El enigma de la partida y de todas las llegadas.

El enigma de la llegada.

Recuerdo perfectamente la primera novela que leí de VidiadharSurajprasad Naipaul, “El Enigma de la llegada”, lo hice en 8 horas y 45 minutos el  tiempo exacto de un accidentado vuelo entre Madrid y La Habana, o La Habana y Madrid, ese detalle se escapa a mi recuerdo. S. Naipaul,escritor de ascendencia hindú, nacido en Trinidad y Tobago, afincando en Londres. Hombre difícil, desarraigado, colérico y siempre entre las sombras de tres continentes. Escribió en inglés y fue premio Nobel en el 2001. Acaba de morir.

Escritor del mundo pos colonial, de la explotación colonial de inmensas masas de seres humanos, de la alineación de las religiones impostadas, de lo idiomas impuestos por la fuerza de la espada o la cruz, autor de historias suprimidas, de la esclavitud sin cadenas, la de los indígenas de Trinidad, la población hindú de la isla que olvida el idioma de sus ancestros, los musulmanes que ignoran el origen de su apellido, la toponimia de Chaguanas  o Londres. Olvido y pérdida cultural por un lado y alienación por el otro son los temas tratados por Naipaul.

Emigración y desarraigo.

La primera novela que leí les contaba fue “El enigma de la llegada” cambiando dos nombres propios y el de par de ciudades era mi historia, la de miles de cubanos, o mexicanos, o centroamericanos, o centroafricanos. Nuevas vidas, vidas pasadas. La partida exige la valentía de lo por venir, el limbo de lo desconocido y la perspectiva de la aventura humana; la llegada implica aprender lo nuevo, aprender a mirar sobre todo lo nuevo, a ser.

La partida ocasiona inconformidad y desconcierto, mutilaciones y pérdidas, la llegada la esperanza de enriquecimientos inesperados, hallazgos insupeables, nuevas realidades y nuevos seres humanos.  Llegar es un proceso.

Autor siempre a contracorriente, sutil taxidermista del desarraigo y de vidas a mitad de camino.  V. S. Naipaul (1932-2018) nacido en la isla de Trinidad en el seno de una familia hindú, nunca ha dejado de fustigar en sus obras –Una casa para el señor Biswas, La pérdida de El Dorado, Un camino en el mundo, En un Estado libre, Un recodo en el río o Guerrilleros– las múltiples cegueras y contradicciones y la afición a dejarlo todo, cómodamente, en manos de idealizadas demagogias primermundistas o tercermundistas.

Sus novelas son un caudal de frustración, desencanto, autoengaños y angustiosas búsquedas identitarias llegadas tras la descolonización, o si se prefiere, de odiseas visionarias por unos y vidas sacrificadas por otros. Para aumentar su vena de subversión contra lo políticamente aceptado en Occidente como inevitable pero controlado, Naipaul también ha cargado sus tintas duramente contra el fanatismo musulmán y lo que él consideraba el mayor imperialismo de la Historia: el Islam.

Hombre orquesta de diversos géneros, trabajados con igual coherencia y calidad, Naipaul, para seguir encolerizando a muchos, no ha dejado de repartir su crítica entre sus novelas y sus lúcidos y abrasivos ensayos, sin olvidar sus libros de viajes y de memorias.

Experto en recorrer en su papel de observador global varios continentes, Europa, India, Irán, Pakistán, EE.UU., con sus muy diversos y complejos conflictos, su privilegiada perspectiva multicultural, densa y profunda, no deja nada al azar: ni religiones, ni fes en continua expansión, ni fanatismos que se reciclan sin cesar, ni románticas luchas de liberación, así como formas de hacer política, logros y melancólicas derrotas.

En la novela que acaba de aparecer en español  «Guerrilleros» –un libro que, como tantos otros de este autor, fue muy polémico, e incluso calificado de reaccionario en el hoy lejano 1975–, el lector se enfrenta a la amargura de los antiguos luchadores el día posterior a las independencias. El fracaso, la decrepitud antes de la misma construcción de los sueños y la ausencia de un refugio para un ser humano dominan obsesivamente toda esta magnífica narración, ambientada en una isla que nunca se menciona, pero que podría ser…

Cenizas, podredumbre y desolación aportan un único color ambiental, el del detritus, en el que el paisaje calcinado y las vidas arrasadas conforman desde la primera página algo así como un gigantesco vertedero. Un mundo abandonado a su suerte antes incluso de que hayan logrado edificarse las grandilocuentes quimeras largamente disputadas.

Pequeñas guerras…

Estamos frente a algo muy común en este autor, la melancolía e impotencia del poscolonialismo, tal y como apunta uno de los personajes: “Conseguimos las cosas cuando ya no las queremos. El mundo es para la gente que ya lo posee”. Ante ese subuniverso o “no man’sland” “caótico y fallido”  –campos a medio cultivar en estado deplorable, grandes zonas peladas, tierra seca y negra a causa de la última sequía, coches abandonados al borde de la carretera, vestigios herrumbrosos de algo que quiso ser un complejo industrial y más tarde se abandonó–, todos se arrastran como sonámbulos y nadie parece ver nada.

Los protagonistas son ideólogos, héroes y líderes que se formaron en la metrópoli, en Londres, y que ahora han adquirido la forma vaga de soldados, de «guerrilleros». Llevan por fin cada uno “su pequeña guerra” en la otra punta de la tierra, más allá de toda ilusión y una vez pasado el impulso revolucionario. El cambio no es un signo de progreso, sino de permanencia. Las formas de algo que prometía la novedad no revelan más que siniestros signos precursores de un fracaso y de una degradación latente, ya a las puertas.

Por otro lado, la errancia de los personajes de la novela, de una punta a otra del país, y a través de ellos mismos, les ha llevado a habitar en una especie de estado de espera permanente, en el que la rebelión ha dado paso a la parálisis y a un endurecimiento dominado por el miedo, la desconfianza de los que les rodean y un odio abstracto, lleno de resentimiento casi siempre a una reconstrucción abstracta y lejana.

Mientras «los periódicos, la realidad y la televisión hablan sin cesar de la guerrilla» (una amenaza de algo a punto de desencadenarse que pende en cada página, sin llegar a materializarse), la «Comuna del Pueblo por la Tierra y la Revolución», liderada por el carismático líder Jimmy Ahmed, difunde, apelando a mantener viva la lucha, comunicados en toscas hojas ciclostiladas, en la forma de “cuentos de hadas y confusas redacciones escolares”, como comenta Jane, admiradora del movimiento y de la independencia de la Isla, recién llegada de Inglaterra con su compañero, Roche, el héroe arrestado, torturado, juzgado, encarcelado y más tarde deportado, tras las protestas internacionales.

Antiguo hombre de acción, a Jane, que estuvo casada en su día con un joven y ambicioso político, Roche siempre le pareció “diferente a todos los que había conocido hasta entonces”. Si este intelectual revolucionario, refugiado ahora tan sólo en “sarcasmos fáciles y amargos” y autor de un libro mítico que debía liberar a sus compatriotas pero que allí, en su isla de origen, “casi nadie había leído”, es el símbolo del fracaso, Jane, su blanca y nívea compañera, que parece sacada de un despiadado retrato de la novelista A. S. Byatt, es el símbolo de la frivolidad y superficialidad de las izquierdas europeas, hipnotizadas con revoluciones lejanas, que visitarán algún día, para salir corriendo nada más poner los pies en ellas. O lo que es lo mismo: nada más derrumbarse aquellos mitos construidos a cómoda distancia. Como se dice para sí misma, siempre le quedará Londres: la conocida y en cierto modo querida «decadencia» y la «destrucción de una sociedad, que ella había preferido demorar, a favor de luchas más auténticas».

El enigma de la partida y de todas las llegadas.

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