Yo puedo destruir…

 

Yo puedo destruir. Es el último CD de Paul Gilbert. El magistral Gilbert de regreso con apetitos destructivos. Trece temas que van desde “Everybody Use Your Goddamn Turn Signal”  hasta “My sugar”. Desde el blues al rock una fiesta para los guitarristas y los amantes de los sonidos.

Gilbert es uno de los virtuosos del instrumento, lo mismo del eléctrico que el acústico.

“Woman Stop” tiene ese sonido del rock de Elvis, de Memphis, de los orígenes que te hace decir locuras como pedirle a una mujer que pare. Unos acordes simples y sencillos que te van preparando para un ‘solo’ afilado como una bala de Colt, dulce, plomiza, mortal… oh woman don’t stop.  

El CD funciona mejor que muchos anteriores del americano, ahora más centrado en  los temas y la producción del disco, que en las habilidades “shredders” de Paul Gilbert. Una mejor mezcla entre los arreglos, los solos, las letras y el empaste del sonido. Más armonía y continuidad entre temas. Por ejemplo,  puedes escuchar: One Woman Too Many, Woman Stop y Gonna make you love on me como si fueran un tríptico. El último tema incluye un solo virtuosso que nos hace recordar que Paul puede digitar 30 notas por segundo…

Pero,  el CD  “I can destroy”  es mucho, mucho más que la velocidad destructiva de Gilbert.

Ateísmo y espiritualidad

Ateísmo y espiritualidad | Letras Libres 

15 Febrero 2017
 

Uno de los últimos viejos prejuicios que debe curvar el arco del universo moral es que los ateos no pueden ser (o no son) morales y que si no creemos en un poder más elevado no podemos ser espirituales. Esos prejuicios encarnan la “blanda intolerancia de las bajas expectativas” que durante mucho tiempo ha pesado sobre otras minorías. En mi libro The moral arc presenté pruebas de que la religión no es (y no puede ser) el impulsor del progreso moral a lo largo de los tres últimos siglos, que incluye la abolición de la esclavitud y la tortura y la expansión de los derechos y las libertades civiles en más lugares y durante más parte del tiempo. Aquí voy a defender que los ateos pueden ser tan espirituales como cualquiera, y quizá incluso más.

Podemos empezar con la definición de espíritu (o alma, o esencia), como el patrón de información de la que estamos hechos. Se trata de nuestros genes, proteínas, memorias y personalidades tal como están almacenados en nuestro genoma y conectoma. A partir de ahí podemos definir la espiritualidad como la búsqueda por conocer el lugar de nuestro espíritu, alma o esencia en el tiempo profundo de la evolución y en el profundo espacio del cosmos. La ciencia es la mejor herramienta que tenemos para sumergirnos tan a fondo en el tiempo y en el espacio.

Hay muchas maneras de ser espiritual, y la ciencia es una de ellas, con su relato asombroso sobre quiénes somos y de dónde venimos. El difunto astrónomo Carl Sagan lo explicó mejor en la secuencia inicial de su gran serie documental Cosmos, filmada en California cerca de Big Sur, con olas que estallaban contra las rocas gastadas bajo sus pies: “El universo es todo lo que hay, hubo o habrá. Contemplar el cosmos nos conmueve. Hay un hormigueo en la columna vertebral, un nudo en la garganta, una leve sensación, similar a un recuerdo lejano, de caer desde una gran altura. Sabemos que nos acercamos al mayor de los misterios.”

¿Cómo podemos conectarnos con este vasto cosmos? La respuesta de Sagan es al mismo tiempo espiritualmente científica y científicamente espiritual. “El cosmos está en nosotros. Estamos hechos de materia estelar”, dijo, refiriéndose a los orígenes estelares de los elementos químicos de la vida, cocinados en los interiores de las estrellas, liberados en supernovas al espacio interestelar donde se condensan en un nuevo sistema solar con planetas, algunos de los cuales tienen vida compuesta de este material estelar. “Hemos empezado a contemplar nuestros orígenes: sustancia estelar que medita sobre las estrellas; conjuntos organizados de decenas de miles de billones de billones de átomos que consideran la evolución de los átomos y rastrean el largo camino a través del cual llegó a surgir la conciencia, por lo menos aquí. Nosotros hablamos en nombre de la Tierra. Debemos nuestra obligación de sobrevivir no solo a nosotros sino también a este cosmos, antiguo y vasto, del cual procedemos.”

Eso es oro espiritual, y Carl Sagan fue uno de los científicos más espirituales de nuestra época, quizá de todos los tiempos. El biógrafo de Sagan, Keay Davidson, dijo que la novela de Sagan Contacto era “uno de los relatos de ciencia ficción más religiosos que se han escrito”.

¿Cómo podemos encontrar sentido espiritual en una cosmovisión científica? La espiritualidad es una manera de ser en el mundo, un sentido del lugar que tenemos en el cosmos, una relación que se extiende más allá de nosotros. Hay muchas fuentes de espiritualidad. Por desgracia, hay quienes creen que la ciencia y la espiritualidad están en conflicto. El poeta inglés John Keats lamentaba que Isaac Newton “había destruido la belleza del arco iris al reducirlo a un prisma”. La filosofía natural, se quejaba en su poema de 1820, Lamia:

puede coser las alas de un ángel
coser todos los misterios por mandato o por escrito,
vacias al aire maldito y  pequeña mina,
destejer el arco iris. 

 

El contemporáneo de Keats, Samuel Taylor Coleridge, aseveró de manera similar: “las almas de quinientos sir Isaac Newtons servirían para hacer un Shakespeare o un Milton”.

Otro científico espiritual es el biólogo evolutivo Richard Dawkins, que respondió a estas ideas con elegancia en su libro de 1998, Destejiendo el arco iris: “La ciencia es poética, debería ser poética, tiene mucho que aprender de los poetas y debería aplicar buenas imágenes poéticas y metáforas para su servicio inspirador.” A continuación, Dawkins hace exactamente eso, en pasajes tan conmovedores como este: “Creo que un universo ordenado, indiferente a las preocupaciones humanas, en el que todo tiene una explicación aunque todavía nos falte mucho camino que recorrer antes de encontrarla, es un lugar más hermoso y maravilloso que un universo trucado con magia caprichosa y ad hoc.”

El difunto nobel de Física Richard Feynman también habló de la estética de la ciencia: “La belleza que está para ti también está disponible para mí. Pero veo una belleza más profunda que no está tan fácilmente al alcance de los demás. Puedo ver las complicadas interacciones de la flor. El color de la flor es rojo. ¿Que tenga ese color significa que ha evolucionado para atraer insectos? Esto añade una nueva cuestión. ¿Los insectos ven los colores? ¿Tienen sentido estético? Y así sucesivamente. No veo cómo estudiar una flor puede quitarle belleza. Solo le suma.”

Una explicación científica del mundo no disminuye su belleza espiritual. De hecho, la incrementa. La ciencia y la espiritualidad se complementan, no entran en conflicto entre sí; suman, no restan. Cualquier cosa que genere admiración puede ser una fuente de espiritualidad. La ciencia lo hace en abundancia. Yo me siento profundamente conmovido, por ejemplo, cuando observo por mi telescopio refractor Meade de 200 mm en mi jardín la borrosa mancha de luz que es la galaxia Andrómeda. No es solo porque sea hermosa, sino porque también entiendo que los fotones de luz que llegan a mi retina se fueron de Andrómeda hace 2.5 millones de años, cuando nuestros ancestros eran homínidos de cerebro diminuto que vagaban por las llanuras de África.

Pensar en eso te deja admirado.

Me siento doblemente conmovido porque en 1923 el astrónomo Edwin Hubble, que utilizó el telescopio de 254 cm de Mt. Wilson, justo encima de mi hogar al pie de Pasadena, descubrió que esta “nebulosa” era en realidad un sistema estelar extragaláctico de inmensos tamaño y distancia. Hubble descubrió más tarde que la luz de la mayor parte de las galaxias cambia hacia el final rojo del espectro electromagnético (literalmente destejiendo un arco iris de colores), lo que significa que el universo se expande alejándose de su creación explosiva. Fue la primera prueba empírica que indicaba que el universo tenía un principio y que por tanto no es eterno. ¿Qué podría inspirar más admiración y ser más numinoso, mágico o espiritual que ese rostro cósmico?

Lo que la ciencia nos cuenta es que somos una entre cientos de millones de especies que han evolucionado a lo largo de tres mil quinientos millones de años en un planeta diminuto entre muchos otros de los que orbitan en torno a una estrella corriente, en sí uno de los que quizá sean miles de millones de sistemas solares en una galaxia normal que contiene cientos de miles de millones de estrellas, situada en un conjunto de galaxias no tan diferentes de millones de otros conjuntos de galaxias, las cuales se alejan unas de otras en un universo burbuja que se expande aceleradamente y que posiblemente solo sea uno en un número casi infinito de universos burbuja. ¿Es de verdad posible que todo este multiverso cosmológico se diseñara y existiera para un diminuto subgrupo de una sola especie en un planeta en una galaxia solitaria de ese solitario universo burbuja? Si así fuera, se trataría de una pérdida monumental de tiempo y espacio. En cambio, somos parte de un cosmos en evolución, de inmensos tamaño y edad: ni más ni menos.

Este contexto debería producir suficiente admiración para cualquiera, porque es la ciencualidad –la ciencia de la espiritualidad– del descubrimiento y el conocimiento. ~

Traducción del inglés de Daniel Gascón. Texto cedido por Euromind, plataforma creada por la europarlamentaria Teresa Giménez Barbat para impulsar el debate sobre ciencia y humanismo.

4Estaciones en La Habana.

¿Qué coño está pasando?”

Leonardo Padura no necesita presentación. Es el más popular escritor vivo cubano.

Además de Premio Nacional de Literatura es igual aclamado por la crítica que por sus lectores. “La novela de mi vida” es un tríptico temporal que transcurre entre los siglos de XIX, la Primera República y la Revolución con la figura del poeta Heredia como excusa para narrar nuestra historia nacional, el peremne díptico entre revolución y contrarrevolución, héroes y herejes, amor y odio.

La narrativa de Padura es de lo mejor que se ha escrito en Cuba en las últimas tres décadas.  “El hombre que amaba los perros” es su personal enfrentamiento con la Historia, adquirir el libro en Cuba fue una aventura entre lo policial y lo surrealista.

La tetralogía “Cuatro estaciones”: Pasado perfecto 1991, Vientos de cuaresma 1994, Máscaras 1997 y Paisaje de otoño 1998 funcionana como las “Cuatro Estaciones” de Vivaldi;  el sonido de la década decadente, la más difícil de la historia contemporánea de Cuba.

El eufemismo de aquello del “periodo especial en tiempos de paz” recorre sus personajes y tramas. El desplome de las estructuras internacionales y nacionales que sostenían el socialismo real, al estilo desde Moscú a La Habana o desde Praga a Berlín  es la subtrama de las cuatro estaciones. Nuestro fin del siglo XX. Una época, una ciudad y sus gentes entre 1991 y 1998. Cuyos ecos aún son el perpetuo presente. Como bien lo saben Mario Conde o Leonardo Padura.

Ahora nos llegan las “cuatro estaciones” en formato de serie para la televisión en factura trasnacional de la mano de NETFLIX, con el propio Leonardo Padura y su esposa Lucía López Coll como guionistas, un elenco mayoritariamente cubano, un director navarro Félix Viscarret. 

Padura utiliza el género policial como pretexto para profundizar en los problemas y contradicciones de la realidad cubana”, dice el actor protagonista de la serie Jorge Perugorría. Sus novelas son un viaje a La Habana de los años noventa, un lugar diferente que vive anclado en otra época. “En La Habana las cosas cambian a un ritmo diferente o en una dirección no siempre en paralelo con otras ciudades occidentales”, explica el director Félix Viscarret.

“La vida en La Habana es como estar en otro planeta con otras leyes de la física”.

La serie funciona como un “nor-caribeño”. Una serie más de policías que investigan crímenes, con su contexto histórico, paisaje, las fachadas y sus gentes.

Uno de los puntos altos es  la fotografía de Pedro J. Márquez es de lo mejor de la serie, una Habana tan importante como la historia de sus personales, una ciudad peligrosa, en decadencia, a oscuras, entre los sueños y las esperanzas, las frustraciones y la nostalgia de lo que es y no pudo ser. Policías y veteranos de guerra, héroes y balseros, hombres de honor y bandidos, prostitutas y madres que luchan todo el día para llevar un poco de comida a sus hijos.

Las novelas y ahora  la serie son la resolución de “cuatro casos policiales” que resuelve Mario Conde, que permiten profundizar como responde la sociedad cubana de aquel entonces -y ahora-  a temas no resueltos como la homosexualidad, la prostitución, la religión, la educación o el nepotismo de los que tienen poder y lo usan en su beneficio personal.

Concuerdo con algunos de las escasas críticas realizadas a la serie desde Cuba. (Los portales culturales más importantes ni la mencionan). El transnacionalismo cultural puede propiciar algún alejamiento desde otras miradas a nuestra realidad como la nuestra a la realidad de otros. Quizá muchas escenas o diálogos puedan hasta parecernos simplemente cursi. Netflix suele llevar a muchos extraños a la cama y en ella el lenguaje del amor no es el mismo del sexo. Pero el lenguaje de la decadencia es per se previsible y bien cursi.

Charles Dickens el maestro de la decadencia en su primer párrafo en “Historia de dos ciudades” nos alertaba de sus particularidades:

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

De ello nos hablan las cuatro estaciones de otoños y primaveras en una ciudad donde no existen las estaciones.  Pero que igual nos permite una comparación en grado superlativo.  Esos parecen ser los motivos “especiales” de la versión detectivesca del curioso dúo Padura-Viscarret donde queda mucha ambigüedad y muchas zonas de silencios para no incomodar a los sabios y los locos que mencionaba Charles Dickens. Pero esos silencios forman parte de nuestra credulidad o incredulidad de nuestras cuatro estaciones habaneras. 

Versiones de una época imprescindible para comprender la realidad cubana de aquel entonces y la actual y por supeusto a unos personajes -policias o ladrones- que a diferencias de los  norteamericanos o nórdicos son nuestros vecinos.

Ren Hang (1987 – 2017)

Ren Hang, controvertido y reconocido artista y una de las grandes figuras de la nueva generación de fotógrafos chinos, a pesar de haber tenido que soportar la censura y la intimidación por parte de los autoridades a largo de su carrera, ha fallecido a la edad de 29 años, presuntamente por suicidio. 

Las fotografías de Ren Hang (1987 – 2017) fueron siempre explícitas, eróticas, crudas, muchos dirían que sucias e incluso delirantes. Su obra ha sido permanentemente censurada en China, pero tiene una lista nutrida lista de exposiciones internacionales. 

Ren Hang fue detenido por la policía china en infinidad de ocasiones por su contenido sexual explícito de su obra fotográfica. Aunque era conocido a nivel mundial, nunca obtuvo el reconocimiento que se merecía en su país de origen, en parte porque le era negada sistemáticamente la oportunidad de mostrar su obra en Beijing y en toda China.

Defendido por Ai Wei Wei, y con la reputación de ser la respuesta de China a la fotografía de Ryan McGinley, la obra de Ren Hang es dura y sin concesiones para lo políticamente correcto. No trabajaba con modelos, sino con amigos, ya que, decía, los extraños le ponían nervioso.

Hang batalló toda su vida contra la depresión, una experiencia que marcó su existencia y precipitó su fallecimiento. En una entrada de su blog encontramos estas palabras suyas:

    Life is indeed a
    Precious gift
    But I often feel
    It seems to send the wrong man

 

 

Nunca es silencio. Audi nos.

 

Audi nos

Pero nadie parece escuchar, solo el cíclico silencioso de las olas en avalancha, la marea cada doce horas y la vida que se te va en una sucesión de tragos salobres.

Audi nos…

Silencio, silencio, silencio y el ciclo perpetuo e interminable de la naturaleza humana que se deja matar o morir por cualquier causa: Dios, Poder, Patria, Dinero, Ego.

En uno de los pasajes más conmovedores del libro “Silencio” de  Shusaku Endo el escritor japonés describe:

Audi nos (Escúchanos, Señor…).

 Era una voz sin angustia y sin ira, que se apagaba al perderse la negra cabellera entre las olas.

 Los oficiales sacaban el cuerpo por la borda, se les veía la blanca dentadura al reír. Uno de ellos, jugando con la lanza, le hostigaba cada vez que quería llegarse al bote. La cabeza se hundió en el mar, la voz se apagó. Después saltó otra vez la cabeza a la superficie, un bloque negro de basura zarandeada por las olas. La misma voz apagada, mucho más apagada, seguía gritando algo a ráfagas…

El horror de unos hombres martirizados, asesinados, por otros hombres.

Al regresar camino a casa después de ver la versión de Martin Scorsese de la novela de Shusaku Endo aún nos conmueve la escena de aquellos tres hombres martirizados, crucificados y expuestos a las mareas, a la muerte. Un Gólgota Marino.

El cine de Scorsese no necesita presentación, “Taxi Drive”, “Toro Salvaje”, “Pandillas en Nueva York” y “La última tentación de Cristo” son clásicas del cine universal.  ‘Silence’ no es una excepción. Tampoco es sorpresa que fuera filmada tras 30 años de espera por el director italiano norteamericano y de fe católica. Tampoco que su primer espectador fuera el actual Papa Francisco al cual el propio Martin Scorsese y su equipo le organizaron una exhibición privada en el Vaticano.

He leído algunas reseñas en los principales espacios de críticas cinematográficas, desde la perspectiva católica, desde la japonesa o la occidental. No me conmueven. Todas se diluyen frente al contexto. Lo que no es el caso ni de la novela de Endo o el filme de Scorsese. Ambos autores intentan contextualizar esa complejidad del mundo en el siglo XVI en la que se sumerge la trama y el desenlace de sus personajes.  Novela y filme no solo hablan de la fe,  la santidad o la apostasía. No muestran el esfuerzo del cristianismo mesiánico y martirologio  institucionalizado como religión de Estado para llevar su ‘verdad’ a toda la recién descubierta circunferencia del Orbe.  Y a los emperadores del Sol Naciente asesinando a sus propias gentes en nombre del inmovilismo y el Imperio.  

Además funcionan como un esfuerzo desde el arte por mostrar nuestra naturaleza pero también el contexto histórico en la que nuestra individualidad se manifiesta.  

El Hombre y el individuo frente a la Historia y la sociedad.

En “Silencio” encontramos las acciones de los individuos en nombre de la Compañía de Jesús y el Vaticano: «Militar para Dios bajo la bandera de la cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia, su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra». No es de extrañar que un extraordinario dialogo de la novela el Inquisidor Inoue se refiera a las cuatro “concubinas estériles”. “Las concubinas se llaman aquí España, Portugal, Holanda e Inglaterra, y cuando les llega su turno de noche, le cargan el oído de chismes a su marido el Japón”.

En ese contexto de desprecio por la vida humana por parte del  feudalismo japonés o los mercaderes occidentales. De la expansión de España, Portugal, Holanda e Inglaterra, para cristianizar   -ya sea en su versión protestante o católica-  para conquistar y elevar sus instituciones y valores como verdades universales, entre ellas el cristianismo. Ese es el trasfondo de “Silencio” y de su tragedia humana. Y, en esa historia de enfrentamientos, los hombres sufren. Apostatan. Traicionan. Matan. Mueren.

Audi nos…Pero mientras llegan la respuesta a sus plegarias continúa el festín de muerte y tortura en nombre de sus dioses, sus creencias ’verdaderas’, por sus  divinidades ‘verdaderas’, por sus egos, por sus frustraciones, por sus ‘verdades verdaderas’.

Los novelistas o cineastas deciden basados en su creatividad, la vida lo hace basado en la realidad.  En una larga entrevista con los protagonistas y el equipo de ‘Silence’ el crítico Paul Elie nos revela otro de los temas de la película y novela, la “transculturación”. Tan cercana y arraigada en nuestra religiosidad nacional. La trasmutación de uno valores con otros, de unas creencias con otras. En el caso cubano no existía un contrapoder capaz de enfrentar a la religiosidad del conquistador como si la hubo con las civilizaciones y pueblos prehispánicos del continente, que a pesar del sistemático esfuerzo por ‘cristianizar’  encontraron en la transculturación la forma de conservar creencias, tradiciones y valores.

El catolicismo cubano se enriqueció transculturalizado de tradiciones africanas, como lo está el peruano de tradiciones incaicas, o el mexicano de tradiciones mexicas. Según la entrevista de Paul Elie, la opción de Ferreira, “una fe interna, disimulada, camuflada, que pacta con el poder, es una forma de inculturación, eficaz y aceptable”.

En un alarde de militancia extrema y de voz discordante el Mons. Robert Barron de la Arquidiócesis de Los Ángeles,  en un artículo publicado en español en el sitio católico ACIPRENSA,  compara la experiencia de la Compañía de Jesús en el Japón de los Shogunes con la de los pequeños grupos de tropas elites norteamericanos que operan en los ‘lugares más oscuros del mundo’. En su mezquino y paranoico análisis al Mons. Robert Barron no le falta credibilidad, al menos desde el punto de vista de los poderes terrenales.  

Pero la esencia del arte no es develar esa estatua de mármol o de sal, es reconocernos como lo que somos: humanos. Nuestra contradictoria esencia humana con sus matices espirítales e ideológicos, psicológicos y sociales. El arte -como la vida-  te permite una visión multilateral y variada de la existencia y nuestros conflictos. Nunca es silencio.

Audi nos…

All the lost souls.

*
Espera que el viento fluya a tu favor,
como la memoria de la mañana.
Despliegas lentamente las alas del arcoíris contra las volátiles noches,
contra el espejo que forman tus apetecibles ojos marinos.
Adoro aquel color cristalino
como de los rompientes sobre caracolas,
peces aureros sobre las playas de Agrigento.
Entonces estalla el viento solar contra mis nueve planetas.
El arco completo de una encarnación, oro-pez. 
Deja que la noche pronuncie una palabra de silencio entre luciérnagas.
Tu pelo alucinado encendido en antorchas de fuego
Kamikaze de las mil batallas aladas.
Después, llega la calma de los rostros y las tenues sonrisas de arlequín,
Los sueños de samuráis penetrando el afilado acero en los lotos de abril.
Siéntate desnuda esperando por tus ensangrentadas píldoras nocturnas.
Entonces pintemos tu rostro de sombras
y luces para que se asemejen a los faros
de aquellos náufragos que entonan
olvidadas canciones de invisibles sirenas.
Pronuncia tú mágico sonido zodiacal.
Desata aquella lluvia en el desierto.
o el mismo error de noviembre.
Obsérvame…
Ahora resucitar en una ola,
embarrado de espumas y mandarinas,
con mi azotada espalda agrietada por las ballenas,
gemidos de almas perdidas.
Traicionado por las algas que intentan apaciguar tu nombre.
Vencido por la luz de los acantilados celestes y las corrientes de nubes.
Aúllan cinco lobos tirado el trineo de escarcha hacia el abismo.
 
Es la hora de declinar el Rey por los amantes ausentes,
Vencidos, derrotados, muertos.
De voltear a ver a Dios para pedirle
que tire su mierda en otro sitio.
Ahora tengo que irme tarde,
Para volver, como siempre,
Envuelto en el sol de la noche.
 
**
 

Lejana mañana de hace diez años cuando escuchamos las almas solas y en pena y me mostraste lo fuerte que sueles ser cuando se trata de recuerdos y música. De problemas y memoria, de la esperanza que se derrama por tus labios. No sé qué pecado cometí para merecer tu paraíso perdido. O la diminuta esperanza que le sobra al silencio.

 
 

 

 

El juicio a Lutero en Nueva York.

Las actuales circunstancias políticas en Occidente -también en Oriente, pero ese es otro tema- han hecho que las celebraciones y conmemoraciones por los 500 años de las Reforma Luterana tomen nuevos impulsos mucho más variados de los que algunos  se esperaban al comenzar el año.

Por ejemplo, el nuevo impulso al “ecumenismo” patrocinado desde el Vaticano II y ahora por el actual inquilino de las colinas vaticanas el Papa Francisco. Caliente. Caliente el 2017. Y eso que todavía no le llega el turno a la Revolución Bolchevique.

En Nueva York un grupo de teatro, muy joven y talentoso, pero igual de iconoclasta e irreverente ha estrenado obra de teatro, una de las mejores puestas de la temporada.

El grupo “Fellowship for Performing Arts” (FPA) de raíces cristianas ha llevado el tema de la Reforma Luterana y la figura de Martin a los escenarios con una inusitada buena acogida tanto por el público y la crítica. La obra funciona como una especie de juicio teológico a la figura de Martin Lutero para “juzgar” las razones teológicas, políticas, económicas y existenciales que lo llevaron a colgar el 31 de octubre de 1517 sus 95 tesis en las puertas de la Iglesia de Wittenberg.

“Martín Lutero en juicio” fue estrenada en el teatro “Teatro Pearl”  de Manhattan, NY,  por el “Fellowship for Performing Arts” (FPA) una organización que tiene entre sus objetivos promover “una visión del mundo cristiano para una audiencia diversa”.

La trama se nos presenta nada más y nada menos que el Limbo ese lugar distopico donde los cristianos apocalípticos esperan el día del Juicio Final.

El arduo objetivo entonces es adelantar los relojes para juzgar a Lutero en su 500 aniversario del cisma propiciado.

El tribunal, lo conforman un severo San Pedro de ascendencia afroamericana con desmanes propios de jugador de la NBA, el acusador un señor vestido con traje Armani conocido como Mr. Lucifer. La defensa la asume por supuesto Catalina de Bora la esposa de Lutero. Testigos, una larga lista de figuras históricas y artísticas: Friedrich Nietzsche, Fidel Castro, Mozart, Sigmund Freud, Hitler o Martin Luther King.

“¡No podemos traerlos a todos!”, exclama escandalizado San Pedro. Eso si acepta traer al actual Papa Francisco desde la Tierra al Limbo como último testigo solicitado por la defensa de Catalina. En un escenario con puertas góticas a semejanza de la iglesia de Wittenberg y una pila de libros de la autoría de Lutero, Catalina le pregunta al pontífice qué habría hecho si hubiese sido Papa en 1517.

“No creo que la Iglesia medieval me hubiera hecho Papa”, responde el personaje que encarna a Francisco para señalar que Lutero estuvo correcto en “algunas cosas”.

Lucifer se encoleriza con el pontífice argentino: “¡No eres un diplomático, eres el Papa!”. Sosteniendo que Lutero fue el “enemigo máximo” de la iglesia. “Ese en realidad serías tú”, le contesta otro encolerizado Francisco. “Yo no dividí a la iglesia”, se defiende Lucifer.

En el transcurso del falso juicio se nos muestra a un Lutero que con el paso del tiempo se abruma de las consecuencias de su Revolución, la Guerra de los 30 años, las persecuciones religiosas, el antisemitismo, el nacimiento del capitalismo. Los autores Cragin-Day y McLean se confiesan protestantes pero buscaron evitar la obra lo fuera, su objetivo invitar a católicos, judíos e incluso ateos a reflexionar sobre el impacto que Lutero tuvo y tiene en el mundo.

La cáscara de nuez.

 

Existen laberintos por los que da gusto perderse. El que viene construyendo McEwan con conflictos morales convertidos en frondosos setos es uno de ellos. La cáscara de nuez que mencionó Shakespeare en Hamlet es el útero materno desde el que un feto se siente en efecto rey del espacio infinito de la conciencia desde el que ejerce de narrador de esta historia sombría de adulterio y falsedad en la que con frecuencia luce el sol del humor y de los guiños con los que McEwan ilumina sus extraordinarias marañas éticas.

Como en Hamlet, Claudio asesina a su hermano, padre del protagonista; el feto narrador de Sterne asoma la cabeza, y a lo mejor también el de Marsé en Rabos de lagartija; “manuscritos apilados, lápices afilados, dos ceniceros llenos, una botella de whisky, aspirinas sobre un pañuelo de papel” parodian el escritorio de un editor. Ese feto que se ovilla en la u de Nutshell en la cubierta de la edición original de Jonathan Cape, un hijo no deseado que lee a Joyce y puntúa como Robert Parker la calidad de los vinos, descubre el adulterio de su desapegada madre Trudy (el lector advertirá que en una página se ha convertido en lolita embarazada), describe al pusilánime de su padre John y repudia la banalidad de su tío Claude (cuyas estúpidas frases concluyen con la conjunción “pero”), a quienes enjuicia con la misma vehemencia con la que denuncia la suciedad de nuestra sociedad sin escrúpulos.

Zygmunt Bauman 1925-2017

Tomado de El Cultural.

Nacido en Poznan en 1925, ha fallecido el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman, una de las mentes que mejor ha explicado la sociedad posterior a la Segunda Guerra Mundial. Cuando el ejército alemán invadió Polonia en 1939 sus padres, judíos no practicantes, huyeron al Este buscando refugio en la Unión Soviética. Alistado en el Primer Ejercito Polaco, combatió en la caída de Berlín. En 1945 fue condecorado con la medalla Cruz al Valor. En 1948 conoció a Janina, una joven estudiante de periodismo y ciencias sociales que será su “sólido apoyo para toda la vida” y autora del libro, Winter in the Morning (1986), un estremecedor relato autobiográfico del gueto de Varsovia.

Sin confirmación segura, parece ser que hasta 1953 formó parte de la inteligencia militar de una unidad de combate dedicada a combatir a restos de los ejércitos ucranianos y polacos antiestalinistas. En una entrevista a The Guardian, el pensador lo admitió como un error que achacó a su juventud.

Todavía trabajaba para la inteligencia militar como capitán cuando comenzó a estudiar sociología en Varsovia con maestros de la talla de Ossowski y de Hochfeld. En 1953, su padre fue descubierto tratando de que la embajada de Israel le facilitase el traslado al país. Interpretado este hecho por el gobierno polaco como algo impropio, su hijo fue expulsado del Ejército. La imprevista consecuencia de esta arbitrariedad fue la dedicación total de Bauman a la sociología y su incorporación como docente e investigador a la Universidad de Varsovia.

La Guerra de los Seis Días, entre Israel y Egipto en 1967, desencadenó una virulenta campaña antisemita en Polonia. Bauman y otros cinco profesores fueron expulsados, como se relata en la espléndida biografía de Dennis Smith Zygmunt Bauman: Prophet of Postmodernity (Polity Press, 1999). En 1968, purgado y desposeído de su nacionalidad, encuentra refugio en la Universidad de Tel Aviv (Israel). Atrás quedan los años de plomo del estalinismo y su pertenencia al Partido Comunista Polaco.

En 1971, la Universidad de Leeds (Reino Unido) le ofrece un puesto de profesor permanente. Deja de publicar en polaco y comienza a escribir en inglés. Director del Departamento de Sociología sus textos pasan desapercibido en el difícil y exclusivo contexto académico británico (Otro judío, un gigante intelectual del siglo XX, Norbert Elias (1987-1990), “sólo” pudo ser catedrático de sociología en la Universidad de Leicester, también en la periferia universitaria).

Hasta 1989 Bauman no comienza a ser reconocido. Ese año aparece Modernity and the Holocaust. La edición en español aparecerá a cargo del sello Sequitur en 1997. Un año después recibe por esa obra el prestigioso Premio Amalfi y es entonces, cumplidos los sesenta y cinco años, cuando comienza a publicar la obra que le ha dado fama y notoriedad mundial. Títulos como Modernidad y ambivalencia (1991), Modernidad liquida (2000), Amor líquido (2003) o Vida de consumo (2007) convierten a Bauman en un intelectual traducido y aclamado en todo el mundo.

Como dejó escrito Bauman, Gramsci me dijo “qué”, Simmel, “cómo” y Janina “para qué”. Su obra está construida de tal modo que cada libro sirve de base al siguiente. Contempla la sociedad actual sumergida en un estado fluido. El paso de la modernidad a la postmodernidad se caracteriza por una profunda crisis que provoca fuertes zozobras institucionales y personales y la sensación de que la vida es un tiempo desperdiciado. El Estado era en el pasado una referencia, una sólida estructura, que ha sido sustituida por unas fuerzas globales que parecen surgidas de lado oscuro de la vida.

Bauman supo adelantarse a su tiempo al plantear conceptos como “modernidad líquida” o “amor líquido”. La realidad social, el “mundo líquido” que presenta en sus textos está caracterizado por la volatilidad, por el cambio rápido. En una sociedad de consumo y fluidez los hábitos estables, las costumbres arraigadas, los marcos cognitivos sólidos o los valores estables, se transforman en impedimentos, en carga pesada que debe abandonarse.

La postmodernidad o en palabras de Bauman, la “modernidad líquida”, se caracteriza por ser una sociedad de consumidores individualizada y con escasas regulaciones. Su ambivalencia deriva de trastocar el orden, la pureza, la disciplina y las regulaciones normativas del viejo orden en procesos de seducción. Procesos cuyo fin es pasar de las políticas públicas a las relaciones públicas.

Indeterminación y contingencia se han apoderado del imaginario social de la “modernidad líquida”. La identidad válida es, para Bauman, aquella que está en un esfuerzo constante de autoconstrucción frente a los demás, utilizando el consumo como herramienta principal de expresión. La vida organizada alrededor del rol productor ha pasado a girar en torno al rol del consumidor y al bienestar de su cuerpo. De ahí que el último estante abierto en las grandes superficies comerciales no sea el del amor sino el del narcisismo.

Descanse en paz un pensador austero y lúcido al que tocó vivir las tragedias del siglo XX y las transformaciones que nos han conducido hasta la actualidad.

Fatima Mernissi

La primera gran manifestación después de que asumiera como presidente de los Estados Unidos de América el magnate inmobiliario Donald J. Trump fue una colorida, ruidosa y excéntrica manifestación de mujeres. El feminismo fue la última gran revolución del siglo XX y al parecer es la primera revolución del siglo XXI.

Pero la revolución feminista norteamericana parece un carnaval veneciano comparado con el feminismo en el mundo islámico. Ser mujer libertaria en el cerrado mundo machista islámico te puede costar una violación, la lapidación o la muerte.

La socióloga marroquí Fatima Mernissi creció en una gran casa familiar en Fez durante la ocupación francesa, como relata en su Sueños en el umbral. Memorias de una niña del harén. Desde el punto de vista del feminismo musulmán, su obra más influyente ha sido Le Harem politique (El harén político), que comienza con una discusión que tuvo con un tendero y un vecino, sobre un hadiz según el cual «jamás conocerá la prosperidad el pueblo que confía sus asuntos a una mujer».

La autora nos explica que dicho hadiz salió a la luz tras la Batalla del Camello, en la que Aisha, esposa favorita de Mahoma, lideró un ejército contra Alí, sobrino del profeta, al que no aceptaba como califa por considerarlo responsable del asesinato de su predecesor, Ozmán. Su narrador, Abu Bakra, había rechazado tomar partido en esta guerra civil entre musulmanes, y «recordó» las palabras del profeta tras la derrota de Aisha. Mernissi señala que ese hadiz tan oportuno parece un intento de Abu Bakra de reconciliarse con el bando victorioso. Apunta, asimismo, que el narrador había sido azotado por falso testimonio en un caso de fornicación, por lo cual debe cuestionarse su honestidad. Todo ello pone en tela de juicio la autenticidad del misógino hadiz.

Pero el protagonista indiscutible de Le Harem politique es el velo, y más concretamente las circunstancias que hicieron que Mahoma lo impusiera a las musulmanas libres.

Mernissi afirma que no era lo que el profeta hubiese querido; en realidad, insiste, su deseo era que el islam promoviese una sociedad más justa e igualitaria a todos los niveles. Por ello intentó eliminar costumbres preislámicas, como la esclavitud y la poligamia, aunque en las circunstancias de la Arabia del siglo VII sólo pudo restringirlas, prohibiendo esclavizar a otros musulmanes y limitando el número de esposas a cuatro.

Y en un principio se mostró muy receptivo a las peticiones de una de sus esposas, la noble y bella Umm Salma, a la que las mujeres de la comunidad acudían con sus quejas. Así, cuando Umm Salma objetó a que los versos del Corán se refiriesen sólo a «los creyentes», Dios empezó a dirigirse a «los creyentes y las creyentes».

Mernissi también le atribuye que las mujeres disfrutaran del derecho a heredar (por aquel entonces, era relativamente frecuente que fuesen pasadas en herencia). Como era de esperar, tales cambios enojaron a los hombres, que tenían a su representante en Omar Ibn al-Khattab.

Omar era uno de los colaboradores más cercanos de Mahoma y el padre de una de sus esposas; tras su muerte, se convertiría en el segundo califa. Conocido por su carácter impaciente y temperamental, Omar se sentía irritado ante los derechos sin precedentes que estaban adquiriendo las mujeres, y supo explotar la situación para conseguir que el profeta diese marcha atrás. Mahoma rondaba la sesentena, y ya no era el hombre lleno de energía y optimismo de antaño. Por otra parte, el desaliento reinaba entre la comunidad musulmana de Medina, que había perdido muchos hombres en la batalla de Uhud y poco después había sufrido un asedio. Además, un número significativo de medineses, los llamados «Hipócritas», se habían convertido al islam con poco entusiasmo y nunca habían estado totalmente de acuerdo con la elección de Mahoma como líder, y aprovecharon su debilidad para atacarlo. Circulaban rumores sobre sus esposas, como el conocido «asunto del collar», sobre una supuesta infidelidad de Aisha; o especulaban en su presencia sobre cuál de ellas desposarían tras su muerte. En estas circunstancias, el profeta necesitaba más que nunca el apoyo de Omar.

Entonces fueron revelados los versos coránicos que devolvieron a los hombres la autoridad sobre las mujeres. En primer lugar, la siguiente aleya de la azora de Las Mujeres, que justifica dicha autoridad y autoriza el castigo corporal de las esposas «desobedientes»:

Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Allah ha dado a unos más que a otros y de los bienes que gastan. Las mujeres virtuosas son devotas y cuidan, en ausencia de sus maridos, lo que Allah manda que cuiden. ¡Amonestad a aquéllas de quienes temáis que se rebelen, dejadlas solas en el lecho, pegadlas! Si os obedecen, no os metáis más con ellas. Allah es excelso, grande (Corán 4:34).

En segundo lugar, la aleya de la azora de La Coalición que exhorta a los musulmanes a velar a sus mujeres para distinguirlas de las esclavas y así protegerlas del acoso de los Hipócritas:

¡Profeta! Di a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se cubran con el manto. Es lo mejor para que se las distinga y no sean molestadas. Allah es indulgente, misericordioso (Corán 33:59).

Finalmente, en la misma azora hay otra aleya que protege la intimidad del profeta, impone el aislamiento de sus esposas y prohíbe explícitamente casarse con ellas tras su muerte:

¡Creyentes! No entréis en las habitaciones del Profeta a menos que se os autorice a ello para una comida. No entréis hasta que sea hora. Cuando se os llame, entrad y, cuando hayáis comido, retiraos sin poneros a hablar como si fuerais de la familia. Esto molestaría al Profeta y, por vosotros, le daría vergüenza. Allah, en cambio, no se avergüenza de la verdad. Cuando les pidáis un objeto hacedlo desde detrás de una cortina. Es más decoroso para vosotros y para ellas. No debéis molestar al Enviado de Allah, ni casaros jamás con las que hayan sido sus esposas. Esto, para Allah, sería grave (Corán 33:53).

Dado que Mahoma es considerado un ejemplo a seguir, los ulemas decidieron imponer el velo y la reclusión a todas las musulmanas.

Mernissi retrata al profeta como un personaje con buenas intenciones, pero también un hábil político que tenía en cuenta el equilibrio de fuerzas y las limitaciones impuestas por los acontecimientos. Y ante quienes han glorificado su figura a lo largo de los siglos, destaca su dimensión humana, que comporta las debilidades propias de los seres humanos. Por ello cedió ante Omar, y el Corán restauró y legitimó el control de los hombres sobre las mujeres. Mernissi razona que tal control sería, pues, fruto de las circunstancias, no un mandato eterno divino. Pero podría argumentarse que su lectura tiene repercusiones más allá de apoyar una interpretación feminista de las fuentes de la religión musulmana. Su relato muestra hasta qué punto el islam estuvo marcado por las condiciones en que apareció, y nos conduce a la peligrosa conclusión de que su misoginia es, en el fondo, resultado de la derrota del profeta y, por extensión, del propio Dios.