100 de Gloria Fuentes.

La tarde que conocí a Gloria Fuentes fue una de esas tardes intrascendentes, sol en las calles del barrio de la Moncloa, un par de parejas que despreocupadas se besaban en la esquina del Café, una niña lloraba por alguna causa desconocida, una inmensa nube con forma de martillo de nieve intentaba golpear a otra con forma de una rosa gigante… como pompas de jabón, una fachada rosada junto a otra verde.

El vino se degustaba más dulce que de costumbre.

El misterio de las mujeres y la poesía.

Gloria tiene el oficio más duro y sagrado de todos, escribir poesía, y libros para los niños. Cuando la conocí tenía esa edad en la que el tiempo desaparece para dar paso a la eternidad. Quería uno de los libros de Gloria Fuertes para mí con el pretexto que eran para mis nenas. A veces me da vergüenza reconocer a los desconocidos que no he dejado de ser un niño en un cuerpo de adulto.  

 Dediqué mi libro
 Dediqué mi libro a una niña de un año,
 y le gustó tanto,
 que se lo comió.

Este año se conmemora el centenario de su nacimiento. Entrañable y maravillosa Gloria Fuertes, suerte que tienen los mortales en una tarde cualquiera cuando nos regalamos el espectáculo de la implacble persecución de una nube con forma de martillo golpeando a otra con formas de rosas de vainilla.

Felicidades Gloria, te queremos…

*

Nací para poeta o para muerto…

Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
—supervivo de todos los naufragios—,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.

Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
—hacer reír a los clientes desahuciados—,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.

Nací para nada o soldado,
y escogí lo difícil
—no ser apenas nada en el tablado—,
y sigo entre fusiles y pistolas
sin mancharme las manos.

*

A veces quiero preguntarte cosas…

A veces quiero preguntarte cosas,
y me intimidas tú con la mirada,
y retorno al silencio contagiada
del tímido perfume de tus rosas.

A veces quise no soñar contigo,
y cuanto más quería más soñaba,
por tus versos que yo saboreaba,
tú el rico de poemas, yo el mendigo.

Pero yo no adivino lo que invento,
y nunca inventaré lo que adivino
del nombre esclavo de mi pensamiento.

Adivino que no soy tu contento,
que a veces me recuerdas, imagino,
y al írtelo a decir mi voz no siento.