La edad de la penumbra

La Casa del Libro de Madrid acaba de hacerme llegar una copia del ensayo “La edad de la penumbra”, de cuyas páginas no puedes despegarte. 320 que se leen de un tirón. ¿Y si los supuestos salvadores fueron los destructores de toda una civilización? ¿Y si los santos más famosos fueron igual unos vándalos? ¿Y si los cristianos fundaron una teocracia aterradora que nos duró mil años?

Respuestas a muchas de estas interrogantes están en recogidas en ‘La edad de la penumbra’, el apasionante relato de Catherine Nixey sobre el fin del mundo clásico. Poco de lo que aborda este libro se conoce fuera de círculos académicos” cuenta la autora británica en la introducción de este ensayo tan original como interesante, que nos atrapa desde una escena inicial que creemos haber visto ayer en las noticias de la noche… aunque ocurrió hace más de 1.600 años.

Solo los martillos neumáticos y los explosivos distinguen a los terroristas del ISIS que en 2015 destruyeron los lamasus asirios de Nínive de la banda de matones cristianos que, a finales del siglo IV, descuartizó la hermosa Atenea de un templo de Palmira. Los bárbaros de ayer y de hoy veían en las estatuas de los dioses paganos una imagen del demonio o de Satanás. Su violencia estaba (está) alimentada por la idea totalitaria de que solo existe un dios: el suyo.

Como pregonaba Juan Crisóstomo acosar a los paganos era “salvarlos”.

Convertido Constantino (312), los otrora perseguidos (ni tanto ni tan intensamente, afirma Nixey), se tornaron en perseguidores implacables. “Se consideró fuera de la ley a quienes se negaron a convertirse, se les acosó a medida que la persecución se intensificaba y hasta fueron ejecutados por unas autoridades fanáticas”. Por las buenas, y sobre todo por las malas, los paganos pasaron de ser el 90% de la población del imperio romano a principios del siglo IV al 10% a finales. Templos centenarios, como el de Serapis en Alejandría, se redujeron a escombros en horas. En tres generaciones, el sistema religioso clásico fue herido de muerte.

Nixey comienza y termina su ensayo con el destierro de Damascio y otros seis filósofos griegos. En 532, dejaron Atenas rumbo a Persia. Eran los últimos representantes de la Academia, la institución milenaria creada por Platón. Tres años antes, la ley 1.11.10.2 les había hecho la vida imposible. “Los filósofos no podían ganar dinero, no podían trabajar, no podían practicar su religión y ahora no podían siquiera retener la propiedad que poseían”. Ya en el siglo XVIII, Gibbon señaló que esta ley dañó más a la filosofía griega que las invasiones bárbaras.

Párrafos como el siguiente le valió a la obra de Gibbon una censura que por ejemplo en Irlanda solo se levantó en 1970 (en Cuba creo jamás se ha publicado “La Historia de la decadencia y caída del Imperio romano” (puede que sea solo por la escasez crónica de papel).

¿Más cómo podemos perdonar la indiferente negligencia del mundo pagano y filosófico, pese a lo que le fue mostrado, no a su entendimiento, sino a sus sentidos? Durante la época de Cristo y sus apóstoles, y sus dos primeros discípulos, la doctrina que ellos profesaban era confirmada por innumerables prodigios: los cojos caminaban, los ciegos veían, los enfermos eran curados, los muertos resucitaban, los demonios eran exorcizados y las leyes de la Naturaleza eran frecuentemente suspendidas en beneficio de la Iglesia. Y, aun así, los sabios de Roma y de Grecia se desinteresaban de este increíble espectáculo y, prosiguiendo con sus ocupaciones normales de vida y estudio, parecían ignorar todas aquellas alteraciones de la moral y del gobierno material del mundo. Durante el principado de Tiberio, el mundo entero, o por lo menos una celebrada provincia del Imperio romano, estuvo envuelta en una oscuridad sobrenatural, y, sin embargo, este evento milagroso, que debiera haber despertado la curiosidad y la devoción de toda la humanidad, pasó sin pena ni gloria en una época de ciencia y de historia. Aconteció durante la vida de Séneca y de Plinio el Viejo que deberían de haber experimentado los efectos inmediatos, o haber recibido la información más privilegiada del prodigio. Cualesquiera de estos filósofos recogieron detalladamente los más diversos fenómenos de la naturaleza y del clima: terremotos, tormentas, cometas o eclipses, eventos que su curiosidad infatigable no dejó de recopilar. Aun así, ambos omitieron cualquier mención al mayor fenómeno que todo mortal de este mundo desde la Creación jamás haya podido observar. (Capítulo XV)

La edad de la penumbra’ revisa la imagen (u)tópica del inicio de la Edad Media: antes de preservar, la Iglesia destruyó”.

Ardieron bibliotecas enteras y se borraron millares de pergaminos clásicos para escribir biblias, miles de biblias…entonces considerada herética o peligrosa, desapareció el 99% de la literatura latina y el 90% de la griega, incluidas obras científicas como la innovadora teoría atómica de Demócrito.

Desde entonces hasta la progresiva secularización iniciada en el Renacimiento, la Reforma, las revoluciones francesas y americana y la revolución industrial “la Iglesia dominó el pensamiento europeo durante más de un milenio” y borró de la memoria colectiva toda la oposición inicial al cristianismo.

Se echa de menos del ensayo de Nixey esa misma historia en América Latina, o África, donde ardieron por igual hombres y códices. El texto solo se centra en Europa. Catherine Nixey la recupera en este libro necesario, denuncia de obispos matones y santos terroristas, reivindicación de filósofos perseguidos.

 

2 opiniones en “La edad de la penumbra”

  1. Gracias a esta entrada en su blog conocí de la existencia de este libro. Como el tema siempre ha sido de mi interes, enseguida lo busqué en la web y lo decargué. Bastó medio centenar de páginas para que atrapara en una lectura que no siempre es muy comoda en una PC. Aún no lo termino, pero ya quiero compartirlo; así que lo coloqué en : http://jccecif.cubava.cu/libros-sugeridos/ para el disfrute de otros.

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