“Sodoma: poder y escándalo en el Vaticano”

 

“Sodoma: poder y escándalo en el Vaticano”

En el libro explosivo titulado en español  “Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano” el autor F. Martel describe una subcultura gay en el Vaticano y resalta la hipocresía de obispos y cardenales católicos que en público denuncian la homosexualidad pero en privado llevan dobles vidas.

Aparte del asunto en cuestión, el libro es extraordinario por el acceso que tuvo el autor a la intimidad de la Santa Sede.

Martel explica pasó cuatro años investigando en 30 países, incluyendo semanas viviendo dentro de las paredes del Vaticano. Un amigo del papa Francisco y guardián del Vaticano, que ocasionó el famoso comentario del papa sobre sacerdotes gay, “¿Quién soy yo para juzgar?”, le abrió las puertas, dijo.

En una reciente entrevista en París, Martel dijo que no dijo a sus entrevistados que estaba escribiendo sobre la homosexualidad en el Vaticano. Pero dijo que esto debería de haber sido obvio porque él es homosexual y estaba investigando la intimidad del Vaticano y ha escrito sobre homosexualidad antes.

Comenta que le fue fácil ganarse la confianza de la gente dentro del Vaticano porque lo vieron como homosexual extranjero, que hubiera sido más difícil si hubiera sido periodista italiano o experto en el Vaticano.

“Es aún más difícil si no eres heterosexual. No conoces las señales”, dijo a The Associated Press. “Si eres mujer, peor”. Martel dijo que realizó casi 1.500 entrevistas en persona con 41 cardenales, 52 obispos o monseñores, y 45 embajadores extranjeros y del Vaticano. Muchas de estas fuentes son citadas extensamente, en entrevistas para atribución que dijo fueron grabadas. Martel dijo que le ayudaron 80 investigadores, traductores, contactos y periodistas locales, así como un equipo de 15 abogados. El libro de 555 páginas fue publicado el 21 de febrero simultáneamente en ocho idiomas en 20 países, muchos bajo el título original en francés, “Sodom”. En inglés se titula “In the Closet of the Vatican”.

Martel parece querer promover los esfuerzos de Francisco para reformar el Vaticano al desacreditar a sus mayores críticos y remover el velo de secretismo y escándalo que cubre la homosexualidad al interior de la Iglesia. La doctrina de la Iglesia sostiene que los homosexuales deben de ser tratados con respeto y dignidad, pero que los actos homosexuales son “intrínsecamente trastornos”. Sin emabrgo el autor explica que una inmensa mayoría de los sacerdotes dentro de los muros del Vaticano son homosexuales, muchos de ellos activos sexualmente.

“Francisco sabe que tiene que tomar medidas sobre la postura de la Iglesia, y que solo podrá hacer esto con una batalla implacable en contra de todos los que usan la moral sexual y homofobia para ocultar sus propias hipocresías y dobles vidas”, dice Martel en el libro.

Pero la fecha de publicación del libro, 21 de febrero 2019, coincide con el inicio de la cumbre de líderes de la Iglesia, ‘La protección a los menores en la iglesia’ una iniciativa de Francisco, que intenta limpiar la deteriorada imagen de la Iglesia sobre cómo evitar los abusos sexuales de menores, una crisis que está minando su papado.

Asamblea de Dios

Con la participación de 190 representantes de sus principales estructuras de dirección a escala global, la iglesia católica comienza hoy en Roma un encuentro de cuatro días para reflexionar sobre el abuso a menores en el ámbito eclesiástico. Asisten a la cita asamblea  convocada por el papa Francisco en septiembre último, tras escuchar el parecer del Consejo de Cardenales, los 114 presidentes de conferencias episcopales, de ellos 36 de África, 24 de América, 18 de Asia, 32 de Europa y cuatro de Oceanía y los 14 jefes de las Iglesias Católicas Orientales. Participan además, 15 Ordinarios ajenos a las conferencias episcopales, 22 Superiores Generales, 12 hombres y 10 mujeres, los 10 prefectos de los Departamentos Vaticanos, cuatro miembros de la Curia Romana, cinco integrantes del Consejo de Cardenales y cinco organizadores, moderadores y presentadores.

Francisco, convocó la cumbre tras haberse equivocado desastrosamente en un conocido caso de encubrimiento de abusos sexuales en Chile el año pasado. Al darse cuenta de su error , se comprometió a tomar un nuevo rumbo y está llevando al liderazgo de la institución por el mismo camino.

Responsabilidad, rendición de cuentas y transparencia son los temas centrales de la reunión deseada por el sumo pontífice “como un acto de fuerte responsabilidad pastoral ante un desafío urgente de nuestro tiempo”, tal como expresó al concluir el más reciente rezo dominical del Ángelus en la Plaza de San Pedro. A cada una de las tres primeras jornadas corresponderá un tema específico, abordado por igual número de ponencias, dos en la sesión matutina y una en la vespertina, seguidas por preguntas y respuestas.

El evento incluirá además otros espacios dedicados a la oración, grupos de trabajo, presentación de testimonios, liturgias penitenciales y la celebración eucarística final, cuya homilía estará a cargo del presidente de la Conferencia Australiana de Obispos Católicos, Mark Coleridge. Pais que ha realizado los mayores esfuerzos para enfrentar el abuso a los menores, y cuyo Informe Final  señala a la Iglesia como la de mayor incidencia a nivel mundial por el abuso y encubrimiento del abuso sexual a los menores.

En diálogo con periodistas durante el vuelo de regreso a Roma, tras asistir a la 34 Jornada Mundial de la Juventud en Panamá, el Papa recordó que la idea del encuentro nació en el Consejo de Cardenales, donde “veíamos que algunos obispos no entendían bien o no sabían qué hacer, o hacían una cosa buena y otra equivocada”. Así surgió la necesidad de impartir una ‘catequesis’ sobre este asunto a las conferencias episcopales, “de modo que, primero, se tome conciencia del drama: (que) cosa significa un niño abusado, una niña abusada” y calificó de “terrible”, el “sufrimiento”. En segundo lugar, consideró importante definir los procedimientos para que ‘sepamos qué se debe hacer’, a través de programas que lleguen a todas las conferencias episcopales y se conozca qué deben hacer sus presidentes, los obispos, arzobispos y metropolitas.

De la actuación cómplice o negligente de obispos y otras figuras de la jerarquía eclesiástica se derivó una buena parte de los escándalos por abusos sexuales y de poder que sacudieron a la iglesia católica en los últimos años en Irlanda, Estados Unidos , Australia , Reino Unido, España, México y Chile , entre otros. El caso más reciente fue el del excardenal y arzobispo emérito de Washington D.C., Theodore McCarrick, expulsado del clero por la Congregación para la Doctrina de la Fe, debido a los abusos contra menores cometidos durante su vida sacerdotal de seis décadas. Consciente de la complejidad y resiliencia del fenómeno, el sucesor de Pedro alertó sobre las ‘expectativas un poco infladas’ respecto a la conferencia, convencido de que, a pesar de todo, “el problema de los abusos continuará”, porque “es un problema humano, pero humano en todas partes”, exclamó

El problema no solo es el abuso a los menores, es la punta del “ibcerberg”, recientemente igual el papa ha reconocido el grave asunto de las violaciones y el abuso sexual a mujeres por parte de sacerdotes dentro de los mismos claustros religiosos, el abuso de poder contra monjas, seminaristas y diáconos, sacerdotes que mantienen una vida doble al violentar del voto del celibato al mantener relaciones “normales” de familias: con mujeres e hijos, o incluso familias de tipo homoparentales.

El libro, “Sodoma: poder y escándalo en el Vaticano”, no es sobre abusos, pero la fecha del lanzamiento podría atizar la narrativa – aceptada por conservadores y rechazada por la comunidad gay – de que el escándalo de los abusos ha sido causado por homosexuales en el sacerdocio. El Vaticano no respondió de inmediato a un mensaje en busca de comentarios sobre la veracidad de los datos expuestos en el libro.

Lo que si han hecho en vísperas de la asamblea vaticana es el pronunciamiento y el reconocimiento de instituciones religiosas católicas todo el mundo del asunto, al se disculparse el pasado martes 19 de febrero por no responder cuando sus sacerdotes violaron a niños, reconociendo que sus comunidades los cegaron a los abusos sexuales y generaron lealtades, negaciones y encubrimientos fuera de lugar.

Dos organizaciones que representan a las órdenes religiosas masculinas y femeninas del mundo emitieron una declaración conjunta, en vísperas de la cumbre del papa Francisco sobre la prevención del abuso sexual, donde se comprometieron a implementar medidas contra superiores que encubran denuncias de abuso y para que los niños estén a salvo.

Con unas pocas excepciones, las órdenes religiosas han volado en gran medida bajo el radar en el escándalo de abusos durante décadas, ya que se ha centrado en cómo los obispos diocesanos protegían a sus sacerdotes. Sin embargo, congregaciones como los jesuitas (la del actual Santo Padre) los salesianos y los “hermanos cristianos” tienen algunos de los peores registros. Muchas de las órdenes trasladaron a curas abusadores de un cargo a otro y aun así los padres tenían acceso a menores de edad, pues muchas órdenes se dedican a regentar escuelas, orfanatos, u hospitales.

La Unión General de Superiores representa a los religiosos hombres, en total aproximadamente unos 133.000 alrededor del mundo. La Unión Internacional General de Superioras representa a unas 500.000 hermanas. En el comunicado, las asociaciones lamentan haber decepcionado a los niños a quienes debían proteger, y atribuyeron su ceguera al “fuerte espíritu de familia” que domina sus filas. Reconocer que es en el propio seno de las “familias” donde se producen los mayores índices de abusos sexuales a niños, mujeres, o violencia domestica.

“Ello llevó a una lealtad desacertada, errores de juicio, tardanza en responder, negación y a veces al encubrimiento”, reconocen las citadas agrupaciones en el comunicado. Añade: “Todavía queremos la conversión y queremos cambiar. Queremos actuar con humildad. Queremos descubrir nuestras fallas. Queremos identificar todo abuso de poder”.

El comunicado lamenta también las revelaciones recientes de que curas y obispos abusaron sexualmente de seminaristas y monjas, un abuso que ha quedado en gran parte impune debido a que las víctimas eran adultos. Aunque admiten que el cónclave papal se centrará en el abuso de menores, las agrupaciones prometen responder a la crisis. “Este es un asunto de urgencia grave y asombrosa”, expresaron. Un asunto de competencias criminales, mas allá de los debates y las luchas internas por el poder dentro de la Iglesia Católica

Que dicen las victimas.

Los sobrevivientes de abusos acudieron en masa a Roma para exigir responsabilidades y transparencia a los líderes eclesiásticos, añadiendo que el tiempo del encubrimiento terminó. Phil Saviano, quien ayudó a destapar el escándalo en Estados Unidos hace dos décadas, exigió al Vaticano que publique los nombres y expedientes de los agresores. “Háganlo para romper el código de silencio”, dijo al comité organizador en la víspera de la cumbre. “Háganlo por respeto a las víctimas de esos hombres, y háganlo para evitar que (…) abusen de más niños”.

El Vaticano no espera ningún “milagro” ni tan siquiera una declaración final tras la cumbre, y el propio pontífice intentó rebajar las expectativas. Los milagros no suelen ocurrir en estas esferas que involucra la psicología y las patologías humanas, pero sobre todo el aspecto criminal de encubrir y proteger a “sus criminales” ya sean pedófilos o mafiosos.

Pero los organizadores señalaron que el encuentro supone un punto de inflexión en la forma en la que la Iglesia católica ha abordado el problema, con el reconocimiento de Francisco de sus errores en la gestión del caso de Chile como punto de partida. “Nuestra falta de respuesta al sufrimiento de las víctimas, sí, hasta el punto de rechazarlas y cubrir el escándalo para proteger a los autores y a la institución, ha hecho daño a nuestra gente”, señaló Tagle en su discurso. El resultado, agregó, provocó una “profunda herida en nuestra relación con aquellos a quienes estamos destinados a servir”. Heridas que se auto infligió la propia Iglesia, como madre protectora de sus propios “hijos en el bautizo” y tan alejadas de las predicas de Cristo de amor y compasión por el prójimo, y los mas desvalidos, los niños, los enfermos, los ancianos, las mujeres.

Antes del arranque de la cumbre vaticana, por ejemplo  activistas en Polonia derribaron la estatua de un sacerdote ante las crecientes denuncias de que habría abusado de menores. La asamblea de Francisco señalan observadores es una señal para que muchos católicos no (pre)sientan esa terrible sensación de “derrumbe” moral y ético.

En especial para un papa.

 

 

Las noticias vaticanas finalizaron el 2018 con la cesantía de dos de los principales personajes de la cúpula mediática en la Santa Sede, no es de extrañar entonces que después de un mensaje de salutación a la Revolución Cubana la noticia desapareciera del sitio oficial de noticias de la iglesia romana. Toda creencia institucionalizada es propensa a estos actos de desapariciones y apariciones mágicas.

Mis amigos y conocidos más bien responden a la iconografía de Francisco (el papa, no el dictador Franco) a las imágenes vívidas de humildad y amor cristiano que ha creado, desde el lavatorio de pies de prisioneros hasta el abrazo de los desfigurados, pasando por los niños pequeños que caminan hacia él en eventos públicos. Como Asís, este papa tiene un gran don para realizar gestos que ofrecen una imitación pública de Cristo; y la respuesta de muchos observadores -por lo demás indiferentes- es una señal de cuán atractivo podría ser el catolicismo si encontrara una manera de deshacer los nudos que el mundo postmoderno ha atado alrededor de su mensaje. Ser crítico de estos hombres, por lo tanto, es como adoptar una postura similar a la de George Orwell, quien inició un ensayo sobre Mahatma Gandhi con el aforismo: “A los santos siempre se les debe considerar culpables hasta demostrar su inocencia”.

Aquí tenemos la primera y la última diferencia

Los críticos más serios del papa no son escépticos o ateos como el escritor inglés, sus mayores críticos son católicos devotos, para quienes las críticas a un pontífice son como la crítica de un hijo hacia su padre, o viceversa. Son los propios críticos católicos los que no menosprecian la importancia del argentino, no ya como un cambio revolucionario en la milenaria iglesia, sino como un hombre que desea solo abrir un par de ventanas y una puerta hacia las sociedades secularizadas del siglo XXI. Asumen así el riesgo de enfrentar con críticas a Francisco, un riesgo similar a la amplitud de las ambiciones y propósitos históricos del papa rio-platense.

Escribe un periodista que “esas ambiciones y propósitos no son las razones por las que fue elegido. Los cardenales que escogieron a Jorge Bergoglio lo veían como un extranjero austero”. Y, Bergoglio es sin dudas un hombre sencillo y austero. Pero además tiene una agenda propia, más política, menos teológica. Y eso asusta el statu quo de la burocracia vaticana.

Esa agenda ya ha provocado cuasi una guerra civil” en el Vaticano de acuerdo al diario New York Time. Amenazas, cartas acusatorias, perjurio, despidos, purgas, poderes que se ganan con favores y regaños, premios y castigos. Los grandes planes de reorganización se han hecho a un lado; muchos príncipes eclesiásticos tienen más poder con Francisco, e incluso los admiradores cercanos al papa bromean sobre la actitud de “el próximo año, el próximo año…” presente en todas las discusiones sobre las lentas reformas.

El tema del abuso sexual ha marcado a Francisco, su credibilidad y su posibilidad de retomar la senda de las pospuestas y prometidas “reformas” (al estilo de la “glasnost” (trasparencia) soviética). Pero la trasparencia en los reinos teocráticos suele ser la antesala de la desintegración. Gorbachov dixit. Su respuesta al escándalo de Chile, silenciosa y de franca complicidad con la jerarquía local al inicio, para después dar un giro de ciento ochenta grados y solicitar en pleno la renuncia de todo el obispado chileno, señala que esa conducta dialéctica y dubitativa ahora parece en riesgo debido a su propia parcialidad y la corrupción y el abuso de poder entre sus cercanos.

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2018 ha sido particularmente desagradable: durante una visita a Chile, Francisco se la pasó defendiendo vehementemente a un obispo acusado de encubrir el abuso sexual. Uno de sus principales consejeros, el cardenal hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga, está acusado de proteger a un obispo que se dice que abusaba de seminaristas, y el mismo Rodríguez enfrenta acusaciones de deshonestidad financiera.

El papa como un “gran reformador”, para usar el título de la biografía de 2014 escrita por la periodista inglesa Austen Ivereigh, realmente no puede fundamentarse en la limpieza del Vaticano. Estructuras e instituciones demasiado maquiavélicas, teocráticas y paralizadas por el “furor teológico” que estigmatizan la libertad (humana). Demasiada corrupción imperial.

En cambio, las energías reformistas de Francisco se han dirigido a otra parte, hacia dos dramáticas treguas que darían una forma radicalmente nueva a la relación de la Iglesia con los poderes terrenales.

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En primer lugar, se trata de la guerra cultural que cualquiera en Occidente conoce muy bien: el conflicto entre las enseñanzas morales de la Iglesia y la forma en que vivimos hoy en día, la lucha sobre si la ética sexual del Nuevo Testamento debe revisarse o abandonarse frente a las realidades posteriores a la revolución secular, social y sexual, tecnológica y digital. Si observamos “lo que no se dice”, (como bien conocía José Martí, suele suceder que en política lo real es “lo invisible”) el plan papal de una tregua es ingenioso o engañoso, dependiendo del punto de vista de cada uno. En lugar de cambiar formalmente las enseñanzas de la Iglesia en cuanto al divorcio y las nuevas nupcias, el matrimonio entre personas del mismo sexo o la eutanasia -cambios oficialmente imposibles, pues están más allá de la autoridad de su cargo-, el Vaticano y la Santa Sede de Francisco está emprendiendo una acción doble.

En primer lugar, se está marcando una diferencia entre la doctrina y la práctica pastoral que señala que el mero cambio “pastoral” puede dejar intactas a las verdades “doctrinales”. Así que un católico que se volvió a casar podría comulgar sin necesidad de que su primera unión se declare nula; un católico que planeara su suicidio asistido podría, a pesar de ello, recibir la extremaunción, y quizá algún día un católico homosexual podría lograr que se bendijera su unión con otra persona del mismo sexo, y al mismo tiempo se supone que nada de esto alteraría la enseñanza católica de que el matrimonio es indisoluble, el suicidio un pecado mortal y el casamiento entre personas del mismo sexo una imposibilidad, siempre y cuando se traten como excepciones y no reglas.

En segundo lugar, ha permitido una descentralización táctica de la autoridad doctrinaria, en la que distintos países y diócesis pueden abordar de diferentes maneras las cuestiones polémicas. Así, en Alemania, donde la Iglesia es rica, aséptica y mitad secularizada, la era de Francisco le ha dado autorización para proceder con varias acciones liberales, desde dar la comunión a los casados por segunda vez hasta la intercomunión con los protestantes, mientras que del otro lado del río Óder, en Polonia, los obispos están actuando como si el gobernante en Roma fuera Juan Pablo II.

Desde otras latitudes el enfoque de la Iglesia en cuanto al suicidio asistido es el tradicional si uno escucha a los obispos del oeste de Canadá, pero flexible y complaciente si se presta atención a los obispos de las Provincias Marítimas de Canadá. En Estados Unidos, los obispos designados por Francisco en Chicago y San Diego llevan la batuta en la promoción de un “nuevo paradigma” sobre el sexo y el matrimonio, mientras que los arzobispos más conservadores desde Filadelfia hasta Portland, Oregón, siguen apegados al anterior. Y así sucesivamente. Incluyendo Cuba con las agrias diputas entre arzobispos y sacerdotes en contra de las “uniones de hecho” para las parejas de un mismo sexo.

Estas divisiones geográficas son anteriores a Francisco, pero a diferencia de sus predecesores, él les ha dado su bendición, las ha alentado y ha permitido a los futuros liberalizadores llevar sus ambiciones más lejos. En la práctica, está experimentando con un modelo mucho más anglicano respecto a las operaciones de la Iglesia católica, en el que las enseñanzas tradicionales están disponibles para su uso, pero no son necesarias, y distintas diócesis y diferentes países podrían poco a poco alejarse entre sí en términos de teología u otros aspectos burocráticos y administrativos.

Una especie de perestroika franciscana, asistida por burócratas afines al pensamiento humanista de Asís y cercana al actual Francisco, quien observó como algunos de sus jesuitas mas cercanos a la teología de la liberación ofrendaron sus vidas por su compromiso con los más pobres y la libertad ante el fascismo de la junta militar argentina. Creo que, a la altura de 2019, este experimento es el esfuerzo más importante de su pontificado. Silencio a sus críticos doctrinarios y tradicionalistas y una política de “glasnost” en las diócesis nacionales o geográficas.

No resulta extraño que los medios y el ámbito periodístico desee romper este silencio, lo cual es visto como una debilidad por muchos observadores entre ellos el periodista, sociólogo y escritor Frédéric Martel. No resulta tampoco extraño que sus publicitas seleccionaran la fecha del inicio de la asamblea convocada por Francisco -para intentar poner freno a los abusos de menores en la Iglesia-  para publicar su devastador libro: “Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano”. (Por cierto, existe un instructivo capítulo de “Sodoma…” dedicado a la Iglesia Cubana, prometo una entrada cuando termine de leerlo).

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En segundo lugar, a finales del 2018 Francisco añadió otro capítulo a su estrategia-cambio-reforma, cuando buscó una tregua, no con toda una cultura, sino con un régimen: el poderoso Partido Comunista de China. Francisco quiere un trato con Pekín que reconciliaría a la Iglesia católica clandestina, fiel a Roma, con la Iglesia católica “patriota”, dominada por el Partido. Si el acuerdo de Francisco funciona esa reconciliación requerirá que la Iglesia ceda explícitamente parte de su autoridad para nombrar obispos al Buró Político de Pekín: una lucha y concesión ya (re)conocida desde los embrollos medievales entre Iglesia y Estado.

No obstante, las dos treguas en esencia son similares y posen los mismos objetivos, ambas acelerarían la transformación del catolicismo a una confederación de Iglesias nacionales: liberales y de alguna manera protestantes en el norte de Europa, conservadoras en el África subsahariana y supervisada por un partido marxista-maoísta en China. Son similares en cuanto que ambas abordan las inquietudes de muchos católicos devotos (creyentes conservadores en Occidente, feligreses clandestinos en China) como obstáculos para la gran estrategia del papa.

También son similares en que ambas han despertado el espectro de un cisma, al enfrentar a unos cardenales con otros y a veces contra el papa mismo. Ambas ponen mucho en riesgo: en un caso, la uniformidad de la doctrina católica y su fidelidad a Cristo; en el otro, la claridad de la observancia católica a la dignidad humana, con tal de reconciliar a la Iglesia con los poderes terrenales.

Además, están tomando este riesgo en un momento en que ni el neo-maoísmo chino ni el liberalismo occidental parecen exactamente modelos confiables y resilientes para el futuro humano, pues el primero se desliza de regreso hacia el totalitarismo; el último se muestra ansioso, decadente y asolado por las revueltas populistas de derecha e izquierda, miremos en el continente a Brasil y Venezuela, o la propia nación del papa. O la gran república del Norte azotada por un demagogo mezcla de Mussolini y Kérenski.

Eso significa que, si estas dos apuestas salen mal, el legado de Francisco se juzgará duramente, a pesar de su carisma y su efecto mediático en los observadores seculares y todos los otros amantes del “efecto Francisco”.

Los riesgos de la apuesta china ya se están viendo en el discurso extraño y adulador que los aliados y súbditos de Francisco han usado hacia el régimen chino, y su disposición a asegurarle a Pekín que a diferencia de, por ejemplo, los evangélicos estadounidenses, Roma jamás daría el amenazante paso de mezclar la Religión con la Política (China).

Si las tendencias actuales continúan, China podría tener una de las poblaciones cristianas más grandes para finales del siglo XXI, y en la segunda potencia económica y militar del planeta, y esas personas hoy son en gran medida evangélicas; de hecho, el deseo del Vaticano de llegar a un acuerdo con Pekín está influido que el catolicismo chino hoy dividido y fraccionado está siendo objeto de una competencia brutal por las facciones protestantes, mostrada por cientos de miles de conversos a esas otras denominaciones de origen cristiano.

Pero si ese acuerdo vincula de manera permanente a la Iglesia romana con un régimen político condenado por la Historia, Francisco habrá cedido tanto la autoridad moral ganada por las generaciones perseguidas; como el futuro de la comunidad católica china a esas otras iglesias cristianas, sobre todo a los evangélicos, que tienen una menor disposición a adular y dialogar con sus perseguidores. El legado del papa a sus seguidores se vería entonces muy similar a aquellas adorables viñetas del sátiro italiano: “Contraorden, compañeros”.

La apuesta por un enfoque anglicano de la fe y la moralidad es aún más riesgosa, como podrían demostrarlo los mismos cismas del anglicanismo. El “nuevo paradigma” del papa ha distendido la amenaza inmediata de un cisma al mantener una cuidadosa ambigüedad siempre que se le desafía. Sin embargo, asegurará que las facciones de la Iglesia, ya polarizadas y en pleito, se separen cada vez más. Implica una ruptura (o, si se está a favor, un avance) en la comprensión de la Iglesia sobre la manera en que sus enseñanzas pueden o no cambiar, una con un efecto inmediato menos drástico que las reformas del Concilio Vaticano II, pero finalmente con un mayor alcance en lo que implican para el futuro del catolicismo. El círculo cercano de Francisco está convencido de que esa revolución es lo que quiere el Espíritu Santo, mas allá de intentos similares de Juan Pablo II y Benedicto XVI para mantener la continuidad entre la Iglesia antes y después del Concilio Vaticano II, que finalmente terminaron por ahogar esa renovación.

Tienen razón aquellos que plantean que el paradigma de Juan Pablo II estaba plagado de errores y tensiones; la facilidad con la que Francisco ha reabierto debates que los conservadores consideraban cerrados es una prueba de ello. No obstante, este papa no solo ha expuesto las tensiones, sino que las ha agrandado, alentando ambiciones arrasadoras entre sus aliados y empujando a los desilusionados conservadores hacia el tradicionalismo o la disidencia Al igual que ciertos papas medievales imprudentes, Francisco ha llevado la autoridad papal hasta sus límites: menos teológicos esta vez, pero cuasi temporales y por ello mucho más peligrosos.

Las treguas son poco satisfactorias, la inestabilidad es emocionante y es posible que valga la pena iniciar guerras civiles teológicas. Piensan los teólogos más liberales.
Además, no hay ninguna señal de que la liberalización de Francisco esté logrando que los católicos no practicantes regresen a las bancas de las iglesias. Desde Alemania hasta Australia, pasando por su oriunda América Latina, el declive institucional de la Iglesia ha continuado. En muchas pequeñas naciones centroamericanas el catolicismo ya es minoritaria ante el empuje y la influencia de las variadas sectas protestantes que como barbaros llegan desde el Norte con millones de biblias y dólares.

Mantener un catolicismo ‘mientras tanto’, como lo hicieron sus predecesores inmediatos, no es un logro que pueda desestimarse a la ligera. Por su parte, acelerar la división cuando el cargo ocupado tiene la misión de mantener la unidad y la continuidad es un asunto serio, en especial en un momento en que es tan desconcertantemente difícil vislumbrar o predecir la evolución o eclosión final.

Mis amigos católicos –que son igual los de Francisco- siempre atemperan mi presunción, reconociendo la posibilidad de que estemos confundidos o al asumir que algo se nos está escapando y la historia termine por demostrar que fue un papa Visionario, cuasi Heroico. Sin embargo, escoger un camino que pueda tener solo dos destinos —Héroe o Hereje— también es un acto de presunción, un auto de fe, incluso para un papa. En especial para un papa.