Los cerebros «hackeados» votan.

No suelo cortar y pegar mensajes de otros medios de prensa en mi blog, pero hoy deseo compartir una extensa reflexión del israelí Yuval Noha Harari publicado en el diario español El País. Pienso es una visión muy oportuna del académico y escritor de títulos imprescindibles como ‘Sapiens. De animales a dioses’ (editorial Debate).

Para los que posean internet el original esta en este link.

https://elpais.com/internacional/2019/01/04/actualidad/1546602935_606381.html

Los cerebros ‘hackeados’ votan

Algunas de las mentes más brillantes del planeta llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para que pinchemos en determinados anuncios o enlaces. Y ese método ya se usa para vendernos políticos e ideologías.

Fotograma de la película «1984» de Michael Anderson y basada en la novela homónima del escritor George Orwell.

La democracia liberal se enfrenta a una doble crisis. Lo que más centra la atención es el consabido problema de los regímenes autoritarios. Pero los nuevos descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos representan un reto mucho más profundo para el ideal básico liberal: la libertad humana. El liberalismo ha logrado sobrevivir, desde hace siglos, a numerosos demagogos y autócratas que han intentado estrangular la libertad desde fuera. Pero ha tenido escasa experiencia, hasta ahora, con tecnologías capaces de corroer la libertad humana desde dentro.

Para asimilar este nuevo desafío, empecemos por comprender qué significa el liberalismo. En el discurso político occidental, el término “liberal” se usa a menudo con un sentido estrictamente partidista, como lo opuesto a “conservador”. Pero muchos de los denominados conservadores adoptan la visión liberal del mundo en general. El típico votante de Trump habría sido considerado un liberal radical hace un siglo. Haga usted mismo la prueba. ¿Cree que la gente debe elegir a su Gobierno en lugar de obedecer ciegamente a un monarca? ¿Cree que una persona debe elegir su profesión en lugar de pertenecer por nacimiento a una casta? ¿Cree que una persona debe elegir a su cónyuge en lugar de casarse con quien hayan decidido sus padres? Si responde sí a las tres preguntas, enhorabuena, es usted liberal.

El liberalismo defiende la libertad humana porque asume que las personas son entes únicos, distintos a todos los demás animales. A diferencia de las ratas y los monos, el Homo sapiens, en teoría, tiene libre albedrío. Eso es lo que hace que los sentimientos y las decisiones humanas constituyan la máxima autoridad moral y política en el mundo. Por desgracia, el libre albedrío no es una realidad científica. Es un mito que el liberalismo heredó de la teología cristiana. Los teólogos elaboraron la idea del libre albedrío para explicar por qué Dios hace bien cuando castiga a los pecadores por sus malas decisiones y recompensa a los santos por las decisiones acertadas.

Hitler no podía construir un mensaje a medida para cada una de las debilidades de cada cerebro. Ahora sí es posible. Si no tomamos nuestras decisiones con libertad, ¿por qué va Dios a castigarnos o recompensarnos? Según los teólogos, es razonable que lo haga porque nuestras decisiones son el reflejo del libre albedrío de nuestras almas eternas, que son completamente independientes de cualquier limitación física y biológica. Este mito tiene poca relación con lo que la ciencia nos dice del Homo sapiens y otros animales. Los seres humanos, sin duda, tienen voluntad, pero no es libre. Yo no puedo decidir qué deseos tengo. No decido ser introvertido o extrovertido, tranquilo o inquieto, gay o heterosexual. Los seres humanos toman decisiones, pero nunca son decisiones independientes. Cada una de ellas depende de unas condiciones biológicas y sociales que escapan a mi control. Puedo decidir qué comer, con quién casarme y a quién votar, pero esas decisiones dependen de mis genes, mi bioquímica, mi sexo, mi origen familiar, mi cultura nacional, etcétera; todos ellos, elementos que yo no he elegido.

Esta no es una teoría abstracta, sino que es fácil de observar. Fíjese en la próxima idea que surge en su cerebro. ¿De dónde ha salido? ¿Se le ha ocurrido libremente? Por supuesto que no. Si observa con atención su mente, se dará cuenta de que tiene poco control sobre lo que ocurre en ella y que no decide libremente qué pensar, qué sentir, ni qué querer. ¿Alguna vez le ha pasado que, la noche anterior a un acontecimiento importante, intenta dormir, pero le mantiene en vela una serie constante de pensamientos y preocupaciones de lo más irritantes? Si podemos escoger libremente, ¿por qué no podemos detener esa corriente de pensamientos y relajarnos sin más?

Aunque el libre albedrío siempre ha sido un mito, en siglos anteriores fue útil. Infundió valor a quienes lucharon contra la Inquisición, el derecho divino de los reyes, el KGB y el Ku Klux Klan. Y era un mito que tenía pocos costes. En 1776 y en 1939 no era muy grave creer que nuestras convicciones y decisiones eran producto del libre albedrío, y no de la bioquímica y la neurología. Porque en 1776 y en 1939 nadie entendía muy bien la bioquímica, ni la neurología. Ahora, sin embargo, tener fe en el libre albedrío es peligroso. Si los Gobiernos y las empresas logran hackear o piratear el sistema operativo humano, las personas más fáciles de manipular serán aquellas que creen en el libre albedrío.

Para conseguir piratear a los seres humanos, hacen falta tres cosas: sólidos conocimientos de biología, muchos datos y una gran capacidad informática. La Inquisición y el KGB nunca lograron penetrar en los seres humanos porque carecían de esos conocimientos de biología, de ese arsenal de datos y esa capacidad informática. Ahora, en cambio, es posible que tanto las empresas como los Gobiernos cuenten pronto con todo ello y, cuando logren piratearnos, no solo podrán predecir nuestras decisiones, sino también manipular nuestros sentimientos.

Quien crea en el relato liberal tradicional tendrá la tentación de restar importancia a este problema. “No, nunca va a pasar eso. Nadie conseguirá jamás piratear el espíritu humano porque contiene algo que va más allá de los genes, las neuronas y los algoritmos. Nadie puede predecir ni manipular mis decisiones porque mis decisiones son el reflejo de mi libre albedrío”. Por desgracia, ignorar el problema no va a hacer que desaparezca. Solo sirve para que seamos más vulnerables.

Una fe ingenua en el libre albedrío nos ciega. Cuando una persona escoge algo —un producto, una carrera, una pareja, un político—, se dice que está escogiéndolo por su libre albedrío. Y ya no hay más que hablar. No hay ningún motivo para sentir curiosidad por lo que ocurre en su interior, por las fuerzas que verdaderamente le han conducido a tomar esa decisión.

Las personas más fáciles de manipular serán las que creen en el libre albedrío. Tener fe en él, ahora, es peligroso. Todo arranca con detalles sencillos. Mientras alguien navega por Internet, le llama la atención un titular: “Una banda de inmigrantes viola a las mujeres locales”. Pincha en él. Al mismo tiempo, su vecina también está navegando por la Red y ve un titular diferente: “Trump prepara un ataque nuclear contra Irán”. Pincha en él. En realidad, los dos titulares son noticias falsas, quizá generadas por troles rusos, o por un sitio web deseoso de captar más tráfico para mejorar sus ingresos por publicidad. Tanto la primera persona como su vecina creen que han pinchado en esos titulares por su libre albedrío. Pero, en realidad, las han hackeado.

La propaganda y la manipulación no son ninguna novedad, desde luego. Antes actuaban mediante bombardeos masivos; hoy, son, cada vez más, munición de alta precisión contra objetivos escogidos. Cuando Hitler pronunciaba un discurso en la radio, apuntaba al mínimo común denominador porque no podía construir un mensaje a medida para cada una de las debilidades concretas de cada cerebro. Ahora sí es posible hacerlo. Un algoritmo puede decir si alguien ya está predispuesto contra los inmigrantes, y si su vecina ya detesta a Trump, de tal forma que el primero ve un titular y la segunda, en cambio, otro completamente distinto. Algunas de las mentes más brillantes del mundo llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para hacer que pinchemos en determinados anuncios y así vendernos cosas. El mejor método es pulsar los botones del miedo, el odio o la codicia que llevamos dentro. Y ese método ha empezado a utilizarse ahora para vendernos políticos e ideologías.

Y este no es más que el principio. Por ahora, los piratas se limitan a analizar señales externas: los productos que compramos, los lugares que visitamos, las palabras que buscamos en Internet. Pero, de aquí a unos años, los sensores biométricos podrían proporcionar acceso directo a nuestra realidad interior y saber qué sucede en nuestro corazón. No el corazón metafórico tan querido de las fantasías liberales, sino el músculo que bombea y regula nuestra presión sanguínea y gran parte de nuestra actividad cerebral. Entonces, los piratas podrían correlacionar el ritmo cardiaco con los datos de la tarjeta de crédito y la presión sanguínea con el historial de búsquedas. ¿De qué habrían sido capaces la Inquisición y el KGB con unas pulseras biométricas que vigilen constantemente nuestro ánimo y nuestros afectos? Por desgracia, da la impresión de que pronto sabremos la respuesta.

El liberalismo ha desarrollado un impresionante arsenal de argumentos e instituciones para defender las libertades individuales contra ataques externos de Gobiernos represores y religiones intolerantes, pero no está preparado para una situación en la que la libertad individual se socava desde dentro y en la que, de hecho, los conceptos “libertad” e “individual” ya no tienen mucho sentido. Para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres —una concepción herencia a partes iguales de la teología cristiana y de la Ilustración— y aceptar lo que, en realidad, somos los seres humanos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos.

Este consejo no es nuevo, por supuesto. Desde la Antigüedad, los sabios y los santos no han dejado de decir “conócete a ti mismo”. Pero en tiempos de Sócrates, Buda y Confucio, uno no tenía competencia en esta búsqueda. Si uno no se conocía a sí mismo, seguía siendo una caja negra para el resto de la humanidad. Ahora, en cambio, sí hay competencia. Mientras usted lee estas líneas, los Gobiernos y las empresas están trabajando para piratearle. Si consiguen conocerle mejor de lo que usted se conoce a sí mismo, podrán venderle todo lo que quieran, ya sea un producto o un político. Es especialmente importante conocer nuestros puntos débiles porque son las principales herramientas de quienes intentan piratearnos. Los ordenadores se piratean a través de líneas de código defectuosas preexistentes. Los seres humanos, a través de miedos, odios, prejuicios y deseos preexistentes. Los piratas no pueden crear miedo ni odio de la nada. Pero, cuando descubren lo que una persona ya teme y odia, tienen fácil apretar las tuercas emocionales correspondientes y provocar una furia aún mayor.

Si no podemos llegar a conocernos a nosotros mismos mediante nuestros propios esfuerzos, tal vez la misma tecnología que utilizan los piratas pueda servir para proteger a la gente. Así como el ordenador tiene un antivirus que le preserva frente al software malicioso, quizá necesitamos un antivirus para el cerebro. Ese ayudante artificial aprenderá con la experiencia cuál es la debilidad particular de una persona —los vídeos de gatos o las irritantes noticias sobre Trump— y podrá bloquearlos para defendernos.

No obstante, todo esto no es más que un aspecto marginal. Si los seres humanos son animales pirateables, y si nuestras decisiones y opiniones no son reflejo de nuestro libre albedrío, ¿para qué sirve la política? Durante 300 años, los ideales liberales inspiraron un proyecto político que pretendía dar al mayor número posible de gente la capacidad de perseguir sus sueños y de hacer realidad sus deseos. Estamos cada vez más cerca de alcanzar ese objetivo, pero también de darnos cuenta de que, en realidad, es un engaño. Las mismas tecnologías que hemos inventado para ayudar a las personas a perseguir sus sueños permiten rediseñarlos. Así que ¿cómo confiar en ninguno de mis sueños?

Es posible que este descubrimiento otorgue a los seres humanos un tipo de libertad completamente nuevo. Hasta ahora, nos identificábamos firmemente con nuestros deseos y buscábamos la libertad necesaria para cumplirlos. Cuando surgía una idea en nuestra cabeza, nos apresurábamos a obedecerla. Pasábamos el tiempo corriendo como locos, espoleados, subidos a una furibunda montaña rusa de pensamientos, sentimientos y deseos, que hemos creído, erróneamente, que representaban nuestro libre albedrío. ¿Qué sucederá si dejamos de identificarnos con esa montaña rusa? ¿Qué sucederá cuando observemos con cuidado la próxima idea que surja en nuestra mente y nos preguntemos de dónde ha venido?

A veces la gente piensa que, si renunciamos al libre albedrío, nos volveremos completamente apáticos, nos acurrucaremos en un rincón y nos dejaremos morir de hambre. La verdad es que renunciar a este engaño puede despertar una profunda curiosidad. Mientras nos identifiquemos firmemente con cualquier pensamiento y deseo que surja en nuestra mente, no necesitamos hacer grandes esfuerzos para conocernos. Pensamos que ya sabemos de sobra quiénes somos. Sin embargo, cuando uno se da cuenta de que “estos pensamientos no son míos, no son más que ciertas vibraciones bioquímicas”, comprende también que no tiene ni idea de quién ni de qué es. Y ese puede ser el principio de la aventura de exploración más apasionante que uno pueda emprender.

Poner en duda el libre albedrío y explorar la verdadera naturaleza de la humanidad no es algo nuevo. Los humanos hemos mantenido este debate miles de veces. Salvo que antes no disponíamos de la tecnología. Y la tecnología lo cambia todo. Antiguos problemas filosóficos se convierten ahora en problemas prácticos de ingeniería y política. Y, si bien los filósofos son gente muy paciente —pueden discutir sobre un tema durante 3.000 años sin llegar a ninguna conclusión—, los ingenieros no lo son tanto. Y los políticos son los menos pacientes de todos.

¿Cómo funciona la democracia liberal en una era en la que los Gobiernos y las empresas pueden piratear a los seres humanos? ¿Dónde quedan afirmaciones como que “el votante sabe lo que conviene” y “el cliente siempre tiene razón”? ¿Cómo vivir cuando comprendemos que somos animales pirateables, que nuestro corazón puede ser un agente del Gobierno, que nuestra amígdala puede estar trabajando para Putin y la próxima idea que se nos ocurra perfectamente puede no ser consecuencia del libre albedrío sino de un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos? Estas son las preguntas más interesantes que debe afrontar la humanidad.

Por desgracia, no son preguntas que suela hacerse la mayoría de la gente. En lugar de investigar lo que nos aguarda más allá del espejismo del libre albedrío, la gente está retrocediendo en todo el mundo para refugiarse en ilusiones aún más remotas. En vez de enfrentarse al reto de la inteligencia artificial y la bioingeniería, la gente recurre a fantasías religiosas y nacionalistas que están todavía más alejadas que el liberalismo de las realidades científicas de nuestro tiempo. Lo que se nos ofrece, en lugar de nuevos modelos políticos, son restos reempaquetados del siglo XX o incluso de la Edad Media.

Cuando uno intenta entregarse a estas fantasías nostálgicas, acaba debatiendo sobre la veracidad de la Biblia y el carácter sagrado de la nación (especialmente si, como yo, vive en un país como Israel). Para un estudioso, esto es decepcionante. Discutir sobre la Biblia era muy moderno en la época de Voltaire, y debatir los méritos del nacionalismo era filosofía de vanguardia hace un siglo, pero hoy parece una terrible pérdida de tiempo. La inteligencia artificial y la bioingeniería están a punto de cambiar el curso de la evolución, nada menos, y no tenemos más que unas cuantas décadas para decidir qué hacemos. No sé de dónde saldrán las respuestas, pero seguramente no será de relatos de hace 2.000 años, cuando se sabía poco de genética y menos de ordenadores.

¿Qué hacer? Supongo que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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El Feki, sexo en el Islam.

Shereen El Feki, retratada en Barcelona durante su participación en la Bienal del Pensamiento. Jordi Adrià

Esta investigadora de raíces egipcias ha asumido la misión de estudiar la sexualidad de los árabes. Si cambia la intimidad, defiende, la política irá detrás.

SE PUEDE DECIR que Shereen El Feki es una beneficiada indirecta del movimiento #MeToo. Desde que estalló, le cuesta mucho menos explicar su misión en la vida: contar el mundo árabe a través del sexo, usar lo que pasa entre las sábanas para analizar lo que ocurre en la sociedad. “Ahora todo el mundo ha entendido que hay una relación muy clara. Solo hay que ver el caso ­Brett Kavanaugh”, dice en referencia al juez del Tribunal Supremo estadounidense acusado de abusos sexuales.

Esta canadiense de 50 años, hija de una profesora galesa y un neurocirujano egipcio, se siente cómoda en los espacios híbridos. Estudió Inmunología en Toronto y Cambridge, y trabajó como periodista de salud para The Economist. En 2013 publicó Sex and the Citadel (Vintage), un ensayo ensamblado a base de entrevistas con cientos de personas en Oriente Próximo y el norte de África que pronto se convertirá en una serie documental para la BBC. Desde entonces, está centrada en estudiar la masculinidad. Bajo el paraguas de las Naciones Unidas, analiza qué significa ser hombre hoy en Egipto, Kuwait, Marruecos o los territorios palestinos.

Quizá por su identidad dual, El Feki, musulmana practicante, está acostumbrada a hacer traducciones simultáneas. No solo de lenguas, sino de conceptos: “Los occidentales se olvidan de que la revolución sexual no fue un helicóptero que despegó del tabú y llegó al aire libre en segundos. Se necesitó una pista de despegue muy larga, siglos de evolución socio­económica y cultural que empezaron en la Ilustración. A veces se piensa: ‘Nosotros forjamos la revolución y ahora le toca al resto del mundo ponerse al día’. Pero no funciona así. En el mundo árabe no se puede empujar demasiado hacia delante porque entonces viene una fuerza que te devuelve para atrás”, asegura durante una visita reciente a Barcelona, invitada por el IEMed, para participar en la Bienal del Pensamiento.

La palabra “revolución” no aparece en su libro y tampoco es partidaria de “represión” al hablar de las mujeres. “Es un marco mental que arrebata a las árabes su capacidad de acción. Hay controles y restricciones, pero muchas veces consiguen lo que quieren dando un rodeo. Este ejemplo es superficial pero interesante: en las capitales árabes hay un montón de tiendas de lencería. En ningún otro lugar del mundo he encontrado un sujetador que cuando lo aprietas toca ‘El viejo McDonald tiene una granja’.

Esas tiendas están llenas de mujeres con hiyabs y niqabs comprando. Sorprendida, pregunté a una amiga, y me dijo: ‘Sería una vergüenza que le dijera a mi marido que quiero hacer el amor, pero si me pongo este conjunto rojo entiende el mensaje”.

De hecho, sus estudios demuestran que empieza a haber una brecha insalvable entre “unas mujeres jóvenes mucho más abiertas que sus madres y abuelas, y unos hombres jóvenes más conservadores que sus padres y abuelos”.

Estos dos grupos resultan, en el sentido más literal, imposibles de casar. “Y puesto que el matrimonio es el único contexto social aceptado para la sexualidad, encontramos a mujeres sin una vida sexual ni romántica, en una adolescencia perpetua”, y a hombres frustrados.

Con todo, insiste El Feki, los cambios están llegando y pueden lograr objetivos más importantes que el placer: “Relajarse en el sexo está relacionado con relajarse en todo lo demás. Hace mil años ya se hizo. No idealizo esos tiempos, pero cuando la civilización árabe estaba en su apogeo era mucho más relajada en cuanto a su sexualidad. En un famoso manual erótico del siglo X se recogían hasta 1.083 verbos que significaban ‘hacer el amor”. Hoy, en cambio, sus entrevistados prefieren hablar con ella en francés, inglés o hebreo porque en su lengua les falta vocabulario. El que tienen a mano es demasiado médico, religioso o callejero. ¿Le cuesta mucho que se abran? “En absoluto. Lo difícil es hacerles callar”.

 

Gibson Girls…

Cuando vemos todos esos retratos que se hacían a finales del siglo XIX y principios del siglo XX y que estaban llenos de un halo de elegancia difuminada que hacía parecer a las mujeres hadas de cuento, pensamos que cualquier tiempo pasado fue mejor, que antes la belleza, sencillamente, era más pura, más etérea, como inalcanzable. Y era tal la hermosura de esas capturas que hoy día, hay mil filtros “vintage”, mil estilismos retro y mil intentos de conseguir, con los más avanzados programas de edición digital, el aspecto de esas fotos quiméricas que parecían dibujadas con un lápiz de poca dureza. En esas fotos de siglos pasados, en las que los modelos parecían sacados de una novela épica o de un libro de Jane Austen, las protagonistas absolutas eran las llamadas «Gibson Girls».

 

 

Sabiduría & Placer

Pensaba como iniciar el 2019.

Pensaba, nada mejor que con sabiduría, placer. Amor. Inteligencia. Y nuestra infinita capacidad para buscar la felicidad.

Pensaba comenzar el 2019 recomendando dos excelentes libros.

Placer.

Una inteligente, aguda y provocativa celebración de nuestra capacidad para experimentar placer y de nuestra necesidad de buscarlo.

Para ello, el sociólogo y antropólogo Lionel Tiger se dedica en él a trazar el itinerario que va desde el universo de nuestros antepasados hasta nuestros días, planteando a la vez, y consecuentemente, una intrigante idea: la de que el placer no es un lujo, sino una necesidad para nuestra evolución.

El sexo, la comida, los viajes, los animales, las plantas, el poder… son cosas de las que gozamos, sí, pero también alimentos espirituales que necesitamos desesperadamente, que son buenos para nosotros y para nuestras vidas. Y sin embargo, ¿por qué todo esto? ¿De dónde procede el placer? ¿Qué tipos de placer son los más beneficiosos? ¿Qué o quién controla el placer, y cómo podemos conseguir más?

A través de una exploración de los orígenes evolutivos de nuestros placeres, Lionel Tiger mezcla la información, la especulación y la (voluptuosa) descripción para demostrarnos que nuestra conducta procede indudablemente del pasado: así como el dolor ha influido en el comportamiento humano enseñándonos dónde reside el peligro, del mismo modo nos dedicamos a buscar activamente todo aquello que pueda hacernos felices. A partir de ahí, Tiger extrae numerosas consecuencias psicológicas y sociológicas: el vínculo histórico entre religión, política y control del placer; la eterna preocupación por la sexualidad que nos ha acompañado en todas las etapas de nuestra evolución y las confusas consecuencias de la contracepción; las catástrofes dietéticas provocadas por la evolución del gusto en nuestra sociedad, en la que no hay dificultad alguna para conseguir sal, grasas o azúcar; etc. De esta manera, Tiger acaba demostrando que nuestra tendencia hacia la búsqueda del placer puede provocar diversos problemas sociales y económicos, pero también que esa misma necesidad es positiva, deseable e incluso imprescindible para la supervivencia. El resultado, en muchos aspectos, es una insustituible guía intelectual para comprender y mitigar los sinsabores de la existencia.

 Lionel Tiger, el autor es un antropólogo estadounidense nacido en Canadá . Es profesor Charles Darwin de Antropología en la Universidad de Rutgers y director de investigación conjunta de la Fundación Harry Frank Guggenheim . Se graduó en la Universidad McGill y en la London School of Economics de la Universidad de Londres , Inglaterra. También es consultor del Departamento de Defensa de los Estados Unidos sobre el futuro de la biotecnología . Algunas de las obras de Tiger han incluido conceptos controvertidos, incluidos los orígenes biológicos de las interacciones sociales. Tiger publicó una obra, The Imperial Animal , con Robin Fox en 1972, que abogaba por una «teoría del carnívoro social» de la evolución humana.

  

Sabiduría:

 ¿Dónde se encuentra la sabiduría? proporcionará a los lectores un mayor entendimiento y les conducirá con renovada pasión a las páginas de los escritores que más han contribuido a nuestra cultura.

Un libro profundo en sí mismo que, sin duda, pasará a formar parte de nuestro canon literario, parafraseando al propio autor.

El mundialmente conocido y respetado crítico literario Harold Bloom ha sido un apasionado de la lectura desde que era niño. Así pues, no es de extrañar que decidiera iniciar una nueva obra para explicarnos cómo los libros nos ayudan a vivir y a comprender nuestras vidas.

Sin embargo, cuando Bloom llevaba más de medio libro escrito, tuvo un encuentro muy cercano con la muerte. Ya recuperado, se deshizo de todas las páginas que había redactado y volvió a empezar este libro con una nueva sensación de urgencia, apoyándose en algunos de los más grandes pensadores y escritores de Occidente para intentar descubrir dónde y cómo se encuentra la sabiduría. 

Bloom nos lleva desde la Biblia hasta el siglo XX en busca de las claves que atesora la literatura en las que encontrar sentido tanto a nuestra vida como a la muerte propia y la de nuestros seres queridos. A través de comparaciones entre el Libro de Job y el Eclesiastés, Platón y Homero, Cervantes y Shakespeare, Montaigne y Bacon, Johnson y Goethe, Emerson y Nietzsche, Freud y Proust, Bloom extrae las diversas -e incluso contrarias- formas de sabiduría que han moldeado nuestro pensamiento occidental.

Harold Bloom es un crítico y teórico literario estadounidense de reputación mundial. Nació en Nueva York en 1930. Hijo de William y Paula Bloom, vivió en el South Bronx de dicha ciudad; como su familia era judía asquenazí, aprendió primero el yiddish y luego el hebreo literario antes que el inglés.

Tras cursar estudios en las universidades de Cornell y Yale, ha trabajado como profesor de esta última, en lo más alto del escalafón académico de dicha institución, la cátedra Sterling, desde 1955.

Son casi veinte sus obras de crítica literaria y religiosa e incontables sus artículos, reseñas y prólogos. Se dio a conocer en 1959 con Shelley’s Mythmaking, libro al que siguieron otros dos títulos que en su momento constituyeron innovadoras aproximaciones a los principales poetas del romanticismo inglés. Ya desde sus primeras obras le dieron la reputación de polemista sagaz, y siempre han dado lugar a acaloradas polémicas repletas de sabidurías y placeres.