Abbey Road 50…(2).

Abbey Road: el final y el inicio para entender a The Beatles

Por María de los Ángeles Cerda

Al pensar en The Beatles, casi de forma automática se viene la imagen de la carátula de Abbey Road, probablemente el retrato más copiado, imitado y revisitado no únicamente por los fans de la banda, sino también por los melómanos en general. Es un caso especial en que la masividad de la foto supera la de las canciones.

Para el fin de su carrera, The Beatles habían hecho de todo. Fueron las mayores estrellas del mundo, íconos adolescentes, filmaron películas, habían girado por cuatro continentes. Fueron la banda del Sargento Pimienta, los fabulosos 4 de Liverpool, los que expandieron el sonido de la música popular. En cada disco jugaron un rol, fuese contractual o creativo, pero en Abbey Road, despojados de la presión hacia el público y el sello, finalmente fueron ellos mismos. Esa honestidad es la que separa al último álbum grabado por los ingleses del resto de su discografía (entrando al juego de los fans de The Beatles en que teorizamos y le damos vuelta a todo).

Esta pureza no se tradujo a falta de esfuerzo, pese a que ya habían pasado por los momentos más tensos de su carrera, sino en un sentido de cooperación que dio frutos memorables en “Come together” y particularmente en “Something”, una de las mejores canciones que The Beatles hayan publicado. Inconscientemente sabían que se estaban despidiendo del grupo, y lo estaban haciendo de la manera más amigable posible, mostrando sus propios caracteres, compartiendo su historia, y pasando por distintos estados anímicos y estilos —sin que sonara a una mazamorra inentendible— para cerrar con su despedida, “The End”, una especie de declaración al mundo de que ya estaban listos para partir. También es el disco donde quizás se entiende en forma más clara la personalidad de cada uno de los músicos, donde George Harrison es el que brilla con más fuerza, gracias a sus melodías en la guitarra y la belleza de sus composiciones (“Something”, “Here comes the sun”). McCartney es el del oído pop, el que apela al doo wop —o como diría Lennon, la música que escuchaba su abuelita— como al rock y a la experimentación (“Maxwell’s Silver Hammer”, “Oh! Darling!”, “Golden Slumbers/Carry that Weight”), Lennon es más crudo y confesional, y trae de vuelta la influencia de Chuck Berry y suma el blues (“Come Together”, “I Want You (She’s So Heavy)”, mientras que Ringo no únicamente es lúdico (“Octopus’s Garden”, una especie de retrospectiva de “Yellow Submarine”) sino que también es capaz de crear un fraseo tan característico en la batería que es imitado por todas las subsecuentes generaciones (“Come Together”). Aun cuando todo esto suena excesivo, en el álbum todo se convierte en una historia que toma sentido. The Beatles fueron capaces de cambiar su sonido en cada disco, pasando desde el rock and roll más primitivo a la psicodelia, y Abbey Road comprime aquel viaje en una sola gran autobiografía magistralmente editada por George Martin. El resultado es superior a la suma de sus personalidades: Abbey Road se convirtió en el final y el inicio del camino para comprender a The Beatles y en una obra esencial.

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