En especial para un papa.

 

 

Las noticias vaticanas finalizaron el 2018 con la cesantía de dos de los principales personajes de la cúpula mediática en la Santa Sede, no es de extrañar entonces que después de un mensaje de salutación a la Revolución Cubana la noticia desapareciera del sitio oficial de noticias de la iglesia romana. Toda creencia institucionalizada es propensa a estos actos de desapariciones y apariciones mágicas.

Mis amigos y conocidos más bien responden a la iconografía de Francisco (el papa, no el dictador Franco) a las imágenes vívidas de humildad y amor cristiano que ha creado, desde el lavatorio de pies de prisioneros hasta el abrazo de los desfigurados, pasando por los niños pequeños que caminan hacia él en eventos públicos. Como Asís, este papa tiene un gran don para realizar gestos que ofrecen una imitación pública de Cristo; y la respuesta de muchos observadores -por lo demás indiferentes- es una señal de cuán atractivo podría ser el catolicismo si encontrara una manera de deshacer los nudos que el mundo postmoderno ha atado alrededor de su mensaje. Ser crítico de estos hombres, por lo tanto, es como adoptar una postura similar a la de George Orwell, quien inició un ensayo sobre Mahatma Gandhi con el aforismo: “A los santos siempre se les debe considerar culpables hasta demostrar su inocencia”.

Aquí tenemos la primera y la última diferencia

Los críticos más serios del papa no son escépticos o ateos como el escritor inglés, sus mayores críticos son católicos devotos, para quienes las críticas a un pontífice son como la crítica de un hijo hacia su padre, o viceversa. Son los propios críticos católicos los que no menosprecian la importancia del argentino, no ya como un cambio revolucionario en la milenaria iglesia, sino como un hombre que desea solo abrir un par de ventanas y una puerta hacia las sociedades secularizadas del siglo XXI. Asumen así el riesgo de enfrentar con críticas a Francisco, un riesgo similar a la amplitud de las ambiciones y propósitos históricos del papa rio-platense.

Escribe un periodista que “esas ambiciones y propósitos no son las razones por las que fue elegido. Los cardenales que escogieron a Jorge Bergoglio lo veían como un extranjero austero”. Y, Bergoglio es sin dudas un hombre sencillo y austero. Pero además tiene una agenda propia, más política, menos teológica. Y eso asusta el statu quo de la burocracia vaticana.

Esa agenda ya ha provocado cuasi una guerra civil” en el Vaticano de acuerdo al diario New York Time. Amenazas, cartas acusatorias, perjurio, despidos, purgas, poderes que se ganan con favores y regaños, premios y castigos. Los grandes planes de reorganización se han hecho a un lado; muchos príncipes eclesiásticos tienen más poder con Francisco, e incluso los admiradores cercanos al papa bromean sobre la actitud de “el próximo año, el próximo año…” presente en todas las discusiones sobre las lentas reformas.

El tema del abuso sexual ha marcado a Francisco, su credibilidad y su posibilidad de retomar la senda de las pospuestas y prometidas “reformas” (al estilo de la “glasnost” (trasparencia) soviética). Pero la trasparencia en los reinos teocráticos suele ser la antesala de la desintegración. Gorbachov dixit. Su respuesta al escándalo de Chile, silenciosa y de franca complicidad con la jerarquía local al inicio, para después dar un giro de ciento ochenta grados y solicitar en pleno la renuncia de todo el obispado chileno, señala que esa conducta dialéctica y dubitativa ahora parece en riesgo debido a su propia parcialidad y la corrupción y el abuso de poder entre sus cercanos.

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2018 ha sido particularmente desagradable: durante una visita a Chile, Francisco se la pasó defendiendo vehementemente a un obispo acusado de encubrir el abuso sexual. Uno de sus principales consejeros, el cardenal hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga, está acusado de proteger a un obispo que se dice que abusaba de seminaristas, y el mismo Rodríguez enfrenta acusaciones de deshonestidad financiera.

El papa como un “gran reformador”, para usar el título de la biografía de 2014 escrita por la periodista inglesa Austen Ivereigh, realmente no puede fundamentarse en la limpieza del Vaticano. Estructuras e instituciones demasiado maquiavélicas, teocráticas y paralizadas por el “furor teológico” que estigmatizan la libertad (humana). Demasiada corrupción imperial.

En cambio, las energías reformistas de Francisco se han dirigido a otra parte, hacia dos dramáticas treguas que darían una forma radicalmente nueva a la relación de la Iglesia con los poderes terrenales.

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En primer lugar, se trata de la guerra cultural que cualquiera en Occidente conoce muy bien: el conflicto entre las enseñanzas morales de la Iglesia y la forma en que vivimos hoy en día, la lucha sobre si la ética sexual del Nuevo Testamento debe revisarse o abandonarse frente a las realidades posteriores a la revolución secular, social y sexual, tecnológica y digital. Si observamos “lo que no se dice”, (como bien conocía José Martí, suele suceder que en política lo real es “lo invisible”) el plan papal de una tregua es ingenioso o engañoso, dependiendo del punto de vista de cada uno. En lugar de cambiar formalmente las enseñanzas de la Iglesia en cuanto al divorcio y las nuevas nupcias, el matrimonio entre personas del mismo sexo o la eutanasia -cambios oficialmente imposibles, pues están más allá de la autoridad de su cargo-, el Vaticano y la Santa Sede de Francisco está emprendiendo una acción doble.

En primer lugar, se está marcando una diferencia entre la doctrina y la práctica pastoral que señala que el mero cambio “pastoral” puede dejar intactas a las verdades “doctrinales”. Así que un católico que se volvió a casar podría comulgar sin necesidad de que su primera unión se declare nula; un católico que planeara su suicidio asistido podría, a pesar de ello, recibir la extremaunción, y quizá algún día un católico homosexual podría lograr que se bendijera su unión con otra persona del mismo sexo, y al mismo tiempo se supone que nada de esto alteraría la enseñanza católica de que el matrimonio es indisoluble, el suicidio un pecado mortal y el casamiento entre personas del mismo sexo una imposibilidad, siempre y cuando se traten como excepciones y no reglas.

En segundo lugar, ha permitido una descentralización táctica de la autoridad doctrinaria, en la que distintos países y diócesis pueden abordar de diferentes maneras las cuestiones polémicas. Así, en Alemania, donde la Iglesia es rica, aséptica y mitad secularizada, la era de Francisco le ha dado autorización para proceder con varias acciones liberales, desde dar la comunión a los casados por segunda vez hasta la intercomunión con los protestantes, mientras que del otro lado del río Óder, en Polonia, los obispos están actuando como si el gobernante en Roma fuera Juan Pablo II.

Desde otras latitudes el enfoque de la Iglesia en cuanto al suicidio asistido es el tradicional si uno escucha a los obispos del oeste de Canadá, pero flexible y complaciente si se presta atención a los obispos de las Provincias Marítimas de Canadá. En Estados Unidos, los obispos designados por Francisco en Chicago y San Diego llevan la batuta en la promoción de un “nuevo paradigma” sobre el sexo y el matrimonio, mientras que los arzobispos más conservadores desde Filadelfia hasta Portland, Oregón, siguen apegados al anterior. Y así sucesivamente. Incluyendo Cuba con las agrias diputas entre arzobispos y sacerdotes en contra de las “uniones de hecho” para las parejas de un mismo sexo.

Estas divisiones geográficas son anteriores a Francisco, pero a diferencia de sus predecesores, él les ha dado su bendición, las ha alentado y ha permitido a los futuros liberalizadores llevar sus ambiciones más lejos. En la práctica, está experimentando con un modelo mucho más anglicano respecto a las operaciones de la Iglesia católica, en el que las enseñanzas tradicionales están disponibles para su uso, pero no son necesarias, y distintas diócesis y diferentes países podrían poco a poco alejarse entre sí en términos de teología u otros aspectos burocráticos y administrativos.

Una especie de perestroika franciscana, asistida por burócratas afines al pensamiento humanista de Asís y cercana al actual Francisco, quien observó como algunos de sus jesuitas mas cercanos a la teología de la liberación ofrendaron sus vidas por su compromiso con los más pobres y la libertad ante el fascismo de la junta militar argentina. Creo que, a la altura de 2019, este experimento es el esfuerzo más importante de su pontificado. Silencio a sus críticos doctrinarios y tradicionalistas y una política de “glasnost” en las diócesis nacionales o geográficas.

No resulta extraño que los medios y el ámbito periodístico desee romper este silencio, lo cual es visto como una debilidad por muchos observadores entre ellos el periodista, sociólogo y escritor Frédéric Martel. No resulta tampoco extraño que sus publicitas seleccionaran la fecha del inicio de la asamblea convocada por Francisco -para intentar poner freno a los abusos de menores en la Iglesia-  para publicar su devastador libro: “Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano”. (Por cierto, existe un instructivo capítulo de “Sodoma…” dedicado a la Iglesia Cubana, prometo una entrada cuando termine de leerlo).

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En segundo lugar, a finales del 2018 Francisco añadió otro capítulo a su estrategia-cambio-reforma, cuando buscó una tregua, no con toda una cultura, sino con un régimen: el poderoso Partido Comunista de China. Francisco quiere un trato con Pekín que reconciliaría a la Iglesia católica clandestina, fiel a Roma, con la Iglesia católica “patriota”, dominada por el Partido. Si el acuerdo de Francisco funciona esa reconciliación requerirá que la Iglesia ceda explícitamente parte de su autoridad para nombrar obispos al Buró Político de Pekín: una lucha y concesión ya (re)conocida desde los embrollos medievales entre Iglesia y Estado.

No obstante, las dos treguas en esencia son similares y posen los mismos objetivos, ambas acelerarían la transformación del catolicismo a una confederación de Iglesias nacionales: liberales y de alguna manera protestantes en el norte de Europa, conservadoras en el África subsahariana y supervisada por un partido marxista-maoísta en China. Son similares en cuanto que ambas abordan las inquietudes de muchos católicos devotos (creyentes conservadores en Occidente, feligreses clandestinos en China) como obstáculos para la gran estrategia del papa.

También son similares en que ambas han despertado el espectro de un cisma, al enfrentar a unos cardenales con otros y a veces contra el papa mismo. Ambas ponen mucho en riesgo: en un caso, la uniformidad de la doctrina católica y su fidelidad a Cristo; en el otro, la claridad de la observancia católica a la dignidad humana, con tal de reconciliar a la Iglesia con los poderes terrenales.

Además, están tomando este riesgo en un momento en que ni el neo-maoísmo chino ni el liberalismo occidental parecen exactamente modelos confiables y resilientes para el futuro humano, pues el primero se desliza de regreso hacia el totalitarismo; el último se muestra ansioso, decadente y asolado por las revueltas populistas de derecha e izquierda, miremos en el continente a Brasil y Venezuela, o la propia nación del papa. O la gran república del Norte azotada por un demagogo mezcla de Mussolini y Kérenski.

Eso significa que, si estas dos apuestas salen mal, el legado de Francisco se juzgará duramente, a pesar de su carisma y su efecto mediático en los observadores seculares y todos los otros amantes del “efecto Francisco”.

Los riesgos de la apuesta china ya se están viendo en el discurso extraño y adulador que los aliados y súbditos de Francisco han usado hacia el régimen chino, y su disposición a asegurarle a Pekín que a diferencia de, por ejemplo, los evangélicos estadounidenses, Roma jamás daría el amenazante paso de mezclar la Religión con la Política (China).

Si las tendencias actuales continúan, China podría tener una de las poblaciones cristianas más grandes para finales del siglo XXI, y en la segunda potencia económica y militar del planeta, y esas personas hoy son en gran medida evangélicas; de hecho, el deseo del Vaticano de llegar a un acuerdo con Pekín está influido que el catolicismo chino hoy dividido y fraccionado está siendo objeto de una competencia brutal por las facciones protestantes, mostrada por cientos de miles de conversos a esas otras denominaciones de origen cristiano.

Pero si ese acuerdo vincula de manera permanente a la Iglesia romana con un régimen político condenado por la Historia, Francisco habrá cedido tanto la autoridad moral ganada por las generaciones perseguidas; como el futuro de la comunidad católica china a esas otras iglesias cristianas, sobre todo a los evangélicos, que tienen una menor disposición a adular y dialogar con sus perseguidores. El legado del papa a sus seguidores se vería entonces muy similar a aquellas adorables viñetas del sátiro italiano: “Contraorden, compañeros”.

La apuesta por un enfoque anglicano de la fe y la moralidad es aún más riesgosa, como podrían demostrarlo los mismos cismas del anglicanismo. El “nuevo paradigma” del papa ha distendido la amenaza inmediata de un cisma al mantener una cuidadosa ambigüedad siempre que se le desafía. Sin embargo, asegurará que las facciones de la Iglesia, ya polarizadas y en pleito, se separen cada vez más. Implica una ruptura (o, si se está a favor, un avance) en la comprensión de la Iglesia sobre la manera en que sus enseñanzas pueden o no cambiar, una con un efecto inmediato menos drástico que las reformas del Concilio Vaticano II, pero finalmente con un mayor alcance en lo que implican para el futuro del catolicismo. El círculo cercano de Francisco está convencido de que esa revolución es lo que quiere el Espíritu Santo, mas allá de intentos similares de Juan Pablo II y Benedicto XVI para mantener la continuidad entre la Iglesia antes y después del Concilio Vaticano II, que finalmente terminaron por ahogar esa renovación.

Tienen razón aquellos que plantean que el paradigma de Juan Pablo II estaba plagado de errores y tensiones; la facilidad con la que Francisco ha reabierto debates que los conservadores consideraban cerrados es una prueba de ello. No obstante, este papa no solo ha expuesto las tensiones, sino que las ha agrandado, alentando ambiciones arrasadoras entre sus aliados y empujando a los desilusionados conservadores hacia el tradicionalismo o la disidencia Al igual que ciertos papas medievales imprudentes, Francisco ha llevado la autoridad papal hasta sus límites: menos teológicos esta vez, pero cuasi temporales y por ello mucho más peligrosos.

Las treguas son poco satisfactorias, la inestabilidad es emocionante y es posible que valga la pena iniciar guerras civiles teológicas. Piensan los teólogos más liberales.
Además, no hay ninguna señal de que la liberalización de Francisco esté logrando que los católicos no practicantes regresen a las bancas de las iglesias. Desde Alemania hasta Australia, pasando por su oriunda América Latina, el declive institucional de la Iglesia ha continuado. En muchas pequeñas naciones centroamericanas el catolicismo ya es minoritaria ante el empuje y la influencia de las variadas sectas protestantes que como barbaros llegan desde el Norte con millones de biblias y dólares.

Mantener un catolicismo ‘mientras tanto’, como lo hicieron sus predecesores inmediatos, no es un logro que pueda desestimarse a la ligera. Por su parte, acelerar la división cuando el cargo ocupado tiene la misión de mantener la unidad y la continuidad es un asunto serio, en especial en un momento en que es tan desconcertantemente difícil vislumbrar o predecir la evolución o eclosión final.

Mis amigos católicos –que son igual los de Francisco- siempre atemperan mi presunción, reconociendo la posibilidad de que estemos confundidos o al asumir que algo se nos está escapando y la historia termine por demostrar que fue un papa Visionario, cuasi Heroico. Sin embargo, escoger un camino que pueda tener solo dos destinos —Héroe o Hereje— también es un acto de presunción, un auto de fe, incluso para un papa. En especial para un papa.

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