Alejandra Sangrienta.

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Una de las grandes mujeres de las artes es Alejandra Pizarnik.

Hija de emigrantes judíos de nacionalidad rusa, nacida en la Argentina,  representante de ese surrealismo poético tan característico del país austral. Alejandra fue una mujer atormentada desde su temprana infancia, sus obsesiones con la belleza corporal, la autopercepción de su cuerpo, su extrema y extraña sensibilidad, la llevaron a ser fármaco dependiente desde la adolescencia, padeció insomnio, euforia y depresión, tendencias suicidas.

Lectora voraz, psicoanalista, escritora única, de una poética exaltada y una visión muy personal de la feminidad, de la literatura, de las relaciones personales y la vida. Vida que se quitó al ingerir una dosis mortal de seconal, contaba con 36 años.

Pizarnik habla de dolor, de la soledad, de los moralmente indefensos, de las llamas:

Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.

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Alejandra habla de los hombres, de los lobos, del amor desterrado y la nada, Alejandra Pizarnik habla del olvido, de la muerte, del silencio:

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.
hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió
enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos
así volverá tu amado
tan amado oyes la demente sirena
que lo robó el barco
con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú
te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto
tanto desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!
 
 
 

*

Sombras de los días a venir

a Ivonne A. Bordelois  

Mañana  me vestirán con cenizas al alba, 

me llenarán la boca de flores, 

Aprenderé a dormir  en la memoria de un muro, 

en la respiración  de un animal que sueña.

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Portadora de unos grandes ojos negros, una insinuante sonrisa, un rostro intrigante y una desbordada imaginación, su vida y obra fue influida por Rimbaud y Mallarme, por los surrealistas, el psicoanálisis y una búsqueda incesante de nuevas caminos formales en la literatura.

Unos amigos me hablaron hace unos meses de una edición de su “novela” “La Condesa Sangrienta” editado por Libros del Zorro Rojo y con ilustraciones de Santiago Caruso. Fieles que son uno de ellos me envió el libro por correo. Un libro gastado de apenas sesenta páginas, edición de lujo con ilustraciones donde la inquietud del sadismo y la locura se topan de página en página con la literatura de una Alejandra desbordada de in-sanidad.

La condesa de su libro es el personaje histórico Erzsébet Batory, la Dama de Csejthe, un símbolo del mal absoluto, los limites últimos del horror. La vida supera todo arte.

Con “La Condesa sangrienta” Alejandra Pizarnik elaboró un retrato perturbador del poder, el sadismo y la demencia. Su lectura hiere nuestra condición humana a niveles inconscientes, es un libro perturbador y desgarrador pero al mismo tiempo sublime pues nos habla de seres que están en los límites de la comprensión humana. Como la propia Alejandra Pizarnik.

“Ella es una prueba más que la libertad absoluta en la criatura humana es algo horrible”.

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Notas

Alejandra entre 1960 y 1964 se instaló en París y ahí colaboró con distintas revistas y diarios. De esa época procede su amistad con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, quien prologó su cuarto poemario, titulado El árbol de Diana (1962). En 1964 regresó a Buenos Aires y publicó sus obras más conocidas: Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971). Desde 1954 en adelante, Pizarnik fue redactando un diario que la acompañó hasta los últimos días de su vida. En 1972, a la edad de treinta y seis años, decidió morir en la misma ciudad donde había nacido.

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