Miedo y cinismo en tu televisor: las series y la cloaca geopolítica.

La televisión por fin ha llegado a niveles nunca antes visto de creación artística gracias a los serialesde los últimos veinte años.

Las series o seriales tiene sus pequeñas diferencias, aunque el rasgo principal que las define es que sus capítulos constituyen una unidad narrativa independiente, mediante la continuidad a través de los personajes, los escenarios o los temas, cuyas tramas pueden encontrar una resolución argumental en cada uno de los capítulos o no.

Los mayores talentos de la industria audiovisual han sido atraídos por los seriales para la televisión.

En Cuba recuerdo todo un hito en la televisión nacional, a mi modesto juicio no se ha realizado ni antes ni después una serie televisiva con una mejor calidad y una mayor repercusión social y artística que la legendaria:“En silencio ha tenido que ser…”.

 Desde otros ámbitos los mejores directores, productores y actoresde la poderosa e influyente industria cinematográfica de los EE.UU. han sido atraídos por latelevisión; por ejemplo podemos citar cuatro nombres:Allen, Spielberg, Hanks y Scorsese. Todos han incursionado con grados variables de crítica y/oéxito de público en realizacionestelevisivas.

Entre mis actores favoritos se encuentra Kevin Spacey, soy su seguidor desde aquellaactuaciónmagistral desde su sencillez y por su excepcional sinceridad actoral en el filme de 1997del  realizador Clinton Eastwood Jr.: “Midnight in thegarden of good and evil”(Medianoche en el jardín del bien y el mal”).

 Kevin interpreta a un frio asesino en una ciudad detenida en el tiempo, se mueve en los lugares más sórdidos junto a un increíble desfile de pintorescos y magníficos personajes que van desde un aristócratasureño (John Cusack), taxi-boys, sacerdotisas del vudú y “drag-queens” (The Lady Chablis). Desde entonces intento seguir toda la carrera de Spacey, gracias a ello llegue a la serie: “House of Cards”.

Soy un fanático de los avatares de la familia presidencial Underwood en la Casa Blanca. Sus intrigas dely por el poder te sobrecogen a tal punto que necesitas un poco más con el capítulo de cada semana. (Aunque a veces la realidad de la familia Trump supere a la ficción de los Underwood’s en la “Casa de Barajas”). La política no deja de ser un juego de azar completamente adictivo tanto en la ficción o la realidad.

Me he preguntado. ¿Cuál es la geopolítica de todas estas series que nos hablan de los príncipes de Maquiavelo? Del Poder y el Leviatán. Esa misma pregunta intenta responderla el investigador Dominique Moïsi en su libro ‘Geopolítica de las series’ un lúcido análisis del mundo de las series a nivel global. Este es un fragmento de su quinto capítulo.

 La destrucción sistemática del sueño americano.

 En “House of Cards” el sueño americano se despedaza de forma deliberada y sistemática. Todo el mundo, hasta los llamados personajes secundarios (¿pero sigue habiendo de eso en el mundo de las series?), se describe bajo la luz más negativa. Ninguna categoría se libra. Al contrario, con un propósito de inclusión democrática, todas se presentan bajo una mirada crítica. Afroamericanos, hispanos, indios, hombres, mujeres, ricos, pobres, jóvenes, viejos, lobistas, hombres de negocios, políticos, periodistas. Todos son, de un modo u otro, corruptos, cínicos y calculadores, obsesionados por una misma cosa: el poder, sea cual sea el precio que haya que pagar, tanto uno mismo como los demás, para lograrlo. Nadie supone una excepción a la regla. Casi se podría hablar de una presentación negativa del melting-pot a la estadounidense. El sistema de integración de Estados Unidos ha funcionado bien, la prueba es que todos son igual de detestables, igual de corruptos moralmente unos que otros.

Esta crítica sistemática del sueño americano se corresponde, de hecho, con una realidad; al menos, en términos de percepción. En junio de 2014, The Washington Post difundió un estudio sobre la opinión pública estadounidense, realizado por CNN, que llevaba por título: «¿El sueño americano ha muerto?». Los resultados principales eran sorprendentes. El sesenta y tres por ciento de los estadounidenses pensaba que sus hijos vivirían peor que ellos. Era justo lo contrario que en 1999, cuando empezó la serie “El ala oeste de la Casa Blanca”. En aquella época, dos tercios de los estadounidenses estaban convencidos de que sus hijos tendrían una vida mejor que la suya.

Al elegir una presentación de la política en su forma más oscura, del modo más extremo, por no decir exagerado, los autores de la serie se sintieron animados por la evolución del mundo real. Su mensaje explícito podría ser: «Sé que estoy exagerando, pero poco». No hay más que ver lo que ocurre en Washington, el poder está paralizado. La democracia estadounidense se ha convertido en una «vetocracia», por retomar el afortunado término de Francis Fukuyama, filósofo de la Universidad de Yale. La sociedad está cada vez más dividida y polarizada. Existe un desacuerdo sobre los fundamentos en cuanto al papel que debe desempeñar el Gobierno. Siempre demasiado según los unos, nunca suficiente según los otros. La cantidad de dinero que se invierte en las campañas electorales se ha disparado y no sólo en las elecciones presidenciales, sino también en las de legisladores o gobernadores.

De hecho, el contrato social está agotado y las desigualdades se acrecientan. En Estados Unidos, el rotundo éxito del libro de Thomas Piketty “El capital en el siglo XXI’ es la prueba de que el economista francés sabe dar donde duele. Estamos asistiendo, efectivamente, en el país que se erigió en adalid de la igualdad entre los seres humanos, a la victoria de los herederos sobre los trabajadores. «El pasado devora el porvenir», escribe Piketty. ¿No es ésta la definición del anti-sueño americano? Sumemos a ello un país que vive muy por encima de sus posibilidades, habida cuenta de sus deudas, y que, en pleno agotamiento imperial, está obsesionado con la perspectiva o la realidad de su declive. Las últimas intervenciones de Estados Unidos en Irak y Afganistán, por no hablar de Pakistán, han arrojado, en general, un saldo muy negativo. ¿Se puede llegar a hablar, más allá de una crisis de Estados Unidos, de una crisis del modelo democrático o, por ampliar aún más, de una crisis del mundo occidental? Muchos seguidores de House of Cards están convencidos de ello, ya que ven en la serie una confirmación de sus convicciones más pesimistas.

House of Cards vista desde China 

En realidad, la influencia de la serie es doble. Por un lado, “House of Cards”  refleja el malestar de Estados Unidos. Por otro, alimenta el cinismo de las élites en los regímenes totalitarios que confunden con júbilo realidad y ficción y extraen de ella interpretaciones políticas que sirven a sus convicciones. ¿Cómo osan los estadounidenses darnos lecciones de moral?, piensan. Hemos visto los últimos episodios de House of Cards, no somos tontos. Incluso los occidentales nacidos en países democráticos sucumben a veces a la tentación de integrar la serie en sus categorías de análisis. Así, en el Financial Times se podía leer, al día siguiente de que el presidente Obama anunciara su ambiciosísimo plan de lucha contra el calentamiento global, un comentario que hacía referencia a House of Cards y ponía el énfasis no en el contenido del plan, sino en su capacidad para poner a la oposición republicana a la defensiva:

«Digan lo que digan, los republicanos no pueden más que mostrarse a la defensiva, al haber dejado el bando de la modernidad a la Casa Blanca». En política, ¿no es más importante dividir a los adversarios que poner en marcha las reformas necesarias?

 “House of Cards” está en su salsa al describir un mundo político totalmente dominado —la palabra «obsesionado» sería quizás más oportuna— por sus luchas internas. El contexto internacional está presente, es cierto, desde China hasta Oriente Próximo pasando por Rusia, que tiende a sustituir a China como la principal amenaza conforme avanzan las temporadas. Pero todo ello, al final, es secundario. De hecho, en la tercera temporada de la serie el tratamiento de los envites internacionales es, demasiado a menudo, totalmente idealista, por no decir ridículo. Parece casi un pretexto para preparar el terreno a las crecientes tensiones entre la pareja presidencial. «Jamás debí haberte hecho embajadora», dice Frank Underwood a su mujer.«Jamás debí haberte hecho presidente», le responde ella al instante.

Estamos más cerca de «La fierecilla domada en la Casa Blanca» que de cualquier análisis serio de la política estadounidense, a menos que se trate de una explicación en profundidad sobre las debilidades extremas de la diplomacia actual de ese país. En el fondo, no les interesa o ya no les interesa. Ya han dado demasiado juego, y durante demasiado tiempo, con los resultados que conocemos.

Las disputas familiares en la cúspide o los problemas de poder en el interior son infinitamente más apasionantes, e importantes en realidad, que los juegos de equilibrio en el exterior. Todos los prejuicios contra la política y los políticos se ponen por delante y, por lo tanto, se magnifican.

¿Y si saliera rentable mentir?

 En esta lucha desequilibrada entre la ficción que debilita y la que magnifica, ¿se puede temer que, al menos a corto plazo, salga rentable mentir? La pregunta está sobre la mesa. Digna heredera de la URSS, la Rusia de Putin no anima a sus ciudadanos a un proceso de reforma, indispensable, no obstante, para su supervivencia económica y, por lo tanto, política. «Todo sería perfecto si no estuviéramos rodeados de enemigos agresivos que no tienen otra ambición que humillarnos y debilitarnos mediante una política de sanciones», repite sin cesar la propaganda rusa.

Una política simplista que se acompaña, sin embargo, de una diplomacia mucho más sutil y, en lo que concierne a Siria, eficaz, al menos temporalmente.Dejándose llevar por lo que a algunos podría parecerles un antiamericanismo simplista. ¿Una serie como House of Cards permitiría a la democracia estadounidense, por el contrario, reinventarse y trascender, en concreto, el bloqueo de sus instituciones?

La serie se convierte en aliciente para no hacer nada en el caso ruso y para hacer las cosas mejor en el caso estadounidense.

Pero el daño es profundo. Pensar que una serie como “House of Cards”  puede ser la oportunidad de un repunte de la democracia estadounidense es, sin duda, demostrar un exceso de optimismo. Desde luego, se puede leer como una suerte de llamada desesperada a un despertar moral, una forma de «nunca más» a la estadounidense. No vamos a tolerar más estas derivas de nuestro modelo democrático.

Pero, de manera más profunda sin duda, “House of Cards” refleja una pérdida de confianza generalizada con respecto a las élites. De ellas se puede esperar cualquier cosa. En Gran Bretaña, la multiplicación de escándalos sexuales —a menudo de pedofilia— que implican a personalidades que pueden estar ya muertas se inscribe así en esta nueva visión negativa de las élites. Una evolución que fomenta todo tipo de populismos o radicalismos.

¿House of Cards, en su versión estadounidense (¿universal?), contribuye a acelerar este fenómeno o no hace más que reflejarlo? Ésa es la pregunta clave. Ante una serie así, parece que se estén esperando picos en la voluntad de desacralizar la política y a los políticos. Y esta evolución se produce en el peor momento, cuando la potencia protectora del Estado se hace más necesaria que nunca frente a amenazas existenciales que son cada vez más numerosas.

¿Una serie debería contribuir a un despertar moral o incluso a tranquilizar a los ciudadanos mediante un mensaje que resulte más positivo y al mismo tiempo no deje de ser realista sin parecer aburrido ni artificial? Dicho de otro modo, ¿una serie puede llevarnos a repensar el orden del mundo, más que a concentrarnos exclusivamente, como con placer, si no con un cierto sadismo, en la defensa e ilustración de sus trastornos?

Sin lugar a dudas, éste no es tampoco el objetivo de la serie noruega Occupied, cuya primera temporada se emitió a través del canal de televisión Arte a finales de 2015. En realidad, el universo de Occupiedestá más próximo al de House of Cards que al de Borgen.

Tomado del libro

“Geopolítica de las Series. O el triunfo global del miedo”, por Dominique Moisi. Errata Nature.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *