Anthony Bourdain.

Mucha razón tenía James Boswell al rechazar las definiciones habituales del hombre. Ni especialmente racional, ni tan dotado para la palabra y, desde luego, poco urbano. El hombre es, en realidad, un animal que cocina. Eso somos: animales empeñados en el aderezo de lo que comemos. Otros animales se comunican a su modo, muchos son gregarios, algunos fabrican instrumentos. Sólo el hombre dedica tiempo al condimento. En la cocina la imaginación transforma la necesidad en ceremonia. El alimento deja de ser subsistencia para convertirse en placer.

Ahora tengo la extraña sensación cuando cocino de ser un ladrón, de robarle algo a alguien, ese alguien es Anthony Bourdain. Comparto la cocina con mi madre, mi esposa, mis hijas y como una especie de Oficiante esta ahora la presencia de Bourdain. Anthony es mi Ego culinario.

Un cronista admirable de nuestro tiempo porque entendía precisamente el significado de los manjares. Conocer la comida de un lugar es entender a su gente. Cuando Anthony Bourdain recorría las ciudades del mundo en busca de cocinas, cafeterías, churriscos, fondas, restaurantes y comederos se zambullía en la cultura, en la política, en la historia.

Sabrosa antropología: el cocinero se aventura en los sabores, participa en los ritos del fuego, advierte los ritmos y las secuencias de lo platos, se adentra en la vitalidad de las tradiciones, escucha la leyenda de las recetas. No es la curiosidad por lo extraño, no es el morbo por lo extravagante, no es la fascinación con lo exquisito lo que lo movía sino lo contrario: la certeza de un paladar que nos hermana. Necesitaremos traductor de palabras pero no hace falta diccionario para compartir los placeres de la boca. La comida es lo que somos: nuestra tribu, nuestra biografía, nuestra fe, nuestras ilusiones, nuestra abuela, nuestra madre.

Bourdain., el lavaplatos se convirtió en cocinero, el cocinero se convirtió en escritor y el escritor se convirtió en personaje de televisión y multimillonario suicida. 

Después del éxito de su primer libro hizo de su fantasía irrealizable una propuesta televisiva. Quería comer por el mundo y quiso que alguien financiara su sueño. Para su sorpresa, el boleto llegó con un contrato para su primer programa. Habría de brincar el resto de su vida de continente en continente retratando a esa curiosa especie que se deleita con el olor y el sabor de los alimentos. Descubrió muy pronto que la forma para acceder a la intimidad era preguntarles lo elemental: ¿qué comida te hace feliz?, ¿cómo es tu vida? ¿qué te gusta comer? ¿qué disfrutas cocinar? Cuando alguien te sirve una sopa te está contando su historia, te está hablando de su mamá, de su infancia, de sus amores.

Odió la fama y quizá la suya terminó perdiéndolo en la muerte.  Odiaba la pedantería gastronómica, el frívolo culto a las estrellas del espectáculo culinario. Su genio para la televisión nacía seguramente de su desprecio por la televisión. Hizo lo que le dio la gana. No buscó el plato perfecto, la cocción exacta, el aroma sublime. Era un aventurero, no un esteta. Su fascinación era la autenticidad, la plenitud que aparece alrededor de las viandas, las puertas que se abren con la excitación de las papilas. No hizo catálogo de restaurantes exquisitos sino de loncherías, puestos de mercado, locales en la calle, fondas pequeñas que logran culto. Lo que tocan sus programas es, sencillamente, la experiencia de vivir. Al primer aroma se activa un mundo de recuerdos y de vivencias. Genial narrador y retratista. Admirable guía por lo desconocido, el más eficaz embajador de todas las cocinas del planeta. Honesto, un segundo después de una carcajada absoluta, daba pistas de su fractura. La maravilla de de su personaje televisivo no eran los platos deliciosos que provocan saliva de inmediato sino esa combinación de osadía y entusiasmo; de humildad y gratitud; de alegría e inteligencia, de apertura y fraternidad.

Un comentario en “Anthony Bourdain.”

  1. Gracias a mi amigo Anger por compartirme esto….tengo grabado el programa de CNN, cuando tenga el deseo lo veo….ahora no. Gracias…

    *

    El último episodio de la serie de Anthony Bourdain, Parts Unknown, tiene, a la luz de su muerte, un tono ominoso y algo melancólico. El programa acaba de ser transmitido por CNN y, sin duda, se trata de un documento sumamente interesante. Bourdain es acompañado por el director de Black Swan, Darren Aronofsky, en un breve viaje para conocer la cultura de Bután, uno de los pocos lugares que mantienen más o menos intacta su cultura tradicional, que en este caso se trata fundamentalmente de un reino budista tántrico.

    Aronofsky escribió un artículo recordando el viaje, donde señala: “Parece irónico que en nuestro último día grabando realizamos un ritual butanés de la muerte. Y debatimos el destino del país y del mundo”. Al final Bourdain y Aronofsky, frente a un lugar místico llamado “el Lago de Fuego”, reflexionan sobre si la gente de Bután podrá mantener sus tradiciones con la llegada “de las pantallas planas, las pop stars y el materialismo” que parece inevitable.

    Durante el episodio, ambos personajes escuchan y aprenden sobre la filosofía vajrayana (el budismo tántrico) que predomina en Bután, el movimiento ambiental y el “índice de felicidad” que es parte importante de la política pública de este reino que se encuentra en el este de los Himalayas. Escuchan también historias de Drukpa Kunley, el yogui tántrico que trajo el vajrayana a Bután, famoso por sus conductas extravagantes, pues de alguna manera instauró el culto al falo o a su “flamante relámpago de sabiduría” (lo cual no es sólo el falo, sino que simboliza el principio de sabiduría indestructible que es igual al espacio y a la dicha eterna dentro de las prácticas tántricas), y un famoso palacio fálico. Drukpa Kunley es parte de una tradición de santos, poetas y maestros iluminados que no se ajustan a las normas sociales sino que viven en la pura espontaneidad -crazy wisdom es el término que utilizó Chögyam Trungpa para hablar de ellos-.

    En una escena, Bourdain recibe la explicación de un tipo de meditación muy importante en el budismo y especialmente practicada en Bután, la cual consiste en recordar constantemente la muerte. Un hombre explica que “no se debe tomar las cosas demasiado en serio”, ya que el mundo es “una ilusión”. Bourdain contesta: “La vida es sólo un sueño”. Y después narra al público, en medio de las majestuosas montañas: “Se considera iluminante y terapéutico pensar en la muerte algunos minutos todos los días”.

    Hay algo poético y misterioso en pensar que este fue el último episodio que grabó, cerca de la cima del mundo, meditando sobre la muerte, las antiguas tradiciones y la belleza de la naturaleza.

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