Lo que sabemos o lo que ignoramos.

Gonzalo Rojas.

Uno

Gonzalo Rojas nos describe un ataque de asfixia que lo atrapó por la madrugada empujándolo al abismo de la casi muerte. Él, el poeta del aire, no había hecho otra cosa que adorar el aire desde que fue amputado de su madre, sentía que la vida se le escapaba, muerto y ya transparente, dejándolo solo y seco, vacío, atrapado en sí mismo, en el “no-aire”.  Escribe…“Me moría, adiós vieja fragua: un minuto y soy piedra para siempre, oh voz, única voz. Hasta que vino alguien—tiene que haber sido alguna hermosa—y me dijo: después. Por ahora, mortal mío, respira, respira.”

Rojas sabe del aire como sinónimo de vida, de poesía y de resurrección.  Para vivir beber aire. Para escribir hacer aire. Gonzalo Rojas abre y cierra las cortinas al cráneo, ventila el esqueleto, besa por dentro la medula de la locura, lo hace obra, lo hace vida, aire…

Un aire, un aire, un aire,
un aire,
un aire nuevo:
no para respirarlo
sino para vivirlo.

El aliento del aire es el ritmo del verso, del cuerpo, del mundo. Por eso hay que leer su poesía respirando. Espirando profundo, inspirando hondo.

Alguien me recordaba, su curiosa superstición o, tal vez, su rito. La ceremonia de su escritura le exigía una prueba a la suerte. Lanzaba un cuchillo a la mesa de madera. Sólo si se clavaba en la tabla, se sentaba a escribir. En el zumbido de ese cuchillo vibraban los espíritus de Ovidio y de Huidobro; de Celan y Safo; los sueños del surrealismo y la dicción perfecta del Siglo de Oro. Mil tradiciones fundidas en su desconcertante sintaxis. 

Más que la lealtad al pasado era su audacia lo que lo condujo a la apropiación de esas y todas las voces. Su pensamiento es soplo, aire de huracán, descarga súbita, sorpresiva, violenta que penetra la verdad por aproximación. No la verdad revelada  o definitiva de un loco o un texto, si no la otra, la verdad verdadera de Huxley. La que se hace por tramos y con mucho sudor.  Escribir poesía es un pensar desrazonando. Rondar el mundo con “la certeza de no alcanzar a decir lo que quiero decir.”

    Y cuando escribas no mires lo que escribas, piensa en el sol
    que arde y no ve y lame el Mundo con un agua
    de zafiro para que el ser 
    sea y durmamos en el asombro
    sin el cual no hay tabla donde fluir, no hay pensamiento
    ni encantamiento de muchachas
    frescas desde la antigüedad de las orquídeas de donde 
    vinieron las sílabas que saben más que la música, más, mucho más que el parto.

Acostumbraba Rojas a hablar con su cuerpo. Los poetas son raros como los grandes amantes, decía. No bastan los sueños: “hay que tener también testículos duros.” La clave de su sistema poético (dijo Enrique Lihn) es el cruce de lo animal y lo sagrado. El placer y Dios; el paraíso y los muslos; lo lascivo y lo venerable. Al final, todo existe “para que el hombre vuelva a su morada.”

   Dame otra vez tu cuerpo, sus racimos oscuros para que de ellos mane
la luz, deja que muerda tus estrellas, tus nubes olorosas,
único cielo que conozco, permíteme
recorrerte y tocarte como un nuevo David todas las cuerdas,
para que el mismo Dios vaya con mi semilla
como un latido múltiple por tus venas preciosas
y te estalle en los pechos de mármol y destruya
tu armónica cintura, mi cítara, y te baje a la belleza
de la vida mortal.

Místico turbulento. Con esa fórmula se definió él mismo.

 Dos

Charles Bukowski

Charles Bukowski dedicó su poesía a darle voz a una bestia. La bestia que fue.

Una bestia alcoholizada de uñas negras, panza blanca y pies peludos; una bestia atrapada en una jaula sucia y pegada a una botella de cerveza; una bestia iracunda y misógina.

Mientras otros trabajan ocho horas o sacan fotos en Facebook para dejar de pensar, la bestia se permite pensar en ella, en la muerte, en la demencia y el miedo; en flores secas, en decadencias y en el hedor de la tormenta ruinosa. La bestia habla de la violencia de su padre, del reloj que registra el tedio, del hambre y las cucarachas, del paso de sus amantes. Bukowski escribe, siempre borracho, mientras mata moscas, decidido a arrebatarle todo arte a la poesía.

Todo es una farsa, escribe en un poema: los grandes actores, los grandes poetas, los grandes estadistas, los grandes pintores, los grandes compositores, los grandes amores. La historia y su recuerdo son también un fraude. Sólo existe uno mismo con el ahora. Entre vagos y prostitutas, Bukowski alardea y se lamenta. Su misantropía es sórdida y vulgar pero, al mismo tiempo, perceptiva.

Narrativa autobiográfica en la que suele aparecer un bar, alguna amante, un coche y música de jazz. Una columna de desplantes, declaraciones y anécdotas. Pero también hay poemas como “El genio de la multitud” del que capturo unas líneas, de la versión de Bravo Varela:

cuidado con los predicadores
cuidado con los conocedores
cuidado con aquellos que siempre están leyendo libros

cuidado con aquellos que
odian la pobreza
o los enorgullece
cuidado con aquellos que elogian de buenas a primera
porque a la vuelta buscan el elogio
cuidado con aquellos que censuran de buenas a primeras
le tienen miedo a lo que desconocen
cuidado con aquellos que están en busca de fieles multitudes porque
solos son nada.

La Bestia, muerta en 1994, ha encontrado a su Bella más de veinte años después, en Ute Lemper, quien dedica a su poesía su puesta en escena The Bukowski Project, la reina del cabaret de Weimar, intérprete de Brecht y Kurt Weill, de Michael Nyman y Tom Waits, lo lee, lo canta, lo personifica, ahora en New York, muy cerca de la incendiada y nevada Torre Trump.

Podría decirse que la brusquedad de las palabras sin ritmo y sin rima contrasta con el glamour, con la helada elegancia de la exotica cantante alemana, pero, en realidad, hay una conexión natural entre su repertorio y la escritura de la Bestia Musa. Ute Lemper se ha concentrado en la tradición sombría del cabaret francés y alemán. No la canción hermosa y armónica, sino esa que está llena de veneno y disonancias. Ese arte que puritanos, nazis y bolcheviques llamaron “degenerado” y que si se atrevió a mostrar toda la hipocresía burguesa y proletaria. Así se acerca teatralmente a Bukowski y a sus demonios. No, no es para todos leer o escribir poesía, decía él: hace falta mucha desesperación, mucha insatisfacción y mucha desilusión.

 Tres

Seamus Heaney 

Después de participar en un aburrido programa de la BBC, el poeta Seamus Heaney fue con el actor Stephen Thorne a un pub y luego a cenar. Afuera del restaurante encontró, tirado en la banqueta, un zapato rojo de tacón alto. Heaney lo recogió. Durante la cena, entre la sopa, el pescado y los postres, escribió un poema dentro del zapato. Thorne le pidió leer lo que había inscrito ahí. “No–respondió Heaney–es para la mujer del zapato.” Al salir, Heaney regresó el zapato al lugar exacto donde lo había encontrado un par de horas antes. Cada vez que Thorne reencontraba al poeta le preguntaba si había tenido noticias de la mujer del zapato rojo. “Todavía no”, le respondía una y otra vez. “Pero uno nunca sabe…”

Las palabras de la poesía eran para Heaney provisiones de memoria y de misterio. Historia y enigma. Escribir fue, para el poeta irlandés, cavar en la tierra. Como su padre y su abuelo cavaban con la pala hundiendo el acero en la arena, él escribió para exhumar. Sujetar la pluma como sus ancestros empuñaban la pala. El nombre con que bautizó la colección más amplia de su poesía no pudo ser más justo: Tierra abierta.

Densa textura de lo subterráneo: huesos y maderas viejas, utensilios limados por los siglos, polvo, piedras, raíces, caracoles. Desenterrar las vasijas del neolítico y dar nueva vida a las palabras olvidadas. Somos lombrices: efímeras envolturas de tierra. La ciénaga es el sitio al que va y regresa su poesía: paraje lodoso que protege el pasado bajo tierra húmeda; densa composta de los tiempos; mezcla de lo inerte y lo orgánico, del horror y la esperanza.

En sus poemas del pantano, Heaney encontró la metáfora del tiempo, la imagen de la resurrección. Fosas de la Edad de Hierro que dejan testimonio de la violencia, la “íntima venganza tribal”. Escribe en “Estirpe”:

Amo esta faz de hierba,
sus negras incisiones,
los secretos recónditos
de procesos y ritos;

Amo la primavera
que brota de la tierra,
de cada terraplén pende una horca
cada charca

La desatada lengua
de una urna, bebo de la luna,
no para ser sondada
por el ojo desnudo.

(Traducción propia)

El poeta de la tierra, esa “mantequilla negra” donde viven los mitos, era un convencido del poder del arte, del influjo de la poesía, es decir, de su responsabilidad. La poesía no cambia las cosas pero puede cambiar la forma en que vemos las cosas. “Cuando un poema rima, cuando una forma se genera a sí misma, cuando la métrica provoca que la consciencia adquiera una nueva postura, se coloca ya del lado de la vida. Cuando una rima sorprende y extiende los relaciones fijas entre las palabras, eso, en sí mismo, es una rebelión contra la necesidad”.

Mark Twain me dijo que la Historia no se repite, pero a veces rima. Es por ello que en la poesía radica una esperanza: una metáfora, es una posibilidad de paz en tiempos violentos. Como Cristo impidió el linchamiento de su amada Magdalena escribiendo en la arena del desierto, dice Heaney, el poeta nos salva de la obsesión del momento. Uno nunca sabe. La poesía es asombro y pausa, un reflector a la totalidad de lo que sabemos o lo que ignoramos.

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