Pero los muertos no siempre quedan bajo tierra.

Una diminuta niña de pelo cobrizo rizado tomaba el camino de su granja, vestía de blanco, se preparaba para su primera comunión en la escuela de las Hermanas de la Caridad. Su destino diario era Tuam, antiguo pueblo del condado de Galway cuyo nombre deriva de un término en latín que significa “túmulo” es el centro de una arquidiócesis católica, sobresale entre el paisaje agreste la gigantesca catedral gris que durante generaciones ha señoreado sobre casas y campos, gentes y destinos, en una isla pobre y dominada por un inmenso imperio que se desmorona.

Catherine, la niña paseaba por un cielo plomizo, entre el convento y el hipódromo. Detrás imponente el “Hogar para Madres y Bebés de St. Mary” donde las monjas vigilaban a madres solteras y a sus hijos. Se decía que eran pecadoras con descendencia ilegítima; las llamaban las “perdidas”.

Más allá de esos altos muros de piedras y vitrales rotos hay tres hectáreas y quinientos años de sufrimiento irlandés: están enterradas personas que sucumbieron de hambre y enfermedades siglos atrás, cuando el Hogar funcionaba como albergue para indigentes, pero entre los restos humanos hay otros secretos. La entonces niña Catherine Corless hoy es madre y abuela legitima y tiene el cabello gris como el paisaje y la catedral. Hace mucho tiempo comenzó a preguntar acerca del viejo hogar que había hecho volar su imaginación cuando iba a comulgar, pura y de blanco.

Irlanda quería olvidar. Pero los muertos no siempre quedan bajo tierra.

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