El juicio de…Artaud.

Que me ahogo; no sé si es una acción 

pero al acosarme así  con preguntas 

hasta la ausencia y la nada de la pregunta, 

me atormentaron  y sofocaron en mí 

la idea de cuerpo  y de ser un cuerpo, 

entonces sentí lo obsceno 

y me tiré un pedo arbitrario de vicio 

y en rebeldía por mi asfixia. 

Porque hostigaban  hasta mi cuerpo 

y en ese momento hice estallar todo  

porque a mi cuerpo nadie lo manosea. 

Un mundo feliz.


**

La novela Un mundo feliz es, sin duda, una de las visiones literarias que con mayor claridad se anticiparon a los acontecimientos que estamos viviendo.

Existe una bizantina disputa sobre si estamos viviendo el mundo que imaginó Orwell o el mundo que imaginó Huxley (y aunque hay claroscuros, parece que Huxley fue más preclaro).

El analista de medios Neil Postman distinguió la visión distópica de Huxley de la de Orwell. La del primero estaba basada en el deseo y la segunda en el miedo; de manera quizá un poco más sofisticada, Huxley entendió que en el «futuro» íbamos a ser controlados no a través de la fuerza, la represión violenta o la supresión de la información, sino, sobre todo, a través de la distracción y el entretenimiento.

El siguiente párrafo se lee de manera ominosa, si bien ya en 1932, cuando se publicó por vez primera la novela, había visos de que la producción serial -el fordismo- requería del ser humano una constante atención hacia los productos y, por lo tanto, una asociación de la felicidad con el consumo.

Asimismo, Huxley ya vislumbraba que las personas estaban dispuestas a sacrificar su libertad en niveles alarmantes a cambio de seguridad, especialmente después de haber vivido una guerra. Esto se pudo comprobar con el movimiento nazi.

Nuestro Ford hizo por su propia cuenta una enormidad para modificar el énfasis de la verdad y la belleza hacia la comodidad y la felicidad. La producción masiva exigía ese cambio. La felicidad universal mantiene las ruedas girando constantemente; la belleza y la verdad no pueden. Y, por supuesto, cuando llegó a ocurrir que las masas tomaban poder político, entonces era la felicidad lo que contaba y no lo la belleza y la verdad.

Sin embargo, pese a todo, la investigación científica aún era permitida. Las personas aún seguían hablando de la belleza y la verdad como si fueran bienes soberanos. Hasta el tiempo de la guerra de los 9 años.

Eso hizo que cambiaran de tono completamente. ¿De qué sirven la belleza o la verdad o el conocimiento cuando las bombas de ántrax están brotando por todas partes? En ese momento la ciencia empezó a ser controlada por primera vez… Las personas estaban listas hasta para que les controlaran sus apetitos.

Todo por una vida tranquila. Hemos seguido controlando las cosas desde entonces. No fue muy bueno para la verdad, por supuesto. Pero ha sido muy bueno para la felicidad. Uno no puede tener algo gratis. La felicidad se debe pagar.

La producción masiva, el capitalismo, la deificación del dinero, la tecnología y la materia, etc., requieren de una cierta pasividad, de un cierto estado de consumidor, de renunciar a la agencia, de que los individuos se vean parte de una gran máquina de la cual sólo son piezas y ante la cual no pueden hacer nada.

Para que el individuo renovara su deseo y pudiera seguir consumiendo y alimentando el sistema que hoy se conoce como economía de crecimiento infinito, la felicidad debió asociarse con la participación en los bienes de consumo que produce el sistema. Huxley lleva esto a una especie de hipérbole, considerando que es como el consumo de una droga, que mantiene a los individuos felices y, en consecuencia, inofensivos para el sistema. Como dice la canción de Radiohead: «happy, more productive».

La depresión, la melancolía y la tristeza se convierten en anatema, en estados que deben ser rápidamente curados y eliminados. Al eliminarse, se elimina una dimensión de profundidad de la existencia; sólo queda la verticalidad: tratar de escalar socioeconómicamente, de obtener más. Se pierde también la dimensión estética, ya que ésta requiere de integrar y considerar seriamente todo tipo de sensaciones buenas y malas -el amor y la muerte en el mismo vaso-, de la introspección, de descender a la propia alma y demás cosas que el aséptico neoliberalismo moderno no consiente.

De aquí esta fórmula de que cambiamos la belleza y la verdad a favor de la felicidad o el placer (hedonista y narcisista). Preferimos vivir cómodos y seguros a enfrentarnos a lo desconocido, al mysterium tremendum, lo numinoso. La sociedad se convierte en un organismo funcional, eficiente, predecible, pero sin alma, y en una perenne crisis existencial que es suprimida por paliativos. Crisis existencial que es rápidamente atacada por el entretenimiento, por la manipulación del deseo (por la manufactura de deseos), y ahora, por la captación de la atención de la tecnología digital.

Se trata de que el individuo no se enfrente a la oscuridad de su propia mente, ya que si lo hace se dará cuenta de que está sumido en una profunda crisis y que la vida que vive no tiene profundidad, es similar a la de una máquina.

Un ser humano realmente no puede tolerar esto mucho tiempo; si lo hace, se enfrentará con la necesidad de una profunda transformación. Es por ello que es mejor distraerse.

Huxley lo vio de manera genial; el monstruo de la indolencia ya estaba latente y hoy se ha expandido como una red global de comunicación que nos dice que estamos perpetuamente conectados. Estamos conectados pero a la vez cada vez más desligados de nosotros mismos y de aquellas cosas que históricamente le dieron sentido al hombre. Dostoyevski creía que el ser humano no podía vivir sin belleza; belleza también en el sentido platónico: el esplendor de la verdad, el símbolo del espíritu.

Quizás la gran ilusión moderna tiene que ver con la idea de que el ser humano existe para su propia felicidad. Una felicidad que no es ciertamente la felicidad eudaimónica de Aristóteles; se trata más bien de la felicidad individualista de suprimir todas las amenazas, todo el dolor, todo el miedo, toda la oscuridad, y de abrirse el terreno hacia la máxima comodidad y hacia el más alto diseño del placer. Esta es la promesa de la tecno utopía: una existencia descorporalizada en la que se puedan crear paraísos hedonistas sintéticos. Solzhenitsin veía las cosas de manera distinta:

Si, como sostiene el humanismo, el hombre naciera sólo para ser feliz, no nacería para morir. Ya que su cuerpo está condenado a la muerte, su tarea evidentemente debe ser más espiritual: no el grosso involucramiento en la vida cotidiana, no la búsqueda de mejores formas para obtener bienes materiales y su consumo libre de preocupaciones.

Debe ser el cumplimiento de un deber sincero y permanente, de tal manera que el viaje de la vida se convierta en una experiencia de crecimiento moral: dejar la vida siendo un mejor ser humano del que uno era cuando llegó.

https://culturainquieta.com/es/inspiring/item/15824-este-parrafo-de-un-mundo-feliz-explica-la-tragedia-moderna-de-como-canjeamos-verdad-y-belleza-por-comodidad-y-placer.html

 

¿Sentir? ¡Sienta quien lee!

Todo lo que se necesita para vivir, vivir bien en el sentido de los neo pitagóricos: es una mujer (una familia), un poema, vino, algo de música y ser una persona (pessoa, en lusitano)….de bien, de carnes y tendones.

(Si me casase con la hija de la lavandera
quizá sería feliz).
Visto esto, me levanto. Me acerco a la ventana.
El hombre sale de la Tabaquería (¿guarda el cambio en la bolsa del pantalón?),
ah, lo conozco, es Estevez, que ignora la metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta).
Movido por un instinto adivinatorio, Estevez se vuelve y me reconoce;
me saluda con la mano y yo le grito ¡Adiós, Estevez! y el universo
se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza
y el Dueño de la tabaquería sonríe.

Aquí vemos a Fernando Pessoa en su querida Lisboa, petrificado en bronce. No. No y no. Me niego a ver al poeta en brobce. Pessoa no es piedra, no es bronce; Pessoa es Poesía. Personalidad dividida, como el infinito Atlántico que acaricia Portugal

Dicen que finjo o miento
en todo cuanto escribo. No.
Yo simplemente siento
con la imaginación.
No uso el corazón.

Lo que sueño y lo que me pasa,
lo que me falta o finaliza
es como una terraza
que da a otra cosa todavía.
Esa cosa sí que es linda.

Por eso escribo en medio
de lo que no está en pie,
libre ya desde mi atadura,
serio de lo que no lo es.
¿Sentir? ¡Sienta quien lee!

Morrison y El Bosco

Hace un par de días leía en la página cultural de un diario las apreciaciones personales de Jim Morrison descritas desde la memoria de Hubert Sinclair.

Leo:

Cuando miro un cuadro, me limito a pensar en lo que veo, sin el filtro de los expertos…”. “Yo hago lo mismo”, comenté. “En ese caso nos vamos a entender muy bien”, añadió él, para continuar diciendo: “En el tríptico cerrado vemos una imagen esférica del mundo. Se nos está diciendo que, si abrimos sus puertas, nos encontramos con el despliegue del mundo en todas sus dimensiones. Las hemos abierto, ¿y qué vemos?

La inmensa diversidad del mundo y de los seres que lo pueblan.

Que hay detrás de esa ventana, de ese paisaje gris, despobladao de vida “El Tercer Día de la Creación”. Un mundo irreal, una tierra plana, rodeada de una masa de agua plateada, pero extrañamente, el genio envuelve a la Tierra toda en una suerte de esfera de cristal, transparente e iluminada por un haz de luz; prefigurando la imagen de un mundo esférico e infinito…

Dios observa, solo, casi triste, impávido, desde la parte superior del panel izquierdo: su Creación.  A la izquierda se lee “Ipse dixit et facta sunt”; a la derecha “Ipse mandavit et ­creata sunt”.

Entonces, abrimos,  como Jim,  las “puertas” de la percepción y todo lo que puede ser creado es creado: «creata sunt». 

El matrimonio del Cielo y el Infierno, Blake, Morrison y El Bosco, nacen de la gris esfera de la tierra…“El Jardín de las Delicias”. “Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todas las cosas aparecerían ante el hombre tal como son: infinitas”.

Después del carácter monocromático de la Creación, estallan en su interior los colores de la vida. Paraíso. El jardín de las Delicias. Infierno.  Le explica Morrison a Sinclair.

Lo más curioso es que en ninguno de esos (…) espacios  vemos verdadero sufrimiento”. “Tienes razón, ni siquiera vemos dolor en la tercera tabla del tríptico, presidida por la oscuridad”, comenté. “Por la oscuridad sí, pero no por la angustia o la desesperación”.

Escucho a Morrison cantar mientras observo como la monja en forma de cerdo besa al hombre desnudo. 

This is the end, My only friend, the end
Of our elaborate plans, the end
Of everything that stands, the end
No safety or surprise, the end
I’ll never look into your eyes…again
Can you picture what will be, So limitless and free
Desperately in need…of some…stranger’s hand
In a…desperate land…

Lo mismo me sucede, cada vez que visito el museo de El Prado, contemplo un par de horas el tríptico de El Bosco, no veo dolor, angustia o desesperación incluso entre los condenados a la oscuridad; solo veo humanidad y el final de casi todo. 

Un alejamiento de la teología medieval, de dolor y castigo, de Dante… tengo una vision más cercana a las ideas de José Lezama Lima o Emanuel Swedenborg; el poeta cubano prefiguraba un infierno despoblado gracias a la infinita misericordia de Dios a la izquierda del panel; cercana al viaje lisergico del sueco un inferno poblado por criaturas que lo elegían “motivados por lo que les atrae y les deleita”.

A veces las imágenes se hacen sonido y los sonidos ese silencio que recorre el jardín de las delicias en El Prado. 

 

 

Abbey Road 50…(2).

Abbey Road: el final y el inicio para entender a The Beatles

Por María de los Ángeles Cerda

Al pensar en The Beatles, casi de forma automática se viene la imagen de la carátula de Abbey Road, probablemente el retrato más copiado, imitado y revisitado no únicamente por los fans de la banda, sino también por los melómanos en general. Es un caso especial en que la masividad de la foto supera la de las canciones.

Para el fin de su carrera, The Beatles habían hecho de todo. Fueron las mayores estrellas del mundo, íconos adolescentes, filmaron películas, habían girado por cuatro continentes. Fueron la banda del Sargento Pimienta, los fabulosos 4 de Liverpool, los que expandieron el sonido de la música popular. En cada disco jugaron un rol, fuese contractual o creativo, pero en Abbey Road, despojados de la presión hacia el público y el sello, finalmente fueron ellos mismos. Esa honestidad es la que separa al último álbum grabado por los ingleses del resto de su discografía (entrando al juego de los fans de The Beatles en que teorizamos y le damos vuelta a todo).

Esta pureza no se tradujo a falta de esfuerzo, pese a que ya habían pasado por los momentos más tensos de su carrera, sino en un sentido de cooperación que dio frutos memorables en “Come together” y particularmente en “Something”, una de las mejores canciones que The Beatles hayan publicado. Inconscientemente sabían que se estaban despidiendo del grupo, y lo estaban haciendo de la manera más amigable posible, mostrando sus propios caracteres, compartiendo su historia, y pasando por distintos estados anímicos y estilos —sin que sonara a una mazamorra inentendible— para cerrar con su despedida, “The End”, una especie de declaración al mundo de que ya estaban listos para partir. También es el disco donde quizás se entiende en forma más clara la personalidad de cada uno de los músicos, donde George Harrison es el que brilla con más fuerza, gracias a sus melodías en la guitarra y la belleza de sus composiciones (“Something”, “Here comes the sun”). McCartney es el del oído pop, el que apela al doo wop —o como diría Lennon, la música que escuchaba su abuelita— como al rock y a la experimentación (“Maxwell’s Silver Hammer”, “Oh! Darling!”, “Golden Slumbers/Carry that Weight”), Lennon es más crudo y confesional, y trae de vuelta la influencia de Chuck Berry y suma el blues (“Come Together”, “I Want You (She’s So Heavy)”, mientras que Ringo no únicamente es lúdico (“Octopus’s Garden”, una especie de retrospectiva de “Yellow Submarine”) sino que también es capaz de crear un fraseo tan característico en la batería que es imitado por todas las subsecuentes generaciones (“Come Together”). Aun cuando todo esto suena excesivo, en el álbum todo se convierte en una historia que toma sentido. The Beatles fueron capaces de cambiar su sonido en cada disco, pasando desde el rock and roll más primitivo a la psicodelia, y Abbey Road comprime aquel viaje en una sola gran autobiografía magistralmente editada por George Martin. El resultado es superior a la suma de sus personalidades: Abbey Road se convirtió en el final y el inicio del camino para comprender a The Beatles y en una obra esencial.