Bar Mitzvah

Nuestro sitio es un pasillo
un cuarto lateral con dos ventanas pequeñas con cortinas
que dan al interior de la Sinagoga.
Nosotras que nos encontramos en la piscina en bikini,
estamos sentadas modestamente y cubiertas con un pañuelo,
humildes en nuestro lugar.

Y escuchamos. No hay libros,
así es que no puedo revisar
el capítulo de la semana
o seguir la lectura de mi hija.

De pie alrededor de la Torah,
participando en turno en la ceremonia
cada hombre tiene el honor
al recibir un nuevo miembro.

Cuando mi hija completa su oración,
nosotras las mujeres arrojamos caramelos
desde detrás de las cortinas cerradas.

Me coloco detrás de una anciana
que comparte el libro que trajo de casa,
y al apuntar cada palabra,
llora de alegría, “Tan bello que es este capítulo
qué suerte poder leer esta parte”.

Compara mi muchacha con su muchacho
muerto en la guerra,
y las lágrimas manchan la página.
Sentada en el porche cerrado,
con caramelos en ambas manos,
lloro con ella.

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