“It’s time for bed”

I sat on the rug,  biding my time,
drinking her wine.
We talked until two and then she said,
“It’s time for bed”.
 
John Lennon

 

La chica posee todos los libros de Murakami,
los discos de Journey & Cat Stevens.
El perfil de una Esfinge y
un talle ateniense.
Descalza anda por la vida.
Al escucharla percibes ese tenue sonido del mar sobre las arenas.
El ardor de un desierto rojo.
Duerme desnuda en su apartamento
sobre un piso de centenarias maderas.
En sus paredes naranjas luce viejos grabados de dioses olvidados.
Se baña bajo la lluvia,
en conjunción con los planetas gigantes,
-comparte su vino blanco, su cena seder
y sus oraciones-.
Sobre el suelo un libro abierto en la página sesenta y seis.
Y un juego de ajedrez de cristal.
(Juegan las blancas pero ambas reinas son negras).
Habla con la suave cadencia espiral de las caracolas
y el estridente sonido del ahora.
Confunde el abajo y el arriba.
El antes con el después.
Cree estar loca.
¿Es hora de irse a la cama?, dice…Le creo.
Pero a solas (aclara con un gesto).
La escena me recuerda aquella vieja canción.
Son las dos de la madrugada
del primer domingo
del verano de 2018.
Me deja a solas, sentado sobre el piso de madera
junto a su vino blanco, el tren de la paz y 1Q84.
A solas con las sombras danzantes de su perfil egipcio.
Con el sonido de sus pasos sobre el piso.
Sin la oportunidad de robarle un beso
cuando me susurra el nombre de sus muñecas.
Me deja, a solas, con el Océano Indico
golpeando la ventana entre abierta.
Ayer…
Desee ser el incendiario.
El oculto destripador de la madrugada.
Ahora…
No recuerdo mis sueños,
menos dormir.
A solas,
despierto abrazado a una diosa solar.
De sus labios brotaban mil serpientes de fuego.

 

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