4Estaciones en La Habana.

¿Qué coño está pasando?”

Leonardo Padura no necesita presentación. Es el más popular escritor vivo cubano.

Además de Premio Nacional de Literatura es igual aclamado por la crítica que por sus lectores. “La novela de mi vida” es un tríptico temporal que transcurre entre los siglos de XIX, la Primera República y la Revolución con la figura del poeta Heredia como excusa para narrar nuestra historia nacional, el peremne díptico entre revolución y contrarrevolución, héroes y herejes, amor y odio.

La narrativa de Padura es de lo mejor que se ha escrito en Cuba en las últimas tres décadas.  “El hombre que amaba los perros” es su personal enfrentamiento con la Historia, adquirir el libro en Cuba fue una aventura entre lo policial y lo surrealista.

La tetralogía “Cuatro estaciones”: Pasado perfecto 1991, Vientos de cuaresma 1994, Máscaras 1997 y Paisaje de otoño 1998 funcionana como las “Cuatro Estaciones” de Vivaldi;  el sonido de la década decadente, la más difícil de la historia contemporánea de Cuba.

El eufemismo de aquello del “periodo especial en tiempos de paz” recorre sus personajes y tramas. El desplome de las estructuras internacionales y nacionales que sostenían el socialismo real, al estilo desde Moscú a La Habana o desde Praga a Berlín  es la subtrama de las cuatro estaciones. Nuestro fin del siglo XX. Una época, una ciudad y sus gentes entre 1991 y 1998. Cuyos ecos aún son el perpetuo presente. Como bien lo saben Mario Conde o Leonardo Padura.

Ahora nos llegan las “cuatro estaciones” en formato de serie para la televisión en factura trasnacional de la mano de NETFLIX, con el propio Leonardo Padura y su esposa Lucía López Coll como guionistas, un elenco mayoritariamente cubano, un director navarro Félix Viscarret. 

Padura utiliza el género policial como pretexto para profundizar en los problemas y contradicciones de la realidad cubana”, dice el actor protagonista de la serie Jorge Perugorría. Sus novelas son un viaje a La Habana de los años noventa, un lugar diferente que vive anclado en otra época. “En La Habana las cosas cambian a un ritmo diferente o en una dirección no siempre en paralelo con otras ciudades occidentales”, explica el director Félix Viscarret.

“La vida en La Habana es como estar en otro planeta con otras leyes de la física”.

La serie funciona como un “nor-caribeño”. Una serie más de policías que investigan crímenes, con su contexto histórico, paisaje, las fachadas y sus gentes.

Uno de los puntos altos es  la fotografía de Pedro J. Márquez es de lo mejor de la serie, una Habana tan importante como la historia de sus personales, una ciudad peligrosa, en decadencia, a oscuras, entre los sueños y las esperanzas, las frustraciones y la nostalgia de lo que es y no pudo ser. Policías y veteranos de guerra, héroes y balseros, hombres de honor y bandidos, prostitutas y madres que luchan todo el día para llevar un poco de comida a sus hijos.

Las novelas y ahora  la serie son la resolución de “cuatro casos policiales” que resuelve Mario Conde, que permiten profundizar como responde la sociedad cubana de aquel entonces -y ahora-  a temas no resueltos como la homosexualidad, la prostitución, la religión, la educación o el nepotismo de los que tienen poder y lo usan en su beneficio personal.

Concuerdo con algunos de las escasas críticas realizadas a la serie desde Cuba. (Los portales culturales más importantes ni la mencionan). El transnacionalismo cultural puede propiciar algún alejamiento desde otras miradas a nuestra realidad como la nuestra a la realidad de otros. Quizá muchas escenas o diálogos puedan hasta parecernos simplemente cursi. Netflix suele llevar a muchos extraños a la cama y en ella el lenguaje del amor no es el mismo del sexo. Pero el lenguaje de la decadencia es per se previsible y bien cursi.

Charles Dickens el maestro de la decadencia en su primer párrafo en “Historia de dos ciudades” nos alertaba de sus particularidades:

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

De ello nos hablan las cuatro estaciones de otoños y primaveras en una ciudad donde no existen las estaciones.  Pero que igual nos permite una comparación en grado superlativo.  Esos parecen ser los motivos “especiales” de la versión detectivesca del curioso dúo Padura-Viscarret donde queda mucha ambigüedad y muchas zonas de silencios para no incomodar a los sabios y los locos que mencionaba Charles Dickens. Pero esos silencios forman parte de nuestra credulidad o incredulidad de nuestras cuatro estaciones habaneras. 

Versiones de una época imprescindible para comprender la realidad cubana de aquel entonces y la actual y por supeusto a unos personajes -policias o ladrones- que a diferencias de los  norteamericanos o nórdicos son nuestros vecinos.

2 opiniones en “4Estaciones en La Habana.”

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