Fernando Pessoa.

La Vanguardia y las ideologias del siglo XX produjo un reducido número de sistemas de pensamiento coherente y relevante, y junto a ellos una plétora de seudoteorías nebulosas e inconsistentes, supuestamente distintivas y arrogantemente excluyentes, cobijadas bajo denominaciones caprichosas: «juegos de enrevesamiento», como decía Ramón. Juegos dados a convertir en complejo lo que en su propia sencillez no llega a ser, casi siempre con una última intención solapada: disfrazar de originalidad el eco, y librarlo del estigma del la estupidez.

El mero índice de Ismos tiene mucho de broma y recuerda la enciclopedia zoológica china que, según cuenta Borges, distinguía, entre otras clases de animales, los que se agitan como locos y los que de lejos parecen moscas. Casi todos los movimientos de Vanguardia se agitan como locos y buena parte de ellos parecen moscas incluso de cerca, y de hecho lo son.

Una de las más llamativas facetas de la poliédrica personalidad de Fernando Pessoa es su ambigua relación con el Futurismo italiano, a través de la figura de Álvaro de Campos.

La irresistible ascensión de Fernando Pessoa es uno de mis más antiguos motivos de sorpresa. Muchas horas he dedicado a leerlo, en verso y en prosa. Insolencia, autocompasión, paranoia, megalomanía e incoherencia son sin duda virtudes para quienes consideren que la genialidad ha de ser arbitraria, inaccesible e incomprensible. Está, además, sin duda, la voluntad de reconocerle al pueblo portugués, siempre digno y noble en su crepúsculo posimperial, una figura literaria contemporánea equiparable a las de otras lenguas y literaturas. No puede desestimarse el atractivo de la leyenda de Pessoa: el grafómano autista, empeñado en huir de sí mismo en el desempeño mecánico y desencantado de una vida vulgar y mediocre. Junto a todas esas motivaciones adventicias, está el hecho indudable de que una parte de la obra de Pessoa, tanto en prosa como en verso, es un raro y único ejercicio de introspección autodestructiva, tan falta de piedad como rebosante de calidad.

Fuera de ese territorio, Pessoa sigue siendo un gran poeta.

Como ensayista, es a menudo brillante en el fragmento, pero en el conjunto disparatado, prolijo, reiterativo y carente de sistema, lo mismo que en sus incursiones supuestamente filosóficas. Para mayor inri, de vez en cuando sus páginas están hisopadas de ocultismo y teosofía. Y la guinda final la pone el estrafalario ecosistema de heterónimos, preheterónimos, semiheterónimos, ortónimos y seudónimos, un galimatías tan absurdo como ocioso. Puede justificarse como manifestación de una personalidad dividida, o como intento de ir más allá de la asunción distanciada de voces posibles en el monólogo dramático, pero, de hecho, ha venido a ser una ceremonia destinada a abusar de los incautos y divertir a los prestidigitadores letrados que quieran dedicar sus ocios a tan estéril y bizantino pasatiempo.

En todos los poetas hay multiplicidad de voces, resultado de la evolución y la diversificación. Vicente Aleixandre, por ejemplo, que militó sucesivamente en el Surrealismo y la rehumanización de posguerra, se aproximó a la poesía social y dio en sus libros finales una honda lectura de su madurez y ancianidad, podría haberse dividido en cuatro heterónimos o más, pero era demasiado sensato para hacerlo.

El Libro del desasosiego es la obra más compleja de Pessoa, sorprendente por su densidad, su constante interrogación acerca de la identidad personal y el sentido de la existencia, su incapacidad de comunicación y de amor, su sexualidad ambigua y conflictiva, su oscilación entre depresión y euforia. Contiene pasajes y fragmentos memorables, por su poder imaginativo y su densidad: «Mi alma es una orquesta oculta; no sé qué instrumentos tañe o rechina, cuerdas y harpas, timbales y tambores, dentro de mí. Sólo me conozco como sinfonía»; «mi sensibilidad es una llama al viento» (¿inspiración quizá de la conocida canción de Elton John, «Candle in the wind»?). El tema central y recurrente del libro es el autodesprecio, la reiterativa proclamación del propio fracaso: «He asistido, desconocido, al desfallecimiento gradual de mi vida, al zozobrar lento de todo cuanto he querido ser». «Tengo frío de la vida. Todo es cuevas húmedas y catacumbas sin luz en mi existencia». La clave de este libro, el que sin duda ha procurado a Pessoa su mayor estima y audiencia, es su sinceridad cruel y patológica; la de alguien que se define a sí mismo como «cosa arrojada a un rincón, trapo caído en la calle», como el animalejo transportado en un cesto de mimbre con dos tapaderas unidas por el centro, a la altura del asa, y que cuelga de un brazo que le impide asomar el hocico.

Pero la poesia siempre tiene por donde asomar.

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