El Dios de Arvo Pärt.

En su excelente libro ‘El ruido eterno’ Alex Ross cuenta lo siguiente: “Para algunos, la extraña pureza espiritual de Arvo Pärt satisfacía una necesidad más desesperada; una enfermera ponía regularmente ‘Tabula rasa’ en la sala de un hospital de Nueva York a varones jóvenes que estaban muriendo de sida, y en sus últimos días ellos le pedían oírla una y otra vez”. La música minimalista de Pärt, sostiene Ross, alcanzó un inesperado éxito comercial a partir de los años 80 del pasado siglo porque “brindaba oasis de reposo en una cultura tecnológicamente sobresaturada”.

Tiene toda la razón Ross, escuchar la obra de Arvo es una invitación a la paz y el silencio en un mundo de violencias y ruidos.

La música de Pärt sorprende por el golpe espiritual, un vigor sutil que tiene que ver con esa idea budista y cristiana de que el Supremo o Dios se manifiesta en la debilidad, en la paz y el amor de los pequeños. Contenida y sustancial, desprovista de ribetes y de premuras. Arvo convence, el único camino a lo sagrado es la belleza, la compleja simplicidad del amor.

Arvo Pärt luce como un monje ruso, un Dostoievski que detiene con tonadas y melodías el crimen y la violencia del mundo incluso el castigo del mismo Dios. Un monje cuya oración y penitencia es la música. Arvo suena como el alma penitente de Estonia. Creador de su propio sistema de composición nombrado tintinnabuli (el término procede de una palabra onomatopéyica latina —tintinnabulum— que alude al sonido que hacen las campanitas), que fue construido entre 1968 y 1976, o más concretamente, desde el incidente con Credo y el estreno de Für Alina.  Guerra fría, crisis de los misiles en Cuba, Stones y Beatles, y en Estonia, patria que había alumbrado al bueno de Arvo en 1935, se disfrutaba de aquel reino de Dios en la tierra que se llamó la URSS.

Arvo Pärt  compuso su personal Credo una pieza collage escrita para piano, coro y orquesta en la que se enfrentan una masa atonal contra una tonal, que sigue el esquema del preludio en Do mayor del Clavicordio bien temperado. Como se ve, no se puede decir que la pieza invitase a estallar  el Kremlin; el peligro no lo estaba en la forma, entonces buscaron en el contenido.

Titular una pieza “Credo” en la Estonia de los sesentas era una invitación al ostracismo. Así lo entendieron los burócratas soviéticos como una provocación insoportable, tanto que no repararon en que lo que canta el coro no es el credo litúrgico sino ese pasaje del Evangelio de Mateo que dice “se os ha dicho: ojo por ojo y diente por diente; así yo os digo que no devolváis el daño”.

Las autoridades soviéticas no pensaban igual, prohibieron la pieza durante más de una década.

A partir del incidente Arvo hace silencio. Para encontrar sus verdades existenciales y artísticas. El acercamiento de Pärt a la Iglesia Ortodoxa Rusa y por el canto llano y la polifonía temprana.

Los procesos de conversión espirituales e ideológicos son fenomenológicamente muy complejos. No obstante, debe quedar claro que la conversión compromete la vida, en tanto le otorga un nuevo sentido que el converso acepta plenamente. Es lo que dicen los textos vedas o los evangelios. En palabras de Eliade, “la vida en su totalidad es susceptible de ser santificada. Los medios por los cuales se obtiene la santificación son múltiples, pero el resultado es casi siempre el mismo: la vida se vive en un doble plano; se desarrolla en cuanto existencia humana y, al mismo tiempo, participa de una vida transhumana, la del cosmos o la de los dioses”.

Pärt explica  “no hay una línea que divida religión y vida: es todo lo mismo”.

En consecuencia, si aceptamos que la música de Pärt es “música religiosa” (tal como él mismo afirma, dicho sea de paso) no podemos aproximarnos a ella de una manera “aséptica”, despojada del sustrato espiritual en el que se levanta. En relación con esto, no es ocioso que el compositor estonio se afane en el estudio del canto llano o de la polifonía baja medieval y renacentista: estas músicas tienen, de manera muy evidente, una relación entre su forma y su pretensión. Ni los intervalos que se emplean son gratuitos, ni lo son los tiempos, etc.; por así decirlo, la estructura formal de un gloria gregoriano es ya un acto de alabanza.

Paul Hillier llama a esto el “espíritu de la música antigua” y puede rastrearse pormenorizadamente en la música de Pärt.

El estilo de Arvo es en apariencia sencillo. El  tintinnabuli se construye con dos voces, una que hace la melodía y otra, el acompañamiento. La que hace la melodía se construye en torno a una nota central, que puede ser la tónica o cualquier nota del acorde tónico, y se despliega en cuatro modos: partiendo de la nota central y ascendiendo, partiendo de la nota central y descendiendo, descendiendo hasta la nota central o ascendiendo hasta la nota central. No quiero dar detalles cansinos de cuál es el método mejor lo escuchan en las manos de mi esposa…Für Anna Maria_ Frohlich.

La voz que hace el acompañamiento se construye usando las notas del acorde tónico de la nota que suena en la melodía. Y no hay más. Con estas armas tan sencillas Arvo Pärt ha sabido construir piezas tan sobrecogedoras como el Cantus In Memoriam Benjamin Britten (1977), Fratres (1977), Tabula Rasa (1977) o Passio Dómini Nostri Jesu Christi secundum Joannem (1982).

Quisiera hacer una distinción Arvo no tiene nada de monje ascético, a pesar de su aspecto monacal. Es un hombre del mundo, de sus hijas, hijos, nietos, amigos. Es el hombre que se colocó una peluca para arengar a la Unión de Compositores Estonios, en protesta por la censura que ejercía sobre ellos el omnímodo poder soviético. Pero también es ese señor que bromea con sus hijos tapándose las orejas con plátanos en el documental “And then came the evening and the morning”  o que saca a bailar al fundador de ECM, Manfred Eicher, durante un ensayo de una de sus piezas, como atestigua la película “Sounds and silence”.

Todo eso es anecdótico: a un creador se le juzga por su obra.

No creo que se pueda escuchar “Fratres” o “Annum per annum” y entender que esa música es monacal, por mucho título en latín que tenga. La música de Arvo Pärt encuentra nuestra unidad bajo la apariencia múltiple de realidad. “Lo omplejo y multifacético sólo me confunde, y debo buscar la unidad. […] He descubierto que es suficiente cuando una nota es tocada bellamente. Esa sola nota, o silencio, o momento de silencio me confortan”.

Sencillez y  belleza para realizar ejercicios de una espiritual brutal, directa e imponente. Si les digo que Arvo Pärt busca a Dios no creo que nadie se sorprenda, por muy atípica que sea esta particularidad en el arte contemporáneo.

Y sería un error entender que por este motivo la música de Pärt es una suerte de revival, una suerte de neogregoriano batido en una coctelera minimalista (un simple análisis formal de la música de Pärt debería disuadirnos rápidamente de esta idea). Más allá de todas estas consideraciones teóricas, históricas o taxonómicas, la música de Pärt es, fundamentalmente, un ejercicio estético en el que el compositor hace partícipe al auditorio de su búsqueda y de su hallazgo íntimo.

Asistir a la música de Pärt es una experiencia de lo sagrado en la que el espectador es invitado a ser partícipe; si no es ponerse en oración, al menos sí que es asistir a una.

Me parece que es sincero: ocurre que me creo a Arvo Pärt cuando me habla de Dios.

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