Kim vs Park, parasitos.

Hay una lucha de clases en una mansión ultramoderna de Seúl… Una historia retorcida de Shakespeare en el siglo XXI, ahora son los Kim   -sin referencia a sus hermanos del Norte brutal-  contra los Park.

Leer en 

Parasite: el filme coreano que opaca a Scorsese y Tarantino

Pobres, escurridizos y sagaces, los Kim se las arreglan para trabajar en la sofiscticada casa de los Park. Padre, madre, hija e hijo se hacen pasar por chofer, sirvienta, profesor de inglés y profesora de arte sin relación de parentesco. La idea es habitar gran parte del día la casona que no tienen y deleitarse con el tipo de vida que su estirpe les niega. Todo esto sucede ahora, en la bullente y avanzada Corea del Sur…

En rigor, es la nación asiática, pero es también Parasite, la película del realizador surcoreano Bong Joon-ho, uno de los ases indiscutibles del vigoroso cine de ese país. Pocas veces se había visto crecer tanto una película desde su bautizo en su primera exhibición, cuando se estrenó en mayo pasado en el Festival de Cannes: Parasite (traducible como Parásitos) no sólo será casi segura nominada al Oscar a Mejor Película Internacional, sino que tiene muchas posibilidades de entrar a disputar un cupo al Oscar a Mejor Película, la reina de las categorías.

¿Por qué? Muy simple: dos de las entidades de críticos más importantes de Estados Unidos la eligieron Mejor Película del Año. La última fue la Asociación de Críticos de Chicago, que el viernes pasado no sólo la consideró en aquella categoría, sino que además le dio los reconocimientos a Mejor director, Mejor guión original y, por supuesto, Mejor película extranjera. En el camino por Mejor película quedaron El irlandés, de Martin Scorsese; Había una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino; Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach; y Mujercitas, de Greta Gerwig.

El otro organismo que le había concedido la distinción de Mejor película del año era la Asociación de Críticos de Los Angeles, quizás más influyente que la de Chicago. Hace una semana los críticos de la ciudad de Hollywood también le dieron además los premios a Mejor director y Mejor actor secundario. Y, sin ir demasiado lejos, el lunes pasado Parasite fue nominada a los Globos de Oro a Mejor película, Mejor director y Mejor película extranjera.

Además, la Academia de Hollywood ya entregó ayer lunes 16 de diciembre dos señales claras en favor de Parasite: integra la lista de las 9 preseleccionadas al Oscar extranjero y, contra todo pronóstico, su canción A glass of soju es uno de los 15 temas también previamente seleccionados para la estatuilla. En esta categoría, la sorpresa fue la ausencia de la nación original escrita por Taylor Swift para el musical Cats

Humor negro en Seúl

Ganadora de la Pama de Oro en el Festival de Cannes 2019, Parasite es el séptimo largometraje de Bong Jon-hoo (1969), uno de los directores más singulares del cine de su país. Capaz de tratar los temas más comunes desde una óptica siempre original, Bong acostumbra a disectar la competitiva sociedad coreana con un implacable y ácido sentido del humor. En Parasitedesmembra las entrañas de las diferencias de clase a través de la historia de los empobrecidos y astutos Kim: el padre y sus hijos pretenden tenerlo todo a través de sagacidad, pero también golpes bajos.

En el otro lado del espectro, están los Park, otra familia de cuatro integrantes liderada por un empresario fatuo y una esposa estrecha de mente. Presumen de sus lujos, se arrogan una falsa elegancia y buscan imitar el patrón de vida occidental.

A pesar de contar con una de las cinematografias más originales del mundo, Corea del Sur nunca ha obtenido el Oscar extranjero. Es más, ni siquiera ha quedado entre los cinco nominados. Japón, su vecino más hacia el este, ha postulado en cambio 12 veces y ganó en una oportunidad. La última vez que se presentó fue el año pasado con Shoplifters (2018), película de Hirokazu Kore-eda que también venía de ganar el Festival de Cannes. Es curioso que Shoplifters también fuera el retrato de una familia en lucha contra la pobreza, aunque a diferencia de Parasite el tono no era de comedia negra, sino que de drama humanista.

Prueba del favoritismo de Parasite entre la prensa especializada es la reciente encuesta del portal Indiewire: fue elegida la Mejor película del año en una consulta hecha a 304 críticos de todo el mundo. Por si no bastara con eso, también se quedó con los reconocimientos a Mejor director, Mejor guión original y Mejor película extranjera.

La película de Bong Joon-ho es distribuida en Latinoamérica por la compañía argentina Impacto Cine y en Chile debería estrenarse en el verano del 2020.

Tacones (lejanos) finlandeses.

Este mañana lo primero que hice fue seguir en Twitter a  Marin Sanna, al leer en un diario de Barcelona mensajes de odio e intolerancia sobre la primera ministra finlandesa.

El nombre de Marin Sanna desde Cuba no significa mucho, pues Cuba de Finlandia esta tan lejana como lo puede estar el español del finlandés. Pero, para los que lo desconozacan Sanna, repito,  es la primera ministra de Finlandia.

Marin es a sus 34 años tambien la primera ministra más joven del mundo.

Algunos de sus vecinos, en el gobierno de Estonia, conservadores, continuistas y un poco geriátricos han afirmado que es la primera mujer dependienta en ser jefa de un gobierno. Mujer y dependienta. Como si se tratara de sinónimos de incapaz y/o debilidad. 

Yo, no se ustedes, pero de votar, voto por Marin Sanna. Prefiero el ruido de los tacones a las botas de cordones. 

Sanna es la primera Millennial en el poder, madre de un hijo, esposa, de acuerdo a su blog la más pobre de su clase, bloguera, hija de un alcohólico, de padres divorciados, tampoco la mas inteligente o la mas bella, vicepresidenta del Partido Socialdemócrata, ministra de Transporte y Comunicaciones y ahora Primera Ministra de la nación nórdica.

En la instantánea del nuevo gobierno de Finlandia se la aprecia altiva y sencilla, junto a ella aparecen diez mujeres y cinco hombres sonrientes. En la foto faltan cuatro ministros, dos hombres y dos mujeres más que, el 10 de diciembre último, no pudieron asistir a la histórica instalación del gabinete de este pequeño pero sobresaliente país de la Unión Europea pues realizaban «otras tareas» relacionadas con la educación, un estandarte.

 Así se presenta Sanna en su blog

SANNA MARIN

I am a 33 year-old mom and politician from Tampere. I work as a member of parliament and vice president of the Social Democratic Party. I am also actively involved in local politics in Tampere and in the Pirkanmaa region. Currently I work as a member of the Tampere city council.

I have studied local and regional administration in the School of Management at the University of Tampere. I have a Master’s degree in Administrative Studies (B.Soc.Sc.).

The values that are important to me are equality, freedom and global solidarity. These are also the founding values of social democracy. Environmental issues and ecological sustainability are also very important to me.

Tetrax tetrax

Cada mañana, una pareja de tetrax tetrax (popularmente conocidos como el sisón común) entonan en mi terraza su particular sintonía acompañados de su inconfundible baile de cortejo; cada mañana le repiten su homilía al Dios Sol.  

¿De niño, alguna vez, imaginó cómo era Dios o ese a quien llaman Dios?

¿De adulto, alguna vez, creyente o no, ha imaginado como es Dios o ese a quien llaman Dios?

Sin duda es una de las figuras más influyentes en la historia de la humanidad que ha determinado buena parte de su destino. Yo personalmente escucho su voz entre la danza en la pareja de tetrax tetrax que se cortejan y esperan -cada amanecer-  que su descendencia asome a la luz de ese Dios… que escucho en su canto simple y transparente danza. Homenaje al Dios Sol, Ra, Huari-cocha, Inti, Helio, Kren, Faetón, el Sol Invictus, Suria, Amón-Ra, Utu, Helios, Saulė, Sulė, Tonatiuh, Cristo, Amaterasu o Abora.

Ese Dios está en la mente de los tetrax tetrax…

Hace par de meses Reza Aslan, investigador iraní-estadounidense, por su parte me describe en palabras esa fascinante sintonía y danza en su personal biografía de Dios; un Dios creado por la imaginación de las personas. Se trata del libros  Dios. Una historia humana (Taurus) que llegó a las librerías en idioma castellano el pasado 5 de septiembre.

El libro me resulta tan interesante pues recorre,  a través de la metamorfosis de esa figura en el imaginario universal, desde que se empieza a comprender no solo la relación del ser humano con la figura de un (su) Dios, sino también del curso de la historia y del enfrentamiento entre los seres humanos por esa causa. Y, sobre todo, la insistente e imperiosa necesidad de crear a alguien como un superhombre. «¿Por qué esa necesidad de que piense, sienta y actúe como nosotros?, se pregunta Aslan: «Radica en nuestra profunda necesidad de experimentar lo divino como un reflejo de nosotros mismos». Reza Aslan considera que esa tendencia en todas las culturas de crear una versión divina de nosotros mismos es innata: «está programada en nuestro cerebro, de ahí que sea una característica central de casi todas las tradiciones religiosas». Este libro, señala la editorial Taurus, «es mucho más que una historia sobre la comprensión de Dios: es un intento de llegar a la raíz de este impulso humanizador para desarrollar una espiritualidad más universal. Creamos en un Dios, en muchos o en ninguno, este libro transforma el modo en que pensamos en la religión, así como nuestra relación con la vida, la muerte, lo espiritual y, en definitiva, la esencia misma de la existencia humana».

Les dejo a mis lectores cubanos, la introducción de Dios. Una historia humana escritor por Reza Aslan, miembro de la American Academy of Religion, la Society of Biblical Literature y la International Qur’anic Studies Association. También es profesor de escritura creativa en la Universidad de California, Riverside. Mientras re-leo escucho en silencio el simple canto y la sofisticada danza de la pareja de divinos sinsontes comunes.  

 Dios. Una historia Humana. 

Introducción: «A nuesta imagen y semejanza»

Por Reza Aslan

 De niño, creía que Dios era un anciano corpulento y poderoso que vivía en el cielo; una versión más grande y más fuerte de mi padre, y con poderes mágicos. Me lo imaginaba apuesto y canoso, con una larga cabellera gris que le cubría los anchos hombros, sentado en un trono forrado de nubes, y cuando hablaba, su voz retumbaba por el cielo, sobre todo cuando estaba enfadado, como solía ser el caso. Pero también era tierno y amoroso, clemente y amable. Se reía cuando estaba alegre y lloraba cuando estaba triste. No estoy seguro de dónde saqué esta imagen de Dios. Quizá la viera en algún lugar, pintada en una vidriera o impresa en un libro. También es posible que naciera ya con ella. Hay estudios que demuestran que, a los niños pequeños, con independencia de su lugar de origen o de su religiosidad personal, les cuesta distinguir entre los seres humanos y Dios en cuanto a sus actos o modo de actuar. Cuando se les pide que imaginen a Dios, siempre describen a un humano con poderes sobrehumanos.

A medida que fui creciendo, dejé atrás la mayoría de mis ideas infantiles, pero conservé la imagen de Dios. Aunque no crecí en una familia demasiado religiosa, siempre me fascinaron la religión y la espiritualidad. Tenía la cabeza llena de vagas ideas sobre qué era, de dónde venía y qué aspecto tenía Dios (curiosamente, seguía pareciéndose a mi padre). No quería saber cosas acerca de él, y punto: quería experimentarlo, sentir su presencia en mi vida. Pero cuando lo intentaba, no podía evitar imaginarme que nos separaba un gran abismo, con Dios a un lado y yo al otro, sin que hubiera forma de que uno de los dos lo cruzara.

Durante la adolescencia, me convertí del islam tibio de mis padres iraníes al cristianismo ardiente de mis amigos estadounidenses. De pronto, mi afán infantil de ver en Dios a un ser humano poderoso cristalizó en el culto a Jesucristo como «Dios hecho carne», literalmente. Al principio, la experiencia fue como si me rascara en un lugar que llevara picándome toda la vida. Hacía años que buscaba una manera de superar el abismo que me separaba de Dios, y ahora una religión me decía que tal impedimento no existía. Si quería saber cómo era él, todo lo que tenía que hacer era imaginar al ser humano más perfecto.

Tenía cierto sentido. ¿Qué mejor manera de eliminar la barrera entre los seres humanos y Dios convirtiéndolo a él también en un ser humano? Como dijo el célebre filósofo alemán Ludwig Feuerbach para explicar el enorme éxito de la idea cristiana de Dios, «solo un ser que comprende en sí a todo el hombre puede satisfacer a todo hombre».

La primera vez que leí esa cita fue en la universidad, más o menos en la época que decidí dedicar mi vida al estudio de las religiones. Lo que parecía decir Feuerbach es que el atractivo casi universal de un Dios que piensa, siente y actúa como nosotros radica en nuestra profunda necesidad de experimentar lo divino como un reflejo de nosotros mismos. Esa verdad me golpeó como un rayo. ¿Por eso de adolescente me atraía el cristianismo? ¿Había estado construyendo mi imagen de Dios todo este tiempo como un reflejo de mis propios rasgos y emociones?

Esta compulsión por humanizar lo divino es algo para lo que está programado nuestro cerebro, y por eso se ha convertido en un rasgo fundamental de casi todas las tradiciones religiosas que el mundo ha conocido. La posibilidad me dejó resentido y desilusionado. Buscando una concepción más amplia de Dios, abandoné el cristianismo y volví al islam, atraído por la iconoclasia radical de la religión: la creencia de que Dios no puede quedar limitado por ninguna imagen, humana o de otra índole. Reconocí rápidamente, sin embargo, que el rechazo del islam a la representación de Dios en forma humana no se traduce en un rechazo a pensar en Dios en términos humanos. Los musulmanes son tan propensos como las demás personas religiosas a atribuirle sus propias virtudes y vicios, sus propios sentimientos y defectos. No es algo que puedan escoger. Ni ellos ni nosotros.

Resulta que esta compulsión por humanizar lo divino es algo para lo que está programado nuestro cerebro, y por eso se ha convertido en un rasgo fundamental de casi todas las tradiciones religiosas que el mundo ha conocido. El mismo proceso mediante el cual surgió el concepto de Dios en la evolución humana nos obliga, conscientemente o no, a formarlo a nuestra propia imagen. De hecho, la historia de la espiritualidad humana en su conjunto puede verse como un esfuerzo constante, interconectado, en permanente evolución y con una notable capacidad cohesionadora para dar sentido a la divinidad otorgándole nuestras emociones y personalidades, atribuyéndole nuestros rasgos y nuestros deseos, proporcionándole nuestras fortalezas y nuestras debilidades, incluso nuestro propio cuerpo; en resumen, haciendo que Dios seamos nosotros. Lo que quiero decir es que muy a menudo, aunque no nos demos cuenta, y con independencia de si somos creyentes o no, lo que la gran mayoría imagina cuando piensa en Dios es una versión divina de nosotros mismos: un ser humano con poderes sobrehumanos.

Esto no equivale a afirmar que Dios no existe, o que lo que llamamos Dios sea por completo una invención humana. Ambas afirmaciones pueden ser ciertas, pero ese no es el tema de este libro. No tengo ningún interés en tratar de probar la existencia o la inexistencia de Dios por la simple razón de que no puede probarse ni lo uno ni lo otro. La fe es algo que se elige; quien diga lo contrario intenta convertirte. Eliges creer que hay (o no) algo más allá del ámbito material; algo real, algo conocible. Si, como en mi caso, optas por lo primero, entonces debes hacerte otra pregunta: ¿quieres experimentarlo? ¿Quieres estar en comunión con eso? ¿Conocerlo? Si es así, puede que te sea útil contar con un lenguaje que te permita expresar lo que es fundamentalmente una experiencia inexpresable.

Ahí es donde entra la religión. Más allá de los mitos y los rituales, los templos y las catedrales, los mandamientos y las prohibiciones que han dividido a la humanidad en bandos de creencias distintas y a menudo enfrentadas durante milenios, la religión es poco más que un «lenguaje» compuesto de símbolos y metáforas que permite a los creyentes comunicar unos a otros y a sí mismos la experiencia inefable de la fe. Lo que pasa es que, a lo largo de la historia de las religiones, ha habido un símbolo que destaca como algo universal y supremo, una gran metáfora de Dios, de la que derivan casi todos los demás símbolos y metáforas de casi todas las religiones del mundo: nosotros, los seres humanos.

La creencia en dioses humanizados nos sirvió de guía como cazadores-recolectores, y luego, al cabo de decenas de miles de años, hizo que sustituyéramos nuestras lanzas por arados y nos pusiéramos a sembrar.

Este concepto, que yo llamo «el Dios humanizado», estaba clavado en nuestra conciencia cuando se nos ocurrió por primera vez la idea de Dios. Nos llevó a formular nuestras primeras teorías sobre la naturaleza del universo y nuestro papel en él. Dio forma a nuestras primeras representaciones físicas del mundo más allá de nuestro entorno. La creencia en dioses humanizados nos sirvió de guía como cazadores-recolectores, y luego, al cabo de decenas de miles de años, hizo que sustituyéramos nuestras lanzas por arados y nos pusiéramos a sembrar. Nuestros primeros templos, así como nuestras primeras religiones, los construyeron personas que consideraban a los dioses seres sobrehumanos. Los mesopotámicos, los egipcios, los griegos, los romanos, los indios, los persas, los hebreos, los árabes, todos idearon sus sistemas teístas en términos humanos y con imágenes humanas. Pasa lo mismo con las tradiciones no teístas, como el jainismo o el budismo, que conciben a los espíritus y devas que encontramos en sus teologías como seres superiores que, al igual que sus homólogos humanos, están sujetos a las leyes del karma.

Incluso los judíos, los cristianos y los musulmanes contemporáneos que tanto se esfuerzan por profesar creencias teológicamente «correctas» sobre un Dios único y singular que es incorpóreo o infalible, omnipresente u omnisciente, parecen obligados a imaginarlo en forma humana y a hablar de él en términos humanos. Los estudios realizados por numerosos psicólogos y científicos cognitivos han demostrado que los creyentes más devotos, cuando se ven obligados a comunicar sus pensamientos acerca de Dios, en su inmensa mayoría lo tratan como si estuvieran hablando de una persona que se hubieran encontrado en la calle.

Pensemos en la forma en que los creyentes suelen calificar a Dios como bueno o amoroso, cruel o celoso, indulgente o amable. Sin embargo, esta insistencia en recurrir a emociones humanas para describir algo que —sea lo que sea— desde luego no es humano, demuestra la necesidad existencial de proyectar nuestra humanidad en Dios, de otorgarle no solo todo cuanto hay de digno en la naturaleza humana —la capacidad ilimitada de amar, la empatía y el afán de mostrar compasión, las ansias de justicia—, también lo que hay de vil en ella: la agresividad y la codicia, los prejuicios y los fanatismos, la inclinación a recurrir a la violencia extrema.

Como es de esperar, este impulso natural de humanizar lo divino conlleva ciertas consecuencias. Porque cuando dotamos a Dios de atributos humanos, esencialmente divinizamos esos atributos, de modo que todo lo bueno o lo malo de las religiones no es más que un reflejo de todo lo que hay de bueno o de malo en nosotros. Nuestros deseos se convierten en los deseos de Dios, pero sin límites. Nuestras acciones se convierten en acciones de Dios, pero sin consecuencias. Creamos un ser sobrehumano dotado de rasgos humanos, pero sin nuestras limitaciones. Modelamos las religiones y culturas, las sociedades y los gobiernos, de acuerdo con nuestros propios impulsos humanos, al mismo tiempo que nos convencemos de que dichos impulsos son divinos.

Eso, más que cualquier otra cosa, explica por qué a lo largo de la historia de la humanidad la religión ha sido una fuerza motriz tanto para el bien infinito como para el mal más indescriptible; por qué la misma fe en el mismo Dios inspira amor y compasión en un creyente, pero odio y violencia en otro; por qué dos personas pueden examinar las mismas escrituras al mismo tiempo y extraer de ellas dos interpretaciones radicalmente opuestas. De hecho, la mayoría de los conflictos religiosos que continúan trastornando nuestro mundo surgen de nuestro deseo innato e inconsciente de convertirnos en la apoteosis de lo que es Dios y lo que Dios quiere, a quien ama Dios y a quien odia Dios.

Tardé muchos años en darme cuenta de que la concepción de Dios que andaba buscando era sencillamente demasiado amplia para que encajara con cualquier tradición religiosa, que la única forma en que podía experimentar de verdad lo divino era deshumanizar a Dios en mi conciencia espiritual.

Por eso este libro es algo más que una mera historia de cómo hemos humanizado a Dios. También es un llamamiento a dejar de imponer nuestras compulsiones humanas sobre lo divino y desarrollar una visión más panteísta de Dios. Por lo menos es un recordatorio de que, tanto si creemos en uno solo como en muchos o en ninguno, somos nosotros quienes hemos modelado a Dios a nuestra imagen y semejanza, y no al revés. Y en esa verdad radica la clave para una espiritualidad más madura, más pacífica y más esencial.

El narrador tierno. Olga Tokarczuk.

El mundo está falto de mujeres. De mujeres bellas. De mujeres inteligentes. De mujeres. Olga Tokarczuk es una de ellas…Cuando un hombre intenta hacer un discurso siempre desea poseer algo, hacerte dudar, o que creas lo que El cree. Las mujeres no, cuando las mujeres hablan desean que las escuches. Olga Tokarczuk nos deja su discurso de aceptación del premio Nobel, el 7 de diciembre de 2019, una clase magistral sobre literatura y problemas del mundo contemporáneo. Sin dogmas. Sin pre-juicios. 

Olga Tokarczuk, no deseas que creas en su Dios personal y claro único, en su Idea, en sus fronteras, en su idioma…solo nos recuerda el poder de la escritura para contar, entender y unir la historia del día a día, de su fuerza y capacidad para reunir los fragmentos en que la dejan los seres humanos, las palabras que describen la realidad y la realidad la verdad de la ternura humana, el amor y la belleza. 

La escritora ofreció una lección sobre cómo afrontar la vida y tratar de mejorarla si cada una de las personas e instituciones asumieran la responsabilidad de saber que cada gesto repercute en otras cosas, cada vida en otra vida, el amor en el amor. 

Y todo ello bajo un gesto humano, pequeño, diminuto, pero que tiende a ser arrinconado: la ternura. La ternura en cada individuo, la ternura en el escritor, la ternura en el narrador de cada obra porque solo así se insufla vida a las cosas pequeñas que todos necesitamos.

En español puedes leer de Tokarczuk las novelas Los errantes (Traducción de Agata Orzeszek Sujak -Anagrama) y Sobre los huesos de los muertos (Traducción de Abel Murcia – Siruela).

Les dejo el discurso completo… Tomen un tiempo en sus tardes y tareas aburridas, cuando la mediocridad te rodea, lee las palabras de Olga, en silencio. Despacio, con la presente ternura de una mujer. 

 

 

**

El narrador tierno

Por Olga Tokarczuk

1.

La primera fotografía que experimenté conscientemente es una foto de mi madre antes de que ella me diera a luz. Desafortunadamente, es una fotografía en blanco y negro, lo que significa que muchos de los detalles se han perdido, convirtiéndose solo formas grises. La luz es suave y lluviosa, probablemente una luz de primavera, y definitivamente el tipo de luz que se filtra a través de una ventana, manteniendo la habitación en un brillo apenas perceptible. Mi madre está sentada al lado de nuestra vieja radio, y como esas que tienen un ojo verde y dos diales, uno para regular el volumen y el otro para encontrar una estación radial. Esta radio luego se convirtió en mi gran compañera de la infancia; de ella aprendí sobre la existencia del cosmos. Al girar una perilla de ébano, los delicados sensores de las antenas se movieron y en su alcance cayeron todo tipo de estaciones diferentes: Varsovia, Londres, Luxemburgo y París. A veces, sin embargo, el sonido fallaba, como si entre Praga y Nueva York, o Moscú y Madrid, las antenas de las antenas tropezaran con agujeros negros. Cada vez que sucedía eso me temblaba la espalda. Creía que a través de esta radio diferentes sistemas solares y galaxias me hablaban, crepitaban y chirriaban y me enviaban información importante.

Cuando de niña miraba esa foto estaba segura de que mi madre me había estado buscando al girar el dial de nuestra radio. Como un radar sensible, penetró en los reinos infinitos del cosmos, tratando de averiguar cuándo llegaría y de dónde. Su corte de pelo y su atuendo (un gran cuello de barco) indican cuándo se tomó esta foto, es decir, a principios de los sesenta. Mirando desde algún lugar fuera del marco, la mujer encorvada ve algo que no está disponible para una persona que mira la foto después. Cuando era niña, imaginaba que lo que estaba sucediendo era que ella estaba mirando el tiempo. Nada sucede realmente en la imagen: es una fotografía de un estado, no un proceso. La mujer está triste, aparentemente perdida en sus pensamientos, aparentemente perdida.

Cuando más tarde le pregunté acerca de esa tristeza, lo cual hice en numerosas ocasiones, siempre buscando la misma respuesta, mi madre dijo que estaba triste porque aún no había nacido, pero ya me extrañaba.

«¿Cómo puedes extrañarme cuando todavía no estoy allí?», Le preguntaba.

Sabía que extrañas a alguien que has perdido, que el anhelo es un efecto de pérdida.

«Pero también puede funcionar al revés», respondió. «Extrañar a una persona significa que está allí».

Este breve intercambio, en algún lugar del campo en el occidente de Polonia a finales de los años sesenta, un intercambio entre mi madre y yo, su pequeña hija, siempre ha permanecido en mi memoria y me ha dado una fuerza que me ha durado toda mi vida. Porque elevó mi existencia más allá de la materialidad ordinaria del mundo, más allá del azar, más allá de la causa y el efecto y las leyes de la probabilidad. Ella colocó mi existencia fuera del tiempo, en la dulce vecindad de la eternidad. En la mente de mi hijo, entendí que había más de lo que había imaginado antes. Y que incluso si dijera: «Estoy perdido», entonces todavía comenzaría con las palabras «Yo soy», el conjunto de palabras más importantes y extrañas del mundo.

Y así, una joven que nunca fue religiosa, mi madre, me dio algo que alguna vez se conoció como un alma, y ​​me proporcionó el narrador más tierno del mundo.

2.

El mundo es un tejido que tejemos diariamente en los grandes telares de información, debates, películas, libros, chismes, pequeñas anécdotas. Hoy, el alcance de estos telares es enorme: gracias a Internet, casi todos pueden participar en el proceso, asumiendo la responsabilidad y no, con amor y odio, para bien o para mal. Cuando esta historia cambia, también lo hace el mundo. En este sentido, el mundo está hecho de palabras.

Por lo tanto, cómo pensamos sobre el mundo y, quizás aún más importante, cómo lo narramos tiene un significado masivo. Una cosa que sucede y no se dice deja de existir y perece. Este es un hecho bien conocido no solo por los historiadores, sino también (y quizás sobre todo) por todos los sectores políticos y tiranos. El que tiene y teje la historia está a cargo de eso.

Hoy nuestro problema radica, al parecer, en el hecho de que todavía no tenemos narraciones listas no solo para el futuro, sino incluso para un ahora concreto, para las transformaciones ultrarrápidas del mundo de hoy. Nos falta el lenguaje, nos faltan los puntos de vista, las metáforas, los mitos y las nuevas fábulas. Sin embargo, vemos intentos frecuentes de aprovechar narraciones oxidadas y anacrónicas que no pueden encajar en el futuro, sin duda suponiendo que algo viejo es mejor que una nada nueva, o tratando de lidiar de esta manera con las limitaciones de nuestros propios horizontes. En una palabra, carecemos de nuevas formas de contar la historia del mundo.

Vivimos en una realidad de narraciones polifónicas en primera persona, y nos encontramos por todos lados con el ruido polifónico. Lo que quiero decir con primera persona es el tipo de cuento que orbita estrechamente el yo de un cajero que, más o menos directamente, escribe sobre sí mismo y a través de ella. Hemos determinado que este tipo de punto de vista individualizado, esta voz del yo, es el más natural, humano y honesto, incluso si se abstiene desde una perspectiva más amplia. Narrar en primera persona es tejer un patrón absolutamente único, el único de su tipo; es tener un sentido de autonomía como individuo, ser consciente de ti mismo y de tu destino. Sin embargo, también significa construir una oposición entre el yo y el mundo, y esa oposición puede ser alienante a veces.

Creo que la narración en primera persona es muy característica de la óptica contemporánea, en la que el individuo desempeña el papel de centro subjetivo del mundo. La civilización occidental se basa en gran medida y depende de ese descubrimiento del yo, que constituye una de nuestras medidas más importantes de la realidad. Aquí el hombre es el actor principal, y su juicio, aunque es uno entre muchos, siempre se toma en serio. Las historias tejidas en primera persona parecen estar entre los mayores descubrimientos de la civilización humana; son leídas con reverencia, con plena confianza. Este tipo de historia, cuando vemos el mundo a través de los ojos de un yo que es diferente a cualquier otro, crea un vínculo especial con el narrador, quien le pide a su oyente que se coloque en su posición única. Lo que las narraciones en primera persona han hecho para la literatura y, en general, para la civilización humana no se puede sobrestimar: han reelaborado por completo la historia del mundo, de modo que ya no es un lugar para las operaciones de héroes y deidades sobre los que no podemos tener influencia, sino más bien un lugar para personas como nosotros, con historias individuales. Es fácil identificarse con personas que son como nosotros, lo que genera entre el narrador de la historia y su lector u oyente una nueva variedad de comprensión emocional basada en la empatía. Y esto, por su propia naturaleza, reúne y elimina fronteras. Es muy fácil perder el rastro en una novela de las fronteras entre el yo del narrador y el yo del lector.

La «novela absorbente» en realidad cuenta con que esa frontera se difumine: el lector, a través de la empatía, se convierte en narrador por un tiempo. Así, la literatura se ha convertido en un campo para el intercambio de experiencias, un ágora donde todos pueden contar su propio destino o dar voz a su alter ego. Por lo tanto, es un espacio democrático: cualquiera puede hablar, todos pueden crear una voz que hable por sí misma. Nunca en la historia de la humanidad tantas personas han sido escritoras y narradoras. Solo tenemos que mirar las estadísticas para ver que esto es cierto.

Cada vez que voy a ferias de libros, veo cuántos de los libros que se publican en el mundo de hoy tienen que ver precisamente con esto: el ser autor. El instinto de expresión puede ser tan fuerte como otros instintos que protegen nuestras vidas, y se manifiesta más plenamente en el arte. Queremos que nos noten, queremos sentirnos excepcionales. Hay variedad de narrativas: «Te voy a contar mi historia», o «Te voy a contar la historia de mi familia», o incluso simplemente, «Te voy a contar dónde he estado». Comprende el género literario más popular de hoy. Este es un fenómeno a gran escala también porque hoy en día tenemos acceso universal a la escritura, y muchas personas alcanzan la capacidad, una vez reservada para unos pocos, de expresarse en palabras e historias. Paradójicamente, sin embargo, esta situación es similar a un coro compuesto solo por solistas, voces compitiendo por atención, todos viajando por rutas similares, ahogándose unos a otros. Sabemos todo lo que hay que saber sobre ellos, podemos identificarnos con ellos y experimentar sus vidas como si fueran nuestras. Y sin embargo, notablemente a menudo, la experiencia lectora es incompleta y decepcionante, ya que resulta que expresar un «yo» autoritario difícilmente garantiza la universalidad. Parece que lo que nos falta es la dimensión de la historia que es la parábola. Porque el héroe de la parábola es a la vez él mismo, una persona que vive bajo condiciones históricas y geográficas específicas, pero al mismo tiempo también va mucho más allá de esas circunstancias concretas.

Cuando un lector sigue la historia de alguien escrita en una novela, puede identificarse con el destino del personaje descrito y considerar su situación como si fuera la suya, mientras que en una parábola, debe entregar completamente su distinción y convertirse en el Hombre común. En esta operación psicológica exigente, la parábola universaliza nuestra experiencia, encontrando para destinos muy diferentes un denominador común. Que hayamos perdido en gran medida la parábola de la vista es un testimonio de nuestra actual impotencia.

Quizás para no ahogarnos en la multiplicidad de títulos y apellidos comenzamos a dividir el cuerpo de leviatán de la literatura en géneros, que tratamos como las diferentes categorías de deportes, con escritores como sus jugadores especialmente entrenados.

La comercialización general del mercado literario ha llevado a una división en ramas: ahora hay ferias y festivales de este o aquel tipo de literatura, completamente separados, creando una clientela de lectores ansiosos por esconderse en una novela criminal, alguna fantasía o ciencia ficción. Una característica notable de esta situación es que lo que se suponía que ayudaría a los libreros y bibliotecarios a organizar en sus estantes la gran cantidad de libros publicados, y a los lectores a orientarse en la inmensidad de la oferta, se convirtieron en categorías abstractas no solo en las obras existentes. Cada vez más, el trabajo de género literario es como una especie de molde de pastel que produce resultados muy similares, su previsibilidad se considera una virtud, su banalidad es un logro. El lector sabe qué esperar y obtiene exactamente lo que quería.

Siempre me he opuesto intuitivamente a tales órdenes, ya que conducen a la limitación de la libertad de autor, a una reticencia hacia la experimentación y una transgresión que de hecho es la cualidad esencial de la creación en general. Y excluyen completamente del proceso creativo cualquier excentricidad sin la cual el arte se perdería. Un buen libro no necesita defender su afiliación genérica. La división en géneros es el resultado de la comercialización de la literatura en su conjunto y el efecto de tratarla como un producto a la venta con toda la filosofía de la marca y la focalización y otros inventos similares del capitalismo contemporáneo.

Hoy podemos tener la gran satisfacción de ver el surgimiento de una forma completamente nueva de contar la historia del mundo que se muestra en series en pantalla, cuya tarea oculta es inducirnos un trance. Por supuesto, este modo de narración ha existido durante mucho tiempo en los mitos y los cuentos homéricos, y Heracles, Aquiles u Odiseo son sin duda los primeros héroes de la serie. Pero nunca antes este modo ha ocupado tanto espacio o ejercido una influencia tan poderosa en la imaginación colectiva. Las dos primeras décadas del siglo XXI son propiedad indiscutible de las series. Su influencia en los modos de contar la historia del mundo (y, por lo tanto, en nuestra forma de entender esa historia también) es revolucionaria.

En la versión de hoy, la serie no solo ha extendido nuestra participación en la narrativa en la esfera temporal, generando sus diversos tempos, ramificaciones y aspectos, sino que también ha introducido sus propias nuevas órdenes. Dado que en muchos casos su tarea es mantener la atención del espectador el mayor tiempo posible: la narrativa de la serie multiplica los hilos, entrelazándolos de la manera más improbable, de modo que cuando se pierde, incluso se remonta a la vieja técnica narrativa, una vez comprometida por la ópera clásica, de la Deus ex machina. La creación de nuevos episodios a menudo implica la revisión total y ad-hoc de la psicología de los personajes, para que sean adecuados para los eventos en desarrollo de la trama. Un personaje que comienza como gentil y reservado termina siendo vengativo y violento, un personaje secundario se convierte en protagonista, mientras que el personaje principal, al que ya nos hemos apegado, pierde importancia o en realidad desaparece por completo, para nuestra consternación.

La materialización potencial de otra temporada crea la necesidad de finales abiertos en los que no hay forma de que ocurran o resuenen completamente cosas misteriosas llamadas catarsis: catarsis, anteriormente la experiencia de la transformación interna, el cumplimiento y la satisfacción de haber participado en la acción de la cola. Tal complicación, en lugar de conclusión, el aplazamiento constante de la recompensa que es la catarsis, hace que el espectador sea dependiente, la hipnotiza. La fabula interrupta, creada hace mucho tiempo y bien conocida por las historias de Scheherazade, ahora ha regresado audazmente en serie, alterando nuestra subjetividad y teniendo extraños efectos psicológicos, sacándonos de nuestras propias vidas e hipnotizándonos como un estimulante. Al mismo tiempo, la serie se inscribe en el ritmo nuevo, prolongado y desordenado del mundo, en su comunicación caótica, su inestabilidad y fluidez. Esta forma de contar historias es probablemente la que más creativamente busca una nueva fórmula hoy.

En ese sentido, hay un trabajo serio en la serie sobre las narrativas del futuro, sobre la estructura de la historia para que se adapte a nuestra nueva realidad. Pero, sobre todo, vivimos en un mundo de demasiados hechos contradictorios y mutuamente excluyentes, todos luchando entre sí con uñas y dientes.

Nuestros antepasados ​​creían que el acceso al conocimiento no solo brindaría a las personas felicidad, bienestar, salud y riqueza, sino que también crearía una sociedad igualitaria y justa. Lo que faltaba en el mundo, en su opinión, era la sabiduría omnipresente que surgiría naturalmente de la información.

John Amos Comenius, el gran pedagogo del siglo XVII, acuñó el término «pansofismo», con el cual se refería a la idea de la omnisciencia potencial, el conocimiento universal que contendría en él toda la cognición posible. Esto también fue, y sobre todo, un sueño de información disponible para todos. ¿El acceso a los hechos sobre el mundo no transformaría a un campesino analfabeto en un individuo reflexivo consciente de sí mismo y del mundo? ¿El conocimiento al alcance de la mano no significará que las personas se volverán sensibles que dirigirán el progreso de sus vidas con ecuanimidad y sabiduría?

Cuando surgió Internet por primera vez, parecía que esta noción finalmente se realizaría de manera total. Wikipedia, que admiro y apoyo, podría haberle parecido a Comenius, como muchos filósofos de ideas afines, el cumplimiento del sueño de la humanidad: ahora podemos crear y recibir una enorme cantidad de hechos que se complementan y actualizan sin cesar y que son democráticamente accesibles para casi todos los lugares de la Tierra.

Un sueño cumplido es a menudo decepcionante. Resultó que no somos capaces de soportar esta enorme cantidad de información que, en lugar de unir, generalizar y liberar, se ha diferenciado, dividido, encerrado en pequeñas burbujas individuales, creando una multitud de historias que son incompatibles entre sí o incluso abiertamente hostiles unas hacia otras, y antagónicas.

Además, Internet, completamente y de manera irreflexiva sujeta a los procesos del mercado y dedicada a los monopolistas, controla cantidades gigantescas de datos utilizados no de manera pansófica, para un acceso más amplio a la información, sino que, por el contrario, sirve sobre todo para programar el comportamiento de los usuarios, como aprendimos después del asunto Cambridge Analytica. En lugar de escuchar la armonía del mundo, hemos escuchado una cacofonía de sonidos, una estática insoportable en la que tratamos, desesperados, de escuchar una melodía más tranquila, incluso el ritmo más débil. La famosa cita de Shakespeare nunca ha ha sido más adecuada de lo que es para esta nueva realidad cacofónica: cada vez más, Internet es una historia, contada por un idiota, llena de ruido y furia.

La investigación por parte de politólogos desafortunadamente también contradice las intuiciones de John Amos Comenius, que se basaban en la convicción de que cuanto más universalmente disponible fuera la información sobre el mundo, más políticos se aprovecharían de la razón y tomarían decisiones consideradas. Pero parece que el asunto no es tan simple como eso. La información puede ser abrumadora, y su complejidad y ambigüedad dan lugar a todo tipo de mecanismos de defensa, desde la negación hasta la represión, incluso para escapar a los principios simples de simplificación, ideología, pensamiento partidista.

La categoría de noticias falsas, fake news, plantea nuevas preguntas sobre qué es la ficción. Los lectores que han sido engañados, desinformados o engañados repetidamente han comenzado a adquirir lentamente una idiosincrasia neurótica específica. La reacción a tal agotamiento con la ficción podría ser el enorme éxito de la no ficción, que en este gran caos informativo grita sobre nuestras cabezas: «Te diré la verdad, nada más que la verdad» y «Mi historia se basa en hechos !”.

La ficción ha perdido la confianza de los lectores ya que mentir se ha convertido en un arma peligrosa de destrucción masiva, incluso si todavía es una herramienta primitiva. A menudo me hacen esta pregunta incrédula: «¿Es verdad lo que escribiste?». Y cada vez siento que esta pregunta es un presagio del final de la literatura.

Esta pregunta, inocente desde el punto de vista del lector, suena al oído del escritor verdaderamente apocalíptica. ¿Que se supone que debo decir? ¿Cómo voy a explicar el estado ontológico de Hans Castorp, Anna Karenina o Winnie the Pooh?

Considero que este tipo de curiosidad leída es una regresión de la civilización. Es un deterioro importante de nuestra capacidad multidimensional (concreta, histórica, pero también simbólica, mítica) para participar en la cadena de eventos llamados nuestras vidas. La vida es creada por los eventos, pero solo cuando somos capaces de interpretarlos, tratar de entenderlos y darles un significado, se transforman en experiencia. Los eventos son hechos, pero la experiencia es algo inexpresablemente diferente. Es la experiencia, y no cualquier evento, lo que constituye el material de nuestras vidas. La experiencia es un hecho que ha sido interpretado y situado en la memoria. También se refiere a una cierta base que tenemos en nuestras mentes, a una estructura profunda de significados sobre la cual podemos desplegar nuestras propias vidas y examinarlas completa y cuidadosamente. Creo que el mito cumple la función de esa estructura. Todo el mundo sabe que los mitos nunca sucedieron realmente, pero siempre están sucediendo. Ahora continúan no solo a través de las aventuras de los héroes antiguos, sino que también se abren paso en las historias ubicuas y más populares de películas, juegos y literatura contemporáneas. Las vidas de los habitantes del Monte Olimpo han sido transferidas a la dinastía, y los actos heroicos de los héroes son atendidos por Lara Croft.

En esta ardiente división en verdad y falsedad, los cuentos de nuestra experiencia que crea la literatura tienen su propia dimensión.

Nunca me ha entusiasmado particularmente ninguna distinción directa entre ficción y no ficción, a menos que comprendamos que esa distinción es declarativa y discrecional. En un mar de muchas definiciones de ficción, la que más me gusta es también la más antigua, y proviene de Aristóteles. La ficción es siempre un tipo de verdad.

También estoy convencida de la distinción entre historia real y trama hecha por el escritor y ensayista E.M. Forster. Dijo que cuando decimos: «El rey murió y luego la reina murió», es una historia. Pero cuando decimos: «El rey murió, y luego la reina murió de pena», eso es un complot. Toda ficcionalización implica una transición de la pregunta «¿Qué sucedió después?» a un intento de entenderlo basado en nuestra experiencia humana: «¿Por qué sucedió de esa manera?».

La literatura comienza con ese «por qué», incluso si tuviéramos que responder esa pregunta y otra vez con un «No sé» ordinario. Por lo tanto, la literatura plantea preguntas que no pueden ser respondidas con la ayuda de Wikipedia, ya que va más allá de la información y los eventos, refiriéndose directamente a nuestra experiencia.

Pero es posible que la novela y la literatura en general se estén convirtiendo ante nuestros ojos en algo realmente marginal en comparación con otras formas de narración. Que el peso de la imagen y de las nuevas formas de transmisión directa de la experiencia (cine, fotografía, realidad virtual) constituirá una alternativa viable a la lectura tradicional. La lectura es un proceso psicológico y perceptivo bastante complicado. En pocas palabras: primero el contenido más elusivo se conceptualiza y verbaliza, transformándose en signos y símbolos, y luego se «decodifica» de nuevo del lenguaje a la experiencia. Eso requiere una cierta competencia intelectual. Y, sobre todo, exige atención y concentración, habilidades cada vez más raras en el mundo extremadamente distractor de hoy.

La humanidad ha recorrido un largo camino en sus formas de comunicar y compartir experiencias personales, desde la oralidad, confiando en la palabra viva y la memoria humana, hasta la Revolución de Gutenberg, cuando las historias comenzaron a ser ampliamente mediadas por la escritura y de esta manera arregladas y codificadas. El mayor logro de este cambio fue que llegamos a identificar el pensamiento con el lenguaje, con la escritura. Hoy enfrentamos una revolución en una escala similar, cuando la experiencia se puede transmitir directamente, sin recurrir a la palabra impresa. Ya no es necesario llevar un diario de viaje cuando simplemente se puede tomar fotos y enviarlas a través de sitios de redes sociales directamente al mundo, de una vez y para todos.

No hay necesidad de escribir cartas, ya que es más fácil llamar. ¿Por qué escribir novelas gordas, cuando puedes entrar en una serie de televisión? En lugar de salir a la ciudad con amigos, sería mejor jugar un juego. ¿Alcanzar una autobiografía? No tiene sentido, ya que estoy siguiendo la vida de las celebridades en Instagram y sé todo sobre ellas. Ni siquiera es la imagen la que más se opone hoy al texto, como pensamos en el siglo XX, preocupándonos por la influencia de la televisión y el cine. Es, en cambio, una dimensión completamente diferente del mundo, que actúa directamente sobre nuestros sentidos.

3.

No quiero esbozar una visión general de la crisis al contar historias sobre el mundo. Pero a menudo me preocupa la sensación de que falta algo en el mundo, que al experimentarlo a través de pantallas de vidrio y aplicaciones, de alguna manera se vuelve irreal, distante, bidimensional y extrañamente indescriptible, a pesar de encontrar cualquier información en particular es asombrosamente fácil. En estos días, las palabras preocupantes «alguien», «algo», «en algún lugar», «en algún momento» pueden parecer más riesgosas que ideas muy específicas y definidas pronunciadas con total certeza, como «la tierra es plana», «las vacunas matan», «el cambio climático no tiene sentido» o «la democracia no está amenazada en ninguna parte del mundo». «En algún lugar» algunas personas se están ahogando al intentar cruzar el mar. «En algún lugar», por «algún» tiempo «Algún tipo de» guerra ha estado ocurriendo. En la avalancha de información, los mensajes individuales pierden sus contornos, se disipan en nuestra memoria, se vuelven irreales y se desvanecen.

La avalancha de estupidez, crueldad, discursos de odio e imágenes de violencia se contrarrestan desesperadamente con todo tipo de «buenas noticias», pero no ha sido así. La capacidad de controlar la dolorosa impresión, que encuentro difícil de expresar, de que hay algo mal en el mundo. Hoy en día, este sentimiento, una vez exclusivo de los poetas neuróticos, es como una epidemia de falta de definición, una forma de ansiedad que emana de todas las direcciones.

La literatura es una de las pocas esferas que intentan mantenernos cerca de los hechos concretos del mundo, porque por su propia naturaleza siempre es psicológica, porque se enfoca en el razonamiento interno y los motivos de los personajes, revela su experiencia inaccesible a otra persona o simplemente provoca al lector a una interpretación psicológica de su conducta. Solo la literatura es capaz de permitirnos profundizar en la vida de otro ser, comprender sus razones, compartir sus emociones y experimentar su destino.

Una historia siempre da vueltas en torno al significado. Incluso si no lo expresa directamente, incluso cuando se niega deliberadamente a buscar significado, y se enfoca en la forma, en el experimento, cuando presenta una rebelión formal, buscando nuevos medios de expresión. Mientras leemos incluso la historia escrita de manera más conductista y moderada, no podemos evitar hacer las preguntas: «¿Por qué está sucediendo esto?», «¿Qué significa?», «¿Cuál es el punto?», «¿A dónde lleva esto?». Es muy probable que nuestras mentes hayan evolucionado hacia la historia como un proceso de dar sentido a millones de estímulos que nos rodean, y que incluso cuando estamos dormidos continúan ideando implacablemente sus narraciones. Entonces, la historia es una forma de organizar una cantidad infinita de información dentro del tiempo, estableciendo su relación con el pasado, el presente y el futuro, revelando su recurrencia y organizándolo en categorías de causa y efecto. Tanto la mente como las emociones participan en este esfuerzo.

No es de extrañar que uno de los primeros descubrimientos realizados por las historias fue el Destino, además de aparecer siempre a las personas como algo aterrador e inhumano, de hecho introdujo el orden y la inmutabilidad en la realidad cotidiana.

4.

Señoras y señores: unos años más tarde, la mujer de la fotografía, mi madre, que me extrañaba aunque todavía no había nacido, me estaba leyendo cuentos de hadas.

En uno de ellos, de Hans Christian Andersen, una tetera que había arrojado al basurero se quejó de lo cruel que había sido tratado por la gente, tan pronto como se rompió su asa, la habían desechado. Pero si no fueran perfeccionistas tan exigentes, podría haber sido útil para ellos. Otros objetos rotos recogieron su melodía y contaron historias verdaderamente épicas de sus pequeñas y modestas vidas como objetos.

Cuando era niña, escuchaba estos cuentos de hadas con mejillas sonrojadas y lágrimas en los ojos, porque creía profundamente que los objetos tienen sus propios problemas y emociones, así como una especie de vida social, completamente comparable a la humana. Los platos de la cómoda podían hablar entre sí, y las cucharas, cuchillos y tenedores en el cajón formaban una especie de familia. Del mismo modo, los animales eran criaturas misteriosas, sabias y conscientes de sí mismas con quienes siempre habíamos estado conectados por un vínculo espiritual y una similitud profundamente arraigada. Pero los ríos, los bosques y las carreteras también tuvieron su existencia: eran seres vivos que mapearon nuestro espacio y crearon un sentido de pertenencia, un enigmático Raumgeist. El paisaje que nos rodeaba también estaba vivo, al igual que el Sol y la Luna, y todos los cuerpos celestes, todo el mundo visible e invisible.

¿Cuándo comencé a tener dudas? Estoy tratando de encontrar el momento en mi vida cuando con solo pulsar un interruptor todo se volvió diferente, menos matizado, más simple. El susurro del mundo quedó en silencio, para ser reemplazado por el estruendo de la ciudad, el murmullo de las computadoras, el trueno de los aviones que sobrevolaban el cielo y el ruido blanco y agotador de los océanos de información.

En algún momento de nuestras vidas comenzamos a ver el mundo en pedazos, todo por separado, en pequeños trozos que son galaxias separadas entre sí, y la realidad en la que vivimos lo sigue afirmando: los médicos nos tratan por especialidad, los impuestos no tienen conexión con la nieve que quita el camino que manejamos para trabajar, nuestro almuerzo no tiene nada que ver con una enorme granja de ganado, o mi nuevo top con una fábrica en mal estado en algún lugar de Asia. Todo está separado de todo lo demás, todo vive aparte, sin ninguna conexión.

Para que sea más fácil para nosotros hacer frente a esto, se nos dan números, etiquetas de nombre, tarjetas, identidades plásticas crudas que intentan reducirnos a usar una pequeña parte del todo lo que ya hemos dejado de percibir.

El mundo se está muriendo y no lo notamos. No vemos que el mundo se está convirtiendo en una colección de cosas e incidentes, una extensión sin vida en la que nos movemos perdidos y solitarios,arrojados aquí y allá por las decisiones de otra persona, limitados por un destino incomprensible, una sensación de ser el juguete de Las principales fuerzas de la historia o el azar. Nuestra espiritualidad se está desvaneciendo o se está volviendo superficial y ritualista. O bien, nos estamos convirtiendo en seguidores de fuerzas simples: físicas, sociales y económicas, que nos mueven como si fuéramos zombies. Y en un mundo así somos realmente zombies.

Es por eso que anhelo ese otro mundo, el mundo de la tetera.

5.

Toda mi vida he estado fascinada por los sistemas de conexiones e influencias mutuas que generalmente desconocemos, pero que descubrimos por casualidad, como sorprendentes coincidencias o convergencias del destino, todos esos puentes, tuercas, pernos, juntas soldadas y conectores que seguí en vuelos. Me fascina asociar hechos y buscar orden. En la base, como estoy convencida, la mente del escritor es una mente sintética que recoge obstinadamente todas las pequeñas piezas en un intento de unirlas nuevamente para crear un todo universal.

¿Cómo vamos a escribir, cómo vamos a estructurar nuestra historia para que sea capaz de elevar esta gran forma de constelación del mundo?

Naturalmente, me doy cuenta de que es imposible volver al tipo de historia sobre el mundo que conocemos por mitos, fábulas y leyendas, que, comunicada oralmente, mantuvo el mundo en existencia. Hoy en día la historia debería ser mucho más multidimensional y complicada; después de todo, realmente sabemos mucho más, somos conscientes de las increíbles conexiones entre cosas que parecen estar muy separadas.

Echemos un vistazo de cerca a un momento particular en la historia del mundo.

Es el 3 de agosto de 1492 , el día en que una pequeña carabela llamada Santa María zarpará de un muelle en el puerto de Palos en España. El barco está al mando de Cristóbal Colón. El sol brilla, hay marineros. yendo y viniendo por el muelle, y hay estibadores cargando las últimas cajas de provisiones a bordo. Hace calor, pero una ligera brisa del oeste salva a las familias que se han despedido. Las gaviotas se pavonean de arriba abajo por la rampa de carga observando de cerca las actividades humanas.

El momento que ahora podemos ver a través del tiempo llevó a la muerte de 56 millones de los casi 60 millones de nativos americanos. En ese momento, representaban aproximadamente el 10 por ciento de la población total del mundo. Sin darse cuenta, los europeos les trajeron algunos regalos letales: enfermedades y bacterias a las que los habitantes indígenas de América no tenían resistencia. Además de eso vino la despiadada opresión y el asesinato. El exterminio continuó durante años y cambió la naturaleza de la tierra. Donde los frijoles, el maíz, las papas y los tomates habían crecido en campos cultivados que se regaron de una manera sofisticada, la vegetación silvestre regresó. En solo unos años, casi 150 millones de acres de tierra cultivable se convirtieron en jungla.

A medida que se regeneraba, la vegetación consumía grandes cantidades de dióxido de carbono, lo que debilitaba el efecto invernadero y, a su vez, redujo la temperatura global de la Tierra.

Una de las muchas hipótesis científicas para explicar el inicio de la edad de hielo menor que a finales del siglo XVI trajo un enfriamiento a largo plazo del clima en Europa.

La edad de hielo menor cambió la economía de Europa. Durante las décadas que siguieron, los largos inviernos congelados, los veranos frescos y las intensas precipitaciones redujeron el rendimiento de las formas tradicionales de agricultura. En Europa occidental, las pequeñas granjas familiares que producen alimentos para sus propias necesidades resultaron ineficientes. Se produjeron olas de hambruna y la necesidad de especializar la producción. Inglaterra y Holanda fueron la más afectada por el clima más frío. Como sus economías ya no podían depender de la agricultura, comenzaron a desarrollar el comercio y la industria. La amenaza de tormentas llevó a los holandeses a secar los pólderes y convertir las zonas pantanosas y las zonas marinas poco profundas en tierra. El cambio hacia el sur del rango donde se produce el bacalao, aunque catastrófico para Escandinavia, resultó ventajoso para Inglaterra y Holanda: permitió que estos países comenzaran a convertirse en potencias navales y comerciales. El enfriamiento significativo se sintió particularmente agudo en los países escandinavos. El contacto con Groenlandia e Islandia se interrumpió, los inviernos severos redujeron las cosechas y se iniciaron años de hambruna y escasez. Así que Suecia volvió su mirada codiciosa hacia el sur, embarcándose en una guerra contra Polonia (especialmente cuando el Mar Báltico se había congelado, lo que facilitaba marchar un ejército a través de él) e involucrarse en la Guerra de los Treinta Años en Europa.

Los esfuerzos de los científicos, tratando de establecer una mejor comprensión de nuestra realidad, demuestran que es un sistema de influencias mutuamente coherente y densamente conectado. Esto ya no es solo el famoso «efecto mariposa», que como sabemos implica la forma en que los cambios mínimos al comienzo de un proceso pueden conducir en el futuro a resultados tremendos e impredecibles, pero aquí tenemos un número infinito de mariposas y sus alas, en constante movimiento, una poderosa ola de vida que viaja a través del tiempo.

En mi opinión, el descubrimiento del «efecto mariposa» marca el final de la era de la fe inquebrantable en nuestra propia capacidad de ser efectivos, nuestra capacidad de controlar, y de la misma manera nuestro sentido de supremacía en el mundo. Esto no le quita a la humanidad nuestro poder para ser constructor, conquistador e inventor, pero ilustra que la realidad es más complicada de lo que la humanidad podría haber imaginado. Y que no somos más que una pequeña parte de estos procesos.

Tenemos cada vez más pruebas de la existencia de algunas dependencias espectaculares, a veces muy sorprendentes a escala mundial.

Estamos todos ―personas, plantas, animales y objetos― inmersos en un solo espacio, que se rige por las leyes de la física. Este espacio común tiene su forma, y ​​dentro de él las leyes de la física esculpen un número infinito de formas que están incesantemente vinculadas entre sí. Nuestro sistema cardiovascular es como el sistema de una cuenca fluvial, la estructura de una hoja es como un sistema de transporte humano, el movimiento de las galaxias es como el torbellino de agua que fluye por nuestros lavabos. Las sociedades se desarrollan de manera similar a las colonias de bacterias. La escala micro y macro muestra un sistema interminable de similitudes. Nuestro discurso, pensamiento y creatividad no son algo abstracto, alejado del mundo, sino una continuación en otro nivel de sus interminables procesos de transformación.

6.

Me sigo preguntando si en estos días es posible encontrar las bases de una nueva historia que sea universal, integral, inclusiva, arraigada en la naturaleza, llena de contextos y al mismo tiempo comprensible.

¿Podría haber una historia que vaya más allá de lo poco comunicativo de uno mismo, revelando un mayor rango de realidad y mostrando las conexiones mutuas? ¿Sería capaz de mantener su distancia del punto central bien pisado, obvio y poco original de las opiniones comúnmente compartidas, y lograr mirar las cosas de manera periférica, lejos del centro?

También sueño con un nuevo tipo de narrador: un «Cuarta persona», que no es simplemente una construcción gramatical, por supuesto, sino que logra abarcar la perspectiva de cada uno de los personajes, además de tener la capacidad de Paso más allá del horizonte de cada uno de ellos, que ve más y tiene una visión más amplia, y que puede ignorar el tiempo. Oh sí, creo que la existencia de este narrador es posible. ¿Alguna vez te has preguntado quién es el maravilloso narrador de historias en la Biblia que grita en voz alta: «En el principio era la palabra»? ¿Quién es el narrador que describe la creación del mundo, su primer día, cuando el caos se separó del orden, quien sigue la serie sobre el origen del universo, quien conoce los pensamientos de Dios, es consciente de sus dudas y con un mano firme establece en papel la increíble frase: «¿Y Dios vio que era bueno»? ¿Quién es, quién sabe lo que Dios pensó?

Dejando de lado todas las dudas teológicas, podemos considerar esta figura de un narrador misterioso y tierno como milagrosa y significativa. Este es un punto de vista, una perspectiva desde donde se puede ver todo. Ver todo significa reconocer el hecho último de que todas las cosas que existen están mutuamente conectadas en un solo todo, incluso si las conexiones entre ellos aún no nos son conocidas. Verlo todo también significa un tipo de responsabilidad completamente diferente para el mundo, porque resulta obvio que cada gesto «aquí» está conectado a un gesto «allá», que una decisión tomada en una parte del mundo tendrá un efecto en otra parte de eso, y esa diferenciación entre «lo mío» y «lo tuyo» comienza a ser discutible.

Por lo tanto, podría ser mejor contar historias honestamente de una manera que active un sentido del todo en la mente del lector, que active la capacidad del lector para unir fragmentos en un solo diseño y descubrir constelaciones enteras en pequeñas partículas de eventos. Para contar una historia que deja en claro que todo el mundo y todos están inmersos en una noción común, que producimos minuciosamente en nuestras mentes con cada giro del planeta.

La literatura tiene el poder de hacer esto. Deberíamos eliminar las categorías simplistas de literatura de alto y bajo nivel, popular y de nicho, y tomar la división en géneros muy a la ligera. Deberíamos abandonar la definición de «literatura nacional», sabiendo al igual que nosotros que el universo de la literatura es una sola cosa, como la idea de unus mundus, una realidad psicológica común en la que nuestra experiencia humana está unida. El autor y el lector realizan roles equivalentes, el primero a fuerza de crear, el segundo haciendo una interpretación constante.

Tal vez deberíamos confiar en los fragmentos, ya que son fragmentos que crean constelaciones capaces de describir más, y de una manera más compleja, múltiples -dimensional. Nuestras historias podrían referirse entre sí de una manera infinita, y sus personajes centrales podrían entablar relaciones entre sí.

Creo que tenemos una redefinición por delante de lo que entendemos hoy en día por el concepto de realismo, y una búsqueda de uno nuevo que nos permita ir más allá de los límites de nuestro ego y penetrar en la pantalla de vidrio a través de la cual vemos el mundo. Porque en estos días la necesidad de la realidad es atendida por los medios de comunicación, los sitios de redes sociales y las relaciones indirectas en Internet. Quizás lo que inevitablemente nos espera es una especie de neo-surrealismo, algunos puntos de vista reorganizados que no temerán enfrentarse a una paradoja, e irán contra la corriente cuando se trata del simple orden de causa y -efecto. De hecho, nuestra realidad ya se ha vuelto surrealista. También estoy segura de que muchas historias requieren una reescritura en nuestros nuevos contextos intelectuales, inspirándose en nuevas teorías científicas. Pero me parece igualmente importante hacer referencia constante al mito y a todo el imaginario humano. Volver a las estructuras compactas de la mitología podría traer una sensación de estabilidad ante la falta de especificidad en la que están viviendo hoy en día. Creo que los mitos son el material de construcción para nuestra psique, y no podemos ignorarlos (a lo sumo, podríamos desconocer su influencia).

Sin duda pronto aparecerá un genio capaz de construir una narrativa completamente diferente e inimaginable en la actualidad, que todo lo esencial se acomodará. Este método de narración seguramente nos cambiará; dejaremos caer nuestras viejas y restrictivas perspectivas y nos abriremos a las nuevas que, de hecho, siempre han existido en algún lugar aquí, pero hemos estado ciegos ante ellas.

En el Doctor Faustus, Thomas Mann escribió sobre un compositor que ideó una nueva forma de música absoluta capaz de cambiar el pensamiento humano. Pero Mann no describió de qué dependería esta música, simplemente creó la idea imaginaria de cómo podría sonar. Quizás en eso se basa el papel de un artista: dar un anticipo de algo que podría existir y, por lo tanto, hacer que se vuelva imaginable. Y ser imaginado es la primera etapa de la existencia.

7.

Escribo ficción, pero nunca es pura fabricación. Cuando escribo, tengo que sentir todo dentro de mí. Tengo que dejar que todos los seres vivos y los objetos que aparecen en el libro me atraviesen, todo lo que es humano y más allá del ser humano, todo lo que está vivo y no está dotado de vida. Tengo que mirar de cerca cada cosa y persona, con la mayor solemnidad, y personificarlos dentro de mí, personalizarlos.

Para eso me sirve la ternura, porque la ternura es el arte de personificar, de compartir sentimientos, y por lo tanto sin fin descubriendo similitudes. Crear historias significa dar vida constantemente a las cosas, dar existencia a todas las pequeñas partes del mundo que están representadas por las experiencias humanas, las situaciones que las personas han sufrido y sus recuerdos. La ternura personaliza todo con lo que se relaciona, lo que hace posible darle una voz, darle el espacio y el tiempo para que exista y se exprese. Es gracias a la ternura que la tetera comienza a hablar.

La ternura es la forma más modesta de amor. Es el tipo de amor que no aparece en las Escrituras o en los evangelios, nadie lo jura, nadie lo cita. No tiene emblemas o símbolos especiales, ni conduce a la delincuencia ni a la envidia inmediata.

Aparece donde miramos de cerca y con cuidado a otro ser, a algo que no es nuestro «yo».

La ternura es espontánea y desinteresada; va mucho más allá del sentimiento de empatía. En cambio, es el compartir consciente, aunque quizás un poco melancólico, del destino común. La ternura es una profunda preocupación emocional por otro ser, su fragilidad, su naturaleza única y su falta de inmunidad al sufrimiento y los efectos del tiempo. La ternura percibe los lazos que nos conectan, las similitudes y la similitud entre nosotros. Es una forma de mirar que muestra al mundo como vivo, vivo, interconectado, cooperando y codependiente de sí mismo.

La literatura se basa en la ternura hacia cualquier ser que no sea nosotros. Es el mecanismo psicológico básico de la novela. Gracias a esta herramienta milagrosa, el medio más sofisticado de comunicación humana, nuestra experiencia puede viajar a través del tiempo, llegando a aquellos que aún no han nacido, pero que algún día recurrirán a lo que hemos escrito, las historias que contamos sobre nosotros mismos y nuestro mundo.

No tengo idea de cómo será su vida, ni quiénes serán. A menudo pienso en ellos con un sentimiento de culpa y vergüenza.

La emergencia climática y la crisis política en la que ahora estamos tratando de encontrar nuestro camino, y que estamos ansiosos por oponernos al salvar al mundo, no han salido de la nada. A menudo olvidamos que no son solo el resultado de un giro del destino o del destino, sino de algunos movimientos y decisiones muy específicos, económicos, sociales y que tienen que ver con la perspectiva mundial (incluidos los religiosos). La avaricia, la falta de respeto a la naturaleza, el egoísmo, la falta de imaginación, la rivalidad interminable y la falta de responsabilidad han reducido el mundo al estado de un objeto que se puede cortar en pedazos, agotar y destruir.

Por eso creo que debo contar historias como si el mundo fuera una entidad viva y única, formándose constantemente ante nuestros ojos, y como si fuéramos una parte pequeña y al mismo tiempo poderosa de él.

 

 

¿Está el tiempo desarticulado?

“¿Está el tiempo desarticulado? Durante los últimos dos siglos, el régimen temporal dominante en Occidente ha estado orientado hacia el futuro y se ha basado en un concepto lineal, progresivo y homogéneo del tiempo. En las últimas décadas, se ha producido un cambio hacia un nuevo régimen orientado hacia el presente o “presentismo”, compuesto de temporalidades múltiples y filtradas. Rethinking Historical Time aborda este cambio de paradigma, proporcionando una visión general de los enfoques interdisciplinarios vanguardistas sobre esta nueva condición temporal.

Marek Tamm y Laurent Olivier han reunido a un equipo internacional de académicos que trabajan en historia, antropología, arqueología, geografía, filosofía, literatura y estudios visuales para repensar las consecuencias epistemológicas del presentismo para el estudio del pasado y para discutir críticamente las suposiciones tradicionales que sustentan la investigación sobre el tiempo histórico. Comenzando con un análisis del presentismo, los colaboradores continúan explorando en términos históricos y críticos la idea de las temporalidades múltiples, antes de presentar una serie de estudios de caso sobre la variabilidad de diferentes formas del tiempo en la cultura material contemporánea”.

Así empieza la introducción de los citados Marek Tamm y Laurent Olivier¨:

“¿Está el tiempo desarticulado?”, pregunta la teórica cultural alemana Aleida Assmann  en el título de su reciente libro sobre regímenes de tiempo modernos y contemporáneos. «¿Adónde se ha ido el futuro?», pregunta el antropólogo francés Marc Augé. Ya no vivimos en el tiempo histórico, argumenta el estudioso literario estadounidense Hans Ulrich Gumbrecht, sino dentro de un presente cada vez más amplio. El historiador británico Michael Bentley secunda el diagnóstico de Gumbrecht: “El cronotipo prevaleciente en Occidente [ha] cambiado”. La historiadora del arte canadiense Christine Ross  indica que se ha dado un giro temporal al arte contemporáneo, que  ‘está a un paso del tiempo conceptualizado como pura continuidad, unidad y sucesión, junto con la historia como progreso, aceleración y teleología; hacia una estética posmetafísica “presentificando” la estética de la reorientación de las convenciones modernas del tiempo histórico. Un nuevo “régimen de historicidad” prevalece en el mundo occidental contemporáneo, afirma a su vez el historiador francés François Hartog . Mientras que durante los últimos siglos el régimen de historicidad dominante en Occidente ha estado orientado hacia el futuro, la orientación ha cambiado durante las últimas décadas, con el futuro cediendo claramente su posición como principal herramienta para interpretar la experiencia humana en favor de un régimen dirigido orientado hacia el presente que Hartog llama “presentismo”. Este régimen de historicidad presentista, argumenta Hartog, implica una nueva forma de entender la temporalidad, un abandono de la concepción lineal, causal y homogénea del tiempo, característica del anterior y moderno régimen de historicidad.

De hecho, existe un consenso creciente entre muchos académicos de diferentes campos de las humanidades y las ciencias sociales según el cual algo ha cambiado en nuestra visión de la temporalidad, que ahora percibimos como más variable, menos monolítica, algo que afecta a nuestra forma de pensar sobre la transformación de fenómenos pasados a lo largo del tiempo. ¿Cuál es la naturaleza de este cambio? Primero, según las teorías del presentismo, el presente ha dejado de ser considerado como un estado de transición entre lo que ha sido y lo que aún no es. El pasado y el futuro no existen como categorías separadas, sino que son siempre proyecciones de presentes específicos, existen como propios modos inmanentes del presente. En segundo lugar, se está volviendo cada vez más evidente que el entorno material de las sociedades humanas siempre ha sido algo compuesto, en el sentido de que siempre ha estado compuesto principalmente de elementos provenientes de su pasado mientras aún continúa existiendo en su presente . `El pasado perdura, se acumula en cada rincón y grieta de la existencia convirtiéndose en “ahora”‘, haciendo que estos presentes cronológicos sean híbridos por definición y, por tanto, objeten la concepción común del tiempo (y la historia) como la sucesión de instantes´ . Esta nueva situación, brevemente descrita, presenta varios desafíos para las disciplinas que trabajan sobre los asuntos del pasado o, en la expresión feliz de Chris Lorenz, “el pasado ya no es lo que solía ser, y tampoco lo es el estudio académico del pasado”.

(…)

El lugar de la historia, su lugar legítimo, es el presente, el aquí y ahora de las cosas, los seres y los lugares. Como Michel de Certeau nos ha alertado, estamos llamados a re-politizar la historia. En la era del presentismo, el estudio de la historia efectivamente exige que la contemplemos con una postura política, que adoptemos un enfoque que no solo coloque a la historia en su lugar -dentro del presente, no contigua-, sino que también dé voz a los entes activos. que el antiguo régimen de historicidad había reducido a objetos simples. Corresponde a la historia, en tanto pronuncia un testimonio en nombre tanto de lo humano como de lo no humano, explorar las nuevas formas de conocimiento y creación en la época del Antropoceno.”

© Bloomsbury Publishing Plc 2019

Netflix invade la Oscar Race

 Nominaciones a los 77º Globos de Oro.


Perder el Oscar al que tanto se acercó con Roma (Alfonso Cuarón, 2018) no hizo ninguna gracia a Netflix, que contaba con él como aval de su sello de calidad. Este año el margen de error es reducido, como prueban las recién anunciadas nominaciones a los Globos de Oro, donde tres de las cinco aspirantes a mejor película dramática (la categoría principal atendiendo a lo infravalorada que está la comedia) llevan la firma del famoso servicio de streamingEl irlandés, de Martin Scorsese, Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach, y Los dos Papas, de Fernando Meirelles. Esta última, presente también en las secciones referentes al guion y las interpretaciones masculinas, es sin duda el trabajo que mejor parado ha salido hoy, ya que los otros dos han sufrido duros reveses al quedar fuera respectivamente de las categorías de mejor actor (Robert De Niro) y director (Baumbach, sí nominado como guionista). Las tres cintas, harto diferentes entre sí, se verán las caras con 1917, de Sam Mendes, y la polémica Joker, de Todd Phillips, a las que tampoco ha ido nada mal. En el terreno de las comedias y musicales también está Netflix presente con la irregular Yo soy Dolemite, de Craig Brewer, que compite con Jojo Rabbit, de Taika Waititi (Premio del Público en Toronto); Érase una vez en… Hollywood, de Quentin Tarantino, Rocketman, de Dexter Fletcher, y la revelación del momento, Puñales por la espalda, de Rian Johnson (por la que está merecidamente nominada nuestra Ana de Armas), siendo harto bienvenida la ausencia de Cats, de Tom Hooper, atendiendo a la debilidad que la Asociación de Prensa Extranjera siente por los musicales llenos de estrellas, pero no tanto la de Superempollonas, de Olivia Wilde, por la que sólo ha sido nominada Beanie Feldstein. Ella y Cate Blanchett (lo mejor de ¿Dónde estás, Bernadette?, de Richard Linklater) constituyen las dos decisiones más arriesgadas, que tampoco tanto, del terreno interpretativo, donde, como ya es habitual, sólo ha habido lugar para estrellas consagradas, siendo particularmente tristes las omisiones de Florence Pugh (Mujercitas, de Greta Gerwig, una de las grandes perdedoras del día al estar solo nominados su protagonista, Saoirse Ronan, y su compositor, Alexander Desplat), Mary Kay Place (Diane, de Kent Jones), Lupita Nyong’o (Nosotros, de Jordan Peele) y Shuzhen Zhou (The Farewell, de Lulu Wang), que habrán de buscar apoyos en otros círculos de críticos menos elitistas.

Por supuesto, tampoco ha sido nominado ningún miembro del excelente reparto de la surcoreana Parásitos, la mayor pesadilla de Netflix, por la que el gran Bong Joon-ho sí se ha colado como guionista y director, algo que no ha logrado Pedro Almodóvar con Dolor y gloria aun sí obteniendo la nominación un inmenso Antonio Banderas que cada vez está más cerca de la estatuilla dorada. Estos dos últimos títulos, ambos excelentes, compiten en la categoría extranjera con el mentado The Farewell (que, aun siendo estadounidense, no es en inglés y por tanto juega ahí según las absurdas reglas de los Globos de Oro) y los dos estandartes franceses del año, Los miserables, de Ladj Ly, y Retrato de una mujer en llamas, de Céline Sciamma, destinados a verse las caras una y otra vez aun cuando injustamente sólo el primero tiene entrada para el evento final. Por cierto, dos de cinco aspirantes a el apartado foráneo son mujeres, lo que contrasta con el absolutismo masculino de los correspondientes a película, dirección y guion. El área animada, donde, por así decirlo, hay media mujer nominada (Jennifer Lee, codirectora de la deliciosa Frozen II junto a Chris Buck), podría haber sido prácticamente igual de internacional, pues había aspirantes tan maravillosas como las japonesas El tiempo contigo, de Makoto Shinkai y Promare, de Hiroyuki Imaishi; las españolas Klaus, de Sergio Pablos, y Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Salvador Simó Busom, o la francesa ¿Dónde está mi cuerpo, de Jérémy Clapin, pero, una vez más, sólo ha habido espacio para los grandes estudios de Hollywood. Es harto curioso, por no decir lamentable, que una asociación que no llega a los cien miembros, supuestamente periodistas con criterio, se limite año tras año a destacar los trabajos más populares, pareciendo jugar a adivinar las decisiones de la Academia (que, irónicamente, termina arriesgando bastante más) y no a destacar aquello que verdaderamente se cuenta entre lo mejor del año. Al final, Jennifer López aparte (¡ay, qué bien está en Estafadoras de Wall Street, de Lorene Scafaria!), el toque de diversión lo pone la distinción entre dramas y comedias, la cual no deja sin embargo de ser absurda considerando que las obras que suelen atraer la atención de los votantes se encuentran entre ambos géneros. Y es que la vida rara vez es sólo cosa de reír o llorar, algo que también puede decirse de la relación de nominados presentada a continuación. Juan Roures (Madrid)

MEJOR DRAMA

◼ 1917, de Sam Mendes.
◼ El irlandés, de Martin Scorsese.
◼ Joker, de Todd Phillips.
◼ Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach.
◼ Los dos Papas, de Fernando Meirelles.

MEJOR COMEDIA O MUSICAL

◼ Yo soy Dolemite, de Craig Brewer.
◼ Rocketman, de Dexter Fletcher.
◼ Érase una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino.
◼ Jojo Rabbit, de Taika Waititi.
◼ Puñales por la espalda, de Rian Johnson.

MEJOR DIRECTOR

◼ Martin Scorsese, El irlandés
◼ Quentin Tarantino, Érase una vez en Hollywood
◼ Todd Phillips, Joker
◼ Sam Mendes, 1917
◼ Bong Joon Ho, Parásitos

MEJOR ACTOR EN DRAMA

◼ Christian Bale, Le Mans ’66.
◼ Antonio Banderas, Dolor y gloria
◼ Adam Driver, Historia de un matrimonio.
◼ Joaquin Phoenix, Joker.
◼ Jonathan Pryce, Los dos Papas.

MEJOR ACTOR EN COMEDIA O MUSICAL

◼ Daniel Craig, Puñales por la espalda.
◼ Roman Griffin Davis, Jojo Rabbit.
◼ Leonardo DiCaprio, Érase una vez en Hollywood.
◼ Taron Egerton, Rocketman.
◼ Eddie Murphy, Yo Soy Dolemite.

MEJOR ACTRIZ EN DRAMA

◼ Cynthia Erivo, Harriet.
◼ Scarlett Johansson, Historia de un matrimonio.
◼ Saoirse Ronan, Mujercitas.
◼ Renée Zellweger, Judy.
◼ Charlize Theron, El escándalo.

MEJOR ACTRIZ EN COMEDIA O MUSICAL

◼ Ana de Armas, Puñales por la espalda.
◼ Awkwafina, The Farewell.
◼ Cate Blanchett, ¿Dónde estás, Bernadette?.
◼ Beanie Feldstein, Superempollonas.
◼ Emma Thompson, Late Night.

MEJOR ACTOR SECUNDARIO

◼ Tom Hanks, Un amigo extraordinario.
◼ Anthony Hopkins, Los dos Papas.
◼ Al Pacino, El irlandés.
◼ Joe Pesci, El irlandés.
◼ Brad Pitt, Érase una vez en Hollywood.

MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA

◼ Kathy Bates, Richard Jewell.
◼ Annette Bening, The Report.
◼ Laura Dern, Historia de un matrimonio.
◼ Jennifer Lopez, Estafadoras de Wall Street.
◼ Margot Robbie, El escándalo.

MEJOR GUION

◼ Noah Baumbach, Historia de un matrimonio.
◼ Kim Dae-hwan, Bong Joon-ho y Jin Won Han, Parásitos.
◼ Anthony McCarten, Los dos Papas.
◼ Quentin Tarantino, Érase una vez en Hollywood.
◼ Steven Zaillian, El irlandés.

MEJOR MÚSICA ORIGINAL

◼ Alexandre Desplat, Mujercitas.
◼ Hildur Guðnadóttir, Joker.
◼ Randy Newman, Historia de un matrimonio.
◼ Thomas Newman, 1917.
◼ Daniel Pemberton, Motherless Brooklyn.

MEJOR CANCIÓN ORIGINAL

◼ Cats: “Beautiful Ghosts”.
◼ Rocketman: “I’m Gonna Love Me Again”.
◼ Frozen 2: “Into the Unknown”.
◼ El rey león: “Spirit”.
◼ Harriet: “Stand Up”.

MEJOR PELÍCULA ANIMADA

◼ Frozen II, de Chris Buck y Jennifer Lee.
◼ Cómo entrenar a tu dragón 3, de Dean DeBlois.
◼ El rey león, de John Favreau.
◼ Mr. Link. El origen perdido, de Chris Butler.
◼ Toy Story 4, de Josh Cooley.

MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA

◼ The Farewell, de Lulu Wang.
◼ Los miserables, de Ladj Ly.
◼ Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar.
◼ Parásitos, de Bong Joon-ho.
◼ Retrato de una mujer en llamas, de Céline Sciamma.

Dolor y gloria literaria…

 

El filme de de Pedro «Dolor y Gloria», es una de sus obras mas literarias; en el sentido de las citas a libros, autores y literatura, fiel al gusto del director manchego por la palabra escrita: “Vivo rodeado de libros”, así comienza Pedro Almodóvar el apartado que dedica a la literatura en su filme sobre el «dolor» y la «gloria», el libro que acaba de publicar Reservoir Books que incluye el guión de la película, fragmentos del storyboard y comentarios del director.

Almodóvar escribe sobre sus autores de cabecera, las novelas recientes que más le han impresionado, y la manera que tiene de utilizar la literatura como fuente de inspiración para sus guiones. “A veces la lectura me da la clave para alguna secuencia […], me transporta a un lugar donde florecen las ideas”. También habla de alguno de los libros que aparecen en ‘Dolor y gloria’. El personaje de Salvador Mallo, como Almodóvar, vive rodeado de ellos. La mayoría forman parte del atrezo, pero hay algunos que el director ha querido destacar especialmente, ya sea como recurso dramático o como simple homenaje. Su recopilación, por orden de aparición, nos permite elaborar una especie de “guía de lectura según Almodóvar”.

Nada crece a la luz de la luna (Torborg Nedreaas)

Almodóvar habla sobre cómo le fascinan las novelas de escritoras “malditas y torrenciales”. Una de esas autoras que “escriben arrolladas por la pasión” es la noruega Torborg Nedreaas. ‘Nada crece a la luz de la luna’ (Errata Naturae), publicada por primera vez en 1947 (la autora falleció en 1987), narra la historia de un amor obsesivo y, por tanto, destructivo. El tipo de amor que ha reflejado muchas veces Almodóvar en sus películas. Pero la novela también es un desgarrador relato sobre la soledad, sobre el miedo a la soledad, lo que le permite al director utilizarlo para reflejar ese sentimiento en Salvador Mallo. El personaje aparece leyendo la novela en la cama. Por medio de su voz en off escuchamos un fragmento del libro, muy significativo, que luego subrayará: “Estábamos todo lo cerca que dos personas pueden estar, pero cada uno en su mundo”.

The Master. Retrato del novelista adulto (Colm Tóibín)

En esa misma secuencia donde Antonio Banderas lee a Nedreaas, Almodóvar destaca otro libro, que está colocado en la mesilla de noche. Se trata de ‘The Master. Retrato del novelista adulto’, en la edición de 2006 de Edhasa (la última es de Lumen, de 2018). El libro del irlandés Colm Tóibín (‘Brooklyn’, ‘El testamento de María’) es una mezcla de biografía y ficción histórica sobre el neoyorquino Henry James, uno de los autores preferidos de Almodóvar. Como explica el cineasta en ‘Dolor y gloria’, casi todas las páginas de sus obras maestras –‘Washington Square’, ‘Retrato de una dama’, ‘Otra vuelta de tuerca’- las tiene subrayadas. Para los más completistas, durante la panorámica que termina con Banderas leyendo, aparece también en la mesilla de pasada ‘El último de la estirpe’ (Tusquets), la colección de cuentos de la suiza Fleur Jaeggy (‘Los hermosos años del castigo’, ‘Proleterka’), también conocida por su colaboración con Franco Battiato bajo el pseudónimo de Carlotta Wieck.

Ana No / El cordero carnívoro (Agustín Gómez Arcos)

El único escritor que repite presencia en la película es español, aunque no sea muy conocido en España. La razón de este desconocimiento es que Agustín Gómez Arco decidió emigrar a Francia en junio de 1968, al calor de los movimientos estudiantiles y cansado de batallar contra la censura franquista. Durante su exilio voluntario comenzó a escribir en francés, convirtiéndose en uno de los novelistas más reputados de las letras francesas de los ochenta. Silenciado por la dictadura y olvidado durante la democracia, su obra había quedado prácticamente inédita en España. En 2006, la editorial Cabaret Voltaire decidió rescatar gran parte de sus novelas (ya ha publicado ocho). Almodóvar, quien estuvo conviviendo con el escritor en la misma casa durante un tiempo, decidió sacar sus obras en la película a modo de, como él mismo dice, “pequeño homenaje”. ‘Ana No’ aparece en el atril del escritorio de Salvador, y ‘El cordero carnívoro’ lo está leyendo éste cuando recibe la llamada de Alberto Crespo (Asier Etxeandía) contándole que Federico (Leonardo Sbaraglia) ha ido a verle a la función de teatro.

Llamadas telefónicas (Roberto Bolaño)

No podía faltar Bolaño. Almodóvar es un apasionado del formato cuento y un ferviente admirador del autor de ‘Los detectives salvajes’ y ‘2666’. “Me gusta todo”, dice en ‘Dolor y gloria’. ‘Llamadas telefónicas’ (Alfaguara) fue la primera colección de cuentos que publicó el escritor chileno. De entre los catorce que componen el volumen destaca ‘Sensini’, sin duda uno de los cuentos más célebres de Bolaño, su gran relato metaliterario. El libro aparece en la película durante la noche de insomnio de Salvador, tras la discusión con Alberto. Es el libro que está leyendo cuando mira el reloj y comprueba que son ya las cuatro de la mañana. Además, aunque no aparece destacado en la película, el director ha expresado su deuda creativa con ‘Manual para mujeres de la limpieza’, la colección de relatos de Lucia Berlin. Lo tiene lleno de acotaciones a lápiz, ha explicado el cineasta, y le “tienta hacer algo con ellos”. ¿Una pista sobre su próxima película?

 

Cómo acabar con la contracultura (Jordi Costa)

El fabuloso ensayo de Jordi Costa no solo aparece en la película, sino que protagoniza una escena. Es el momento en el que Salvador y su asistente Mercedes (Nora Navas) están tomando un té en la cocina. Ella saca el libro del bolso y se lo da. El director, que está deseando meterse un poco de heroína, lee el título y responde con un desganado “yo qué sé”, muy elocuente sobre su estado de ánimo. ‘Cómo acabar con la contracultura’ es, como reza el subtítulo, “una historia subterránea de España”. La crónica de los movimientos contraculturales que surgieron en lugares tan insospechados como las bases aéreas americanas de Rota y Morón de la Frontera, y que luego se expandieron a otros territorios como Barcelona, Ibiza, Formentera y, más adelante, Madrid. Costa cartografía brillantemente el underground español, haciendo hincapié en una de sus figuras más representativas: el propio Almodóvar.

Cuentos (Antón P. Chéjov)

Más cuentos. La edición de Alba de los relatos de Chéjov, una antología de sesenta cuentos, aparece en la misma secuencia donde sale el libro de Jordi Costa. Se puede ver encima de la cómoda donde Salvador se está haciendo un chino mientras Mercedes está hablando por el móvil. Para alguien que, como hemos dicho, adora el género del cuento, el homenaje a uno de los mejores cuentistas de la historia no podía faltar. Si tú también eres fan del autor ruso, una recomendación: los cuentos completos en cuatro volúmenes que editó hace un par de años la editorial especializada en el género Páginas de Espuma. Y, si eres de los completistas que hablaba antes, otro apunte: encima del libraco de Chéjov aparece otro libro del que apenas se lee el título. Se trata de ‘Escenas de una vida de provincias’ (Random House), las memorias noveladas del Nobel sudafricano J. M. Coetzee.

El orden del día (Éric Vuillard)

Justo después de la secuencia mencionada anteriormente, aparece un plano de Salvador durmiendo. La novela que sujeta contra el pecho es ‘El orden del día’, la maravilla con la que Éric Vuillard ganó el premio Goncourt hace dos años. El libro, nuestro número uno de 2018, sale en la película por una razón muy sencilla: Almodóvar acababa de leerlo y le había entusiasmado. Vuillard narra la historia del ascenso del nazismo, concretado en la reunión que en 1933 mantuvieron Hitler y los grandes industriales alemanes (de ahí el título), desde un ángulo inédito. Un punto de vista que bascula entre lo irónico (“es que en Alemania estaban muy apretados”, comenta acerca del discurso sobre el “espacio vital”) y lo poético (compara a los industriales con “veinticuatro calculadoras en las puertas del Infierno”), entre la Historia con mayúsculas y las pequeñas historias que se ocultan bajo las alfombras de los grandes despachos. Lo dicho, una maravilla.

El libro del desasosiego (Fernando Pessoa)

“La vida me disgusta como una medicina inútil. Y es entonces cuando siento con visiones claras lo fácil que sería alejarse de este tedio si tuviese la simple fuerza de querer alejarlo de verdad”. Junto a ‘Nada crece a la luz de la luna’, este es el otro libro que Almodóvar utiliza como recurso dramático en una secuencia. Salvador recita ese párrafo en off, y lo subraya con un lápiz como hace el cineasta con sus libros. Su elección no es casual. Además de ser uno de los escritores de cabecera de Almodóvar (junto a otros que no aparecen en el filme pero señala en el libro como Borges, Kafka, Scott Fitzgerald o Virginia Woolf), ‘El libro del desasosiego’ (Acantilado) tiene algunas de las frases más desoladoras de la historia de la literatura. El párrafo que llama la atención de Salvador le sirve al director para proporcionar información al espectador sobre el funesto estado de ánimo del personaje.

En la orilla (Rafael Chirbes)

Es el último libro que aparece destacado en la película. Después de la visita de Federico, su antiguo amante, Salvador, en pleno subidón emocional, abre la cómoda dispuesto a relajarse fumándose otro chino. Cuando está rebuscando para sacar la papelina, se puede ver perfectamente el título de la última novela que publicó en vida Rafael Chirbes, fallecido en 2015. ‘En la orilla’ (Anagrama), con la que el autor valenciano ganó el Premio Nacional de Narrativa, es una de las novelas más lúcidas sobre la crisis de 2008 y la burbuja inmobiliaria. A partir del hallazgo de un cadáver en un pantano, Chirbes pone en marcha una narración protagonizada por un carpintero en paro víctima de la crisis del ladrillo. A través de un estilo muy rico, combinando el monólogo interior con la voz en tercera persona, el autor nos sumerge en el fango creado por el polvo de las construcciones del boom inmobiliario. Ese polvo que se respiraba en su obra maestra, ‘Crematorio’, y que seguro que Salvador Mallo tiene también guardada en alguna estantería.

500+16 días…

 

Aquella fuente, el paraíso mojado, era mi país. No se puede ver a tu país de frente. Nunca. O, al menos, cuesta años. O un precio aún mayor. Algo que ha perdido el valor por los siglos y la indiferencia de los hombres, como aquella fuente gris donde terminaba mi calle adornada de unos framboyanes en flor desprovistos ya de la tranquilidad de la noche o el susurro de los gorriones muertos por el ultimo huracán. Cielo de aquellos arlequines colores de arco iris. Éramos muchos por aquel entonces; ahora solo soy Yo. El resto, solo el silencio de las piedras. La acústica silenciosa de lo que hace un par de décadas era un pequeño ruido que brotaba de la fuente. Una calle, una ciudad que intranquila dormía despreocupada a espaldas del mar. Mis padres que bromeaban sobre el pasado y mis abuelos que se mofaban del futuro. Y, ahora, solo, a solas; con ese ruido de los recuerdos, pienso en los muros que reducían por igual al océano y al cielo transparente de una ciudad que contenía entre sus columnas al Paraíso…un Génesis poblado de mangos y framboyanes, una fuente seca observando a su Adán y Eva a punto de regalarse una felación; previendo, esperando el castigo de un Dios odioso. Una ciudad fundada por asesinos de Sevilla y sacerdotes de Castilla. Ahora, me queda el dormitorio vacío del abuelo o el de los primos que se fueron una fría mañana de febrero, que no volvería a ver en 20 años…como la vía blanca del tren o la fábrica convertida en refugio de muñecas rotas. El puente del suicida abrazado por los mercaderes de siempre o la intersección que nos lleva al verde de las orillas. Una fuente seca y azul que mira con desdén la ausencia de agua.  

The Irishman

Hace unas semanas Martin Scorsese el director  italo-norteamericano explotaba una bomba mediática al ser preguntado por las películas de Marvel; afirmaba que eso no era cine.  

¿Qué es entonces el cine?

Al menos para Martin, el cine es «The Irishman».

En ella, Scorsese justificaba que para su generación de cineastas, las películas de Marvel no entraban dentro de su definición de cine, no que no fuera cine.

Pues bien, con The Irishman, el director escribe una última página en su antología del cine de gangster, género que estalla en la década de los 70 gracias a genios como el propio Scorsese y Coppola tras las cámaras, y con protagonistas en muchas de ellas a las caras visibles de The Irishman, De Niro, Al Pacino y Pesci.

La cinta adapta el libro I Heard you paint houses, y trabaja a modo de un gran flashback de la vida de Frank «The Irishman» Sheeran, con ello Martin nos muestra un gran fresco cinematografico de las estructuras políticas americanas de la segunda mitad del siglo XX a través de más de tres horas y media de largometraje. The Irishman se divide en tres grandes bloques:

-La primera parte de la película: Scorsese introduce el ambiente de la mafia italiana a través de un ritmo muy acelerado y cargado de acción y música, muy a lo Lobo de Wall Street.

-La segunda parte de la película: la música desaparece para convertirse en un silencio solo roto por los diálogos. En esta parte se introduce al sindicalista Jimmy Hoffa, y cómo este acaba en el centro del patio de juegos que es la mafia.

-El broche final: los últimos 40 minutos de la película son una reflexión continua sobre la melancolía y el paso del tiempo. De los minutos más emocionantes que se pueden vivir en un cine.

Scorsese, que suele tender a los excesos, sabiendo la larga duración de la película y las distintas partes de esta, se controla y equilibra todo de una forma magistral.

Los tres grandes protagonistas de esta película, pero en especial De Niro y Pesci (ya que es la primera interpretación de Al Pacino con Scorsese), ven reflejados a través de sus papeles su trayectoria con el cineasta. Referido a De Niro, como siempre, su unión con Scorsese resulta con su mejor nivel. Son, sin duda, una de las mejores parejas director-actor de la historia del cine. A través de sus ojos se pueden ver todos los códigos de la mafia italiana, con las consecuencias en su vida personal que ello conlleva.

En cuanto a Al Pacino, se le ve más controlado de lo normal (fruto del equilibrio que el director busca), y con ello también su mejor nivel. Su personaje, Jimmy Hoffa, es el hilo conductor del episodio más importante en la vida de Frank, y a su vez es una forma más de mostrar cómo afecta el paso del tiempo a viejas glorias. Sobre todo, con la frase que dice Frank: «Hoffa en los 50 era tan popular como Elvis. Pero es que en los 60, era más popular que los Beatles». La película enseña cómo ignoran grandes personajes y momentos de la historia los más jóvenes, haciendo referencia a cómo también ignoran la mayoría el propio cine de los 70. Hoffa también es el instrumento que la película utiliza para mostrar los hilos internos de la política estadounidense.

Pero la joya de la corona se la lleva Joe Pesci. Tras diez años sin actuar, se dice que Scorsese tuvo que llamarle más de 50 veces para que trabajara con el de nuevo. Pues, cada una de esas llamadas mereció la pena, ya que se ve a un Pesci majestuoso. Cada plano suyo, aunque sea sin hablar, con esa mirada que le dice a Frank que no hay otra salida, es una obra de arte. Se podría llenar un museo a base de miradas de Joe Pesci en esta cinta.

La gran trilogía que el cineasta ha creado con Uno de los nuestros, Casino, y esta película, son el santo grial del cine gangster junto a la trilogía de Coppola con El Padrino. Y es que, como indica el nombre de la crítica, esta película es el estudio de la historia de un arte, del séptimo arte.

Este año ha sido un año muy melancólico en cuanto a cine se refiere. Primero fue Tarantino con Once Upon A Time In Hollywood el que hacía un tour por la ciudad de las estrellas en los años 60. Ahora es Scorsese el que muestra cómo un viaje a través del cine de gangsters, con las estrellas de los 70.

Sin duda, se sale del cine con el regusto en el paladar de que se ha visto una despedida. La de Scorsese y su reparto del cine de gangster, sabiendo que nadie hará este tipo de cine como lo hace Scorsese.