Estridente y Dulce

 


Ex antes

Antes de abordar un avión debo cumplir tres rituales: tomar un largo trago de vodka con hielo mezclado con sumo de naranjas, hacer un minuto de silencio, y leer… Ese orden natural me calma frente a la incertidumbre que representa un aeropuerto, un vuelo y un avión.

Cuando estas en el aire todo puede ir mal,  en un segundo. Durante mi más reciente vuelo leí ¨Estridente y dulce¨ (Anagrama, 2017) la última novela de Adam Thirlwell para satisfacer uno de mis trinitarios rituales aeroportuarios.

Al final, después de aterrizar, deseo regalarle un libro a mi hija mayor convierte en habito el echarme en cara -cada vez con más insistencia- que solo leo a hombres muertos; muertos y ciegos. Leo, estridente y dulce, con sutil esperanza de deshacerme de mis invidentes viejos hábitos y rituales; al menos, para poder hacerle frente a la vitalidad de mis niñas, yo no soy como ellas se imaginan, un padre de hábitos y costumbres. Soy, todo lo contrario. Bebo vodka en los bares de aeropuertos, creo que el silencio conjura los misterios del universo y que la lectura te libera de casi todas las opresiones y cadenas.

Con esta lectura-regalo deseo aclararle que no solo leo libros de hombres ciegos y muertos sino que por igual puedo sobrellevar la lectura de los nuevos gurús, videntes y -por supuesto- hombres y mujeres treintañeras. La intrínseca nobleza de las palabras no siente preferencia por la vida o por la muerte, menos por la edad o el tiempo, solo se posee o no se posee (como deliraba el príncipe danés).

Aunque es cierto, en tiempos sin brújulas pero con GPS incorporados, para un padre resulta casi un imposible ser contemporáneo de sus hijas. Estamos jodidamente obsoletos. Me cuesta reconocerlo. Vodkas, aviones y lecturas solo prolongan unos segundos nuestra inevitable extinción paternal.

Comencé a leer en el bar del aeropuerto, no hay nada más angustiante que la llamada a bordo en una de esas inmaculadas salas de última espera, solo comparables a la de los hospitales, iglesias o estaciones de policía; y, continúe mi lectura, página tras página, ya en el avión a veinte mil pies de altura solo rodeado de nubes y mar, incertidumbre y un oscuro cielo redondo. Les describo al azar dos diálogos de la novela de Adam:

1

Yo
¿Te he contado lo que me pasó una vez en un avión?

Romy
No, bizcochito, cuéntame.

Yo
El avión se dirigía a la pista de despegue y yo estaba convencido de que algo iba mal porque los ruidos que hacía el aparato no eran normales. Entonces advierto que la azafata que está delante de mí le dice en voz baja a la que se encuentra al final del pasillo: “¿Qué sucede?” Obviamente decido que debo hacer algo e impedir que el avión despegue porque si lo hace estallará en llamas. De modo que llamo a la azafata y le digo que lo más seguro sería regresar al aeropuerto y hacer que revisaran el avión, a lo cual ella me contesta que por supuesto podría hacerlo, pero que me irá a buscar un vaso de agua y que, cuando vuelva, le diga si todavía quiero que informe a toda la gente del avión de que estoy tan asustado por un zumbido supuestamente anormal del aire acondicionado que el avión tendrá que perder su turno de despegue y ser revisado durante lo que podría ser un periodo de cuatro a cinco horas.

Romy
¿Y qué hiciste?

Yo
Me quedé callado

Romy
No es tan malo

Yo
Lo que no sé es si mi silencio se debió al conocimiento íntimo de que me estaba comportando de un modo irracional y en realidad no había nada de lo que preocuparse, o si estaba tan imbuido por la vanidad y el deseo de no montar una escena que preferí arriesgar mi propia muerte y la de otras cuatrocientas cincuenta y tres personas en vez de someterme a mí mismo a la posible humillación del anuncio de la azafata.

2

Todo viaje deposita en nuestro equipaje el posible hecho de la huida. ¿O la llegada? Un inicio y un final. Estridente. Silencio. Irracional. Vanidad. Deseos. Infidelidad. Vida. Muerte. Infinito. Nuestros temores escondidos en palabras claves y contraseñas. El signo de la perplejidad. Del desastre.

Adam Thirlwell nos da algunas otras pistas. “La idea del azar me fascina. En el fondo, todos somos pequeños infinitos, porque las posibilidades, en todo momento, son muchas, y todas ellas llevan a otras muchas, y en esa especie de locura en la que cada nuevo paso abre un infinito…¨ vive mi protagonista”; o de cierta manera, vivimos todos.

Finalmente el ruido del tren de aterrizaje sobre el que justamente me encontraba sentado seria solo otra puerta a mi disminuida percepción de que todo es un (im)posible. Existe la llegada iniciática o la huida programada, todo puede ir bien, todo mal. Todo puede ser final o solo otro comienzo. Otro fragmento. Dulce. Estridente.

“Romy
No, déjame decirte por qué no habrá ninguna revolución…

Yo
Está bien…

Romy
Porque si tú eres una de las personas que tienen un iPhone o algo parecido para tuitear y demás, en cualquier revolución como es debida serías un blanco…

Yo
¿Cómo dices?

Romy
Sí, aquellos que tienen múltiples cuentas bancarias y hablan catorce idiomas podrán largarse y ponerse a salvo en Mustique. Pero la gente feliz que simplemente tiene lo suficiente para vivir pero no para, digamos, huir, será perseguida. Será perseguida y masacrada. Y la gente feliz sabe esto, lo sabe muy bien. Ésa es la razón por la que permanece muy callada y también por la que nunca llegaremos a ser testigos de ninguna revolución”.

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