La agonía del catolicismo.

La agonía del catolicismo

por Rafael Narbona

Revista de Libros

¿Se puede ser católico en el siglo XXI sin desafiar a la razón y agraviar a los que aún hoy sufren los prejuicios de la iglesia, particularmente los hombres y mujeres que reivindican su legítima autonomía para vivir libremente su sexualidad o afrontar experiencias tan decisivas como la paternidad o la muerte? Las reformas del papa Francisco no se han caracterizado por su radicalismo, pero incluso los más tímidos cambios han suscitado el rechazo de los obispos que añoran la santa intransigencia de otras épocas, cuando el altar y el trono mantenían una estrecha alianza para disfrutar de un poder absoluto. El espíritu regresivo de ciertos prelados y de algunos movimientos eclesiales está provocando que el catolicismo –particularmente en España− se reduzca a una numantina oposición al aborto, la eutanasia, la homosexualidad y el preservativo. Este mensaje sólo puede seducir a los sectores más intolerantes de la sociedad. No es extraño que algunos obispos confraternicen con la ultraderecha, recobrando de forma más o menos velada el discurso del nacionalcatolicismo. Todo esto explica que las parroquias cada vez disfruten de menor poder de convocatoria. Sólo hace falta asomarse a las misas que se celebran a diario para descubrir un menguante número de feligreses, limitándose a cumplir con unos ritos mecánicos y de dudoso valor espiritual.

¿Qué habría sucedido si los cambios impulsados por Juan XXIII hubieran fructificado y no hubiesen sufrido el boicot de Juan Pablo II, que combatió sin tregua a los teólogos reformistas −como Hans Küng,  Leonardo Boff o Jon Sobrino−, mientras proporcionaba toda clase de privilegios a las organizaciones integristas? ¿Qué habría pasado si el papa polaco no hubiera arrebatado al padre Pedro Arrupe el liderazgo de la Compañía de Jesús, que en el documento elaborado en 1975 tras la XXXII Congregación General advertía: «Es absolutamente impensable que la Compañía pueda promover eficazmente en todas partes la justicia y la dignidad humana si la mejor parte de su apostolado se identifica con los ricos y poderosos o se funda en la seguridad de la propiedad, de la ciencia o del poder»? En América Latina, los jesuitas que asumieron este planteamiento sufrieron las iras de las oligarquías. Los padres Rutilio Grande e Ignacio Ellacuría fueron asesinados por el ejército salvadoreño, acusados falsamente de colaborar con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Ni Juan Pablo II ni Benedicto XVI concedieron ninguna clase de reconocimiento a los dos jesuitas (ni a otros sacerdotes que corrieron la misma suerte), lo cual no impidió vertiginosas beatificaciones y canonizaciones de religiosos con una trayectoria mucho menos ejemplar, o incluso con preocupantes sombras.

En su semblanza sobre Juan XXIII, Hannah Arendt citaba la perplejidad de una humilde mujer romana, que le comentó mientras agonizaba el pontífice: «Señora, este papa era auténtico cristiano. ¿Cómo era posible tal cosa? ¿Cómo pudo ocurrir que un verdadero cristiano se sentara en la silla de san Pedro?» La pensadora judía señalaba en su retrato que todos los testimonios sobre Juan XXIII «muestran la completa independencia que proviene de un auténtico desprendimiento respecto de las cosas de este mundo, de esa espléndida libertad respecto al prejuicio y la conveniencia, que a menudo podía dar lugar a una agudeza casi voltairiana». Arendt añade que la Iglesia, desde la Contrarreforma, estaba más preocupada «por mantener la creencia en los dogmas que por la simplicidad de la fe, [por lo cual] no dejaba que a la carrera eclesiástica accedieran hombres que se tomasen al pie de la letra la invitación “Sígueme”» (Hombres en tiempos de oscuridad. Angelo Giuseppe Roncalli. Un cristiano en la silla de san Pedro, 1958-1963, trad. de Claudia Ferrari y Agustín Serrano de Haro, Barcelona, Gedisa, 2001). Juan XXIII, que sí tomó al pie de la letra la invitación evangélica, quiso actualizar el mensaje cristiano, abrirlo a la totalidad de los hombres y promover el compromiso por un mundo más equitativo, pero Juan Pablo II frenó esa tendencia, restableciendo la prioridad del dogma eclesial. El Jesús del catecismo no es el Cristo vivo. El «Cristo vivo –aclara Hans Küng en Ser cristiano (trad. de José María Bravo Navalpotro, Madrid, Trotta, 1986)− no invita a una adoración sin más ni a una unión mística. Tampoco invita a una copia servil, sino a una imitación práctica y personal». Y, ¿en qué consiste esa imitación práctica y personal? Según Küng, en «la identificación con los débiles, los enfermos, los pobres, los desheredados, los oprimidos y los moralmente fracasados; [en] el perdón sin límite, el servicio mutuo sin consideraciones jerárquicas, la renuncia sin contrapartida; [en] la supresión de fronteras entre compañeros y no compañeros, próximos y extraños, buenos y malos, en aras de un amor que no excluye ni siquiera al adversario y enemigo». Ese amor no es un vacuo y retórico sentimentalismo, sino «un estar alerta, con apertura y disponibilidad, en el marco de una actitud creadora, de una fantasía fecunda y de una acción que sabe amoldarse a cada caso y situación».

No debe confundirse el compromiso cristiano con la praxis revolucionaria de ninguna ideología, incluido el marxismo. La violencia sólo agrava los problemas, pues siempre produce una reacción que desemboca en una confrontación cada vez más cruel. Las revoluciones que se imponen con las armas siempre engendran nuevos cuadros de opresión. La historia nos proporciona infinidad de ejemplos. El totalitarismo puede ser de derechas o de izquierdas, pero sus diferencias ideológicas acaban difuminándose hasta converger en un despotismo brutal. Es perfectamente comprensible que los soviéticos aprovecharan los antiguos campos de concentración nazis para recluir a sus adversarios. La iglesia católica, heredera del antiguo Imperio Romano, ha caracterizado a Dios como un monarca absoluto, pero –como subraya Küng− el Dios cristiano «es el buen Dios […] que no pide, sino que da; que no humilla, sino que levanta; que no hiere, sino que cura». Entiendo que a Peter Watson le horrorice la perspectiva de un universo gobernado por un Dios omnipotente con el poder de salvar o condenar eternamente, pero no creo que ése sea el verdadero Dios cristiano. La teóloga Uta Ranke-Heinemann, excomulgada por el Vaticano en 1987 por cuestionar el nacimiento virginal de Jesús, especuló que tal vez el rasgo esencial del Dios cristiano no es la omnipotencia, sino la misericordia, quizás algo decepcionante para una Iglesia con prerrogativas de Estado. Desde mi punto de vista, la especulación sobre la existencia de Dios no es un anacronismo, sino una necesidad impuesta por carácter problemático de lo real. Los últimos interrogantes sobre la condición de posibilidad del ser plantean ineludibles dudas sobre el origen, la finalidad y el significado del cosmos. Sartre y Camus, enemistados en lo político, coinciden en lo metafísico, afirmando que un universo que fluye ciegamente y sin propósito no deja otras alternativas que la náusea y la angustia. Si el fondo último del ser es lo absurdo y la perfecta gratuidad, la conciencia está condenada a debatirse con la desesperación, cayendo en muchos casos en el nihilismo existencial. Puede celebrarse el instante, circunscribir la dicha al momento, afirmar un saber trágico que sólo reconoce «episódicos y radiantes brotes de gozo» (George Santayana), pero nada de eso podrá evitar la desolación y la impotencia que nos produce la muerte, especialmente cuando no es un pensamiento lejano, sino una pérdida y un vacío inminentes.

La fe es una opción, pero debe ser una opción adulta, meditada y abierta a la duda, pues, de lo contrario, se convierte en dogma o, lo que es peor, superstición. El hombre continuará interrogándose sobre su finitud y la posibilidad de lo infinito, pero el catolicismo dejará de proporcionar respuestas razonables si prosigue su deriva hacia el dogmatismo intransigente. La esperanza sembrada por el Concilio Vaticano II, incluso entre los escépticos y los no creyentes, se ha apagado o debilitado con los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, alejando de la iglesia católica a los espíritus más libres y críticos. No ha vuelto a surgir un teólogo de la altura de Karl Rahner, pero, en cambio, proliferan los fundamentalismos clericales. De hecho, un presbítero español de sotana y sombrero de teja escribe sin descanso manuales de exorcismos y demonología, imitando los «antiguos tratados escolásticos». El catolicismo agoniza y podría degenerar en simple secta. Suele ser la fase final de las tradiciones malogradas. El autobús naranja que ha circulado por Madrid estas últimas semanas con unas frases grotescas y ofensivas no es algo anecdótico, sino un preocupante síntoma de decadencia. El cristianismo es una buena nueva que convierte la desesperación en esperanza. El odio, en cambio, no produce nada, salvo desesperanza.

Tiburones, cisnes y un patito feo.

Te has imaginado poner en tu bañera un Tiburón, un Cisne y un Patito Feo. Eso lo imaginó Alberto Ferreras en su novela “B de Bella”. Una lectura para descubrir que ocurre cuando todo parece estar condenado al aburrimiento.

Pues que aburridos y pedantes solemos ser los humanos. Joder, como decía mi tío Rodrigo cuando se tomaba sus tragos de aguardiente seco. Pero, Joder…

Y, eso es lo que hacen precisamente el patito feo, el cisne y el tiburón, joder con “j”. Perdón quise decir los cisnes y los tiburones en plural y el patito feo en singular, lo que quiere decir que en vez de un trio te puedes montar una orgía. Y, han visto algo más aburrido que una orgía, uno suele perder la concentración. Y hasta el interés demasiado peligro, demasiada incertidumbre.

B, o Bella, es una chica inteligente y por supuesto bella. Pero que tiene una autoestima muy baja. Hasta que un día…conoce a un cisne, un tiburón y un patito feo y descubre su verdad en la vida…“Y, pensar que este cuerpo que yo tanto odiaba puede alimentar a un ser querido”.

Rostro de la paciencia.

Rostro de la paciencia. Que descubre las brisas de los sagrados pasadizos. El rostro de la espera que encierra todo momento de quietud, el tenue segundo que está por llegar, las máscaras de los rostros que nunca fueron como aquellas espigas de azucenas o aquellas carretas semejantes a agujeros de aguas o mares violetas tiradas por dioses polvorientos. Viento salvaje. Recorre la colina que se asemeja a tus caderas desde hace largo tiempo erosionadas por las rocas y los elementos que conforman mis manos, mi savia, mis huracanes en sucesivas avalanchas. Algunas veces puedo sentir como se mueve un grano de polvo estelar tan profundo en tus manos para luego desaparecer en la gastada paciencia de los mapas o en la memoria de la chica que ya anciana recuerda a su hijo prodigo en un camino olvidado. Pero estas tú en el mundo.

Degustando el dulce néctar de los insectos en la negra selva. Haces un gesto con los labios como de apóstol traidor. Y, sólo me das amor. Sólo quiero amor. Un amor que se encierra soberano en el misterio de las runas, de las calles que se curvan cuando en el pavimento aparece el sagrado signo de los misterios. El silencio de la flor del loto que se desfigura en mil avatares de Gautama. En la esquina del derrumbe ancestral donde se derrama tú orgasmo sobre mí cuerpo despreocupado como derrama la sagrada leche albina la serpiente emplumada. Me entretengo entonces en contar los golpes de tu respiración, un indefinido ciclo de unicornios estrellan entre si sus cuernos añiles.

Degustar sabores salobres con la arena de tus labios. Destapar de a poco el telón de mimbre que cubren tus radares, no tengas miedo, vamos a colonizar aquellas invisibles naves de Orión que se esconden detrás de Acuario, vamos a conquistarlas una a una. Conquistarlas e incendiarlas. Sembrar. Segar, sembrar, segar… la cara oculta de aquella luna congelada. Separar en sus profundidades lo vivo de lo muerto para dilatar tus pezones como se dilata el espacio en el tiempo. Para contraer tú piel como si se tratase de una enorme cortina que contenga todos los ríos de todas las galaxias. Una blanca reina puta cuando la noche termine.

Yo puedo destruir…

 

Yo puedo destruir. Es el último CD de Paul Gilbert. El magistral Gilbert de regreso con apetitos destructivos. Trece temas que van desde “Everybody Use Your Goddamn Turn Signal”  hasta “My sugar”. Desde el blues al rock una fiesta para los guitarristas y los amantes de los sonidos.

Gilbert es uno de los virtuosos del instrumento, lo mismo del eléctrico que el acústico.

“Woman Stop” tiene ese sonido del rock de Elvis, de Memphis, de los orígenes que te hace decir locuras como pedirle a una mujer que pare. Unos acordes simples y sencillos que te van preparando para un ‘solo’ afilado como una bala de Colt, dulce, plomiza, mortal… oh woman don’t stop.  

El CD funciona mejor que muchos anteriores del americano, ahora más centrado en  los temas y la producción del disco, que en las habilidades “shredders” de Paul Gilbert. Una mejor mezcla entre los arreglos, los solos, las letras y el empaste del sonido. Más armonía y continuidad entre temas. Por ejemplo,  puedes escuchar: One Woman Too Many, Woman Stop y Gonna make you love on me como si fueran un tríptico. El último tema incluye un solo virtuosso que nos hace recordar que Paul puede digitar 30 notas por segundo…

Pero,  el CD  “I can destroy”  es mucho, mucho más que la velocidad destructiva de Gilbert.

Ateísmo y espiritualidad

Ateísmo y espiritualidad | Letras Libres 

15 Febrero 2017
 

Uno de los últimos viejos prejuicios que debe curvar el arco del universo moral es que los ateos no pueden ser (o no son) morales y que si no creemos en un poder más elevado no podemos ser espirituales. Esos prejuicios encarnan la “blanda intolerancia de las bajas expectativas” que durante mucho tiempo ha pesado sobre otras minorías. En mi libro The moral arc presenté pruebas de que la religión no es (y no puede ser) el impulsor del progreso moral a lo largo de los tres últimos siglos, que incluye la abolición de la esclavitud y la tortura y la expansión de los derechos y las libertades civiles en más lugares y durante más parte del tiempo. Aquí voy a defender que los ateos pueden ser tan espirituales como cualquiera, y quizá incluso más.

Podemos empezar con la definición de espíritu (o alma, o esencia), como el patrón de información de la que estamos hechos. Se trata de nuestros genes, proteínas, memorias y personalidades tal como están almacenados en nuestro genoma y conectoma. A partir de ahí podemos definir la espiritualidad como la búsqueda por conocer el lugar de nuestro espíritu, alma o esencia en el tiempo profundo de la evolución y en el profundo espacio del cosmos. La ciencia es la mejor herramienta que tenemos para sumergirnos tan a fondo en el tiempo y en el espacio.

Hay muchas maneras de ser espiritual, y la ciencia es una de ellas, con su relato asombroso sobre quiénes somos y de dónde venimos. El difunto astrónomo Carl Sagan lo explicó mejor en la secuencia inicial de su gran serie documental Cosmos, filmada en California cerca de Big Sur, con olas que estallaban contra las rocas gastadas bajo sus pies: “El universo es todo lo que hay, hubo o habrá. Contemplar el cosmos nos conmueve. Hay un hormigueo en la columna vertebral, un nudo en la garganta, una leve sensación, similar a un recuerdo lejano, de caer desde una gran altura. Sabemos que nos acercamos al mayor de los misterios.”

¿Cómo podemos conectarnos con este vasto cosmos? La respuesta de Sagan es al mismo tiempo espiritualmente científica y científicamente espiritual. “El cosmos está en nosotros. Estamos hechos de materia estelar”, dijo, refiriéndose a los orígenes estelares de los elementos químicos de la vida, cocinados en los interiores de las estrellas, liberados en supernovas al espacio interestelar donde se condensan en un nuevo sistema solar con planetas, algunos de los cuales tienen vida compuesta de este material estelar. “Hemos empezado a contemplar nuestros orígenes: sustancia estelar que medita sobre las estrellas; conjuntos organizados de decenas de miles de billones de billones de átomos que consideran la evolución de los átomos y rastrean el largo camino a través del cual llegó a surgir la conciencia, por lo menos aquí. Nosotros hablamos en nombre de la Tierra. Debemos nuestra obligación de sobrevivir no solo a nosotros sino también a este cosmos, antiguo y vasto, del cual procedemos.”

Eso es oro espiritual, y Carl Sagan fue uno de los científicos más espirituales de nuestra época, quizá de todos los tiempos. El biógrafo de Sagan, Keay Davidson, dijo que la novela de Sagan Contacto era “uno de los relatos de ciencia ficción más religiosos que se han escrito”.

¿Cómo podemos encontrar sentido espiritual en una cosmovisión científica? La espiritualidad es una manera de ser en el mundo, un sentido del lugar que tenemos en el cosmos, una relación que se extiende más allá de nosotros. Hay muchas fuentes de espiritualidad. Por desgracia, hay quienes creen que la ciencia y la espiritualidad están en conflicto. El poeta inglés John Keats lamentaba que Isaac Newton “había destruido la belleza del arco iris al reducirlo a un prisma”. La filosofía natural, se quejaba en su poema de 1820, Lamia:

puede coser las alas de un ángel
coser todos los misterios por mandato o por escrito,
vacias al aire maldito y  pequeña mina,
destejer el arco iris. 

 

El contemporáneo de Keats, Samuel Taylor Coleridge, aseveró de manera similar: “las almas de quinientos sir Isaac Newtons servirían para hacer un Shakespeare o un Milton”.

Otro científico espiritual es el biólogo evolutivo Richard Dawkins, que respondió a estas ideas con elegancia en su libro de 1998, Destejiendo el arco iris: “La ciencia es poética, debería ser poética, tiene mucho que aprender de los poetas y debería aplicar buenas imágenes poéticas y metáforas para su servicio inspirador.” A continuación, Dawkins hace exactamente eso, en pasajes tan conmovedores como este: “Creo que un universo ordenado, indiferente a las preocupaciones humanas, en el que todo tiene una explicación aunque todavía nos falte mucho camino que recorrer antes de encontrarla, es un lugar más hermoso y maravilloso que un universo trucado con magia caprichosa y ad hoc.”

El difunto nobel de Física Richard Feynman también habló de la estética de la ciencia: “La belleza que está para ti también está disponible para mí. Pero veo una belleza más profunda que no está tan fácilmente al alcance de los demás. Puedo ver las complicadas interacciones de la flor. El color de la flor es rojo. ¿Que tenga ese color significa que ha evolucionado para atraer insectos? Esto añade una nueva cuestión. ¿Los insectos ven los colores? ¿Tienen sentido estético? Y así sucesivamente. No veo cómo estudiar una flor puede quitarle belleza. Solo le suma.”

Una explicación científica del mundo no disminuye su belleza espiritual. De hecho, la incrementa. La ciencia y la espiritualidad se complementan, no entran en conflicto entre sí; suman, no restan. Cualquier cosa que genere admiración puede ser una fuente de espiritualidad. La ciencia lo hace en abundancia. Yo me siento profundamente conmovido, por ejemplo, cuando observo por mi telescopio refractor Meade de 200 mm en mi jardín la borrosa mancha de luz que es la galaxia Andrómeda. No es solo porque sea hermosa, sino porque también entiendo que los fotones de luz que llegan a mi retina se fueron de Andrómeda hace 2.5 millones de años, cuando nuestros ancestros eran homínidos de cerebro diminuto que vagaban por las llanuras de África.

Pensar en eso te deja admirado.

Me siento doblemente conmovido porque en 1923 el astrónomo Edwin Hubble, que utilizó el telescopio de 254 cm de Mt. Wilson, justo encima de mi hogar al pie de Pasadena, descubrió que esta “nebulosa” era en realidad un sistema estelar extragaláctico de inmensos tamaño y distancia. Hubble descubrió más tarde que la luz de la mayor parte de las galaxias cambia hacia el final rojo del espectro electromagnético (literalmente destejiendo un arco iris de colores), lo que significa que el universo se expande alejándose de su creación explosiva. Fue la primera prueba empírica que indicaba que el universo tenía un principio y que por tanto no es eterno. ¿Qué podría inspirar más admiración y ser más numinoso, mágico o espiritual que ese rostro cósmico?

Lo que la ciencia nos cuenta es que somos una entre cientos de millones de especies que han evolucionado a lo largo de tres mil quinientos millones de años en un planeta diminuto entre muchos otros de los que orbitan en torno a una estrella corriente, en sí uno de los que quizá sean miles de millones de sistemas solares en una galaxia normal que contiene cientos de miles de millones de estrellas, situada en un conjunto de galaxias no tan diferentes de millones de otros conjuntos de galaxias, las cuales se alejan unas de otras en un universo burbuja que se expande aceleradamente y que posiblemente solo sea uno en un número casi infinito de universos burbuja. ¿Es de verdad posible que todo este multiverso cosmológico se diseñara y existiera para un diminuto subgrupo de una sola especie en un planeta en una galaxia solitaria de ese solitario universo burbuja? Si así fuera, se trataría de una pérdida monumental de tiempo y espacio. En cambio, somos parte de un cosmos en evolución, de inmensos tamaño y edad: ni más ni menos.

Este contexto debería producir suficiente admiración para cualquiera, porque es la ciencualidad –la ciencia de la espiritualidad– del descubrimiento y el conocimiento. ~

Traducción del inglés de Daniel Gascón. Texto cedido por Euromind, plataforma creada por la europarlamentaria Teresa Giménez Barbat para impulsar el debate sobre ciencia y humanismo.

Selfies….

Saatchi Gallery y Huawei, han unido sus fuerzas para ofrecer a artistas, fotógrafos y entusiastas de todo el mundo, la oportunidad de mostrar sus selfies más creativos a nivel internacional, exhibiendo su trabajo en The Saatchi Gallery como parte de un proyecto llamado #SaatchiSelfie.

Saatchi Gallery y Huawei, inaugurarán el próximo 31 de marzo y hasta el 30 de mayo de 2017 la primera exposición dedicada a la historia del selfie. De Selfie a Self-Expression presentará obras como el autorretrato de Rembrandt de 1665, Las Meninas de Velázquez que es un selfie exquisito, Frida Kahlo, Cindy Sherman, Chuck Close y un largo etcétera hasta nuestros días.

100 de Gloria Fuentes.

La tarde que conocí a Gloria Fuentes fue una de esas tardes intrascendentes, sol en las calles del barrio de la Moncloa, un par de parejas que despreocupadas se besaban en la esquina del Café, una niña lloraba por alguna causa desconocida, una inmensa nube con forma de martillo de nieve intentaba golpear a otra con forma de una rosa gigante… como pompas de jabón, una fachada rosada junto a otra verde.

El vino se degustaba más dulce que de costumbre.

El misterio de las mujeres y la poesía.

Gloria tiene el oficio más duro y sagrado de todos, escribir poesía, y libros para los niños. Cuando la conocí tenía esa edad en la que el tiempo desaparece para dar paso a la eternidad. Quería uno de los libros de Gloria Fuertes para mí con el pretexto que eran para mis nenas. A veces me da vergüenza reconocer a los desconocidos que no he dejado de ser un niño en un cuerpo de adulto.  

 Dediqué mi libro
 Dediqué mi libro a una niña de un año,
 y le gustó tanto,
 que se lo comió.

Este año se conmemora el centenario de su nacimiento. Entrañable y maravillosa Gloria Fuertes, suerte que tienen los mortales en una tarde cualquiera cuando nos regalamos el espectáculo de la implacble persecución de una nube con forma de martillo golpeando a otra con formas de rosas de vainilla.

Felicidades Gloria, te queremos…

*

Nací para poeta o para muerto…

Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
—supervivo de todos los naufragios—,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.

Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
—hacer reír a los clientes desahuciados—,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.

Nací para nada o soldado,
y escogí lo difícil
—no ser apenas nada en el tablado—,
y sigo entre fusiles y pistolas
sin mancharme las manos.

*

A veces quiero preguntarte cosas…

A veces quiero preguntarte cosas,
y me intimidas tú con la mirada,
y retorno al silencio contagiada
del tímido perfume de tus rosas.

A veces quise no soñar contigo,
y cuanto más quería más soñaba,
por tus versos que yo saboreaba,
tú el rico de poemas, yo el mendigo.

Pero yo no adivino lo que invento,
y nunca inventaré lo que adivino
del nombre esclavo de mi pensamiento.

Adivino que no soy tu contento,
que a veces me recuerdas, imagino,
y al írtelo a decir mi voz no siento.

 

 

4Estaciones en La Habana.

¿Qué coño está pasando?”

Leonardo Padura no necesita presentación. Es el más popular escritor vivo cubano.

Además de Premio Nacional de Literatura es igual aclamado por la crítica que por sus lectores. “La novela de mi vida” es un tríptico temporal que transcurre entre los siglos de XIX, la Primera República y la Revolución con la figura del poeta Heredia como excusa para narrar nuestra historia nacional, el peremne díptico entre revolución y contrarrevolución, héroes y herejes, amor y odio.

La narrativa de Padura es de lo mejor que se ha escrito en Cuba en las últimas tres décadas.  “El hombre que amaba los perros” es su personal enfrentamiento con la Historia, adquirir el libro en Cuba fue una aventura entre lo policial y lo surrealista.

La tetralogía “Cuatro estaciones”: Pasado perfecto 1991, Vientos de cuaresma 1994, Máscaras 1997 y Paisaje de otoño 1998 funcionana como las “Cuatro Estaciones” de Vivaldi;  el sonido de la década decadente, la más difícil de la historia contemporánea de Cuba.

El eufemismo de aquello del “periodo especial en tiempos de paz” recorre sus personajes y tramas. El desplome de las estructuras internacionales y nacionales que sostenían el socialismo real, al estilo desde Moscú a La Habana o desde Praga a Berlín  es la subtrama de las cuatro estaciones. Nuestro fin del siglo XX. Una época, una ciudad y sus gentes entre 1991 y 1998. Cuyos ecos aún son el perpetuo presente. Como bien lo saben Mario Conde o Leonardo Padura.

Ahora nos llegan las “cuatro estaciones” en formato de serie para la televisión en factura trasnacional de la mano de NETFLIX, con el propio Leonardo Padura y su esposa Lucía López Coll como guionistas, un elenco mayoritariamente cubano, un director navarro Félix Viscarret. 

Padura utiliza el género policial como pretexto para profundizar en los problemas y contradicciones de la realidad cubana”, dice el actor protagonista de la serie Jorge Perugorría. Sus novelas son un viaje a La Habana de los años noventa, un lugar diferente que vive anclado en otra época. “En La Habana las cosas cambian a un ritmo diferente o en una dirección no siempre en paralelo con otras ciudades occidentales”, explica el director Félix Viscarret.

“La vida en La Habana es como estar en otro planeta con otras leyes de la física”.

La serie funciona como un “nor-caribeño”. Una serie más de policías que investigan crímenes, con su contexto histórico, paisaje, las fachadas y sus gentes.

Uno de los puntos altos es  la fotografía de Pedro J. Márquez es de lo mejor de la serie, una Habana tan importante como la historia de sus personales, una ciudad peligrosa, en decadencia, a oscuras, entre los sueños y las esperanzas, las frustraciones y la nostalgia de lo que es y no pudo ser. Policías y veteranos de guerra, héroes y balseros, hombres de honor y bandidos, prostitutas y madres que luchan todo el día para llevar un poco de comida a sus hijos.

Las novelas y ahora  la serie son la resolución de “cuatro casos policiales” que resuelve Mario Conde, que permiten profundizar como responde la sociedad cubana de aquel entonces -y ahora-  a temas no resueltos como la homosexualidad, la prostitución, la religión, la educación o el nepotismo de los que tienen poder y lo usan en su beneficio personal.

Concuerdo con algunos de las escasas críticas realizadas a la serie desde Cuba. (Los portales culturales más importantes ni la mencionan). El transnacionalismo cultural puede propiciar algún alejamiento desde otras miradas a nuestra realidad como la nuestra a la realidad de otros. Quizá muchas escenas o diálogos puedan hasta parecernos simplemente cursi. Netflix suele llevar a muchos extraños a la cama y en ella el lenguaje del amor no es el mismo del sexo. Pero el lenguaje de la decadencia es per se previsible y bien cursi.

Charles Dickens el maestro de la decadencia en su primer párrafo en “Historia de dos ciudades” nos alertaba de sus particularidades:

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

De ello nos hablan las cuatro estaciones de otoños y primaveras en una ciudad donde no existen las estaciones.  Pero que igual nos permite una comparación en grado superlativo.  Esos parecen ser los motivos “especiales” de la versión detectivesca del curioso dúo Padura-Viscarret donde queda mucha ambigüedad y muchas zonas de silencios para no incomodar a los sabios y los locos que mencionaba Charles Dickens. Pero esos silencios forman parte de nuestra credulidad o incredulidad de nuestras cuatro estaciones habaneras. 

Versiones de una época imprescindible para comprender la realidad cubana de aquel entonces y la actual y por supeusto a unos personajes -policias o ladrones- que a diferencias de los  norteamericanos o nórdicos son nuestros vecinos.

SSS-Joanna Connor

No hay nada más sexy que una mujer acariciando una guitarra.

Tengo por costumbre escuchar al azar discos de artistas noveles, desconocidos. Adoro que me sorprendan. Puedes escuchar mil boberías pero siempre encuentras algo que te mueve la tierra.

Una portada con un nombre de mujer, una caja de sopa Campbell’s,  un Krishna azul con una flauta y guitarras, es un buen inicio. No hay nada más sexy. Una mujer con una par de guitarras, haciendo música.  Haciendo rock, haciendo blues, jazz, Es el caso del CD que escucho y les propongo esta tarde.

Desde el primer tema “It’s a woman day”  me recordó un largo poema que escribí en mi adolescencia. En aquella época cuando de tanto adolecer terminaba enamorado de cada mujer, de cada mujer con una guitarra.

La puerta norte del Taj Mahal tiene inscrita
sobre arabescos de mármol petrificado.
Con lágrimas de seda la fiebre de tu piel.
Cada noche el sirio del alba acaricia
en torrentes de fuego tus iniciales.
Polimorfismo del abecedario que brilla.  
Como si se tratara de un espectro de Krishna.

 

Como si se tratara de un espectro de Krishna. Es la impresión que me queda después de escuchar el CD “Six String Stories”.

El disco cierra con una magistral  “Youg women blues” al estilo autobiografico, es una perfecta descripción de Joanna Connor: un arabesco de lágrimas en azul.  “The sky is crying” un tema en vivo con la fuerza y la ternura de los ríos cuando penetran el mar. Connor te invita a bailar por cinco minutos, comienza su solo de guitarra, y no te queda más remedio que tomar por la cintura a tu ser amado y decirle bien bajo al oído, como en un susurro entre cielo y tierra, que el cielo está llorando.

Si pudiera seleccionar un tema, sería el instrumental “Halsted Street”. Una mezcla de sonidos acústicos y suaves, acompañados con la electricidad propia del blues y el rock. El tema te conforma que Joanna Connor es una de las mejores guitarristas que puedas escuchar.

Otro tema espectacular seria el introspectivo “We satayed togetheder”. Vamos a permanecer juntos y a dar un salto al vacío.