Frágil.

Hace tres días que no puedo dormir.

A penas cierro los ojos ese subconsciente consciente me trae un recuerdo de calles, parques, sombras de árboles que solo están en mi imaginación, las voces de los amigos que me cuentan en un susurro que lo perdieron todo, vivienda, auto, ropa, fotos, libros, paredes, techos, luces, lámparas, sombras, recuerdos, besos, lagrimas, adolescentes, vidas…Frágiles.

Recordé que en un cajón del closet de las niñas guardaba un cartel que dibuje hace años que decía …en letras itálicas y rojas… “I Love SS”. (Te amo Santos Suárez). No lo encontré.

Pero no desaparece mi amor por mi barrio y sus gentes.

Sin embargo, en el viejo cajón gris encontré un CD que daba por perdido hace mucho tiempo.

Un CD que conservo desde mi existencia en el periférico y bello barrio habanero.

“Fragile” (1971) disco de la super banda Yes. No hay nada que remueva mis instintos como la música o la poesía. Ambas pueden hacer que recupera las fuerzas, todas las fuerzas inimaginables.

Frágil canta Yes. Verdad. Todo es tan frágil como una delgada línea amarrilla.

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¿Qué sucede cuando reúnes a cinco virtuosos –a cinco genios- en una habitación y le dejas hacer?

Dejas que la imaginación, esa constante transgresión que nos es tan propia pueda retomar el vuelo, dejarse caer, volver a volar, caer, incendiar un paisaje azul violeta con riberas de oro, de tornados, de vientos que se hacen ecos de sonidos, sonidos que alivian y curan las heridas abiertas y sangrantes de cada día, de cada segundo, de toda conjunción de vientos alisios y los vientos del norte.

Ver a mi barrio como lo he visto ahora, hoy, ayer, me causa un dolor de esos que te brota del pecho y te recorre los cinco sentidos.

El rostro de tristeza de sus gentes, esa mirada que recorre el trayecto de lo que fue, pero ya no es.

Abro las tapas pegadas y grises por el paso del tiempo del disco doble.

Sentado en la acera de la casa que me vio nacer. Intocada por el tiempo y los desastres.

Sentado sobre la acera con dos de mis amigos de toda la vida, escuchamos el increíble solo de piano de “South Side of the Sky” y siento que detrás de cada tormenta hay un momento de paz, de tranquila introspección, de alivio en el dolor, de humanidad en la perdida, de recuerdos en los recuerdos y amor en el amor.

Que todo es tan frágil. Lo  sabemos.

Tan tenue la diferencia entre la vida y la muerte, entre la felicidad y la infelicidad, lo sabemos.

La vida es como ese descomunal tema “Round-about” un circulo virtuoso un rondó del que solo se salva la gentileza de nuestra humidad, nuestra solidaridad y el amor entre los semejantes.

La salva mis recuerdos. Mi barrio, mi escuela, el parque, la ceiba, pero sobre todos los amigos y la familia que se unen en tiempos de desgracias, de angustias y perdidas, como si fuera un tema musical, una cantata de previsibles consecuencias.

Cuando escuchaba esa música, sentados juntos todos ahora en los bancos de mármol del parque que rodea las calles Juan Delgado y Santa Catalina, como hacíamos antes de ir a las clases en el preuniversitario y hablábamos de sueños, de mujeres, de rock, de las madres, del cannabis, de Borges, y las putas de babilonia, el azar, los espejos que devuelven sombras, de los tiranos, de Martí, de poesía, de Lezama y Guillermo, de los algoritmos y de las computadoras, de lo que significa ese misterio de estar aquí ahora, este instante que rueda y rueda…

De la teja de aluminio que recorrió un kilómetro antes de terminar colgada como un fruto metálico de un poste telefónico frente a casa recordando lo frágil que es todo.

Recuerdo. La atmosfera azul transparente. De lo que significa estar contigo. O estar sin ti.

Esa música me devuelve el sueño, casi tranquilo, reparador, frágil y me devuelve a mi ciudad herida por 500 años de vida, muerte y resurrección.

 

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