ES OTOÑO

Es otoño. Los frutos repiquetean al caer.
Hayucos, bellotas, nueces negras,
huérfanos de los árboles
que caen ataviados con sus rígidos atuendos.
No te adentres en el bosque
de tenue color naranja,
está lleno de viejos irascibles
que se deslizan furtivos
con ropa de camuflaje y fingen que nadie los ve.
Algunos ni siquiera son viejos,
sólo tienen frentes artríticas,
o están borrachos;
pero alguien tiene que pagar por sus rencillas,
sus oscuros dolores,
cuanta más carne explote, mejor.
Dispararán a la menor señal del movimiento,
a tu perro, a tu gato, a ti.
 Dirán que eras un zorro o una ardilla,
 un pato, o un faisán. Quizá un ciervo.
No son cazadores, estos hombres.
No tienen la paciencia de los cazadores,
ni su remordimiento.
Están seguros de que todo les pertenece.
Un cazador sabe que toma prestada su presa.
Recuerdo las largas horas agazapada
 en las altas hierbas de los pantanos
-el cielo vacío, el agua silenciosa,
los callados colores de lejanos árboles-
 esperando el fugaz aleteo de las aves,
casi rogando que no pasara nada.

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