Historias de exilios y desexilios…

 

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Gustavo Pérez Firmat: 50 lecciones de exilio y desexilio

Cincuenta lecciones de exilio y desexilio. Hypermedia, 2016).

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Creyendo que no puedo servir a dos gramáticas a la vez, siento la obligación de escoger entre el inglés y el español. Quisiera anclarme en un idioma como si fuese un cuerpo o un puerto. Las palabras tienen peso y espesor, y es difícil hallarles cabida en el mismo lóbulo al enorme Webster y al descomunal Sopena. Por lo menos, lo es para mí. El plurilingüismo es un fenómeno harto común. Las literaturas occidentales abundan en ejemplos de escritores que han cultivado más de una lengua. Aunque admiro inmensamente a esos seres, para mí excepcionales, que hablan o escriben más de un idioma sin malestar o daño aparente, carezco de ese talento.

Gagueo en mis dos idiomas. Siempre recuerdo que Juan Ramón Jiménez nunca aprendió inglés porque tenía miedo de que el mal inglés fuera a estropear su depurado español.

Pero ahora empiezo a darme cuenta de que la madurez quizás consiste en no sentirse obligado a escoger, en aceptar que al repartirme entre lenguas cada una se volatiliza un poco, se convierte en ancla leve. Viviré una temporada en español, hasta que me entre la añoranza del inglés, y entonces levaré ancla. Me pasaré una temporada navegando en inglés, hasta que me entre la comezón del español, y entonces levaré ancla otra vez. Si hay vientos de través, aprenderé el arte del zigzagueo.

Lo que sí me parece inmaduro, por inútil, es intentar aunar los dos idiomas. La mezcla del español y el inglés, el Spanglish, de momentos puede resultar divertida o delirante, y nada impide que un idioma recoja palabras o giros del otro. Pero la mezcla a partes iguales termina devastando los dos idiomas sin por ello engendrar un tercero. En los poemas en Spanglish —en los míos, por ejemplo— los dos idiomas no se acompañan: se maltratan, se agravian. No se juntan, se pegan. No se adhieren, se hieren.  Entablan una lucha a muerte que acaba matando la poesía.

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De las muchas razones que alguien puede tener para desplazarse de la lengua materna a la lengua alterna, una de las más poderosas es el rencor. Escribir en inglés es o puede ser un acto de venganza —contra los padres, contra las patrias, contra uno mismo. Siempre me ha parecido que la afición a los juegos de palabras bilingües es un síntoma de ese rencor; el pun es pulla, una pequeña detonación de terror y de tirria, una manera de blandir el hyphen como arma: que nos parta no el rayo sino la rayita.

El vilo avilanta. La ingravidez pesa. Desprovisto de ancla o sostén, el cubano con rayita se torna agrio, angry. (Nadie odia más a Cuba más yo).

En inglés se dice que la mejor defensa es una buena ofensa; pues entonces ofendamos, afirma el cubano con rayita. La audacia del enunciado bilingüe —You say tomato; I say tu madre— es un tipo de insolencia; su ligereza —An I for an ¡Ay!— es una forma de pesadez. Vil en el vilo, mordaz en el remordimiento, el cubano con rayita se lanza a triturar el español en la osterizer del inglés, y a despedazar el inglés en la batidora del español. Todo por rayar, por rayarse.

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Exul inmeritus, exiliado sin merecerlo: así se llama Dante y así —respetando las distancias— se podría describir a aquellos de nosotros que llegamos al exilio de niños. De ahí nuestra contradictoria gama de actitudes hacia Cuba (la de ayer, la de hoy, la de nunca), hacia la Revolución (la de todos, la de pocos, la de nadie) y hacia el mismo Exilio (histórico e histérico, numeroso y sin nombre). De ahí, quizás, el rencor que nos consume y la vergüenza nos exalta.

Muy otra es la actitud de quienes decidieron su exilio, o de quienes nacieron aquí. La nostalgia de unos y la curiosidad de otros duelen sin perjuicio. En el fondo son recodos del bienestar, géneros de lo saludable. Pero nosotros nos dividimos entre nostalgia y curiosidad, pues Cuba nos parece a la vez terruño natal y terra incognita. No sé si es posible conciliar actitudes tan dispares, feelings tan mixed.

Con todo, se me antoja que nuestro rencor es también cordial, que riega nuestras vidas, capilarizando lo que de otra forma sería resentimiento a secas. Divina comedia la del exiliado que se revira contra su patria, y hace de su torsión homenaje.

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Siempre me pregunto qué pensarían mis hijos de mí —así como yo de ellos— si nos conociéramos en mi lengua materna. ¿Nos querríamos distinto en español? Pero ellos y yo nos conocemos exclusivamente en inglés, y esa exclusividad lo que excluye es un temperamento, cierto acorde de entusiasmos y reticencias, una manera de ver el mundo y de tratar a la gente, todo un conjunto de costumbres, manías, miedos, alegrías que al ser expresados en traducción hurtan parte de su significado. Cuando les digo, a ella o a él, I love you, queda sin expresar la mitad de lo mucho que los quiero. Cuando me dicen, ella o él, I love you too, no sé si se lo creo.

Para mis hijos no soy padre sino su padre sino su padre —así, en cursivas, como una palabra extranjera en el decurso, el discurso de sus vidas. Para conocerme, tienen que interpretarme. En lugar de expresarme, tengo que explicarme. Es cierto que expresarse en traducción tiene sus ventajas, en particular la distancia; pero lo que se gana en distancia se pierde en familiaridad. Grave cosa: perder familiaridad con la propia familia.

De tanto vivir en traducción, el español se me ha vuelto exótico. Al regresar a él, me demoro en cada palabra como si la pronunciara por primera vez: añoranza, fracaso, infidencia, macerar, pericia. Las que más disfruto son aquéllas que carecen de cognados o cuya traducción entrampa (fracaso/fracas), porque son esas las que mejor recogen lo que Juan Marinello llamó alguna vez “las esencias intransferibles” del idioma.

Rehúyo, en lo posible, los ecos del inglés. Busco recuperar esos años en que todavía no había aprendido el idioma en que ahora vivo, cuando el español no estaba teñido de exotismo y el inglés me parecía, en frase de Guillén, lengua extraña. Pero me cuesta trabajo remontarme a esos años sin inglés, porque la verdad es que desde muy joven, desde mucho antes del exilio, el inglés ya me era familiar. Aun así, y aunque no logre rescatar memorias concretas de esa vida sin vilo, sé que no siempre sentí el complejo del repartimiento.

Hago estas notas redactando en voz alta, algo que nunca he hecho al escribir en inglés, quizás porque aún pronuncio ese idioma con un acento. El placer de la fonación, de casar sonido con sentido sin remanentes, lo experimento sólo en español. En inglés la palabra es letra; en español, voz. Lo cual quiere decir que todavía no soy completamente bilingüe, porque en el sujeto bilingüe los dos idiomas establecen una relación especular, equilibrada —condición que los lingüistas han denominado “equilingüismo” o “bilingüismo balanceado” (balanced bilingualism).

Me pregunto si en verdad existe tal equilibrio, o si lo que sucede más bien es que uno de los idiomas se adueña de ciertas zonas de la expresión, aunque la jerarquía no sea perceptible para el propio hablante. Me inclino a creer que todo bilingüismo supone un estado de desequilibrio, una compleja e inestable dinámica de carencias y compensaciones. Si damos por sentado que el traductor traiciona, el sujeto bilingüe, traductor tenaz y empedernido, vive de la traición. Y el concepto mismo de equilingüismo podría ser una de las tantas justificaciones con que los bilingües engañamos la fractura de nuestra subjetividad.

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Según los diccionarios, “sinsonte” proviene de zentzontle, vocablo azteca que quiere decir “pájaro de cuatrocientas voces”. Su nombre científico es todo un epigrama: Mimus polyglothus orpheus. El sinsonte es emulador, políglota y musical porque “puede imitar el canto de otras aves, y hasta el ladrido de un perro o una tonada si se le enseña”. De ahí que este violín que vuela sea el ave emblemática de los bardos cubanos, como en los versos del Cucalambé dedicados a Fornaris:

Tú que de Cuba has nacido 

entre las flores y plantas

y con dulce anhelo cantas

como el sinsonte en su nido…

Pero en inglés los cien sones del sinsonte se convierten en rancias trompetillas, pues su nombre americano es mocking bird, pájaro burlón. Se me hace que muchos exiliados hemos padecido la humillante metamorfosis de sinsonte a mocking bird.

Nos dejaste sin son, sinsonte.

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El inglés nombra; el español ingenia perífrasis. Trailer: casa de remolque. Continental drift: el desplazamiento gradual de los continentes. Clockwise: en el sentido de las manecillas de reloj.  Para vivir en movimiento, el inglés; para una vida pausada, el español.  José Angel Buesa se describe en un poema como “lento y triste”. Así me parecen las cadencias del español, lentas y tristes.

Ya me lo dije: si quiero “aclimatarme” al español, tengo que superar mi gusto por los monosílabos: grunt, want, crunch (quejido, querer, crujido); doom, gloom, swoon (ruina, lobreguez, desmayo); quick, kick, trick (rápido, patada, truco).

La abundancia de monosílabos del idioma inglés concuerda con la inquietud del exiliado, inquietud que se transparenta en un habla inquieta, entrecortada. Los monosílabos nos permiten expresarnos sin palabras, gruñir los pensamientos, habitar el inglés sin dominarlo. Pero en español cada sílaba espera su momento pacientemente (¡cuánta paciencia requiere este solo adverbio!), dejándose saborear, paladear, como humo en la boca.

Por su relativa falta de concisión, el español es menos citable que el inglés. Si se compara con la inglesa o la francesa, la literatura en lengua española no es pródiga en aforistas. ¿Cuántos autores hispánicos se recuerdan por sus epigramas? Tenemos las máximas de Gracián —entre ellas, “más valen quintaesencias que fárragos”— las greguerías de Gómez de la Serna, las “ideolojías” de Juan Ramón, alguna que otra frase feliz de Unamuno, de Ortega, de Paz.

En Cuba, recordamos los aforismos de Luz y Caballero, frases felices e infelices de Martí, los “eslabones” de Varona, algún chispazo de Lezama o Piñera o Cabrera Infante. Pero no sé si existen en español compendios análogos al Bartlett’s Familiar Quotations, tan popular en Estados Unidos. Si los hay, dudo que hayan tenido igual difusión. Porque no es eso lo que buscamos en la literatura en lengua española.

Buscamos el acorde, y no la nota; la luminosidad, y no la chispa. No existe traducción adecuada al castellano de palabras como flash o crash, o de modismos como a bolt from the blue o a stroke of luck, que designan instantaneidad de acontecer; mas tampoco existen traducciones precisas al inglés de adjetivos como “duradero” o “paulatino”, en los que el transcurrir del tiempo transcurre.

Intraducible también, por la misma razón, el refrán “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. La negación doble, mediante la cual la retahíla de monosílabos (cosa rara) del primer octosílabo se alarga en el segundo octosílabo, insinúa el lento desgaste del cuerpo (el del mío, por ejemplo).

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Escribir en español durante el día es demasiada claridad. El inglés tapa, tapia. Creo que por eso no me cuesta trabajo, ni me da vergüenza, revelar intimidades en inglés, como he hecho en algunos libros. Al escribirlas en inglés, muchas veces un idioma distinto de aquél en que las he gozado o padecido, dejan de ser mías, como si la traducción fuese también despojo. El cambio de pronombre —de yo a I— produce un cambio de persona. Además, hay una parte de mí, soterrada mas no cancelada, que no entiende esos libros porque todavía no ha aprendido inglés. (Esa parte vive a la sombra de un flamboyán.)

En español todo queda al descubierto, como si cada frase, ráfaga de luz, iluminara rincones y rendijas que preferiría ocultar. En inglés las arrugas son wrinkles —matices, sutilezas— y es fácil esconderse entre ellas; en español una arruga es sólo un pliegue en la piel, mediodía de la madurez. Disimular wrinkles con arrugas es tapar un dedo con el sol.

Me complace pensar que el español sigue siendo el idioma de mi piel. El idioma del rubor, del pudor; de los ojos, del sonrojo. El idioma en el que todavía soy capaz de avergonzarme.

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No hay exilio interminable, pues solo dura lo que dura una vida. Por lo tanto, alguien por ahí tendrá el récord del exilio de más larga duración, marca que será batida algún día por uno de esos viejitos que deambulan, pena en el alma, por las aceras de Miami. Aunque a lo mejor (y a lo peor) morir en el exilio es seguir viviendo en el exilio, y en tal caso la marca es imbatible. El exilio nos acaba sin acabarse él.

Me informa un demógrafo amigo que en las últimas décadas más de un cuarto de millón de cubanos han muerto lejos de Cuba: un sinfín de exilios sin fin. ¿A qué fin?

Más seguro sería el cálculo del exilio de menos duración. Sin duda uno de los aspirantes a esta distinción haya sido mi tío Miguel, quien juraba que había salido de Cuba como exiliado pero que había llegado a Estados Unidos como inmigrante. Su exilio duró lo que el vuelo entre La Habana y Miami. O hasta menos, porque tal vez Miguel inauguró su exilio al levantar el pie para subir la escalera de abordaje, y al plantarlo en el primer peldaño ya lo había superado. De ser así, el suyo fue un exilio de un paso: tránsito y no trance.

Muy distinta ha sido la suerte de aquellos cubanos —la gran mayoría— que no se resignaron o se decidieron a ser nada más que exiliados: todos esos “refugiados” que llevaron su destierro a cuestas hasta el último suspiro. Entre ellos ha habido de todo: vividores y muertos de hambre, mártires y mataperros, hombres sin nombre y renombradas damas de sociedad. Me duelen todos, porque el exiliado que sobrevive hereda de sus muertos, quiéralo o no, el peso y pesar de tantos destinos incumplidos.

Hace años me parecía que nadie se moría en Miami; ahora no conozco otra ciudad con más muertos, con más muerte, que Miami. Lo que primero fue expectativa después se hizo espera, y a la larga la espera se ha convertido en duelo. La capital del exilio es ahora la necrópolis del exilio. En contra de lo que dicen algunos, Miami no es una ciudad alegre, porque en Miami se vive con la evidencia de un exilio en agonía, con el convencimiento, por inconfesado no menos palpable, de que ninguna peripecia histórica ya nos puede salvar. De ser refugiados sin país hemos pasado a ser exiliados sin refugio.

En defensa de Dios…

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En Atenas llovía desde las doce de la noche pero al medio día era más bien cálido. Protágoras de Abdera llegó temprano al almuerzo como invitado a la mesa del dramaturgo Eurípides. Se quitó las sandalias. Sintió el suelo húmedo a sus pies. Se sirvió un buen vaso de vino y pan fresco con aceite de oliva.  Y se dispuso a modo de sobre mesa a pronunciar su retórica sobre los dioses. Ningún dios podía imponerle su voluntad a los seres humanos, y en cuanto a los dioses olímpicos, quien puede decidir si existían o no. Hay muchos obstáculos a ese conocimiento, incluida la oscuridad del asunto, y la brevedad de la vida humana. Según Protágoras no hay evidencia para pronunciarse sobre la existencia de lo divino, ni en un sentido ni en el otro.  Atenas por entonces estaba dominada por los fundamentalistas de los olimpos.  Protágoras fue condenado a muerte y en su huida se ahogó en las celestes aguas del Mediterráneo. Pero ya la idea estaba en el aire.

El logos de los griegos estaba allá y hoy aquí, los dioses existen o no existen en nuestro logos pues son solo la manifiesta tosquedad de ese logos humano que reproducen o no en nuestros sueños la existencia o no de los fantasmas divinos. Como escribiera el poeta.  Para Esquilo (525-456)  contemporáneo de Protágoras,  Zeus  -quién quiera que pudiera ser-  había enseñado que la experiencia humana era la única verdadera, enseñado a los hombres a pensar, a razonar y significar la experiencia del amor y el dolor.  La poesía había hablado:

Que debemos sufrir, en verdad.  No podemos dormir, y del corazón gotea de nuevo, el dolor del dolor recordado, y, aunque nos resistamos, con él llega también la madurez. De los dioses entronizados en el augusto puente de mando Nos llega el amor que nos imponen con violencia.

Eurípides y Esquilo parecen concluir que el nous de cada uno de nosotros es un dios. Los filósofos de Atenas y sus ciudadanos estaban a punto de llegar a la misma conclusión. La anécdota la cuenta Karen Armstrong en su libro En defensa de Dios,  un análisis controvertido y lucido del significado actual de las religiones en el mundo. Por primera vez en la historia millones de millones de personas no quieren saber nada de Dios. En el pasado los individuos peregrinaran millas para experimentar una realidad sagrada que describían provenía directamente de dios, como experiencia de Brahman, Tao, del Nirvana o cualquier otro avatar de lo divino.  En efecto la religión ha sido una de las características definitorias  -para bien o para mal-   del homo sapiens.

Actualmente  -sin embargo-  los militantes ateos predican el evangelio del descreimiento con el mismo celo de los misioneros cristianos en la edad de la fe oscura  o los nuevos evangelizadores televisivos y encuentran igual una enorme cantidad de una entusiasta audiencia, como la audiencia  proto-capitalista de Lutero hace quinientos años o la de los proto feudalitas calvinistas para diferenciarse de la nueva amenaza germana y romana. La nueva fe siempre se hace más dependiente del Texto, de la forma, del nuevo dogma, de su  sola y pervertida interpretación de las Sagradas Escrituras.  A ello se refiere Protágoras de Abdera en su almuerzo hace dos mil quinientos años en la casa de Eurípides. Los dioses son solo interpretaciones del logos y por lo tanto pueden o no contener la existencia de las divinidades. 

Ahí reside una posible respuesta. Entonces, por qué el dios moderno se ha vuelto increíble, infinitesimal, cuasi inexistente. Cómo ha llegado a suceder esto. A estas interrogantes intenta hacerle frente el libro de Karen Armstrong.

Horizonte y nunca frontera.

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Acaba de morir Tzvetan Todorov el pensador francés de origen búlgaro. Una perdida irreparable para un mundo en confusión. Especialista en cuestiones de memoria histórica se mostró fascinado por la figura del insurgente, a quien dedicó su último ensayo publicado, Insumisos (Galaxia Gutenberg), una galería de retratos de personajes históricos que supieron oponerse al poder, de Boris Pasternak a Edward Snowden, pasando por la étnologa francesa Germaine Tillion, figura de la resistencia contra los nazis, con quien intimó poco antes de su muerte en 2008. Todorov presidía la asociación que lleva su nombre. “Hay formas de comportarse con dignidad moral incluso en circunstancias extremas”, explicó a este periódico el año pasado. Otra de sus pasiones fue la relación entre la pintura y el pensamiento. Analizó la obra de Vermeer, Rembrandt y Goya. Un ensayo todavía inédito sobre esta cuestión, Le triomphe de l’artiste, será publicado en marzo en Francia. Será el testamento de este pensador, profesor en universidades como Columbia, Harvard y Yale, doctor honoris causa por la Universidad de Lieja y premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2008 por representar “el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia”, según el jurado.

La experiencia del exilio durante su juventud le convirtió en un militante infatigable contra los totalitarismos y en un crítico feroz respecto a las atrocidades cometidas en nombre de la utopía revolucionaria, como reflejó en La experiencia totalitaria (2010). Se opuso también la doctrina ultra liberal, que le parecía igual de inhumana, y abogó a menudo por la búsqueda de terceras vías. Durante los setenta apoyó la intervención estadounidense en Vietnam, pero no la segunda guerra de Irak. “El derecho de injerencia es un concepto peligroso, que puede ser utilizado para justificar cualquier agresión, como lo fue el concepto de civilización en tiempos de las guerras coloniales”, escribió en Le Nouvel Observateur en 2004. La única excepción, para Todorov, llegaba en caso de genocidio. “Cuando sucede, hay que hacer todo lo posible para detenerlo”, sostuvo. Todorov estuvo casado entre 1981 y 2014 con la escritora canadiense Nancy Huston, con quien formó una pareja que fue toda una institución de la vida intelectual francesa.

El crecer bajo el cielo del plomo del comunismo hizo que Todorov mantuviese hasta el final una aversión al tutelaje, al paternalismo, a las banderas y los chek points mentales. Pero más aún a esa actitud dañina como un cepo que podría resumirse en una frase dudosa: “Esto es por tu bien”. Contra ese chantaje también braceó sin fatiga el pensador búlgaro. Y contra el nacionalismo. Y contra la venganza histórica. Reivindicó, sobre todo, la memoria porque es necesaria, pero no suficiente. “No me reconozco al 100% en la sociedad en la que vivo. Digamos que me siento algo extranjero. Lo que para un europeo nativo es lógico, en mí se construye desde el conflicto de comparar dos mundos muy distintos y ambos imperfectos”.

Eso era Todorov: horizonte y nunca frontera.

33 Revoluciones…

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En la novela “1984”de George Orwell hay un ejemplar dialogo entre sus protagonistas: Winston y O´Brien. Ese dialogo podría prefigurar un epilogo para el siglo XX o un prólogo para el XXI.Escribe Orwell:

—¿Tienes alguna prueba de que eso esté ocurriendo? ¿O quizás alguna razón de que pudiera ocurrir?

—No. Es lo que creo. Sé que fracasaréis. Hay algo en el universo —no sé lo que es: algún espíritu, algún principio contra lo que no podréis.

—¿Acaso crees en Dios, Winston?

—No.

—Entonces, ¿qué principio es ese que ha de vencernos? —No sé. El espíritu del Hombre.

—¿Y te consideras tú un hombre?

—Sí.

—Si tú eres un hombre, Winston, es que eres el último. Tu especie se ha extinguido; nosotros somos los herederos. ¿Te das cuenta de que estás solo, absolutamente solo? Te encuentras fuera de la historia, no existes. —Cambió de tono y de actitud y dijo con dureza— ¿Te consideras moralmente superior a nosotros por nuestras mentiras y nuestra crueldad?

—Sí, me considero superior.

Yo no poseo ninguna evidencia de que algo esté ocurriendo. Que algo este por ocurrir. Pero el propio autor inglés en su ensayo “Homenaje a Cataluña” propone nuevas evidencias. Pero entre nuestras muchas perplejidades estála la de no escuchar a los que nos dicen o hablan palabras simples al oído. Describe, George,  el momento justo de enlistarse en la guerra civil española:

“En los Cuarteles Lenin de Barcelona, el día antes de ingresar en la milicia, vi a un miliciano italiano de pie frente a la mesa de los oficiales. Algo en su rostro me conmovió profundamente: era el rostro de un hombre capaz de matar y de dar su vida por un amigo”.

Esa clase de instantánea simpatía es la que podrías sentir por Canek Sánchez Guevara, pero en su caso esa devoción la puedes intuir desde un inicio pues Canek es un hombre  incapaz de matar, solo dar la vida por un amigo. El ideario descrito en los diarios de Canek es una respuesta de amor en tiempos de fanáticos. En las primeras páginas de sus Diarios sin motocicletas” podemos descubrir su ideario de vida y amor “cualquier cosa que no me sea impuesta y que yo no pueda imponer a los demás”.

Es lo que narra el visionario dialogo de “1984”. El principio del hombre superior. El espíritu del hombre que ama. El resto es fracaso. Esa fuerza superior fue la que hizo de Canek un rebelde; y, uno verdadero en el sentido de Camus y Emerson. El hombre que dice: no. El joven que en la Escuela Vocacional uso drogas, escuchó rock´n´roll, música de vanguardia, leyó los ensayos de Montaigne y Camus. Que nunca hizo marketing revolucionario con la memoria de su abuelo, jamás comerció con la imagen de una Cuba tercermundista o la perpetua e inacabada revolución de la izquierda pseudo-proletaria.

Canek fue uno de esos revolucionarios que tuvo como única patria la música y la literatura, como posesiones su mochila y un obsoleto ordenador. Ganó dinero como programador, cineasta, informático; fue flauner, vagabundo, escritor. Un errante entre Cuba, España, México, Perú, Panamá, Barcelona, Italia, Nicaragua y Marsella. Media casi dos metros y padecía insomnio. Sentía curiosidad por lo nuevo, leer, conocer y saber. Un hedonista que amaba la vida, la cerveza, el vino, el balbuceo de los bares y los barrios de emigrantes. La vida jamás lo decepcionaba.

No se dejó engañar por ideología alguna, por fanatismos. “Yo siempre he sido un extranjero”. Leer sus libros 33 Revoluciones y Diarios sin motocicletas” es retomar una interrumpida conversación entre amigos con vinos y cervezas. En cualquier esquina del mundo. No le gustaba hablar del Che, ni discutir sobre Cuba. Como su abuelo, Ernesto Guevara de la Serna, su madre Hilda Beatriz Gadea: Canek Sánchez Guevara murió antes de cumplir cuarenta años.

El papa Francisco libera a Angel Lucio Vallejo Balda.

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El papa Francisco ha perdonado al sacerdote español Ángel Lucio Vallejo Balda por la filtración de papeles y documentos secretos e internos de la Santa informó la oficina de prensa de la Santa Sede en un comunicado. Se trata, añade el mensaje, de un “acto de clemencia” de Bergoglio con el sacerdote. La pena “no queda extinguida”, pero podrá “gozar de libertad condicional”.

“Considerando que el reverendo Vallejo Balda ya ha cumplido más de la mitad de su pena —era de 18 meses—, el Santo Padre Francisco le ha concedido el beneficio de la libertad condicional”, informa el Vaticano. Anuncia que “a partir de esta tarde, el sacerdote deja la cárcel y cesará todos los lazos de dependencia laboral con la Santa Sede”. Dependerá a partir de este momento de “la jurisdicción del obispo de Astorga. Vallejo, perteneciente al Opus Dei, fue detenido por la gendarmería del Vaticano,  cuando era secretario de la Prefectura para los Asuntos Económicos. Era una de las personas en las que el Papa había confiado para supervisar las cuentas del Vaticano y racionalizar el gasto, pero terminó protagonizando junto a  la  italiana Francesca Immacolata Chaouqui el nuevo caso Vatileaks, el segundo escándalo de filtraciones de documentos secretos en el Vaticano después de que Paolo Gabrielle, mayordomo de Benedicto XVI, lo traicionara en 2012.

Vallejo fue castigado a 18 meses de prisión por sustraer y filtrar abundante información secreta sobre las finanzas de la Santa Sede. La italiana fue condenada a diez meses de prisión con suspensiónn de la aplicación de la pena. Ambos obtuvieron la documentación como miembros de la COSEA, la Comisión que creó Bergoglio para poner orden en las finanzas vaticanas. Sustrajeron documentos e incluso grabaron conversaciones privadas que mantuvieron con el Papa en Santa Marta y que facilitaron a los periodistas Gianluigi Nuzzi y Emiliano Fittipaldi, que sacaron todo a la luz en los libros Via Crucis y Avarizia, respectivamente. En ellos denunciaron los desmanes financieros del Vaticano y las grandes resistencias internas a las reformas de Bergoglio. Denunciaban fraudes, escándalos financieros y un uso poco ético del dinero y publicaban una relación de las propiedades inmobiliarias del Vaticano. Los autores de los libros también fueron juzgados por divulgación de documentación reservada, pero no fueron condenados porque el tribunal vaticano consideró que existió “defecto jurisdiccional” y defendió el “derecho divino de libertad de pensamiento y de libertad de prensa”.

El Papa se refirió al caso en público, después del Ángelus celebrado el 8 de noviembre de 2015. Ante los fieles de la Plaza de San Pedro, calificó como “deplorable” el robo de “documentos de la Santa Sede que han sido robados y publicados”. Anteriormente, en mayo de 2014, Lucio Vallejo ya protagonizó un escándalo al participar en una polémica comida celebrada en la terraza de la prefectura vaticana de Asuntos Económicos junto a otros religiosos, además de empresarios y periodistas, que no gustó a Francisco por su exceso de lujo.

Deportaciones.

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La noticia de que los cubanos ya no serán acogidos apenas toquen suelo en Estados Unidos, a menos que tengan visado, dio la vuelta al mundo. Sin embargo, el fin de la política “pies secos, pies mojados” decretada por el expresidente Barack Obama es sólo una de las partes del acuerdo bilateral que Washington y La Habana anunciaron el 12 de enero.

La contrapartida de este acurdo es que la isla accederá, después de negarse durante décadas, a recibir bajo ciertas condiciones a los cubanos que Estados Unidos desea expulsar de su territorio. Este punto, que ocupó mucho menos espacio en la cobertura de la prensa mundial, tiene a miles de cubanos “en pánico”, como le explicó a BBC Mundo la abogada Idalis Pérez, que atiende desde hace años casos de migración en Miami, Florida.

La jurista indicó que desde que se conoció del acuerdo anunciado el jueves, su teléfono prácticamente no dejó de sonar por las llamadas y mensajes de cubanos que tienen orden de deportación y temen que ahora sí los devuelvan a la isla.

A continuación te contamos qué se sabe de estas deportaciones.

Los 2.746

En el anuncio mismo del acuerdo entre Cuba y Estados Unidos se adelantó que ya existe una lista de 2.746 personas que pueden ser deportadas en cualquier momento. Se trata de un grupo de cubanos que abandonaron la isla desde el emblemático puerto de Mariel, en La Habana, en octubre de 1980.

Ninguno de esos 2.746 llegó a conseguir la ciudadanía estadounidense y aquellos que permanecen con vida llevan décadas en EE.UU. Cuba ya accedió a recibirlos en el momento en que Estados Unidos disponga ponerlos en un avión rumbo a la isla. Cuba también aceptó permitir la devolución de otros “marielitos”, como se conoce a aquellos que zarparon hace 36 años, que tengan orden de deportación.

Sin embargo, como señaló el secretario del Departamento de Seguridad Nacional, Jeh Johnson, “también existe la posibilidad de que los cubanos acepten migrantes fuera de este grupo, pero después de una revisión caso por caso”.

El limbo de los “deportados”

Las estimaciones de los abogados con los que conversó BBC Mundo y de otros medios de comunicación en Florida señalan que entre 10.000 y 35.000 cubanos tienen orden de deportación en Estados Unidos.

La cifra es difícil de calcular porque hay cubanos que fueron expulsados en la década delos 80, algunos que fallecieron y otros que se mudaron a otros países.

El abogado experto inmigración Carlos Sandoval, basado en Miami, le dijo a BBC Mundo que “se trata de un problema de décadas y estamos hablando de varios miles de personas”.

“Cuando les dieron órdenes de deportación quedaron en el limbo porque Cuba se negaba a recibirlos de vuelta. Se trata de personas que no llegaron a obtener la ciudadanía y perdieron la residencia”, explicó Sandoval. El abogado añadió que la mayoría de ellos cometieron delitos relacionados con el tráfico de drogas, violencia doméstica, disturbios o fraudes.

Este grupo debe presentarse una vez al año en las oficinas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas para poder acceder a un permiso de trabajo y a la licencia de conducir.

La abogada Idalis Pérez explicó que de esta manera EE.UU. los mantiene monitoreados.

Pérez añadió además que actualmente hay cubanos que están detenidos y ya tienen orden de expulsión. Explicó que ellos son en este momento algunos de los más preocupados porque temen que puedan ser los primeros en ser devueltos.

Después del 12 de enero

Hay un elemento más en el acuerdo sobre deportaciones entre Estados Unidos y Cuba.

Si un cubano ingresa ilegalmente a Estados Unidos después del 12 de enero de este año, cuando entró en vigencia la nueva política migratoria, también podrá ser devuelto si Estados Unidos así lo dispone, siempre y cuando no hayan pasado cuatro años entre el momento de su salida de la isla y el inicio del proceso de su deportación.  Las leyes cubanas dicen que si una persona no volvió a la isla después de abandonarla por más de dos años es considerada oficialmente un migrante.

El secretario Johnson afirmó el jueves que Cuba aceptó el plazo de cuatro años durante las negociaciones. Sin embargo, la autoridad estadounidense señaló que buscarán ampliar estos términos.

“Buscamos llegar a un punto plenamente compatible con el derecho internacional bajo el cual Cuba esté de acuerdo en aceptar de vuelta a todos quienes se disponga que sean deportados por nuestro país”, concluyó Johnson.

BBCMundo

Roberto y los maestros…

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Hace muchos años en una época terrible alguien me regaló un pequeño libro de un hasta entonces desconocido chileno. La Habana por aquel entonces estaba llena de chilenos revolucionarios fugitivos como hoy lo está de canadienses obesos y aburridos. El libro del chileno terminó en una de esas lecturas voraces en la que terminas con una enorme interrogante ¿y, ahora qué? El libro apenas lo contenían setenta páginas…de poesía. Su título. Los perros románticos.

El chileno desde entonces me conmovió, su exilio, su tenacidad, su inteligencia, su libertad. Años después con dos de sus versos logré que la madre de una de mis hijas me diera la primera oportunidad, de al menos, escucharme por un par de segundos.

Cae fiebre como nieve

Nieve de ojos verdes.

No puedo dejar de agradecerle, entre muchas, que me haya permitido enamorarla con su (mi) poesía.

Cuando la derrota compasiva nos convenza de lo inútil

Que es seguir luchando, a tus ojos me fiaré.

Gracias a los versos de los perros románticos descubrí que Chile existe más allá de Neruda, de los 20 poemas de amor, de las batallas ideológicas y del inconcluso caudillismo latinoamericano. Me leí cada página que escribió Roberto Bolaños, su lectura  te puede golpear con un mazo austral o elevar como peyote perfumado.

Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.

De eso se trata toda la literatura de Roberto Bolaños, de la enfermedad, de la vida, de los viajes, el sexo y el amor, de los libros. De lo nuevo que siempre está aquí.

En una reciente conversación y almuerzo,  entre platos verganos de ensaladas y sopas frías,  con unos compatriotas ligeramente universitarios, de esos que acaban de descubrir a Bolaños en edición digital y Google mediante, me recordaron de inmediato la estridente dialéctica que existe entre lo nuevo y lo viejo, entre Kafka y Bolaños. Por ejemplo, las diferencias que existen entre aquellos exiliados chilenos y los actuales turistas canadienses que son el pasado y el presente del paisaje humano de una La Habana por siempre tropical. Todo se cierra como un mantra tibetano dentro de una muralla de piedra bordada con hilos de oro, incluso lo nuevo pero sobre todo lo viejo.

Todo es, a final de cuentas, folclore. Somos buenos para pelear y somos malos para la cama. ¿O tal vez era al revés, Maquieira? Ya no me acuerdo.   Roberto dixit.

Tampoco recuerdo muy bien pues soy muy malo para la memoria peor para el olvido. Aunque si, algo aprendí por ahí, de camino en camino sobre la nieve de tus ojos verdes, de leer algunos libros o de los infinitos viajes. Algo aprendi de la vida. Por ello siempre te pregunto a las mañanas si soy bueno en la cama o bueno peleando.

Ahora intento en vano conversar con los descubridores digitales de Roberto Bolaños pero después del segundo plato no son capaces de resistir la tentación de revisar Facebook o enviar un mensaje por correo electrónico. No me dieron la oportunidad de decirles que en la obra de Roberto Bolaños hay inteligencia, valentía y desesperación como lo hay en la vida, las mujeres, los libros y los viajes. Son asombro y no costumbre.

Si pudiéramos crucificar a Borges, lo crucificaríamos. Somos los asesinos tímidos, los asesinos prudentes. Creemos que nuestro cerebro es un mausoleo de mármol, cuando en realidad es una casa hecha con cartones, una chabola perdida entre un descampado y un crepúsculo interminable. Quién ahorraríamos a nosotros mismos para épocas mejores. No sabemos estar sin papá y mamá. Aunque sospechamos que papá y mamá nos hicieron feos y tontos y malos para así engrandecerse aún más ellos mismos ante las generaciones venideras. Pues para papá y mamá el ahorro era interpretado como perdurabilidad y como obra y como panteón de hombres ilustres, mientras que para nosotros el ahorro es éxito, dinero, respetabilidad. Sólo nos interesa el éxito, el dinero, la respetabilidad. Somos la generación de la clase media.

La generación que aspira a ser una nueva clase media en tiempos en que la clase media desaparece desde Suecia a Japón, la generación que Iván Rojas define como los acumuladores primarios y precarios del capital. Y, ya no un capital ficticio o de texto neo marxista si no uno fundamentado en la abolición de la dignidad humana.  Sin darnos cuenta que esas construcciones mentales que te irradian por todos los medios  posibles provienen no de palacios de cristal sino de chabolas de playwood. 

De un crepúsculo interminable…imagino que para pretender conocer y ser maestro de literatura latinoamericana hay que leer primero a Cesar Vallejo o Roberto Bolaños, antes que a García Márquez y sus mil epígonos con zapatos de charol o a Vargas Llosa con sus manías de oráculo de revista del corazón. Imagino primero hay que estudiar el español de mierda que hablan Maduro y Morales, cuyo creador es un escritor chileno que solo vivió cuarenta años.

 

 

 

 

1984…again.

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El Ministerio de la Verdad de Orwell (“Miniverdad” en la neolingua), por ejemplo, no tenía nada que ver con la verdad pero era responsable de la fabricación de hechos históricos. Lo que es realmente aterrador es que el presidente Trump y su gente se niegan a reconocer la naturaleza contradictoria de sus posiciones. Esta no es la primera vez en tiempos recientes que las ventas de “1984” han tenido un aumento.

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Nota del editor: Alexander J. Urbelis es un abogado y autodescrito hacker con más de veinte años de experiencia con información de seguridad. Ha trabajado como asociado en la Oficina del Consejo General de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), como secretario de la Corte de Apelaciones de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y como asociado en las oficinas de Steptoe & Johnson en Nueva York y Washington. También fue asesor de seguridad de Información y jefe de cumplimiento de uno de los conglomerados de lujo más grandes del mundo. Actualmente es socio de Blackstone Law Group y consejero general de una consultora independiente de seguridad en información. Síguelo en Twitter en @aurbelis. Las opiniones expresadas aquí son de su propia responsabilidad.

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Viéndome leer 1984, posiblemente la más grande novela distópica jamás escrita, en la escuela secundaria, mi madre me dijo que era un libro que todos debían leer no sólo una vez, sino otra vez cada diez años. Sin duda merece una relectura ahora mismo.

De hecho, decenas de noticias de esta semana nos han alertado sobre las crecientes ventas de 1984, de George Orwell, desde la posesión y aún más aún como consecuencia de la infame estratagema expuesta por Kellyanne Conway de los “hechos alternativos”. La mayoría de los medios de comunicación han informado con esmero sobre las cifras, y algunos llegan a comparar la lista de best-seller de Amazon (donde las compras de 1984″han subido casi un 10.000 %) con un “barómetro político” antes de hacer el evidente paralelo entre los conceptos orwellianos de la neolingua, el doble pensamiento, las palabras de Conway y las acciones del director de comunicaciones de la Casa Blanca, Sean Spicer.

Sin embargo, sorprendentemente, muy pocos han vaciado todo el paquete de lo que implican los paralelos entre la distopía de Orwell y el gobierno de Trump, ni la importación de las prácticas del nuevo gobierno (hasta ahora) si no se controlan. Como le fue advertido al protagonista de 1984, Winston Smith:

“Siempre, en cada momento, estará allí la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota que se estampa contra una cara humana, para siempre”.

Si las cifras de ventas nos dicen algo, es que tenemos razón al querer un relato más completo de las comparaciones entre la distopía de advertencia más infame de la literatura y el nuevo gobierno estadounidense.

Creo que estamos entrando en territorios más traicioneros que los que incluso contempló Orwell. Ahora tenemos un presidente y un gobierno en el poder que esperan que sus propias versiones de la realidad y los hechos se creen según su propio entender, a la carta, después de los hechos.

Esta no es la primera vez en tiempos recientes que las ventas de 1984 han tenido un aumento. En junio del 2013, Edward Snowden le hizo saber al mundo que las maquinaciones del aparato de vigilancia de Estados Unidos no sólo estaban destinadas al exterior, sino que operaban muy agresivamente en el interior.

Pero esta nueva oleada de popularidad tiene una causa mucho más perniciosa: el asalto lingüístico y la flagrante despreocupación por la verdad y el pensamiento racional por parte de altos funcionarios del gobierno de Trump y del propio presidente.

Actualmente estamos peleando una batalla sobre quién controla la noción misma de lo que es real y lo que es falso. No podemos darnos el lujo de desmenuzar las palabras: el presidente Trump y su personal han usado y seguirán usando mentiras y engaños para crear una falsa percepción de la realidad que se adapte a su agenda política.

Han sostenido diariamente como verdades falsedades insostenibles e indefendibles, y, para los medios de comunicación, se ha convertido en una tarea de tiempo completo señalar las ficciones que propaga este gobierno. Si no persistimos en la lucha por la honestidad, Orwell nos advierte que las mentiras no corregidas serán “traspasadas a la historia y (se convertirán) en la verdad”.

Lo que 1984 nos dice de nosotros mismos:

La obra 1984 es una desafiante historia sobre el estado ficticio de Oceanía. Vive en un estado de guerra continua y aparentemente sin fin y sus instituciones son notoriamente revisionistas y manipuladoras de la percepción pública sin tener en cuenta los hechos históricos o la verdad. La supervisión de la ley y el orden y la protección incluso contra una rebelión menor es la esencia de la abierta y omnipresente vigilancia. Y en el trono, dirigiendo todas las funciones del Estado, está el Gran Hermano, un líder cuyo culto a la personalidad exige la más intensa lealtad personal y política.

Para mí, sin embargo, 1984 ha sido más que una historia cuyo contenido nos previene de la distopía. Los conceptos, los personajes y las lecciones me han guiado personal y profesionalmente en un sentido real. Mis años de adolescencia los pasé como un hacker, frecuentemente yendo hasta Manhattan desde Long Island para asistir a las infames Reuniones 2600, encuentros mensuales subterráneos de hackers neoyorquinos en el lobby del edificio Citigroup.

En el centro de estas reuniones estaba el redactor en jefe del 2600, The Hacker Quarterly, “Emmanuel Goldstein”, cuyo nombre de guerra fue tomado directamente del principal (y probablemente ficticio) enemigo del estado en 1984. Emmanuel y yo tenemos una amistad de casi 25 años, y todavía participo regularmente en su programa de radio y podcast centrado en los hackers, “Off the Hook”, transmitido semanalmente en WBAI en Nueva York. Cuando era adolescente, vi a varios amigos del círculo del 2600 ser llevados a prisión. Sus experiencias consolidaron mi deseo de ser abogado.

En medio de mi primera lectura de 1984, mi madre me sorprendió a mi hermana ya mí con una mascota, un precioso y pequeño perro negro abandonado en el local de un peluquero. Este cachorro era voluntarioso, contundente y parecía estar siempre conspirando contra todos los intentos de ejercer autoridad o dominio sobre él. Él era la encarnación del concepto orwelliano del crimen de pensamiento, el acto criminal de oponerse al partido gobernante. Le puse Winston, como el Winston Smith de 1984.

Winston permaneció firmemente contrario, pero a la vez a mi lado durante 16 años, viéndome ir a la escuela secundaria, la universidad, la facultad de Derecho y luego enfrentándome a la vida real. Cuando Winston murió en el 2011, empecé a trabajar como voluntario en un centro de rescate de perros en Nueva York, el Mighty Mutts, y durante un turno que nunca olvidaré, la beagle más perfecta para la adopción saltó sobre mi regazo y se negó a irse, como si le gritara al mundo que ahora era suyo.

Cuando pregunté por su nombre, no podía creer lo que oía cuando me dijeron que era “Julia”, el mismo nombre de la contraparte de Winston en 1984, su espíritu afín y su proscrito compañera. Adoptamos a Julia inmediatamente, y, hasta que se unió a Winston sobre el puente del arco iris a principios de este año, ella asumió su papel como un recordatorio diario de la sabiduría de 1984 y el lugar muy especial que la novela tiene en mi corazón.

Las lecciones, las advertencias y las predicciones de Orwell en mi vida nunca han sido más reales y más serias de lo que son ahora. Esas lecciones y paralelos merecen una seria consideración.

Mucho se ha escrito acerca de la noticia, el lenguaje ficticio de Oceanía, con su vocabulario deliberadamente limitado y en constante disminución, y cómo sus ataques contra la verdad y la razón son paralelos a las prácticas de administración de Trump. La idea detrás de la neolingua es que, al reducir el vocabulario, también es posible restringir el pensamiento personal y la libertad de expresión.

En el mundo de Orwell, no hay tal cosa como la palabra “malo”, sino que es “ingobernable”. Pero, ¿podría esta verdadera comparación entre la neolingua y la representación hecha por Conway de las mentiras flagrantes de Spicer como “hechos alternativos” estar realmente estimulando tal resurgimiento de interés en 1984? Por supuesto que no. Hay más.

Donald Trump y el doble pensamiento

Desde sus nombramientos en el Gabinete hasta las razones para sus desestabilizantes decretos, el presidente Trump parece haber visto una señal directa de los ministerios ficticios de 1984, cuyos propósitos son diametralmente opuestos a sus nombres.

El Ministerio de la Verdad de Orwell (“Miniverdad” en la neolingua), por ejemplo, no tenía nada que ver con la verdad pero era responsable de la fabricación de hechos históricos. En ese sentido, Trump ha promulgado, en nombre de la seguridad, una prohibición de viaje contra inmigrantes y refugiados de países cuyos ciudadanos no han causado la muerte de ningún estadounidense al terrorismo, dejando por fuera de esta prohibición a países cuyos ciudadanos sí han llevado a cabo actos de terrorismo.

Nos ha puesto en el camino a Betsy DeVos, una candidato a ser secretaria de Educación supuestamente opuesta a la educación pública y que promueve el concepto realmente orwelliano de la “elección de escuela”, un plan que parece bien intencionado pero del que los críticos aseguran que es un drenaje de los muy necesarios fondos de la educación pública hacia la privada.

Andy Pudzer, nominado para dirigir el Departamento del Trabajo, encargado de promover y proteger el bienestar de los asalariados, tiene un pasado complicado con los derechos de los trabajadores y ha elogiado la eficacia de los robots sobre los humanos debido a la incapacidad de los autómatas de tomar vacaciones y presentar quejas por discriminación.

Y no podemos dejar de mencionar que Scott Pruitt, nominado para dirigir la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), que tiene la responsabilidad de proteger la salud y el medio ambiente, como procurador general de Oklahoma dedicó su cargo a luchar contra la EPA, buscó activamente la desregulación de los requisitos en cuanto a la contaminación del aire, y encabezó el ataque contra el Plan de Energía Limpia, el mayor esfuerzo de Barack Obama para reducir el calentamiento global.

Lo que es realmente aterrador es que el presidente Trump y su gente se niegan a reconocer la naturaleza contradictoria de sus posiciones, que es la condición perfectamente descrita en “1984” como “doble pensamiento”.

“Mantener simultáneamente dos opiniones anuladas, sabiendo que son contradictorias y creer en las dos”, es doblepensar. Y lo más relevante: “Contar deliberadamente mentiras mientras se cree genuinamente en ellas, olvidar cualquier hecho que se haya vuelto inconveniente, y luego, cuando sea necesario de nuevo, sacarlo del olvido por el tiempo que sea necesario”, es “doble pensamiento”.

La noción de blanco-negro iba de la mano con el concepto de “doble-pensamiento”: “Una voluntad leal de decir que el negro es blanco cuando la disciplina del partido así lo exige”. Esta noción es, sin embargo, más siniestra, en tanto que “significa también la capacidad de creer que el negro es blanco, saber que el negro es blanco y olvidar que uno ha creído siempre lo contrario”.

Vimos esto de primera mano cuando el presidente Trump se dirigió a los miembros del personal de la CIA. Mientras recordaba sus impresiones mentales sobre la multitud de la posesión, dijo: “Miré hacia fuera, y parecía que había un millón o un millón y medio de personas”. Y no creo que estuviera mintiendo. Creo que el presidente Trump creyó esto porque tenía que creerlo: la revisión de los acontecimientos un día antes de su discurso era necesaria porque era la única manera en que podía afirmar la legitimidad para controlar el momento presente.

Lo peor, sin embargo, no es que Conway y Spicer siguieran tan fácilmente y con gusto sus propios actos inspirados en la noción blanco-negro, sino que creyeran realmente que nosotros, los medios de comunicación y la gente, haríamos a su vez lo mismo.

En un famoso pasaje de 1984, grandes multitudes se reúnen para denunciar el eterno rival de Oceanía, Eurasia. En medio del discurso, un trozo de papel le es pasado al orador y, en medio de la frase, sin pestañear, el locutor cambia el nombre del enemigo al del antiguo aliado de Oceanía, Estasia. Con un simple acto de negro-blanco, el enemigo fue cambiado a amigo, y el amigo a enemigo.

Por qué todos necesitamos leer —y releer— 1984

Vivimos en este estado de flujo en la vida real. Rusia era y es probablemente el rival más feroz de nuestra nación, aunque como candidato, el presidente Trump declaró: “Rusia, si escuchas, espero que puedas encontrar los 30.000 correos electrónicos de Hillary Clinton que faltan”. Elogia a Putin, pero afirma que tal vez no le guste en realidad cuando se reúnan. WikiLeaks publicó datos del Comité Nacional Demócrata supuestamente obtenidos por hackers rusos, pero las elecciones no fueron “manipuladas”.

Un recuento sería “ridículo”, pero el fraude electoral fue incontrolable. Las fuentes confiables de información son “noticias falsas”, y de alguna manera Chelsea Manning, la denunciante más notable de WikiLeaks, es ahora una “traidora ingrata”.

Frente a la condena bipartidista de sus delirantes de fraude electoral, el presidente Trump ha prometido impulsar una “importante investigación” sobre los tramposos ficticios que “le costaron” el voto popular. Con tal giro orwelliano, tal vez pronto aprenderemos que los millones de ,misteriosos votantes evasores se registraron bajo el nombre de “Emmanuel Goldstein”.

En una semana y más que hemos tenido de la presidencia de Trump, los paralelismos con 1984 son más que superficiales, y esto presagia un futuro siniestro para Estados Unidos, sin importar su persuasión política. Nosotros, entre todas las especies, estamos dotados de lenguaje, de pensamiento, de la capacidad de expresar libremente todas las emociones singulares que experimentamos con sinceridad y honestidad. Tenemos hoy lo que Winston y Julia, los personajes de la distopía de Orwell, perdieron y que lucharon tan duro para conquistar y no lograron: la libertad de expresión.

A la vez cautelosos y aprehensivos, ciertos pasajes de 1984 nos recuerdan elocuentemente que nos aferramos a los ideales de verdad e igualdad, porque las verdades simples que nos atan son más fuertes que las mentiras complejas que nos dividen:

“Era curioso pensar que el cielo era el mismo para todo el mundo, en Eurasia o Estasia, así como aquí, y la gente bajo el cielo era también la misma. En todas partes, en todo el mundo, cientos o miles de millones de personas como estas, gente ignorante de la existencia del otro, separada por muros de odio y mentiras, y sin embargo casi exactamente igual, un pueblo que nunca había aprendido a pensar sino que estaba apiñado en sus corazones, vientres y que ejercita el poder que un día derribaría el mundo”.

Antes de que Winston, mi perro, falleciera, le prometí que mi hijo primogénito llevaría su nombre. Amando a ese perro tanto como yo, mi amable esposa me permitió cumplir con esa promesa. El segundo nombre de nuestro hijo es Winston, y como Winston y Julia, que vivieron antes que él, para mí su nombre es simbólico de la lucha constante contra la tiranía y la verdad.

Espero sinceramente que cada copia recién comprada de 1984 se lea, y, como mi madre me dijo, hay que leerlo una y otra vez, porque esa novela nos muestra que lo que está en juego ahora es nada menos que la legitimidad, la confianza y la honestidad de nuestra república.

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El verbo se hace verbo.

agua1*

Un viaje a la revelación, incompleta y única, con el olor de las mañanas de abril en la piel. Estuve en la esquina esperando doscientos once días, nueve horas, y diez minutos. No te voy hablar de los segundos que son los que me definen. Me basta descubrir la nueva vía en el brillo de tus pupilas. Lo nuevo que esconde el arco iris en su viaje de norte a sur. Tu vientre es el misterio que esconde esa difusa línea del horizonte. Una quimera. La misma condición de siempre, la fertilidad, tus manos como nieve en fuego, el Kama Sutra dibujado en tus sabanas, signos de Buda sobre las sombras de las paredes, el ruido, el gesto, la nueva percepción de los sentidos ocultos, tu ritmo allegro templado. Tan cerca de tus ojos, tan cerca de tu corazón. Las campanas de la división han roto los vientos de mis hadas aladas. En un cortejo de mínimas flores silvestres sobre una ladera que se empeña en desafiar a las aves marinas y los halcones celestes. Tus píldoras rosas, tu ergocaína, el ritual de magia blanca en el Bronx, con tus caderas desnudas empapadas de esponjas. El sabor del cannabis verde fluorescente cuando escuchas a Pink Floyd, los pulsos y la corrientes ascendentes vapores de colibríes que danzan con un sonido exótico. Extrañas el árbol de casa. La iglesia blanca sobre ladrillos rojos. Las puertas de Blake -se cierran o se abren-  nunca estoy seguro de nada cuando estas a mi lado, el tiempo se hace cero, las proporciones infinitas, el verbo se hace verbo.

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Soy un prisionero de las arenas movedizas, de las arañas y sus tenues telas de seda, de los astros que en la noche me hacen ser un pobre tonto, de los azares que tejen urdimbres indescifrables, de las antenas que emiten señales invisibles, de los asteriscos que señalan el camino equivocado, de las aspiraciones sin destinos prefigurados. Soy, el otro, una pobre A perdida entre el puente sobre la montaña rusa y el mar pacifico. Perdido en los ojos de una pequeña que habla en siete idiomas con el lenguaje de las flores. Rodeado de un cuarteto de hadas. Solo te puedo decir hola, o quizá adiós, tienes siempre una respuesta ensayada para mí, pero, yo nena, solo soy el otro, el que lee poesía en voz alta entre los sermones de los profetas pedófilos o los discursos aburridos de las putas disfrazadas de asesinas que se mueven en las carrozas de tus desgastados carnavales. Soy el que espera desde hace un millón de años que me beses sobre el puente de las aguas tumultuosas. El que solo te pide, en silencio, un poco de amor.

B10