Hala, Madrid!

Franco se recupera de una anestesia. Abre los párpados y se encuentra rodeado por un nutrido grupo de médicos ataviados con batas blancas.

¿Quiénes son estos señores?

-Pues el equipo habitual.

Entonces el caudillo se anima y rompe a gritar:

-Pues… ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Madrid!

Harold Bloom (1930–2019)

Harold Bloom (1930–2019) encarnó las dos almas del crítico literario.

Fue el provocador que se asume como alimaña para corroer las corrientes políticas y filosóficas imperantes en el campus, destinadas a saquear a la literatura de sus valores, precisamente, canónicos. Antes de El canon occidental(1994), la palabra canon, como iconostasio de las grandes obras a leerse y a preservarse, se usaba, pero poco. Gracias a Bloom, ese libro se convirtió en un arma letal contra lo que él llamó de manera implacable (y antes que él Robert Hughes), “la Escuela del Resentimiento”, es decir el conciábulo de tendencias emanadas del marxismo, la Escuela de Frankfurt, la semiología postestructuralista, la deconstrucción (en la cual el propio Bloom se formó, como lo recordó, burlón, George Steiner) o los estudios literarios basados en la prominencia del género o la raza sobre una tradición que el profesor de Yale buscaba y cuya autoría atribuyó a una mujer, en el Antiguo Testamento. Abogó por la vigencia vetero-testamentaria sin perder el ánimo, judío del Bronx que aprendió yiddish antes que inglés. Fue algo más que un ateo: un gnóstico judeo-cristiano creyente en que la literatura es una forma de la trascendencia.

Por ello, no sólo fue, como dirían los italianos, un crítico militante, sino el portador de la otra cara del crítico, la del pedagogo que lleva, paciente, al rebaño de los lectores hacia el abrevadero de las  obras maestras, consciente de que cada generación las lee de manera diferente, contradictoria. Fue un gran crítico, el hoy fallecido Bloom, por haber llevado, alternas, ambas personalidades. Acaso en sus últimos años, se dejó llevar por el ánimo divulgatorio, educado en la escuela del genio romántico y, por ello, obsesionado en hacer listas de genios y obras maestras para el gran público del que supo hacerse, más allá de la academia. Si en Bloom, al principio, me molestaba su convicción de que sólo sus alumnos estaban capacitados para ser los destinatarios de su sabiduría, al final me hartó la comercialización de su vulgata, sobre todo cuando invadía literaturas que ignoraba por completo –la escrita en español, por ejemplo­– o despreciaba olímpicamente, como la francesa, de la cual, extrañamente, sus conocimientos eran en extremo rudimentarios. Creyó que Poe fue un endriago inventado por los franceses Baudelaire y Mallarmé, lo cual lo privó de entender mucho de la cultura popular (una lástima, siendo como fue un certero anatomista de la “religión estadounidense”) de su propio país, e hizo del no por discreto menos irredento antisemitismo de T.S. Eliot un juicio de valor sobre su poesía. Para no hablar de Ezra Pound.

Debe decirse algo que hoy –con Trump en la Casa Blanca– es muy incómodo en cuanto a Bloom: fue un nacionalista estadounidense y su canon vale (y vale mucho) pero, sobre todo, como un canon de la lengua inglesa. Fue el heredero de la gente de Concord y en él Emerson habría dejado casi a ciegas su herencia espiritual. Pero aunque los gringos también tienen derecho a ser nacionalistas, no fue Bloom un hombre de derechas ni un reaccionario, aunque, como su adorado doctor Johnson, habría aceptado el honrado calificativo de conservador. El autor de La angustia de las influencias (1973), la teoría de la poesía desde la cual se despliega toda su obra fue, digamos, un “modernista conservador” y por ello, un enamorado de Joyce.

Y es que un crítico como Bloom no puede ser otra cosa que un conservador de la tradición, un escrupuloso vigilante (y censor) de lo nuevo. Fue anticuado hasta causar ternura (como cuando antologó literatura infantil, casi toda ella del siglo XIX) y exasperaba por recurrir a lo que –en su contra– fue bautizada como “la jerga de la autenticidad” que lo llevaba a ensalzar, mediante la autoridad del superlativo, autores que conocía de oídas o leídos en traducciones, como José Saramago.

Ante quien disentía de él pero lo hacía con cierta altura estética lo despachaba diciéndole: “el tuyo es un hermoso error”. Bloom cometió  algunos hermosos errores, sin duda. Pero lo honra haber muerto en el índice de los réprobos, tanto para la Iglesia Mormona como para las ultrafeministas. Fue el gran acompañante, el amigo del lector ante el Altísimo, uno de los pocos críticos capaces de tomarnos de la mano y, por ejemplo, introducirnos en cada uno de los actos y en las estancias del mundo de Shakespeare. Yo no sé si alguien, inclusive un Shakespeare, puede ser calificado como “el inventor de lo humano”. Pero sí puedo decir que Bloom fue el guardián de una magnífica porción del canon occidental, justo en el momento en que estaba bajo el fuego más nutrido, rodeado de científicos sociales ansiosos de explicar lo literario con todo aquello que lo niega, poniéndolo al servicio del Resentimiento. Hay un antes y un después de El canon occidental. Ningún crítico literario del siglo XX será ni tan venerado ni tan odiado como lo es y lo será Bloom. Sé que nunca habrá un “último judeo–cristiano” pero hoy se me ocurre ser insensato y decir que Harold Bloom fue esa persona.

Una ironia en torno a la exegesis de libros sagrados…

https://pijamasurf.com/2019/09/una_ironia_en_torno_a_la_exegesis_de_libros_sagrados/

A menudo advertimos a apologetas religiosos que defienden libros considerados Sagrados cuyo contenido es cruento, violento e injusto, en definitiva, inhumano, amparándose en la excusa de la interpretación no literal (que se presta a la subjetividad y a especulaciones abiertas que ellos mismos son, sin embargo, incapaces de aceptar en su visión dogmática y unilateral de los textos Sagrados). Los defensores de la religión, de la tradición, interpretan torcida, antojadiza y convenientemente pasajes que de otro modo serían inaceptables, tanto a nivel ético, como a nivel legal, por no mencionar el científico, y hacen pasar por bello, bueno y verdadero aquello que a claras luces no lo es.

Vamos a realizar su mismo juego a la inversa y citar directamente a Lenin, el más recalcitrante de los materialistas:

Dios es el conjunto de esas ideas elaboradas por la tribu, la nación, la humanidad, que despiertan y organizan los sentimientos sociales y que se proponen como fin vincular al individuo con la sociedad y refrenar el individualismo zoológico.

Interpreto este pasaje como sigue:

Sólo se puede elaborar lo que previamente yace en uno. Elaborar es dar a luz o exteriorizar lo latente, conducir al plano de la manifestación lo que yacía en estado de esencia pura en la interioridad no manifestada. Ergo, lo que la tribu idea en realidad le precede. Así, si Dios es expresión de un pueblo, es asimismo aquello que le antecede y subyace. De esa forma, la humanidad es puente: nexo entre Dios como su fundamento y Dios como su expresión ulterior, filtrada por ella misma de acuerdo con su naturaleza particular de pontífice -de puente-.

Una realidad semejante sólo puede traer bien a la sociedad: orden que se contrapone al caos y elevación por sobre la mera animalidad descendente. La vinculación entre los elementos dispersos de la sociedad sólo se puede dar mediante un principio unificador y directriz que los liga, una inteligencia, un logos, Dios. Los elementos divergentes y múltiples se armonizan, religan y encauzan en la Unidad Divina, lo que permite la cohesión social desde el mismo ser Divino que obra al interior de la humanidad reuniendo armoniosamente lo disperso en un cosmos.

¡Qué profundamente religioso era Lenin!

 

Smith recomienda libros…

Patricia Lee Smith, popularmente conocida como Patti Smith, es un referente en el mundo del rock. Se le ha llegado a conocer como la “laureada poeta del punk” y a su arte como un componente básico en el movimiento rock-punk de Nueva York, en EEUU. Actualmente, su poesía y composiciones son consideradas un camino hacia la liberación intelectual.

En su autobiografía, Just Kids (2010), Smith explica que las palabras fueron un camino hacia la liberación para ella. Primero, a través de las oraciones de cama, y luego, a través de los libros. Cada libro que leía le producía un anhelo de algo más. El libro que le inspiró para cambiar de tipo de literatura –de infantil a algo más ambicioso y sustancioso– fue Mujercitas (1868) de Louisa May Alcott, cuyo personaje Jo se convirtió en un modelo a seguir para Smith. Sin embargo, no fue sino hasta la adolescencia que Smith descubrió a los poetas Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, quienes fueron la inspiración para darle forma y sentido a su persona artística, a su poesía y composición musical.

Desde entonces, Smith no ha parado de navegar en la literatura para hallar aquellos libros que no sólo le toquen el corazón sino que también le impliquen un reto intelectual. Como resultado, ella propone un grupo de 40 libros que es indispensable leer al menos una vez en la vida:

  1. El maestro y Margarita (1967), de Mikhail Bulgakov 
  2. El viaje al oriente (1932), de Hermann Hesse
  3. El juego de los abalorios (1943), de Hermann Hesse
  4. El corazón de las tinieblas (1899), de Joseph Conrad
  5. Moby Dick (1851), de Herman Melville
  6. Billy Budd (1924), de Herman Melville
  7. Canciones de inocencia y experiencia (1789), de William Blake
  8. Los chicos salvajes. El libro de los muertos (2006), de William Burroughs
  9. Aullido (1956), de Allen Ginsberg
  10. Una temporada en el infierno (1873), de Arthur Rimbaud
  11. Iluminaciones (1886), de Arthur Rimbaud
  12. Wittgenstein’s Poker (2001), de David Edmonds y John Eidinow
  13. Violette (1853), de Charlotte Bronte
  14. El proceso (2014), de Brion Gysin
  15. Libro de Caín (1960), de Alexander Trocchi
  16. Coriolanus (1608), de William Shakespeare
  17. El príncipe feliz (1888), de Oscar Wilde
  18. El cielo protector (1949), de Paul Bowles
  19. Contra la interpretación (1969), de Susan Sontag
  20. The Oblivion Seekers (2010), de Isabele Eberhardt
  21. The Women of Cairo V. 1 (1846), de Gérard de Nerval
  22. Bajo el volcán (1947), de Malcolm Lowry
  23. Almas muertas (1842), de Nikolai Gogol
  24. Libro del desasosiego (1982), de Fernando Pessoa
  25. La muerte de Virgilio (1945), de Hermann Broch
  26. Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963), de J. D. Salinger
  27. Franny y Zooey (1961), de J. D. Salinger
  28. La carta escarlata (1859), de Nathaniel Hawthorne
  29. A Night of Serious Drinking (1938), de René Daumal
  30. Por el camino de Swann (1913), de Marcel Proust
  31. Una muerte feliz (1971), de Albert Camus
  32. El primer hombre (1994), de Albert Camus
  33. Las olas (1931), de Virginia Woolf
  34. Big Sur (1962), de Jack Kerouac 
  35. Anything, de H. P. Lovecraft
  36. Vertigo (1990), de W. G. Sebald
  37. Diario de un ladrón (1949), de Jean Genet
  38. El proyecto de los pasajes (1935), de Walter Benjamin
  39. Poeta en Nueva York (1940), de Federico García Lorca
  40. El honor perdido de Katharina Blum (1974), de Heinrich Böll
  41. The Palm-Wine Drinkard (1952), de Amos Tutuola
  42. Hielo (1967), de Anna Kavan
  43. The Divine Proportion, a Study in Mathematical Beauty (1970), de H. E. Huntley
  44. Nadja (1928), de André Breton

Nobel 2018 y 2019.

Este 10 de octubre de 2019 la Academia Sueca determinó concederle el Premio Nobel de Literatura a Olga Tokarczuk y Peter Handke  nombramientos que corresponden al presente año, en el caso de Handke, y al año 2018 en el caso de Tokarczuk. 

Recordemos que este anuncio doble se debe a que el año pasado el comité encargado de otorgar el Nobel de Literatura se vio envuelto en acusaciones de acoso sexual, lo cual provocó una crisis interna que impidió la entrega del galardón. Este año, sin embargo, la Academia reanudó la cesión del Nobel de Literatura con los reconocimientos señalados. 

En el caso de Olga Tokarczuk, escritora de origen polaco, el comité la elogió por poseer “una imaginación narrativa que con pasión enciclopédica representa el cruce de fronteras como una forma de vida”.

Tokarczuk es una autora prolífica que ha incursionado tanto en la poesía como en la prosa, si bien es sobre todo en esta última donde ha obtenido mayor reconocimiento. Su novela Bieguni (que en polaco significa Huidas, si bien al inglés fue traducida como FlightsVuelos), es hasta el momento su mayor éxito, ya que obtuvo el Man Booker International Prize en 2018, uno de los premios literarios más importantes de Inglaterra y en general del mundo anglosajón.

Handke, por otra parte, es quizá un autor mucho más conocido, pues varias de sus obras se encuentran traducidas y publicadas en español (particularmente por Alianza Editorial). De origen austriaco, Handke ha publicado obras narrativas (novelas) y varias piezas de teatro, en ambos casos con notable reconocimiento. En el caso del Nobel, el comité determinó otorgárselo por “una obra influyente que con ingenio lingüístico ha explorado la periferia y la especificidad de la experiencia humana”.

Hiperlíderes en modo exceso…

https://www.gutierrez-rubi.es/2018/07/16/hiperlideres-el-exceso-en-politica/

 

Vivimos tiempos confusos y convulsos, un espacio para estadistas y, también, para deformaciones y excesos en las maneras de entender el poder. El maestro y referente, Peter Drucker, afirmaba: «administrar es hacer las cosas bien, liderar es hacer las cosas correctas». El líder se autolimita, el ‘hiperlíder’ ejerce su poder sin —casi— contrapesos y, en muchos casos, en sociedades poco vigilantes, o fuertemente condicionadas, donde la denuncia pública del exceso acarrea incluso riesgo personal.

La política democrática corre el riesgo de sucumbir a la irrupción y consolidación de líderes, pontífices o monarcas, como Vladímir Putin, que administran su poder con una potencia autorreferencial que hace imposible la concepción de un poder compartido, condicionado o limitado. Esta deriva debilita nuestra cultura democrática y la sustituye por la de la audiencia, el mercado o el dominio. La democracia, así, se convierte en un ritual hegemónico del poder, no en una construcción democrática del poder.

Estas serían algunas de las características del hiperlíder:

1. La simplificación del pensamiento. «Si la única herramienta que se tiene es un martillo, pensará que cada problema que surge es un clavo», Mark Twain. Simplificar lo complejo es una tentación constante de estos modelos de liderazgo, para ofrecer la solución (su solución) como única alternativa. Reducir lo complejo a binario impone un marco mental de a favor o en contra (del líder), sin matices, sin gama de grises. Tan binario como falso, tan binario como autoritario.

2. La emocionalidad política. «Lo importante es transformar la pasión en carácter», Kafka. El hiperlíder canaliza las emociones en marca personal, en estilo. Las propias y las del humor social. Esta tentación pasional inhibe un modelo de liderazgo argumentado y sereno. Donald Trump es un exponente de esta característica. Todo se convierte en químico y agitado, en pasión política, no en razón política. Ignorar las emociones es un problema, sublimarlas hasta el paroxismo es explosivo en política.

3. La política como genialidad. «Un hombre de genio toma sus fallas como errores, y voluntariamente los transforma en portales de descubrimiento», James Joyce. La tentación hacia la pulsión genial, al instinto, al trazo… reduce la política al gesto, invalida la ponderación equilibrada. La evaluación es sustituida por la inspiración acrítica. El follow mese convierte en la consigna, la orden y el argumento de poder.

4. La política esteticista. El hiperlíder convierte la política en efecto, en destello que le ilumine. El culto por el ritual, la liturgia, la escenificación, es una condición escénica para su ejercicio. Lo vimos, por ejemplo, en la toma de posesión de Emmanuel Macron. Dominio visual y ambiental, como parte de una seducción de las voluntades o dominación de las discrepancias. La escena convertida en espacio sacro, en iglesia. Esta obsesión estética y visual esconde una fascinación por el poder icónico, marmóreo. El poder deviene escenariocon espectadores, en lugar de ciudadanos.

El liderazgo es una virtud, el hiperliderazgo un problema.

Publicado en: revista Ethic (nº36 – 2018)
(Ilustración de Javi Muñoz)

Cuando el niño era niño…

El austriaco Peter Handke, Premio Nobel de Literatura 2019, ha dejado su huella en la cultura popular como uno de los guionistas de la película de Wim Wenders El cielo sobre Berlín (1987), también conocida como Las alas del deseo.

En ella, dos ángeles observan la deriva que ha tomado el mundo desde el cielo de una ciudad dividida como el Berlín de posguerra, mientras velan por el lugar y por sus habitantes. Solo son visibles para los niños y los adultos de corazón puro.

Uno de los recursos narrativos más recordados de la película, el que marca su ritmo, es el poema escrito por el propio Handke para este proyecto. El ángel Damiel interpretado por Bruno Ganz lo recita en varios momentos de la cinta: La canción de la infancia (Lied vom Kindsein).

Damiel, cansado de observar en la distancia, desea ser humano tras enamorarse de una de las mujeres a su cargo. La nostalgia por los deseos y sentimientos infantiles que a menudo olvidan los adultos es uno de los temas que tratan la película de Wenders y el texto de Handke. Cineasta y escritor han colaborado juntos en varios filmes a lo largo de su carrera.

Aquí puedes leer el poema al completo: 

Cuando el niño era niño,

andaba con los brazos colgando,

quería que el arroyo fuera un río,

que el río fuera un torrente,

y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,

no sabía que era niño,

para él todo estaba animado,

y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,

no tenía opinión sobre nada,

no tenía ningún hábito,

frecuentemente se sentaba en cuclillas,

y echaba a correr de pronto,

tenía un remolino en el pelo

y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño

era el tiempo de preguntas como:

¿Por qué yo soy yo y no soy tú?

¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?

¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?

¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?

Lo que veo oigo y huelo,

¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?

¿Existe de verdad el mal

y gente que en verdad es mala?

¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,

no fuera antes de existir;

y que un día yo, el que yo soy,

ya no seré más éste que soy?

Cuando el niño era niño,

no podía tragar las espinacas, las judías,

el arroz con leche y la coliflor.

Ahora lo come todo y no por obligación.

Cuando el niño era niño,

despertó una vez en una cama extraña,

y ahora lo hace una y otra vez.

Muchas personas le parecían bellas,

y ahora, con suerte, solo en ocasiones.

Imaginaba claramente un paraíso

y ahora apenas puede intuirlo.

Nada podía pensar de la nada,

y ahora se estremece ante a ella.

Cuando el niño era niño,

jugaba abstraído,

y ahora se concentra en cosas como antes

sólo cuando esas cosas son su trabajo.

Cuando el niño era niño,

como alimento le bastaba una manzana y pan

y hoy sigue siendo así.

Cuando el niño era niño,

las moras le caían en la mano como sólo caen las moras

y aún sigue siendo así.

Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua

y aún sigue siendo así.

En cada montaña ansiaba

la montaña más alta

y en cada ciudad ansiaba

una ciudad aún mayor

y aún sigue siendo así.

En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado

como aún lo sigue estando,

Era tímido ante los extraños

y aún lo sigue siendo.

Esperaba la primera nieve

y aún la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,

tiraba una vara como lanza contra un árbol,

y ésta aún sigue ahí, vibrando.

Joker

Joker no es una película de superhéroes, supervillanos ni de cómics.

Está situada en algún punto entre los años 70 y 80 en la ciudad de Gotham, y los cineastas no intentan disfrazar la ciudad por otra cosa que lo que es: la ciudad de Nueva York, el cuartel central de todo lo malo, la de los ricos que nos gobiernan, de las corporaciones a las que servimos, y de los medios que nos alimentan con las noticias sin profundidad que ellos creen que tenemos que absorber.

Esta semana que pasó, la semana en que el presidente gobernante se acusó a sí mismo y –al más verdadero estilo de Joker– se burló de la incapacidad de Mueller y los demócratas de detenerlo, dándoles todo el material que necesitaban. Pero incluso así, diez días después de alardear de su culpabilidad, seguía sentado en la oficina oval, con sus códigos nucleares manchados por la grasa de un KFC, así que dio la orden de echar a andar el helicóptero. El sonido de las aspas acelerando sólo significaba un alerta para que los periodistas corrieran a la “conferencia de prensa” diaria. Trump salía hacia la cacofonía ensordecedora de la aeronave y de manera pública y criminal, le pedía a la República Popular de China que interfiera en las elecciones de 2020 mandándole información sucia acerca de los Biden. Él y la alfombra mágica que tiene por cabello se alejaron y excepto por el ciudadano que reclamaba “¿Puedes creerlo?”, no pasó nada más.

Mientras este fin de semana se estrena Joker, (en los días que llega a trabajar) Trump Jr. sigue sentándose en la oficina oval, soñando sobre sus nueva conquistas y su corrupción. Pero esta película no es sobre Trump, es sobre el Estados Unidos que nos dio a Trump, el país que no siente la necesidad de ayudar a los marginados y a los desprotegidos. El Estados Unidos en que los inmundamente ricos se vuelven más ricos e inmundos.

En esta historia hay una pregunta desconcertante: ¿Qué pasa si un día los desposeídos deciden pelear de vuelta? (Y no me refiero a aparecer con un portapapeles ofreciéndole a la gente registrarse para votar). La gente se preocupa de que esta película sea demasiado violenta para ellos. ¿En serio? ¿Considerando todo por lo que estamos pasando en la vida real? Permites que tu colegio lleve a cabo simulacros de tiroteos con tus niños, dañándolos emocionalmente de manera permanente, mostrándole a los pequeños que esa es la vida que hemos creado para ellos.

Joker deja en claro que realmente no queremos llegar al fondo del asunto o intentar entender por qué hay gente inocente que –cuando ya no puede soportar más– se convierte en Jokers. Nadie quiere preguntar por qué dos jóvenes inteligentes se saltaron su clase de filosofía francesa avanzada en la secundaria de Columbine para asesinar a 12 estudiantes y un profesor. ¿Quién tendría el atrevimiento de preguntar por qué el hijo del vicepresidente de General Electric entraría a la primaria de Sandy Hook en Newton, Connecticut, para hacer explotar los pequeños cuerpos de 20 niños de primer grado? ¿O por qué el 53% de las mujeres blancas votaron por un candidato presidencial que ha revelado en público su talento como un depredador sexual?

El miedo y los gritos alrededor de Joker son una artimaña, una distracción para que no miremos a la violencia real que está desgarrando a nuestros compañeros humanos. Los 30 millones de estadounidenses que no tienen seguro de salud es un acto de violencia. Millones de mujeres abusadas y niños viviendo en el miedo es un acto de violencia. Amontonar a 59 estudiantes como sardinas sin ningún tipo de valor en las salas de clases de Detroit es un acto de violencia.

Mientras los medios de comunicación esperan atentos al próximo tiroteo, a ti, a tus vecinos y a tus colegas, ya les han disparado numerosas veces, con tiros directos a cada uno de sus corazones, esperanzas y sueños. Tu jubilación ya se acabó hace tiempo. Estás endeudado por los próximos treinta años porque cometiste el crimen de educarte. Has llegado a pensar en no tener hijos porque no tienes suficiente corazón como para traerlos a un planeta que está muriendo y en el que 20 años después de nacer tendrán una sentencia de muerte. ¿La violencia en Joker? ¡Alto, deténganse! La mayoría de la violencia en la película es la que se comete contra el mismo Joker, una persona que necesita ayuda, alguien que trata de sobrevivir en una sociedad codiciosa. Su crimen es que no logra conseguir ayuda. Su crimen es que es el centro de un chiste en que los ricos y famosos se ríen de él. Gracias Joaquin Phoenix, Todd Phillips, Warner Bros. y a todos los que hicieron esta importante película en este tiempo importante. Me encantaron los múltiples homenajes a Taxi DriverNetworkContacto y Tarde de Perros. ¿Cuánto ha pasado desde que vimos que una película aspirara al nivel de Stanley Kubrick? Anda a ver esta película, lleva a tus hijos adolescentes. Saca tus propias conclusiones.

 

 

El coraje de la desesperanza.

No hay que ser un pesimista empedernido para constatar que la situación política se ha degradado en los últimos años a nivel global y local: los populismos seducen, la religión se politiza, los migrantes se agolpan en las fronteras y las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos, Rusia y China van en aumento.

Asumiendo este panorama oscuro Slavoj Žižek rescata una frase del filósofo italiano Giorgio Agamben, El coraje de la desesperanza, para titular su último libro publicado en España el año pasado por Anagrama. Son 408 páginas que se leen a un ritmo similar al que emplea el filósofo esloveno al hablar en videos, charlas y entrevistas, pasando de un tema a otro de manera rápida, haciendo tics y moviendo mucho las manos.

Provocador como siempre, Žižek presenta al lector una invitación y un desafío: entrar en el túnel oscuro y sin expectativas de un capitalismo global vulnerable, pero al mismo tiempo más entronizado que nunca en el tejido social. Tras enumerar las calamidades de la última década, recurre a una imagen cinematográfica para situarnos en el espacio moral desde el que escribe: “Puede que la luz al final del túnel sean los faros de la locomotora que avanza hacia nosotros”. Aun así, advierte que lo peor sería quedarnos donde estamos.

El requisito para entrar en ese túnel es asumir como propios los dos instrumentos de navegación fundamentales de Žižek, el filósofo alemán F. G. W. Hegel y el médico y psiquiatra francés Jacques Lacan.

De Hegel toma el método dialéctico para iluminar los puntos calientes, identificando sus contradicciones y exacerbándolas casi hasta la caricatura. Así logra extraer conclusiones radicales y opuestas a la ética convencional políticamente correcta de la izquierda socialdemócrata, a la que detesta sin medias tintas. Un botón de ejemplo: “La manera de combatir el odio étnico eficazmente no es a través de su contrapartida inmediata, la tolerancia étnica; por el contrario, lo que necesitamos es más odio incluso, pero el odio político de verdad, el odio dirigido contra el enemigo político común”.

De Lacan extrae las distinciones entre lo real, lo simbólico y lo imaginario, y los espacios ambiguos que hay entre cada uno, para separar los elementos que están en juego en este drama del capitalismo global triunfante y a la vez saturado. Por ejemplo, el sexo y la religión, dos aspectos de lo humano que se han politizado de manera problemática en los últimos años. “La religión fundamentalista no es solo política, es la política en sí misma”, plantea. “Ya no es solo un fenómeno social, sino la mismísima textura de la sociedad, por lo que, en cierto modo, la sociedad misma se convierte en un fenómeno religioso”.

Žižek es particularmente venenoso allí donde se cruzan el sexo y las sexualidades con lo políticamente correcto. La marcha del orgullo gay en Vancouver, Canadá, le sirve de pretexto para impugnar el aprovechamiento oportunista de la causa LTBGQ+ por parte de empresas, marcas, matinales de televisión, así como contradicciones éticas tan flagrantes como las de Tim Cook, el CEO de Apple, quien apoya los derechos de los homosexuales y transgénero, pero se muestra del todo indiferente a los derechos laborales de quienes trabajan ensamblando sus gadgets tan apreciados por las élites globales.

Žižek fustiga también a los nuevos movimientos de izquierda como Podemos en España y Syriza en Grecia, cuya obsesión de querer superar al padre (la vieja izquierda comunista o socialdemócrata desgastadas) terminan validando la teoría de Freud de “los que fracasan al triunfar”. Por un lado, identifica y deplora este eterno retorno al no poder (o la eterna impotencia del anticapitalismo); por otro, denuncia la apuesta obscena de muchos izquierdistas de que una catástrofe ambiental derribe las estructuras capitalistas globales.