Semejante a nuestras lágrimas.

“Siempre hay una última vez para todo. Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se estaban apagando”.

Así concluye “Los Nueve Mil Millones De Nombres De Dios” Arthur C. Clarke: con infinitesimales resonancias bíblicas; tiempo de morir, tiempo de morir, tiempo de nacer, tiempo de nacer, de reír, reír  y llorar, llorar… Hay seres, mejor dicho, hay androides que han visto lo que nosotros jamás veremos…

“Yo he visto cosas que vosotros jamás creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

Acaba de morir a los 75 años de edad el actor holandés Rutger Hauer (el androide Roy Batty), ambos alcanzaron la inmortalidad fílmica cuando pronunció esas palabras; quizás en una de las escenas más memorables en la historia del cine.

Blade Runner, Hauer, Batty… las estrellas se van apagando, semejante a nuestras lágrimas.

 

 

Cómo nos convertimos en es(t)o. Años y Años.

Después de “Chernóbil” o “Black Mirror” llega “Years and Years” y uno se va acostumbrando a que las series de TV alcancen cotas artísticas comparables al cine o al teatro, a la baja… Para bien, o para mal,  la televisión siempre es un estigma entre críticos o publico, creyentes que el auditorio que ve la TV noche a noche en el sofá de casa comiendo palomitas de maíz es estúpido o banal; como lo es hablar con la tostadora o la propia TV inteligente. (Si ven la serie comprenderán lo que escribo).

La filosofía de “Years and Years” fue definida por un crítico millenial: “Anda a molestar a otro lado con tus certezas, no te queremos aquí”.

La serie es una paella televisiva  para aquellos nacidos digitales que aborrecen las certezas de sus padres y abuelos. El orbe hoy carece de certezas, se niega incluso que la Tierra sea esférica, y lo peor, se lo creen millones. Toda opinión tiene al menos dos creyentes.

Ese es el trasfondo de la nueva miniserie de HBO/BBC creada por Rusell T. Davies (“Doctor Who”, “Queer as Folk”). Una saga familiar británica mezclada con catástrofes económicas, avance de la extrema derecha, políticos corruptos, sobrepoblación, inmigración descontrolada, marginación de minorías, pobreza media, transhumanismo, apatía emocional y psicologica, crisis ecológicas…

Ambientada entre 2020 y 2030 la serie puede ser vista como una epilogo a la decepciónate última temporada de “Black Mirror”.

Gracias a la estupidez de internet, y sus redes sociales, gana fama Viviane Rook, una política que está lejos de tener las aptitudes, pero con ayuda del manejo comunicacional, las falacias ad populum como el peligro que corren los niños, y la victimización por ser mujer, gana adeptos, principalmente una masa acrítica fácil de encandilar. Todos de una nueva clase media pobre y mediocre.

Para resumir una historia presumible, digamos que cada uno representa y actúa en un sector diferente, conectado y problemático de la cultura contemporánea, la serie se construye como una ficción más especulativa que reflexiva en la cual la situación política de ahora en occidente –Trump, Brexit, calentamiento global, dominación de la tecnología, etc– va degenerando cada vez más hacia una cultura totalitaria, cercana a la distopica futurista de un Huxley u Orwell que ya vimos ahora y en el pasado. Y hemos visto en tantos libros y películas de ciencia ficción, pero puesta en escena un contexto familiar británico.

Estos son tiempos de distopías que enganchan como un opiáceo de Purdue Pharma Inc. o una  cuenta de Facebook. Al final la serie es una sátira de humor negro que retrata la sociedad del año 2028 en la que todas las tendencias más preocupantes y grotescas del 2019 se han acelerado de forma vertiginosa.

La primera ministra británica –interpretada por Emma Thompson– ha creado una red de campos de concentración para los inmigrantes, conocidos como unidades Erstwhile (Otrora, en español). “Deberíamos estar orgullosos de ser el país que inventó los campos de concentración” anuncia en referencia a la supresión de la revolución de los bóer en la guerra de Suráfrica de 1899-1902. “Antes me aburría la política”, comenta uno de los protagonistas de la serie. “¡Cuánto echo de menos aquellos tiempos!”, se lamenta.

Leo en alguna parte:

Imagino que una época más “sana” que la nuestra estaría haciendo teleseries sobre un nuevo mundo basado en sistemas locales de producción de alimentos, energías renovables, transporte público,  ciudades sostenibles, la redistribución de la renta. Intentaría convertir una utopía tan revolucionaria como News from Nowhere de William Morris o Utopía de Tomás Moro en materia de audiencia de prime time. Lo hizo muy bien Ursula Leguin en The dispossessed. Pero, en este momento de capitalismo tardío, la atracción fatal de la distopía resulta más rentable.

Estoy de acuerdo….parecido al cartel promocional o al slogan publicitario: “cómo nos convertimos en eso”.

K y el sexo.

Foto: Franz Kafka y Felice Bauer

Los biógrafos no conocen la vida sexual de su propia esposa, pero creen conocer la de Stendhal o la de Faulkner. Sobre la de Kafka sólo me atrevería a decir lo siguiente: la vida erótica (no muy fácil) de su época se parecía poco a la nuestra: las chicas de entonces no hacían el amor antes de casarse; a un soltero no le quedaban más que dos posibilidades: las mujeres casadas de buena familia o las mujeres fáciles de clases inferiores: vendedoras, criadas y, naturalmente, prostitutas.
La imaginación de las novelas de Brod se alimentaba de la primera fuente; de ahí su erotismo exaltado, romántico (cuernos dramáticos, suicidios, celos patológicos) y asexuado: “Las mujeres se equivocan al creer que un hombre auténtico sólo otorga importancia a la posesión física. No es más que un símbolo y está lejos de igualar en importancia al sentimiento que la transfigura. Todo el amor del hombre está destinado a ganarse la benevolencia (en el verdadero sentido de la palabra) y la bondad de la mujer” (El reino encantado del amor).
La imaginación erótica de las novelas de Kafka, por el contrario, nace exclusivamente de la otra fuente: “Pasé por delante de un burdel como delande de la casa de la amada” (diario, frase censurada por Max Brod).
Las novelas del siglo XIX, aunque supieran analizar magistralmente todas las estrategias amorosas, ocultaban la sexualidad y el acto sexual en sí. En las primeras décadas de nuestro siglo, la sexualidad surgió de las brumas de la pasión romántica. Kafka fue uno de los primeros (con Joyce, por supuesto) en descubrirla en sus novelas. No desvela la sexualidad como terreno de juego destinado a un restringido grupo de libertinos (como en el siglo XVIII), sino como realidad a la vez trivial y fundamental de la vida de cada cual. Kafka desvela los aspectos existenciales de la sexualidad: la sexualidad oponiéndose al amor; la extrañeza del otro como condición, como exigencia de la sexualidad; la ambigüedad de la sexualidad: sus aspectos excitantes que al mismo tiempo repugnan; su terrible insignificancia que de ninguna manera disminuye su espantoso poder, etc.
Brod era un romántico. Por el contrario, en el origen de las novelas de Kafka creo detectar un profundo antirromanticismo; se manifiesta por todas partes, tanto en la manera en la que Kafka ve la sociedad como en su manera de contruir una frase; pero tal vez su origen esté en la visión que Kafka tuvo de la sexualidad.

Milan Kundera
Los testamentos traicionados

***

Se abrazaron, el pequeño cuerpo ardía en las manos de K, rodaron sumidos en una inconsciencia de la que K intentó en vano liberarse; unos metros más allá chocaron con la puerta de Klamm provocando un ruido sordo y allí yacieron sobre un charco de cerveza y rodeados de otra basura de la que el suelo estaba cubierto. Allí transcurrieron horas, horas de un aliento común, de latidos comunes, horas en las que K tuvo la sensación de perderse o de que estaba tan lejos en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que él, una tierra en la que el aire no tenía nada del aire natal, en la que uno podía asfixiarse de nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se podía hacer otra cosa que continuar, seguir perdiéndose. Y para él, al menos en un principio, no supuso ningún susto, sino un consolador amanecer, cuando alguien llamó a Frieda desde la habitación de Klamm con una voz profunda, entre indiferente y autoritaria.

Franz Kafka
El castillo

***

Ayer, de pura soledad, me llevé a una prostituta a un hotel. Era demasiado vieja para seguir siendo melancólica. Y solo le apenaba que los hombres no fueran tan cariñosos con las prostitutas como lo son con sus amantes. Y no la consolé porque ella tampoco me consoló.

Franz Kafka
Carta a Max Brod