La cáscara de nuez.

 

Existen laberintos por los que da gusto perderse. El que viene construyendo McEwan con conflictos morales convertidos en frondosos setos es uno de ellos. La cáscara de nuez que mencionó Shakespeare en Hamlet es el útero materno desde el que un feto se siente en efecto rey del espacio infinito de la conciencia desde el que ejerce de narrador de esta historia sombría de adulterio y falsedad en la que con frecuencia luce el sol del humor y de los guiños con los que McEwan ilumina sus extraordinarias marañas éticas.

Como en Hamlet, Claudio asesina a su hermano, padre del protagonista; el feto narrador de Sterne asoma la cabeza, y a lo mejor también el de Marsé en Rabos de lagartija; “manuscritos apilados, lápices afilados, dos ceniceros llenos, una botella de whisky, aspirinas sobre un pañuelo de papel” parodian el escritorio de un editor. Ese feto que se ovilla en la u de Nutshell en la cubierta de la edición original de Jonathan Cape, un hijo no deseado que lee a Joyce y puntúa como Robert Parker la calidad de los vinos, descubre el adulterio de su desapegada madre Trudy (el lector advertirá que en una página se ha convertido en lolita embarazada), describe al pusilánime de su padre John y repudia la banalidad de su tío Claude (cuyas estúpidas frases concluyen con la conjunción “pero”), a quienes enjuicia con la misma vehemencia con la que denuncia la suciedad de nuestra sociedad sin escrúpulos.

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