Hombres sinceros, que golpean al mundo.

 

La paradoja es inevitable para el orden del discurso religioso. Aquello que se cree desborda el lenguaje, pero sin este ni siquiera puede esclarecerse el misterio de la fe que se enuncia con meras palabras. La primera paradoja que es intrínseca a cualquier creyente viene de antaño: la relación de la fe con la razón, más allá de ese vínculo, el cual supone finalmente una preeminencia de una respecto de la otra, y ello a pesar de los esfuerzos post modernos de acercarlas la una con la otra. Igual sucede con la relación entre fe y arte, la fe como manifestación de una cultura en particular enmarcada en un espacio y un tiempo histórico.

Todas esas relaciones -fe, razón, cultura, arte- no son las únicas paradojas para los hombres religiosos en el siglo XXI. En el repertorio de esta antigua tradición hay episodios inexplicables y vergonzosos que no necesitan hoy ser recordados. La crueldad no falta en las crónicas las tres religiones monoteístas asentadas en el llamado al amor infinito.

La contradicción más irritante y aún vigente es la que evidencia el poder económico de una institución como la Iglesia Católica que dirige su misión a los humildes del mundo. La prédica evangélica desestima los excesos del capitalismo, incluso desde la curia más reaccionara y tradicionalistas, y la acumulación de riquezas, pero el Vaticano es demasiado monárquico para no advertir de inmediato sus incoherencias entre lo dicho y lo hecho.

O al menos lo que se quiere decir y lo que realmente se hace…

El otro asunto es la (in)capacidad de una teocracia que se define célibe, monacal y asexuada de reproducir su contradictoria narración en una sociedad que se define en esencia por la libre asociación de seres libres, sujetos a su libre voluntad, me refiero a la sexualidad humana, pero sobre todo en la única capacidad humana capaz de generar desinterés, desprendimiento, complementariedad y solidaridad, el amor.

El amor que para las monarquías teístas (judaicas, cristianas e islámicas) debería ser el sentimiento sobre el que se debería asentar toda su teología, desprecia la carne. El sexo. El amor físico expresado en erotismo, placer y liberación. Cuando los seres humanos deciden amarse (sexualmente) los padres de la iglesia, ¡dudan¡. Arbitrariamente complementan las relaciones (sexuales) entre hombre y mujer como el origen de la caída, cuando debería ser el principio de la historia y de la vida.

El legendario Wim Wenders acusa recibo de todas estas contradicciones y empieza su retrato sobre quien comanda los destinos de la Iglesia (Romana) proponiendo una lectura compensatoria sobre estas paradojas. (Wim con posterioridad realizó otro extenso documental testimonio con designios similares al ex secretario del otrora poderoso PCUS soviético Mijaíl Gorbachov).

La apuesta es la siguiente: el religioso argentino retoma la senda de aquel santo de la indigencia que amaba el sol, la luna y le cantaba a las criaturas. En efecto, el Jorge Mario Bergoglio de Wim sería casi una «reencarnación» de aquel hombre nacido en Asís el 23 de octubre de 1223, una metáfora que Wenders ilustra como si se tratara de una película silente rodada en el siglo XIII. Un par de planos de unos cuadros a propósito de Francisco de Asís adquieren milagrosamente movimiento. Así es como el color se esfuma y algunas anécdotas muy conocidas de este amante fervoroso del Altísimo se representan sucintamente. ¿Un milagro estético? Es una simpática puesta en escena.

El abismo del que ya se protege y se fundamenta el legado del primer papa argentino. De ahí en adelante hay más, Francisco hablará a cámara y Wenders buscará contrapuntos visuales diversos que permitan hacerse una idea de la prédica de este hombre de Dios. Excepto por una misa en la Plaza del Congreso en Buenos Aires en 1999, Bergoglio, el hombre, es solamente una contingencia física para la llegada providencial de Francisco.                                           

En Pope Francis: A Man of His Word, la «interpretación» de Bergoglio como papa tiene esa convicción de las grandes estrellas que empuja al intérprete a confundir el papel con la vida. La ficción con la realidad, tan propicia en todas las religiones e ideologías, como si de un “Made in Hollywood”, se tratara.

Es por eso que Wenders al pasado de Bergoglio le decreta un fuera de campo radical. El punto de partida es la crisálida o el acontecimiento por el cual un creyente profesional se transforma en el siempre infalible oído y los ojos directos del mismo Dios. El tono reflexivo y pausado de Francisco despliega amenamente la orientación que tiene la Iglesia en el siglo XXI bajo su ministerio. La cuestión de la pobreza es la virtud cardinal, y la atención sobre los más necesitados la prioridad política, de no ser así, como Francisco señala ingeniosamente, la Iglesia sería una ONG.

¿Serán suficientes un plano cenital sobre un basural o una panorámica desde un avión en la que se observa una multitud reunida en Río de Janeiro para escuchar a Francisco? Las decisiones formales del cineasta denotan pereza. Después del milagro inicial, le sigue el pecado estético. Así como Francisco sustituyó a Bergoglio, una conversión similar puede rastrearse en el cine de Wenders. Quien hizo alguna vez Alicia en las ciudades, En el curso del tiempo y Tokio-Gan parece no ser el mismo realizador de películas como Palermo Shooting, La sal de la Tierra o Inmersión.

Sucede que Wenders también experimentó una crisálida.

Quizás todo empezó con “Der Himmel über Berlin” (Las alas del deseo), cuya noble metafísica anunciaba un cine propenso a esa prédica tan dañina en el arte como para la vida. Seguramente los ángeles (Bruno & Otto) de aquel hermoso y lúgubre filme no son los mismos que los de la angeología de la que Bergoglio debe haber abrevado en su tiempo de seminarista jesuita.

Sin embargo, el encuentro de Francisco y Wenders tiene bastante de designio vertical. Dos predicadores se saludan. Esta catequesis audiovisual así lo confirma. Y al final uno quizá intuya que más allá de los dispares papeles que desempeñan en la vida, son como los versos de aquel poeta, hombres sinceros.

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