Da que pensar…

David Foster Wallace como todos los genios no deben morir. Pero no solo murió, sino se suicidó.

David Foster Wallace nació en una familia de profesores universitarios (él de filosofía, ella de inglés) en Ithaca, Nueva York, en febrero de 1962. Tras una adolescencia entregada al tenis —tema presente en ensayos y ficciones—, se licenciaría summa cum laude en inglés y filosofía.

Publica en vida dos novelas y varios libros de ensayo y periodismo. Para concluir la historia del siglo XX.  Un siglo de literatura que comenzaría con la transgresión de los modernistas y la obsesión por romper con el siglo XIX. Un siglo para el cual la historia de la literatura acabaría convirtiéndose en la Historia de las formas de contar historias, en donde tanto críticos como autores parecieron especialmente interesados en el aspecto formal del relato.

O en palabras del propio Wallace: “todas las Novelas Serias después de Joyce suelen ser valoradas y estudiadas principalmente por su grado de innovación formal”. Aunque, en verdad, aquellos a los que conocemos como grandes maestros del siglo XX, ¿no se caracterizaban precisamente por su ruptura con el siglo anterior? Curiosamente, sobre los fantasmas de James Joyce, Samuel Beckett, Georges Perec, Gerturde Stein, Jorge Luis Borges, Virginia Woolf, Franz Kafka, Marcel Proust, Julio Cortázar, William Burroughs, Italo Calvino, John Maxwell Coetzee… siempre sobrevuela una idea más o menos vaga que gira en torno a la experimentación y ruptura.

La lectura de Wallace y la propia interpretación de sus escritos parecen impensables sin atender a ciertos elementos ajenos al texto que envuelven su ficción, como puedan ser el entorno editorial donde se inscribe, la biografía y la fatídica suerte del autor o la subjetividad que rige su literatura. DFW, de hecho, parecía consciente de la necesidad de reivindicar una crítica que no se atuviese sólo a criterios textualistas; él mismo llamaría “Falacia Afectiva” a “la evaluación de una obra de arte basándose en sus resultados, sobre todo en su efecto emocional”. Algo que, junto a la “Falacia Intencional” (intentio auctoris, lo llamaría Umberto Eco; se refiere a que la interpretación que el autor da sobre su propia obra no tiene por qué ser la interpretación principal o verdadera).

David Foster Wallace nos dejó en su literatura innumerables pistas de que él era, tal vez, la principal fuente de inspiración de su propia ficción. La niña del pelo raro, libro en el que varios relatos abordan la familia como institución coactiva y amenazadora, está sarcásticamente dedicado a la “Mr. And Mrs. Wallace Fund for Aimless Children”.

En Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, Wallace denuncia la incomodidad que produce una cámara, pues obliga a sonreír fuera de contexto; está claro que no todo el mundo es igualmente frágil ante una cámara de televisión pero cualquiera que haya visto una entrevista con el escritor puede advertir su embarazo frente a los periodistas.

La broma infinita, su novela más extensa, gira alrededor de un tenista adolescente, brillante tanto en sus estudios como en la práctica deportiva, perfil que encaja sin problemas en la figura del propio Wallace. En un artículo publicado en The Awl sobre la colección privada de libros de autoayuda que poseía el escritor, la periodista María Bustillos comenta cómo Wallace culpa a su madre de buena parte de su sufrimiento. En su libro de divulgación matemática, DFW muestra su interés por Kurt Gödel (a quien dedica un relato en La niña del pelo raro). “También falleció como resultado de una enfermedad mental”, dice en referencia al matemático Georg F.L.P. Cantor, que murió en un sanatorio.

Precisamente, esa introducción a Everything and More complica las cosas aún más: “Los casos de grandes matemáticos con enfermedades mentales han tenido una enorme repercusión en los escritores pop y directores de cine […] El Matemático Mentalmente Enfermo se asemeja a lo que el Caballero Errante, el Santo Humillado, el Artista Torturado y el Científico Loco, un Caballero de Paris adscrito a los “ismos superfluos de la historia”.

Han significado en otros tiempos: una especie de Prometeo, aquel que se dirige a lugares prohibidos y regresa con dones para que todos los podamos usar pero por los cuales tan sólo él ha pagado”. Por si fuera poco, en una nota a pie de página leemos: “Decir que el ∞ [infinito] volvió loco a Cantor es como lamentar la pérdida de San Jorge con el dragón: no es sólo falso sino también insultante”. Como todos sabemos, David Foster Wallace murió a causa de una enfermedad mental. Paradójicamente y contrariando la famosa muerte del autor que proclamó Barthes, el autor nunca estuvo tan vivo…

 Uno de los conceptos más sonados en las lecturas que se han hecho de DFW es la idea de “postmodernidad” literaria. Wallace no tardaría en burlarse de semejantes nociones, que generan preguntas como: de qué hablamos cuando recurrimos a ellas en filosofía, cómo pueden aplicarse entonces a la ficción, o qué rasgos inequívocos envolverían a esa literatura postmoderna o post-postmoderna. La cuarta enseñanza es de Nabokov: “Si uno empieza con una generalización prefabricada, lo que hace es empezar desde el otro extremo, alejándose del libro antes de haber empezado a comprenderlo”.

Para sus críticos, la prosa de Wallace comprendió rasgos, en ocasiones contradictorios, como los que siguen: piruetas formales, descripciones agotadoras, una obsesión excesiva con la forma del relato que resultaba carente de sentimientos, una sentimentalidad extrema, experimentalismo (aunque DFW admitiese no tener ningún interés hacia la literatura experimental, y se considerase a sí mismo como escritor realista), un humor corrosivo, una crítica brutal a la sociedad de consumo norteamericana, una asunción total de la cultura pop norteamericana, una asunción de la hegemonía de los lenguajes audiovisuales, digresiones excesivas, un estilo conscientemente alambicado y plúmbeo, un desafío contras las reglas básicas de la narrativa, una obsesión con la imposibilidad de narrar y una crítica frontal contras las formas realistas. Con todo, siguen faltando cosas.

Wittgenstein habló del sujeto que no pertenece al mundo siendo el propio sujeto límite de ese mundo, lo cual explicaba con la metáfora del ojo que no se ve a sí mismo. James Ryerson, en A head that throbbed heartlike (Fate, Time and Language), recuerda que el solipsismo “en ocasiones referido como una doctrina pero también como metáfora de la desolación y la soledad, impregna la escritura de Wallace”. En cierta ocasión, DFW le comentó al crítico Larry McCaffery que las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein “eliminaban el solipsismo pero no el horror. La única diferencia entre este nuevo enunciado y aquel otro en el Tractatus era que en lugar de estar atrapados solo en nuestro pensamientos privados, estábamos atrapados juntos, con otra gente, en la institución del lenguaje”. He aquí una hipótesis para los habituales laberintos textuales de DFW: es necesario leer su obra en clave filosófica.

En Mundo Adulto II (Entrevistas breves con hombres repulsivos), la trama transcurriría de la siguiente manera: Jeni Roberts arregla una cita con su “Antiguo Amante” y le pregunta si alguna vez fantaseó con otras mujeres en sus relaciones sexuales ; él (A.A.) lo niega con vehemencia, llorando, hasta confesar que aún sigue deseándola, que en ocasiones piensa en ella cuando hace el amor con su actual novia y que todavía se masturba en secreto acordándose de Jeni “hasta el extremo de hacerse daño”. A.A. le suplica que abandone a su marido, o bien que acudan al Holiday Inn siguiendo por la autopista para pasar el resto de la tarde haciendo el amor. Entonces cogen sus respectivos coches. Jeni detrás del Antiguo Amante; A.A. gira a la entrada del Holiday Inn pero ella, en lugar de torcer, sigue recto e imagina cómo él, bajo el chaparrón, correría por el aparcamiento viendo su automóvil alejarse. En adelante, la relación de Jeni con su actual marido mejora. “El matrimonio entra en una fase nueva más adulta”. Conforme pasa el tiempo los encuentros sexuales entre ambos van esparciéndose en el tiempo, hasta que en el séptimo y octavo año ambos se masturban en soledad y con frecuencia, y hacen el amor cada dos meses, lo cual es “una aceptación tanto como una celebración de ciertas realidades libremente adoptadas”…

A ninguno de ellos parece importarles, sino que ahora lo que los une es una profunda complicidad. Curiosamente, creo recordar que éste el único relato que en la prosa de David Foster Wallace encierra algo parecido a un final feliz. Da que pensar.

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