El libro de J…

 

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Harold Bloom no necesita presentación alguna para cualquiera que ame los libros o la literatura. Es uno de los críticos literarios más influyentes, respetados y comentados.

Recién concluyo la lectura de dos de sus principales libros: “El libro de J” y“¿Cómo leer y por qué?”. Bloom es el autor de un canon universal de la literatura que puede resultar toda una herejía. Un intelectual polémico. A veces las ideas para serlo deben ser como blasfemias.

¿Qué es lo nuevo en su ensayo: “El libro de J”?

En uno de sus primeros párrafos el crítico americano desata la polémica al afirmar categóricamente: “Pero mi conjetura principal es que J fue una mujer, y que se dirigió como mujer a sus contemporáneos, en amistosa competición con su único rival poderoso entre esos contemporáneos, el autor masculino de la breve narración histórica del Libro II de Samuel”.

En el“Libro de J”el Dios de Israel deja de ser“el innombrable” para transmutarse en un personaje literario como lo pueden serHamlet o Karenia. Una imagen reflejada en papiro y tinta de cáñamo.Una vasta e inacabada metáfora. Una figura del lenguaje ydel pensamiento; eso sí,un personaje sumamente complejo, problemáticopero al final solohumano. Amorosa como una madre protectora. Irascible como un padre ausente yvengativo. Un ser humano, demasiado humano.

También lo es Hamlet, pero no oramos aHamlet, ni lo invocamos cuando aspiramos a un cargo político nijustificamos nuestra oposición al aborto apelandoa él.Ese es el misterio del libro de J.

Soy un hombre profundamente creyente, creo en la belleza única de las mujeres y la excepcionalidad del arte. En la literatura y los libros. Descreode su origen divino. Menossoy un teólogo, o un pastor de rebaños, aunque cualquier lector avispado puede coincidir conmigo, sea religioso o no, creyente o no, que el dilema es similar para cualquier lectura no fundamentalista del libro de J.

Con J estamos en presencia de las pasiones, los amores y temores de todo ser humano, un personaje más cercano al mundo helénicoo posmoderno que a losproscritosdel Éxodo o los cortesanos del Rey Salomón. ¿Por qué Yahvé intenta matar a Moisés? ¿Cómo puede un dios sentarse bajo los terebintos en Mamré y devorar ternero asado y requesón? ¿Qué podemos hacer con un Ser Supremo que está a punto de perder los estribos en Sinaí y nos advierte que puede arremeter contra las multitudes, que, evidentemente, le causan un gran disgusto?

Bloom insiste durante todo su ensayo en esas cualidades literarias y por lo tanto humanas de autor y personajes, del drama y las tramas. Todo ello creadosegún el críticopor una escritora para nada ingenua;por el contrario, por la más compleja de las escritoras, tan sutil como lo pueden ser Shakespeare o Jane Austen.

Más adelante en su ensayo el comentarista literario más influyente del siglo XX detalla:

Soy consciente de que mi visión de J será condenada como una fantasía o una ficción, y comenzaré señalando que todas nuestras informaciones sobre la Biblia son ficciones eruditas o fantasías religiosas, y que generalmente sirven a fines tendenciosos. Al sostener que J era una mujer, al menos no alimento los intereses de ningún grupo religioso o ideológico. En cambio trataré de exponer, sobre la base de mis años de experiencia como lector, mi creciente impresión de las asombrosas diferencias entre J y todos los otros autores bíblicos”.

Es la meta confesa del texto de Harold Bloom y David Rosemberg.Pero es una meta aparente, ya veremos…Leer el libro resulta fascinante.

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Leer el capítulo dedicado al personaje mínimode Tamar es releer y complementar la historia de J con páginas magistrales sobrepsicología, literatura y humanidad. Tamar resulta ser un personaje menor en el libro de J; es deber de nosotroscomo lectores desentrañar sus recónditos misteriosinteriores a través de los actos y de su imperceptible monologo interior. Descubrir su grandeza que es la de J, de Yahvé,de Bloom, de todos nosotros; y, por supuesto, develar nuestrapropia minúscula humanidad.

Tamarfue la primera esposa de Er. La segunda de su hermanoOnána la muertedel primero.La prostituta amante del padre de ambos.Es la mujer frente a su destino individual. La que desafía la ley de los hombres, la Ley de Dios. Nuestra contemporánea en muchos aspectos. Lahembra que decide derramar el semen de su segundo esposo sobre la tierra para no engendrar hijos bajo los términos de laley del levirato (yibbum)por la cual su primogénito nunca será su hijo.

Es la viuda de dos hermanos. La que se hace prostitutita para engendrar a sus descendientes, Fares y Zara, teniendo relaciones sexuales con su suegro Judá. Condenadaa ser quemada viva. La mujer que consigue sobrevivir gracias a su fina intuición sobre la masculinidad. Parir los hijos que Judá, sus insignificantes hijos y la Leyle negaban. Es la persona que construye su existencia desde suastucia individual. Desde la misericordiafunda una familiaen amor y la fundamenta en el perdóncomo sustento para construir cualquier  futuro.

(Finalmente los descendientes deTamar yJudáserán la tribu más poderosa de Israel. Sus herederos los elegidosdel Dios de los Ejércitos: elRey David y Jesús de Nazaret. Sobre ellos recaerá el trágico y luminoso destino de la casa davídica).

Concluye Harold Bloom: La elíptica(de J)  no nos brinda ningún retrato espiritual o psicológicode Tamar, ninguna exposición de sus motivos o su voluntad.No existe ningún otro autor que logre, como J, convertir al lectoren su colaborador. Somos nosotros quienes debemos esbozar el caráctery el colorido de Tamar en toda su formidable personalidad.Indomable, no acepta la derrota, sea de Er, Onán o Judá. Su voluntadse convierte en la voluntad de Yahvé, y diez generaciones mástarde llegan hasta David, el más favorecido por Yahvé de todos los sereshumanos. En el puro plano de su actividad, Tamar es una profetisa,y se apropia del futuro más que cualquier profeta. Es obstinada,valiente y totalmente segura de sí misma; además, conoce enprofundidad a Judá. Más decisivamente aún, sabe que ella es el futuro,y deja a un lado las convenciones sociales y masculinas parallegar a su verdad, que resulta ser la verdad de Yahvé, o de David.Sus hijos han nacido sin estigma, y ella también está más allá del estigma.

Tres mil años más tarde el alemán Thomas Mann fue imaginativamente certero al hacer de ellauna discípula de Jacob. Porque su lucha es la lucha femenina contra la muerte, similar al gran desafío a manos de Esaú en su combate contra el Ángel dela Muerte.

De los dos luchadores, Tamar la hembra, esla más heroicapues  combate contra fuerzas mayores: naturales, socialesy sobrenaturales. Contra la ley de la propia J y los Hombres. Jacob gana el nuevo nombre de Israel; pero demanera aún más gloriosa, Tamar gana la inmortalidad y su propionombre personal y femeninoocupa un lugar importante en una historia en la cual no debíaparticipar por nacimiento y género, historia de la que tuvo que apropiarse por  sus propios medios.

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Existe otra minúscula Tamardescendiente de aquella primera en el MelajimÁlefdel Tanaj. Otra Tamar que se repite.  La mujer enfrentandosu destino. Otro drama trágico acompañado por la historia trágica y sangrante de la Casa del Ungido de Yahvé.

Su historia posee los ingredientes humanos y literarios propios de J; es el mismo drama que seinicia justo con el asesinato y se desarrolla con la violación, el infantico, el parricidio, el fratricidio yel genocidio. Para terminar con el perdón, la redencióny la coronación del Poder.Absalón, Absalón.

A estas alturas la declaración inicial del sexo de Jpor parte de Bloom se nos hace irrelevante. La historia toda del libro ya va por el drama de la humanidaddescrita por Baudelaire en aquel dueto asesino…

Raced’Abel, chauffe ton ventre.

a ton foyer patriarcal.

 

 Raza de Abel, calienta tu vientre.

en el hogar patriarcal.

 Ya poco nos importa el sexo de J. Incluso sus preferencias sexuales. La hipótesis inicial sobre el sexo de Jfue el caballo de Troya dentro de la que se esconde la tesis central del ensayo de Bloom& Rosemberg. Si fue hombre o mujer, lo mismo da, no fue un autor religioso sino uno literario su Creador; y el personaje de Yahvé no es más que el reflejo de una imagen patriarcal, eso síinfinita, inconclusa e incoherente;uno de los personajes más fascinantes y contradictorios de la historia de la literatura.

Miedo y cinismo en tu televisor: las series y la cloaca geopolítica.

La televisión por fin ha llegado a niveles nunca antes visto de creación artística gracias a los serialesde los últimos veinte años.

Las series o seriales tiene sus pequeñas diferencias, aunque el rasgo principal que las define es que sus capítulos constituyen una unidad narrativa independiente, mediante la continuidad a través de los personajes, los escenarios o los temas, cuyas tramas pueden encontrar una resolución argumental en cada uno de los capítulos o no.

Los mayores talentos de la industria audiovisual han sido atraídos por los seriales para la televisión.

En Cuba recuerdo todo un hito en la televisión nacional, a mi modesto juicio no se ha realizado ni antes ni después una serie televisiva con una mejor calidad y una mayor repercusión social y artística que la legendaria:“En silencio ha tenido que ser…”.

 Desde otros ámbitos los mejores directores, productores y actoresde la poderosa e influyente industria cinematográfica de los EE.UU. han sido atraídos por latelevisión; por ejemplo podemos citar cuatro nombres:Allen, Spielberg, Hanks y Scorsese. Todos han incursionado con grados variables de crítica y/oéxito de público en realizacionestelevisivas.

Entre mis actores favoritos se encuentra Kevin Spacey, soy su seguidor desde aquellaactuaciónmagistral desde su sencillez y por su excepcional sinceridad actoral en el filme de 1997del  realizador Clinton Eastwood Jr.: “Midnight in thegarden of good and evil”(Medianoche en el jardín del bien y el mal”).

 Kevin interpreta a un frio asesino en una ciudad detenida en el tiempo, se mueve en los lugares más sórdidos junto a un increíble desfile de pintorescos y magníficos personajes que van desde un aristócratasureño (John Cusack), taxi-boys, sacerdotisas del vudú y “drag-queens” (The Lady Chablis). Desde entonces intento seguir toda la carrera de Spacey, gracias a ello llegue a la serie: “House of Cards”.

Soy un fanático de los avatares de la familia presidencial Underwood en la Casa Blanca. Sus intrigas dely por el poder te sobrecogen a tal punto que necesitas un poco más con el capítulo de cada semana. (Aunque a veces la realidad de la familia Trump supere a la ficción de los Underwood’s en la “Casa de Barajas”). La política no deja de ser un juego de azar completamente adictivo tanto en la ficción o la realidad.

Me he preguntado. ¿Cuál es la geopolítica de todas estas series que nos hablan de los príncipes de Maquiavelo? Del Poder y el Leviatán. Esa misma pregunta intenta responderla el investigador Dominique Moïsi en su libro ‘Geopolítica de las series’ un lúcido análisis del mundo de las series a nivel global. Este es un fragmento de su quinto capítulo.

 La destrucción sistemática del sueño americano.

 En “House of Cards” el sueño americano se despedaza de forma deliberada y sistemática. Todo el mundo, hasta los llamados personajes secundarios (¿pero sigue habiendo de eso en el mundo de las series?), se describe bajo la luz más negativa. Ninguna categoría se libra. Al contrario, con un propósito de inclusión democrática, todas se presentan bajo una mirada crítica. Afroamericanos, hispanos, indios, hombres, mujeres, ricos, pobres, jóvenes, viejos, lobistas, hombres de negocios, políticos, periodistas. Todos son, de un modo u otro, corruptos, cínicos y calculadores, obsesionados por una misma cosa: el poder, sea cual sea el precio que haya que pagar, tanto uno mismo como los demás, para lograrlo. Nadie supone una excepción a la regla. Casi se podría hablar de una presentación negativa del melting-pot a la estadounidense. El sistema de integración de Estados Unidos ha funcionado bien, la prueba es que todos son igual de detestables, igual de corruptos moralmente unos que otros.

Esta crítica sistemática del sueño americano se corresponde, de hecho, con una realidad; al menos, en términos de percepción. En junio de 2014, The Washington Post difundió un estudio sobre la opinión pública estadounidense, realizado por CNN, que llevaba por título: «¿El sueño americano ha muerto?». Los resultados principales eran sorprendentes. El sesenta y tres por ciento de los estadounidenses pensaba que sus hijos vivirían peor que ellos. Era justo lo contrario que en 1999, cuando empezó la serie “El ala oeste de la Casa Blanca”. En aquella época, dos tercios de los estadounidenses estaban convencidos de que sus hijos tendrían una vida mejor que la suya.

Al elegir una presentación de la política en su forma más oscura, del modo más extremo, por no decir exagerado, los autores de la serie se sintieron animados por la evolución del mundo real. Su mensaje explícito podría ser: «Sé que estoy exagerando, pero poco». No hay más que ver lo que ocurre en Washington, el poder está paralizado. La democracia estadounidense se ha convertido en una «vetocracia», por retomar el afortunado término de Francis Fukuyama, filósofo de la Universidad de Yale. La sociedad está cada vez más dividida y polarizada. Existe un desacuerdo sobre los fundamentos en cuanto al papel que debe desempeñar el Gobierno. Siempre demasiado según los unos, nunca suficiente según los otros. La cantidad de dinero que se invierte en las campañas electorales se ha disparado y no sólo en las elecciones presidenciales, sino también en las de legisladores o gobernadores.

De hecho, el contrato social está agotado y las desigualdades se acrecientan. En Estados Unidos, el rotundo éxito del libro de Thomas Piketty “El capital en el siglo XXI’ es la prueba de que el economista francés sabe dar donde duele. Estamos asistiendo, efectivamente, en el país que se erigió en adalid de la igualdad entre los seres humanos, a la victoria de los herederos sobre los trabajadores. «El pasado devora el porvenir», escribe Piketty. ¿No es ésta la definición del anti-sueño americano? Sumemos a ello un país que vive muy por encima de sus posibilidades, habida cuenta de sus deudas, y que, en pleno agotamiento imperial, está obsesionado con la perspectiva o la realidad de su declive. Las últimas intervenciones de Estados Unidos en Irak y Afganistán, por no hablar de Pakistán, han arrojado, en general, un saldo muy negativo. ¿Se puede llegar a hablar, más allá de una crisis de Estados Unidos, de una crisis del modelo democrático o, por ampliar aún más, de una crisis del mundo occidental? Muchos seguidores de House of Cards están convencidos de ello, ya que ven en la serie una confirmación de sus convicciones más pesimistas.

House of Cards vista desde China 

En realidad, la influencia de la serie es doble. Por un lado, “House of Cards”  refleja el malestar de Estados Unidos. Por otro, alimenta el cinismo de las élites en los regímenes totalitarios que confunden con júbilo realidad y ficción y extraen de ella interpretaciones políticas que sirven a sus convicciones. ¿Cómo osan los estadounidenses darnos lecciones de moral?, piensan. Hemos visto los últimos episodios de House of Cards, no somos tontos. Incluso los occidentales nacidos en países democráticos sucumben a veces a la tentación de integrar la serie en sus categorías de análisis. Así, en el Financial Times se podía leer, al día siguiente de que el presidente Obama anunciara su ambiciosísimo plan de lucha contra el calentamiento global, un comentario que hacía referencia a House of Cards y ponía el énfasis no en el contenido del plan, sino en su capacidad para poner a la oposición republicana a la defensiva:

«Digan lo que digan, los republicanos no pueden más que mostrarse a la defensiva, al haber dejado el bando de la modernidad a la Casa Blanca». En política, ¿no es más importante dividir a los adversarios que poner en marcha las reformas necesarias?

 “House of Cards” está en su salsa al describir un mundo político totalmente dominado —la palabra «obsesionado» sería quizás más oportuna— por sus luchas internas. El contexto internacional está presente, es cierto, desde China hasta Oriente Próximo pasando por Rusia, que tiende a sustituir a China como la principal amenaza conforme avanzan las temporadas. Pero todo ello, al final, es secundario. De hecho, en la tercera temporada de la serie el tratamiento de los envites internacionales es, demasiado a menudo, totalmente idealista, por no decir ridículo. Parece casi un pretexto para preparar el terreno a las crecientes tensiones entre la pareja presidencial. «Jamás debí haberte hecho embajadora», dice Frank Underwood a su mujer.«Jamás debí haberte hecho presidente», le responde ella al instante.

Estamos más cerca de «La fierecilla domada en la Casa Blanca» que de cualquier análisis serio de la política estadounidense, a menos que se trate de una explicación en profundidad sobre las debilidades extremas de la diplomacia actual de ese país. En el fondo, no les interesa o ya no les interesa. Ya han dado demasiado juego, y durante demasiado tiempo, con los resultados que conocemos.

Las disputas familiares en la cúspide o los problemas de poder en el interior son infinitamente más apasionantes, e importantes en realidad, que los juegos de equilibrio en el exterior. Todos los prejuicios contra la política y los políticos se ponen por delante y, por lo tanto, se magnifican.

¿Y si saliera rentable mentir?

 En esta lucha desequilibrada entre la ficción que debilita y la que magnifica, ¿se puede temer que, al menos a corto plazo, salga rentable mentir? La pregunta está sobre la mesa. Digna heredera de la URSS, la Rusia de Putin no anima a sus ciudadanos a un proceso de reforma, indispensable, no obstante, para su supervivencia económica y, por lo tanto, política. «Todo sería perfecto si no estuviéramos rodeados de enemigos agresivos que no tienen otra ambición que humillarnos y debilitarnos mediante una política de sanciones», repite sin cesar la propaganda rusa.

Una política simplista que se acompaña, sin embargo, de una diplomacia mucho más sutil y, en lo que concierne a Siria, eficaz, al menos temporalmente.Dejándose llevar por lo que a algunos podría parecerles un antiamericanismo simplista. ¿Una serie como House of Cards permitiría a la democracia estadounidense, por el contrario, reinventarse y trascender, en concreto, el bloqueo de sus instituciones?

La serie se convierte en aliciente para no hacer nada en el caso ruso y para hacer las cosas mejor en el caso estadounidense.

Pero el daño es profundo. Pensar que una serie como “House of Cards”  puede ser la oportunidad de un repunte de la democracia estadounidense es, sin duda, demostrar un exceso de optimismo. Desde luego, se puede leer como una suerte de llamada desesperada a un despertar moral, una forma de «nunca más» a la estadounidense. No vamos a tolerar más estas derivas de nuestro modelo democrático.

Pero, de manera más profunda sin duda, “House of Cards” refleja una pérdida de confianza generalizada con respecto a las élites. De ellas se puede esperar cualquier cosa. En Gran Bretaña, la multiplicación de escándalos sexuales —a menudo de pedofilia— que implican a personalidades que pueden estar ya muertas se inscribe así en esta nueva visión negativa de las élites. Una evolución que fomenta todo tipo de populismos o radicalismos.

¿House of Cards, en su versión estadounidense (¿universal?), contribuye a acelerar este fenómeno o no hace más que reflejarlo? Ésa es la pregunta clave. Ante una serie así, parece que se estén esperando picos en la voluntad de desacralizar la política y a los políticos. Y esta evolución se produce en el peor momento, cuando la potencia protectora del Estado se hace más necesaria que nunca frente a amenazas existenciales que son cada vez más numerosas.

¿Una serie debería contribuir a un despertar moral o incluso a tranquilizar a los ciudadanos mediante un mensaje que resulte más positivo y al mismo tiempo no deje de ser realista sin parecer aburrido ni artificial? Dicho de otro modo, ¿una serie puede llevarnos a repensar el orden del mundo, más que a concentrarnos exclusivamente, como con placer, si no con un cierto sadismo, en la defensa e ilustración de sus trastornos?

Sin lugar a dudas, éste no es tampoco el objetivo de la serie noruega Occupied, cuya primera temporada se emitió a través del canal de televisión Arte a finales de 2015. En realidad, el universo de Occupiedestá más próximo al de House of Cards que al de Borgen.

Tomado del libro

“Geopolítica de las Series. O el triunfo global del miedo”, por Dominique Moisi. Errata Nature.