya. Un ensayo todavía inédito sobre esta cuestión, Le triomphe de l’artiste, será publicado en marzo en Francia. Será el testamento de este pensador, profesor en universidades como Columbia, Harvard y Yale, doctor honoris causa por la Universidad de Lieja y premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2008 por representar “el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia”, según el jurado.
La experiencia del exilio durante su juventud le convirtió en un militante infatigable contra los totalitarismos y en un crítico feroz respecto a las atrocidades cometidas en nombre de la utopía revolucionaria, como reflejó en La experiencia totalitaria (2010). Se opuso también la doctrina ultra liberal, que le parecía igual de inhumana, y abogó a menudo por la búsqueda de terceras vías. Durante los setenta apoyó la intervención estadounidense en Vietnam, pero no la segunda guerra de Irak. “El derecho de injerencia es un concepto peligroso, que puede ser utilizado para justificar cualquier agresión, como lo fue el concepto de civilización en tiempos de las guerras coloniales”, escribió en Le Nouvel Observateur en 2004. La única excepción, para Todorov, llegaba en caso de genocidio. “Cuando sucede, hay que hacer todo lo posible para detenerlo”, sostuvo. Todorov estuvo casado entre 1981 y 2014 con la escritora canadiense Nancy Huston, con quien formó una pareja que fue toda una institución de la vida intelectual francesa.
El crecer bajo el cielo del plomo del comunismo hizo que Todorov mantuviese hasta el final una aversión al tutelaje, al paternalismo, a las banderas y los chek points mentales. Pero más aún a esa actitud dañina como un cepo que podría resumirse en una frase dudosa: «Esto es por tu bien». Contra ese chantaje también braceó sin fatiga el pensador búlgaro. Y contra el nacionalismo. Y contra la venganza histórica. Reivindicó, sobre todo, la memoria porque es necesaria, pero no suficiente. «No me reconozco al 100% en la sociedad en la que vivo. Digamos que me siento algo extranjero. Lo que para un europeo nativo es lógico, en mí se construye desde el conflicto de comparar dos mundos muy distintos y ambos imperfectos».
Eso era Todorov: horizonte y nunca frontera.




