El verbo se hace verbo.

agua1*

Un viaje a la revelación, incompleta y única, con el olor de las mañanas de abril en la piel. Estuve en la esquina esperando doscientos once días, nueve horas, y diez minutos. No te voy hablar de los segundos que son los que me definen. Me basta descubrir la nueva vía en el brillo de tus pupilas. Lo nuevo que esconde el arco iris en su viaje de norte a sur. Tu vientre es el misterio que esconde esa difusa línea del horizonte. Una quimera. La misma condición de siempre, la fertilidad, tus manos como nieve en fuego, el Kama Sutra dibujado en tus sabanas, signos de Buda sobre las sombras de las paredes, el ruido, el gesto, la nueva percepción de los sentidos ocultos, tu ritmo allegro templado. Tan cerca de tus ojos, tan cerca de tu corazón. Las campanas de la división han roto los vientos de mis hadas aladas. En un cortejo de mínimas flores silvestres sobre una ladera que se empeña en desafiar a las aves marinas y los halcones celestes. Tus píldoras rosas, tu ergocaína, el ritual de magia blanca en el Bronx, con tus caderas desnudas empapadas de esponjas. El sabor del cannabis verde fluorescente cuando escuchas a Pink Floyd, los pulsos y la corrientes ascendentes vapores de colibríes que danzan con un sonido exótico. Extrañas el árbol de casa. La iglesia blanca sobre ladrillos rojos. Las puertas de Blake -se cierran o se abren-  nunca estoy seguro de nada cuando estas a mi lado, el tiempo se hace cero, las proporciones infinitas, el verbo se hace verbo.

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Soy un prisionero de las arenas movedizas, de las arañas y sus tenues telas de seda, de los astros que en la noche me hacen ser un pobre tonto, de los azares que tejen urdimbres indescifrables, de las antenas que emiten señales invisibles, de los asteriscos que señalan el camino equivocado, de las aspiraciones sin destinos prefigurados. Soy, el otro, una pobre A perdida entre el puente sobre la montaña rusa y el mar pacifico. Perdido en los ojos de una pequeña que habla en siete idiomas con el lenguaje de las flores. Rodeado de un cuarteto de hadas. Solo te puedo decir hola, o quizá adiós, tienes siempre una respuesta ensayada para mí, pero, yo nena, solo soy el otro, el que lee poesía en voz alta entre los sermones de los profetas pedófilos o los discursos aburridos de las putas disfrazadas de asesinas que se mueven en las carrozas de tus desgastados carnavales. Soy el que espera desde hace un millón de años que me beses sobre el puente de las aguas tumultuosas. El que solo te pide, en silencio, un poco de amor.

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