En defensa de Dios…

sin dios

 

En Atenas llovía desde las doce de la noche pero al medio día era más bien cálido. Protágoras de Abdera llegó temprano al almuerzo como invitado a la mesa del dramaturgo Eurípides. Se quitó las sandalias. Sintió el suelo húmedo a sus pies. Se sirvió un buen vaso de vino y pan fresco con aceite de oliva.  Y se dispuso a modo de sobre mesa a pronunciar su retórica sobre los dioses. Ningún dios podía imponerle su voluntad a los seres humanos, y en cuanto a los dioses olímpicos, quien puede decidir si existían o no. Hay muchos obstáculos a ese conocimiento, incluida la oscuridad del asunto, y la brevedad de la vida humana. Según Protágoras no hay evidencia para pronunciarse sobre la existencia de lo divino, ni en un sentido ni en el otro.  Atenas por entonces estaba dominada por los fundamentalistas de los olimpos.  Protágoras fue condenado a muerte y en su huida se ahogó en las celestes aguas del Mediterráneo. Pero ya la idea estaba en el aire.

El logos de los griegos estaba allá y hoy aquí, los dioses existen o no existen en nuestro logos pues son solo la manifiesta tosquedad de ese logos humano que reproducen o no en nuestros sueños la existencia o no de los fantasmas divinos. Como escribiera el poeta.  Para Esquilo (525-456)  contemporáneo de Protágoras,  Zeus  -quién quiera que pudiera ser-  había enseñado que la experiencia humana era la única verdadera, enseñado a los hombres a pensar, a razonar y significar la experiencia del amor y el dolor.  La poesía había hablado:

Que debemos sufrir, en verdad.  No podemos dormir, y del corazón gotea de nuevo, el dolor del dolor recordado, y, aunque nos resistamos, con él llega también la madurez. De los dioses entronizados en el augusto puente de mando Nos llega el amor que nos imponen con violencia.

Eurípides y Esquilo parecen concluir que el nous de cada uno de nosotros es un dios. Los filósofos de Atenas y sus ciudadanos estaban a punto de llegar a la misma conclusión. La anécdota la cuenta Karen Armstrong en su libro En defensa de Dios,  un análisis controvertido y lucido del significado actual de las religiones en el mundo. Por primera vez en la historia millones de millones de personas no quieren saber nada de Dios. En el pasado los individuos peregrinaran millas para experimentar una realidad sagrada que describían provenía directamente de dios, como experiencia de Brahman, Tao, del Nirvana o cualquier otro avatar de lo divino.  En efecto la religión ha sido una de las características definitorias  -para bien o para mal-   del homo sapiens.

Actualmente  -sin embargo-  los militantes ateos predican el evangelio del descreimiento con el mismo celo de los misioneros cristianos en la edad de la fe oscura  o los nuevos evangelizadores televisivos y encuentran igual una enorme cantidad de una entusiasta audiencia, como la audiencia  proto-capitalista de Lutero hace quinientos años o la de los proto feudalitas calvinistas para diferenciarse de la nueva amenaza germana y romana. La nueva fe siempre se hace más dependiente del Texto, de la forma, del nuevo dogma, de su  sola y pervertida interpretación de las Sagradas Escrituras.  A ello se refiere Protágoras de Abdera en su almuerzo hace dos mil quinientos años en la casa de Eurípides. Los dioses son solo interpretaciones del logos y por lo tanto pueden o no contener la existencia de las divinidades. 

Ahí reside una posible respuesta. Entonces, por qué el dios moderno se ha vuelto increíble, infinitesimal, cuasi inexistente. Cómo ha llegado a suceder esto. A estas interrogantes intenta hacerle frente el libro de Karen Armstrong.