Beber cerveza en todas las iglesias.

En un ensayo de 1921, T. S. Eliot nombró la marca esencial en el arte de William Blake: honestidad. En un mundo deshonesto la honestidad es el mayor de los insultos. Una honestidad, agregaba de inmediato Eliot, que resultaba aterradora en un tiempo demasiado miedoso para ser honesto. Contra la franqueza de Blake conspiraba el mundo entero. Ayer y hoy. La poesía de Blake es desagradable como lo es la gran poesía, decía Eliot: a través de un admirable proceso de simplificación exhibe la enfermedad esencial y también la vitalidad del alma humana. Acceder a sus revelaciones no es, sin embargo, cosa sencilla. Fiel a su llamado, concibió una mitología personalísima y compleja.

Recientemente mi amor bestial conocedora de mi infinita relación con el poeta me ha regalado una guía valiosa para pasear en ese universo de símbolos. Se trata de El amanecer de la eternidad. El mundo imaginativo de William Blake, de Leo Damrosch editado este año por la Universidad de Yale. Ella conoce de mi amor profundo por WB. El título viene de un poema que Blake nunca publicó y que logra condensar su ambición artística y filosófica:

Ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarcar el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Quien sujeta una alegría
Destruye la alada vida;
Quien besa al júbilo en su vuelo
Vive en el amanecer de la eternidad.

Damrosch siguió meticulosamente los pasos de Tocqueville por los Estados Unidos y ha retratado, en brillantes biografías, a Rousseau y a Swift. Este libro sobre Blake no es propiamente una biografía. Es un manual de lectura. El visionario que enlaza la poesía y la acuarela con la filosofía nos invita a abrir nuestra estancada imaginación al “trueno del pensamiento y a las llamas del deseo feroz”. Pasearse en esa tormenta es una aventura peligrosa. Por eso es tan útil la orientación de Damrosch. Su intención es hacer, más que un libro sobre Blake, un libro con Blake.

Junto a Blake el ejercicio de colaboración supone una mirada tan atenta a sus imágenes como a sus letras. Trazo y frase de una sabiduría visual. El crítico sigue los sueños, las visiones, los delirios del genio. Mitos de inocencia y aprendizaje, de las pasiones y la razón, de Dios y la Revolución, de la naturaleza y la ciudad, de los hombres y mujeres, del cielo y el infierno.

Como bien dijo Bataille, Blake será, ante todo, el supremo cantor a la alegría de los sentidos. La sensualidad reina por encima de la razón; los deleites sobre las culpas. “Quien desea y no actúa procrea pestes”.  Blake es el ungido, único que sabe con su candil encendido sobre el acantilado, entonces la Gran Hembra gimió y su gemido fue escuchado en toda la Tierra. Blake es un faro oscuro. Por eso nos llama a reconciliarnos con el infierno. Aterradora honestidad: acoger el impulso, la desmesura, la pasión. Blake ve a Dios en la altivez del pavorreal, en la lujuria del chivo, en la cólera del león, en la desnudez de la mujer. Es una fe contra cualquier sacerdocio. “Igual que la oruga elige las hojas más agraciadas para depositar sus huevos, así el sacerdote dejará caer su maldición en los goces más hermosos.” Restituir a las deidades que animaban todos los objetos del mundo. Aquellos dioses con formas de montañas, de ríos, de árboles y nubes, de machos y hembras desnudos, que los templos expulsaron para imponer su personal código de pecados. Tal vez lo que nos pide Blake es muy sencillo: beber cerveza en todas las iglesias.

 

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