20 de Octubre, one way…

Recorriendo W 4 ST, me topé con esto. La larga presencia de Cuba en la Gran Manzana. Día de la cultura nacional en New York. Herrumbrada por sesenta años de nieve y tiempo. One way…

Un taxista pakistaní, en los sesentas que habla y gesticula como un “Eusebio Leal Historiador de las calles de Manhattan”, me explica que hace meses el poste y el escudo se cayó, pero antes que llegaran las autoridades del condado, un par de cubanos vecinos de la Calle 42 del West, tomaron una escalera y lo colocaron de nuevo en su sitio del “West Side History”.

“West Side Story” es un film americano de los sesentas, dirigido por Robert Wise y Jerome Robbins, los protagonistas mezclados yumas y latinos, protagonizado por Wood, Richard Beymer, Rita, George Chakiris y Russ Tamblyn en los papeles principales. Inspirado ligeramente en la obra de reatro Romeo y Julieta de Shakespeare, con la música de Leonard Bernstein. “West Side” es un barrio del Upper de New York con una importante presencia de puertorriqueños, cubanos, dominicanos, un barrio “hispano” desde los sesentas.

Me cuenta el Eusebio pakistaní taxista que en cada esquina del West después del éxito de la película se colocó el escudo de cada república serena y sureña. Sureña después del Rio Bravo, se entiende, el único que sobrevive es el de Cuba. Pueblo y Escudo de “sobrevivientes”.

 

Pero los muertos no siempre quedan bajo tierra.

Una diminuta niña de pelo cobrizo rizado tomaba el camino de su granja, vestía de blanco, se preparaba para su primera comunión en la escuela de las Hermanas de la Caridad. Su destino diario era Tuam, antiguo pueblo del condado de Galway cuyo nombre deriva de un término en latín que significa “túmulo” es el centro de una arquidiócesis católica, sobresale entre el paisaje agreste la gigantesca catedral gris que durante generaciones ha señoreado sobre casas y campos, gentes y destinos, en una isla pobre y dominada por un inmenso imperio que se desmorona.

Catherine, la niña paseaba por un cielo plomizo, entre el convento y el hipódromo. Detrás imponente el “Hogar para Madres y Bebés de St. Mary” donde las monjas vigilaban a madres solteras y a sus hijos. Se decía que eran pecadoras con descendencia ilegítima; las llamaban las “perdidas”.

Más allá de esos altos muros de piedras y vitrales rotos hay tres hectáreas y quinientos años de sufrimiento irlandés: están enterradas personas que sucumbieron de hambre y enfermedades siglos atrás, cuando el Hogar funcionaba como albergue para indigentes, pero entre los restos humanos hay otros secretos. La entonces niña Catherine Corless hoy es madre y abuela legitima y tiene el cabello gris como el paisaje y la catedral. Hace mucho tiempo comenzó a preguntar acerca del viejo hogar que había hecho volar su imaginación cuando iba a comulgar, pura y de blanco.

Irlanda quería olvidar. Pero los muertos no siempre quedan bajo tierra.

Esto no es populismo, es fascismo.

Después de Trump y América ahora le toca su turno a Bolsonaro y Brasil, dos gigantes arrebatados al punto mas bajo de la insolvencia de la razón. Tiempo oscuros. Tiempos sin razón. Deseo compartir la lectura del siguiente post, seco y magistral como siempre, del intelectual mexicano Andrés Silva Herzog.

Esto no es populismo

Cuando en abril del 2016 se votó en el Congreso brasileño por la destitución de la presidenta Dilma Roussef, el diputado Jair Bolsonaro dedicó su voto al coronel que la torturó cuando tenía 19 años. En esa hora solemne, el militar convertido en político quiso dejar en claro la fuente su inspiración. El coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, muerto en 2015, fue responsabilizado de la tortura, desaparición y muerte de cientos de disidentes en tiempos de la dictadura. Con su voto, el legislador le rendía un homenaje. Esa devoción por el torturador es reveladora. El ideal de quien se convertirá muy probablemente en presidente de Brasil no es la democratización de la democracia, no es la inclusión popular, no es la lucha contra las élites, es la militarización de la sociedad.

La prensa insiste en describirlo como un populista de derecha. No lo es, es un fascista y es importante hacer el distingo. Populistas y fascistas coinciden en su rechazo al dispositivo liberal, pero, mientras el populista propone medidas y símbolos de inclusión popular para corregir los vicios del elitismo, el fascista propone la violencia como mecanismo para terminar con la “cobardía liberal y su siniestra tolerancia”. La violencia ocupa el núcleo del discurso de Bolsonaro. Para evitar la homosexualidad, hay que golpear a los hijos que muestran esas peligrosas tendencias. Hay que aplicar ejemplarmente la pena de muerte. Y revivir el edificante espectáculo del fusilamiento. Bolsonaro lo ha dicho: hay que fusilar a los opositores del Partido del Trabajo, hay que fusilar a los delincuentes, hay que fusilar a los inmorales. Los héroes matan, ha declarado su compañero de fórmula, El matadero es la fantasía política del fascismo.

Bolsonaro se ha percatado que en nuestro tiempo no hay nada más eficaz que la defensa enfática de lo aberrante. Decir con soltura las peores barbaridades garantiza atención de los medios, sean viejos o nuevos. Conlleva además una extraña bendición: el patán presume que es el único auténtico entre la legión de los hipócritas. Dice las cosas tal cual, expresa sus puntos de vista sin hacer concesiones a lo políticamente correcto. El discurso del brasileño es sorprendentemente agresivo, incluso para los niveles de violencia retórica de nuestros tiempos. La agresión es para él la expresión natural de una masculinidad resuelta. Con su voz grita el orgullo del macho. Padre de cuatro hijos y una hija, declaró hace poco en un evento en Río de Janeiro que engendró a la niña en un penoso momento de debilidad. Por eso no puede decirse que su antifeminismo o que su homofobia sean rasgos secundarios de su personalidad. El fascismo tiene un fuerte componente sexual. Transfiere la voluntad de poder a los dominios de la sexualidad, como dijo Umberto Eco en un viejo artículo sobre el fascismo eterno. El fascismo expresa una masculinidad predadora.

Bolsonaro busca una revolución del orden. El ejército ha de ejercer el poder nuevamente como símbolo de jerarquía, eficacia y patriotismo. “El periodo militar fue un tiempo de gloria para Brasil, declaró Bolsonaro. Los criminales eran criminales; el que trabajaba era recompensado y, hasta en el futbol pasábamos menos vergüenzas.” Pero la dictadura en la que sueña el fascista brasileño es una dictadura más enérgica, más decidida, más letal. Una dictadura que no tenga los miedos de la previa: que no solo torture, sino que también mate. No hay aquí la ilusión de un gobierno del hombre común que se hace cargo de su destino, como pregonan los populistas. Lo que hay aquí es el mito de la mano dura. El mito de la eficacia militar… y tecnocrática. La restauración que imagina Bolsonario pretende restablecer el antiguo matrimonio entre la dictadura y los economistas ultra liberales.

La crisis de las democracias liberales ha alimentado a sus adversarios. Mal haríamos colocando a todos en el mismo saco. Siendo complejo el reto que nos lanza el populismo, debemos reconocer que es muy distinto el que provoca el nuevo fascismo: un polo que propone la militarización, el rechazo a los derechos humanos y la politización del machismo. El modelo político de Bolsonaro no es la política corrosiva de Trump o Berlusconi, dos populistas de derecha. Su modelo es la política criminal de Duterte (en Filipinas).

Simpatía por el Diablo.

 

Simpatía por el Diablo.

Incluso tú, Príncipe, algunas veces estás ciego,
viviendo tan profundamente en la oscuridad;
sin duda la maldad es fácil como el egoísmo,
y que alguien como yo saborearía
tu especie de soledad, paladeando
aquellos días seductores, noches en lechos vacíos.
¿Qué puedo decir? Tu manera es tan masculina…


Y cuando nos encontramos esa noche en el cruce de caminos
marché un poco contigo, observando cómo se torcía
tu bastón, deseando poder aplacar
todas las congojas de tu mundo. Pensé
acunarte, como un discípulo agónico,
en mi dadivoso regazo; incluso no escuché
todas las ofertas de sabiduría que me hiciste
a cambio de mi alma.


Incluso cuando enarbolaste el contrato,
seguro de mi firma, no estaba prestando
atención, embrujada por ese dolor
en tus ojos, esa necesidad de algo bueno,
¿me atreveré a llamarlo… Amor?

 

Karen Alkalay-Gut

 

 

Reconozco…

Reconozco tu mirada desde cualquier estrella, pulsante, vibrante.

Como si latiendo con el universo completo pudieras resistirte ser parte de él, como si pudieras obligarlo a fundirse en ti.

No te falta la audacia, ni el valor de aquella que atravesado el tiempo ya no teme al espacio conquistado más de lo que se teme a sí misma, cuando cruza su mirada con la mía.

Cierto que quizás sea mi piel la que se estremece, mi sangre la que late enfurecida con la fuerza de mil huracanes estallando en cada latido.

Fluye desesperada y hasta mi corazón emanan como lavas volcánicas estallando con fuerza en cada cavidad del órgano -que dicen-  se pierde en los sentidos.

Un corazón que se arrebata en su caudal impetuoso, una ladrona que solo nubla la razón que debería sosegarme. 

Pero tú que osas batallar con agujeros negros, y océanos galácticos, que no temes ni a los tiempos ni a los dioses, doblas la mirada ante mi vista que permanece inmutable a tu ausente presencia.

Cierto que quizás sea mi mundo el que se arrastre por los lugares inhóspitos de un suburbio estelar poco recomendable, pleno de supernovas de champaña, tentadoras e irracionales adolescentes estelares pretendiendo deslumbrar a las poderosas emanaciones de luces y sonidos traslucidos…Que nunca tendrán. 

Perderías mi mundo sabiendo que en él voy yo. En mi existes tú…Te observo fijamente sin apartar la mirada, ya no quemas, ya no dueles, ya no ruges como las musas en celo…

Te apagas y yo permanezco en tu deseo anhelante, aquel que olvidó generarse a sí mismo.

La mirada se pierde en el movimiento atrevido de un rosal, el poderío de intentar  brazarme sin sangrarme, de calentarme sin quemarme. El aire danza a mí alrededor invitándome a la fiesta, siempre jugando a quien resiste la mirada…aguanta.

 

Los próximos cien años.

Una historia en dos actos: un poema en forma de pregunta y una pregunta en forma de respuesta.

*

Uno

Como ayer
mi respuesta va más allá de la cuestión,
como ayer
se trata de no tener una respuesta inmediata
y de cómo quedas ante ello,
si persistes o abandonas.

¿Cuánto dura la firmeza de un estuche?
¿Cuánto demoras en ver la belleza de un rostro?
¿Cuánto tardas en medir tu esfuerzo con el de enfrente?
¿Cuánto tienes que gritar para escuchar a los mudos?

Cuando en un milisegundo puedas contener
los próximos diez años y los cien anteriores
ciertamente reirás ante la idea de un milagro.

*

Dos.

En un Áshram en la ciudad de las luces, un gurú, en perfecto inglés de Oxford, me ¿aclaró? las diferencias entre la fe y la imaginación. Mucho Mejor que “El libro de la Flor de Loto”, la “Torá” o “El Corán” juntos…me dijo (recuerdo cada una de las silabas): ¿si de verdad quieres saber qué es fe y qué es imaginación?, te doy dos caminos…

Ves… cuenta cuántos dioses tienen los hindúes (trata de memorizar la mitad de ellos en una tarde); o…

Averigua si el genio de Srinivasa Aiyangar Ramanujan, creía que su dominio matemático le venía de su mente, o de su diosa familiar.

Perfecto…por ambos, poeta y gurú, yo, aún ensayo una respuesta en un milisegundo que contenga los próximos cien años.