La belleza de la mujer…

 
 
 
 

 

” Salir de la trampa requiere que la mujer tome cierta distancia crítica de aquel privilegio y aquella excelencia que significa la belleza, suficiente distancia para ver cuánta belleza en sí ha sido limitada para apoyar el mito de lo “femenino”.” – Susan Sontag

  Artículo del la filósofa y ensayista estadounidense, Susan Sontag, sobre los usos y “mal usos” del concepto de belleza a través de la historia

Por: Susan Sontag

1. Para los griegos, la belleza era una virtud: un tipo de excelencia. En aquel tiempo, las personas trataban de ser lo que ahora llamamos —sin convicción, con envidia— personas completas. Aunque se les ocurrió a los griegos distinguir entre el “interior” y el “exterior” de una persona, ellos esperaban que la belleza interior tuviera un correlato en otro tipo de belleza. Los atenienses bien nacidos que se reunían alrededor de Sócrates encontraban paradójico que su héroe fuese tan inteligente, valiente, honorable y seductor—y tan feo. Uno de los principales actos pedagógicos de Sócrates era ser feo—y enseñar a esos inocentes discípulos, sin duda muy atractivos, sobre cómo su vida estaba llena de paradojas.

2. Ellos pueden haberse opuesto a la lección socrática. Nosotros no. Varios millones de años después, somos más cautelosos con los encantamientos de la belleza. No solo dividimos —con gran facilidad— el “interior”(carácter, intelecto) del “exterior” (aspecto), sino que además nos sorprendemos cuando alguien que es hermoso también es inteligente, talentoso y bueno.

3. Principalmente, la influencia de la Cristiandad privó a la belleza del lugar central que había tenido en los ideales humanos clásicos de la excelencia. Limitando la excelencia (virtus en latín) solamente a un valor moral, la Cristiandad tiró la belleza a la deriva—como un encanto alienado, arbitrario y superficial—. Y la belleza ha continuado perdiendo prestigio. Por cerca de dos siglos, se ha vuelto una convención atribuir la belleza solamente a uno de los dos sexos: aquel que, aunque oficial, siempre es segundo. Asociar la belleza con la mujer ha puesto a la belleza aún más a la defensiva, moralmente.

4. En inglés se dice “a beautiful woman”, pero “a handsome man”. “Handsome” es el equivalente masculino —y en contra de— un cumplido que ha acumulado ciertas connotaciones degradantes, al ser exclusivo de las mujeres. Que se pueda llamar a un hombre “hermoso” en francés e italiano —y ciertamente en español— sugiere que los países católicos —a diferencia de aquellos países formados por la versión protestante del cristianismo— aún mantienen ciertos vestigios de la admiración pagana por la belleza. Pero la diferencia, si existe alguna, es solo de gradaciones. En cada país moderno que es cristiano o postcristiano, las mujeres son el sexo hermoso—para detrimento de la noción de belleza y también de mujer.

5. Ser llamada hermosa implica señalar algo esencial del carácter y las preocupaciones de la mujer. (Al contrario de los hombres—cuya esencia es ser fuertes, efectivos y competentes.) No hace falta ser alguien consciente de la agonía de la conciencia feminista avanzada para percibir que la forma en la que las mujeres son educadas para relacionarse con la belleza fomenta el narcisismo, refuerza la dependencia y la inmadurez. Todos (hombres y mujeres) saben eso. En tanto son “todos,” una sociedad entera, los que han identificado el ser femenino con preocuparse por las apariencias. (En contraste con ser masculino—identificado con lo que uno es y hace, y solo segundariamente, si acaso, con cómo uno se ve.). Dados estos estereotipos, no es raro que la belleza goce, en el mejor caso, de una reputación mixta.

6. No es el deseo de ser bella lo que está mal, claro, sino la obligación de serlo—o tratar de serlo. Lo que es aceptado por la mayoría de las mujeres como una idealización halagadora de su sexo es una manera de hacer sentir a las mujeres inferiores a lo que realmente son—o normalmente crecen para ser. Porque el ideal de belleza es administrado como una forma de auto-opresión. Las mujeres son educadas para ver sus cuerpos en partes, y para evaluar cada parte de forma separada. Senos, pies, caderas, cintura, cuello, ojos, cutis, cabello, y así—cada uno es sometido a menudo a un irritable y desesperado escrutinio. Incluso si algunos pasan la prueba, siempre serán encontrados defectuosos. Nada menos que la perfección.

7. En los hombres, verse bien es un todo armónico, algo captado de un vistazo. No necesita ser corroborado por medidas exactas de las diferentes regiones del cuerpo. Nadie anima a los hombres a seccionar su apariencia, rasgo por rasgo. La perfección es considerada trivial—poco masculina. En efecto, en el hombre atractivamente ideal, una pequeña imperfección o defecto es considerado positivamente deseable. Según una crítica de cine (mujer), fan declarada de Robert Redford, tener aquel grupo de lunares en la mejilla ha salvado al actor de ser considerado una mera “cara bonita”. Piénsese en la devaluación de las mujeres —así como de la belleza— que está implícita en dicha sentencia.

8. “Los privilegios de la belleza son inmensos”, dijo Cocteau. Para estar seguros, la belleza es una forma de poder. Y con razón. Lo lamentable es que es la única forma de poder que la mayoría de las mujeres son alentadas a perseguir. Este poder siempre es concebido en relación al hombre; no es el poder para hacer, sino para atraer. Es el poder que se niega a sí mismo. Porque este poder no es aquel que puede ser elegido con libertad—al menos, no por las mujeres— o renunciado sin alguna censura social.

9. Arreglarse, para las mujeres, nunca puede ser solo un placer. También es un deber. Es su trabajo. Si una mujer trabaja realmente —e incluso si ha escalado a una posición líder en política, leyes, medicina, negocios, o lo que sea— ella siempre estará bajo la presión de confesar que trabaja en ser atractiva. Pero en la medida en que se mantiene como uno de los sexos oficiales, ella despierta sospechas acerca de su capacidad de ser objetiva, profesional, autoritaria y atenta.

10. Uno podría a duras penas preguntarse por evidencia más relevante acerca de los peligros de considerar a las personas divididas entre lo que está en el “interior” y lo que está en el “exterior”, en lugar de aquel interminable —medio cómico, medio trágico— cuento de la opresión de la mujer. Qué fácil es empezar definiendo a las mujeres como cuidadoras de su apariencia, para luego menospreciarlas (o encontrarlas adorables) por ser “superficiales”. Es una cruda trampa, y ha funcionado por mucho tiempo. Pero salir de la trampa requiere que la mujer tome cierta distancia crítica de aquel privilegio y aquella excelencia que significa la belleza, suficiente distancia para ver cuánta belleza en sí ha sido limitada para apoyar el mito de lo “femenino”. Debe haber alguna manera de salvar la belleza de las mujeres—y para ellas.

No te enamores de cobardes.

Marta Fernández (Madrid, 1973) pisó por vez primera una sala de cine con su padre para ver Fantasía, esa película de Disney en la que un T-Rex tridáctilo —en realidad, los tiranosáuridos sólo tenían dos dedos en las patas delanteras— atacaba a un estegosaurio al ritmo de Stravinsky. También, de niña chica, siguió las recomendaciones literarias de su madre, a quien recuerda dándole El amante, de Duras. La pasión cinematográfica y la literaria de esta periodista y escritora convergen en No te enamores de cobardes (Círculo de Tiza, 2021), una compilación de artículos —y de algunos textos inéditos— en la que habitan, entre muchos otros, Spielberg, Sorrentino, Christopher Nolan, Marilyn Monroe o Zelda Sayre, y en la que la autora, además, discurre por la “sapiosexualidad”, la promiscuidad intelectual, “la plaga de lo políticamente correcto”, las personas que recomiendan libros y los libros que recomiendan a personas.

Conversamos con Fernández, quien dice que descubrió la belleza “cuando descubrí a Bowie”, a propósito del lanzamiento de No te enamores de cobardes. 

—Marta, dedica No te enamores de cobardes a su padre, “que de pequeña me llevó al cine a ver Fantasía”. ¿Qué recuerda de aquella experiencia?

—Fue una experiencia absolutamente iniciática. La primera vez que fui al cine. Claro, en aquellas épocas, se llevaba a los niños muy pequeños a ver películas que eran presuntamente infantiles, pero que no los infantilizaban. Lo recuerdo como un impacto tremendo: todo el ritual de entrar al cine, de estar en aquel lugar, con la pantalla tan grande… Y luego, por supuesto, la película: no sólo recuerdo al aprendiz de brujo, sino aquellas imágenes psicodélicas, de las ondas del sonido, por ejemplo, o las hipopótamas bailando, y la pastoral de Beethoven, con esas imágenes bucólicas… Fue un impacto tremendo. Y tenía que agradecerle a mi padre que fomentara, siendo yo pequeña, ese amor por el cine.

—Tengo entendido que en su casa se leía mucho.

—Sí. Cuando en tu casa hay muchos libros y ves que tus padres leen… Mi madre era una grandísima lectora. Siempre me recomendaba libros. A veces, incluso, con un cierto descaro para mi edad.

—¿Por ejemplo?

—Yo tenía doce años, y recuerdo a mi madre dándome El amante, de Marguerite Duras. Me encantó, pero, si ahora lo piensas, a lo mejor era un poco atrevido. Le tengo que agradecer eso. No me daban sólo lecturas infantiles. Era algo que producía mucho placer en mi casa: ir a comprar libros, ir a librerías de segunda mano, ir al Rastro a buscar libros, a la Cuesta de Moyano…

En el, digamos, intercambio epistolar entre el cine y la literatura que encontramos al principio del libro, la segunda dice al primero: “Somos la vida (…) y por eso permaneceremos. Créeme. Te lo digo yo, que siempre he sobrevivido aunque me hayan dado por muerta”. ¿Serán el cine y la literatura un fenómeno de minorías?

—Creo que no lo serán. En el fondo, a nosotros nos gusta contar historias y que nos las cuenten. Por eso me ha gustado hacer ese intercambio epistolar entre los dos, para que la literatura tranquilizara un poco al cine y le dijera: “A ver, de mí habían dicho que iba a morir cuando llegó la radio, han dicho que iba a morir cuando llegó el cine, han dicho que iba a morir cuando llegó la tele, y, al final, nunca he terminado muriendo”. Ni siquiera el formato en papel ha sucumbido al formato digital o al audiolibro, sino que sigue ahí. Y creo que la literatura sigue ahí porque es tremendamente poderosa: los humanos necesitamos que nos cuenten historias. Creo que con el cine pasará lo mismo. Es cierto que el cine tiene una particularidad: donde más lo disfrutas es en la sala de cine y que, después de esta pandemia, se nota mucho que las salas de cine están mucho más vacías. También porque hay muchos menos estrenos. Si piensas que la película más taquillera de la semana pasada fue El Señor de los Anillos, que es una reposición, esto te da la idea de que la gente no va más al cine porque no hay grandes estrenos. Sin embargo, cuando hay una película que los espectadores aman, van a verla al cine. Yo fui a ver El Señor de los Anillos el otro día al cine. La vi hace veinte años, la he visto innumerables veces después en DVD, Blu-ray y demás, pero no hay una experiencia comparable a la de verla en el cine. Entonces, creo que cuando la gente conoce y disfruta esa experiencia, tiene algo tan hipnótico, que te apela tanto y que produce que consumas la película de otra manera, que lo hace muy atrayente.

—Esa es la lectura optimista, la del vaso medio lleno. Pongo la pesimista: en general, triunfan los formatos cortos. Arrasa el Tik-Tok, los nuevos y brevísimos formatos virtuales. En prensa, la evidencia es más clara: la tropa se queda con el titular, casi nunca lee una noticia entera…

—Este es el viejo debate sobre la atención, y cómo, supuestamente, los nuevos medios, las nuevas plataformas y las nuevas narrativas han modelado la atención de los espectadores, que hace que sea más…

—¿Precaria?

Que saltemos de una cosa a otra sin centrar la atención. Pero creo que no es cierto, realmente. Cuando le das a alguien una buena película… Hablábamos de El Señor de los Anillos: es una película que dura tres horas. Cuando das una película bien contada, bien narrada, la gente se queda a verla. Y las nuevas generaciones también se sienten atrapadas por ese tipo de narrativa. Si lo piensas, es muy curioso. Hay algo paradójico en estas nuevas narrativas: pensamos en los microvídeos de redes sociales, pero, ahora, la gente se larga unos directos, no sé si de Twitch o de las plataformas que sean, que pueden estar una hora ante la cámara, hablando tranquilamente, y hay espectadores que se quedan viendo eso. ¡Si hay hasta directos de gente estudiando y la gente se queda mirándolo! Hemos sobreinterpretado a veces lo de la atención. Y luego hay algo muy peligroso, que es subestimar al espectador. No hay por qué subestimar al espectador. Si le das un producto bueno y bien acabado… Si alguien se va a ver una ópera de Wagner que dura cinco horas, son cinco horas de pura gloria estética. Desearías que durara cinco más. En el fondo, depende del producto. Prefiero ser optimista, como estás viendo (risas).

—El neopuritanismo, lo políticamente correcto, ¿es el actual archienemigo del cine y de la literatura?

—Tendría que pensar la respuesta. No sé si es el archienemigo de la literatura y del cine actual o del pasado. Se produce algo que puede parecer contradictorio, pero todos sabemos que en tiempos de censura se agudizan más los sentidos de ciertos creadores. Estaba pensando en esos goles que Berlanga le metió a la censura cinematográfica franquista con El verdugo, con Bienvenido Mr. Marshall o con Plácido. Precisamente agudizando su ingenio consiguió saltarse esa censura y denunciar lo que el régimen no permitía que se denunciara en aquel momento. Parece increíble que en Bienvenido Mr. Marshall el único plano censurado fuera un plano de una bandera americana en un regato de agua. Hay veces que las censuras y que lo políticamente correcto, que puede suponer una censura, pueden servir para agudizar los sentidos de los creadores. A mí lo que más me preocupa es la censura con carácter retrospectivo. O sea, Lolita es lo que es, pero es una de las grandes novelas en lengua inglesa de la historia de la literatura. Y creo que hay que leerla. Es una novela sobre un personaje controvertido, es un narrador no fiable, cegado por muchas cosas, entre ellas su pasión… Y está escrita por uno de los mejores escritores de la historia de la literatura mundial. Eso es peligroso. También es peligroso cuando tú asimilas la prohibición dentro de ti mismo. Es aquello que decía Bradbury de “no hace falta prohibir leer si a los propios lectores se les quitan las ganas”. No hace falta quemar los libros si los propios lectores son los que se alejan de la literatura. Eso sí que es inquietante.

—En un artículo se refiere al gran debate televisivo que protagonizaron, en EEUU, William F. Buckley y Gore Vidal. ¿Dos intelectuales pusieron la semilla de la telebasura?

—Hay una especie de boutade en ese artículo cuando digo que ese fue el momento en que la televisión se tiró al barro. Efectivamente, eran dos intelectuales, dos personas con una mente asombrosa, con una cultura admirable, con una retórica y una manera de hablar que te quedas fascinado, y entonces, en uno de esos debates se produce ese rifirrafe entre ellos en el que Buckley llama a Vidal “queer”. En aquel momento era una palabra prohibida, tabú, un insulto que no se podía decir en la televisión. Claro, a partir de ese momento los directivos de televisión vieron que había un cierto filón en gente diciéndose cosas horribles, y más si eran intelectuales. A partir de ahí, vimos a Norman Mailer diciendo cosas tremendas, y a Capote… Hay excelsos ejemplos en la televisión patria de intelectuales diciendo cosas…

—“El mineralismo va a llegar…”.

—Por ejemplo. En ese artículo digo, con cierto atrevimiento, que ahí es cuando la televisión empezó a amar el barro. No por lo que hicieron Buckley y Vidal, que, en el fondo, cayeron en el fragor de su batalla dialéctica, sino porque los directivos de televisión se dieron cuenta de que aquello podía ser rentable. Lo malo es que, en un principio, era rentable que los intelectuales o gente con un cierto fuste lo hiciera en la pantalla, pero después ha pasado a hacerlo gente sin fuste alguno. Eso tiene mucha menos gracia.

—En otro artículo sobre Vidal, incluye el siguiente textual del autor de Juliano el Apóstata: “Según vaya avanzando la era de la televisión, los Reagans serán la norma, no la excepción. Ser perfecto para la pantalla es todo lo que un presidente tiene que hacer”. ¿Cree que acertó?

Totalmente. Creo que Vidal acertó en casi todo lo que dijo. Me encanta esa frase suya que dice: “Las cuatro palabras más hermosas del idioma inglés son I told you so(risas). Creo que acertó plenamente. Si revisionas las apariciones públicas de Reagan, te das cuenta de que era un líder pensado para la televisión y para ser amado televisivamente. Lo hacía muy bien. Parecía mentira que aquel señor, con aquella cara, con una cierta edad, con el tupé y tal… pero para la televisión era perfecto. Y creo que Vidal acertó. Y que acertó en el caso de Trump sin quererlo. Porque Trump era perfecto para la televisión por otras razones. Igual que Obama. Trump es una especie de dibujo animado. No es una cuestión de telegenia, pero se convierte en algo icónico. También Obama, que es un hombre muy atractivo.

Cambiemos de tema: ¿qué es un “sapiosexual”?

—Un “sapiosexual” es alguien que se siente atraído por la inteligencia de otra persona. Uno se puede sentir atraído por muchas cosas. La belleza está donde el ojo quiere ponerla, y hay veces que el ojo pone esa belleza en la inteligencia de otra persona, que es mucho más divertido.

—Escribe que “hay personas que recomiendan libros y libros que recomiendan a personas”. ¿Podría hablarme de algún libro que le haya recomendado a alguna persona?

—Mmm… qué pregunta tan extremadamente complicada (piensa). Sí. Mira, hay una persona que es el hermano de una amiga mía, al que hace, no sé, quince o veinte años que no veo, y me recomendó un libro de Budd Schulberg, El desencantado, y es un libro extraordinario, como todos los de Budd Schulberg. Y descubrí a Schulberg a través de él. A partir de aquel momento rendía pleitesía absoluta a todo lo que me recomendaba este muchacho. Me parecía que alguien que me había recomendado y que me había descubierto a un autor así merecía todo mi respeto para el resto de mis días.

—Por cierto, le voy a plagiar y a trasladar una pregunta que hace usted en su libro: “¿De qué se enamoran las mujeres que se enamoran de Philip Roth?”.

—(Risas) ¡No lo sé! Supongo que de su inteligencia. Lo que pasa es que su inteligencia tiene muchas aristas y muchas capas y muchos claroscuros… aunque eso es lo interesante. Imagino que Philip Roth debe de ser como pasear por un campo minado en el que nunca sabes dónde puede estallar algo. Sí, me gustaría saber de qué se enamoran las mujeres que se enamoran de Philip Roth.

—Alterando su pregunta, ¿de qué se enamoran las mujeres que se enamoran de David Bowie?

Bueno: las mujeres, los hombres, los gatos, los gorriones… (risas) De David Bowie podemos enamorarnos todos de todo: de su voz, de su físico, de su valentía, de su originalidad y de su cabeza. Bowie permite la “sapiosexualidad”, la filia física (risas) y la musicofilia, también. Si no te enamoras de Bowie, eres una persona sin corazón, sin alma, sin ojos ni intelecto: estás muerto. Si no te enamoras de David Bowie, estás muerto.

Me gusta mucho el artículo que dedica a otro de mis ídolos: Stephen King.

—Creo que Stephen King es un genio. Lo creo de verdad. Siempre ha pesado sobre él esta especie de mala interpretación elitista por la cual un señor que escribe novela de género, que además es leído por muchos jóvenes, no puede ser un buen autor. Primero: aunque Stephen King sólo fuera eso, que no lo es, creo que todo el sector literario, los grandes popes de la literatura y los grandes críticos le debieran estar agradecidos por tantas generaciones, por tantos jóvenes que se han iniciado a la lectura gracias a sus novelas. Pero es que, además de eso, es un autor que estructura como nadie. Hacer lo que él hace es muy difícil. Es muy sólido estructurando, creando su propio universo, siempre queda todo bien anclado. Y construye muy bien a sus personajes. Lo que pasa es que Stephen King ha sido también víctima de su propio éxito y de su propio éxito en el momento en que se produce, porque toda su obra superventas termina convirtiéndose en películas que, exceptuando la de Kubrick, que, como sabemos, no le gustó, tienen más que ver con el cine de género, de serie B y de miedo, y te hace pensar: “¡Este autor, que escribe estas cosas y luego hacen películas de serie B sobre sus libros!”. ¡Pero es que es un autor magnífico! Y aunque sólo sea por ese libro que tiene sobre escribir…

—Para finalizar: escribe que “las leyes de Hollywood también dicen que, si hay un monstruo encerrado, terminará por salir. Así ha pasado desde que escapó King Kong”. ¿Eso está pasando en la vida real? ¿Hay por ahí un tiranosaurio, un alien o un gorila gigante que está a punto de salir?

—Fíjate: si apareciera ahora un Godzilla por aquí, ni nos sorprendería. “Aparece, venga, pero a las once vete a casa, que empieza el toque de queda” (risas). Siempre hay un monstruo oculto detrás de alguna puerta. Eso es lo terrorífico y lo bonito: nunca sabes qué hay detrás de la puerta. Pero más interesante que eso, y creo que lo aprendimos durante la pandemia, es todo lo que nosotros ponemos detrás de esa puerta cerrada. Recuerdo que las primeras semanas del confinamiento, todo lo que oíamos y nos contaban sobre un virus que, realmente, no conocíamos y que era un monstruo detrás de la puerta, nos hacía pensar que aquello era la peste negra. Y recuerdo que ibas al supermercado y pensabas: “El aire tiene otra densidad. ¿Estará lleno de virus?”. Al final, siempre es mucho más lo que nosotros ponemos sobre los monstruos que la propia realidad de los monstruos. Esto nos remite al principio de la entrevista: en el fondo, nos encanta contar historias, incluso a nosotros mismos. Y construirlas.

 

Marta Fernández: “Si no te enamoras de David Bowie, estás muerto”

Braveheart el Vikingo

Es un signo de los tiempos que un hecho tan grave como el asalto a Capitolio en plena sesión de confirmación de un nuevo presidente vaya a ser archivado en la memoria de todos los que lo siguieron con una imagen ridícula, la de un hombre vestido de bisonte o de Braveheart vikingo, con el pecho descubierto lleno de tatuajes, gorro de pelo y cuernos y la cara pintada con los colores de la bandera estadounidense. Esa foto y la de otro tipo, vestido con un gorro de esquí con el nombre de Trump, sonriendo de oreja a oreja y llevándose un atril del Senado como quien carga con una tabla de snow, serán para siempre iconos de la revuelta ultra.


Jake Angeli, el asaltante-vikingo. Foto: Getty

El primer personaje ha sido ya identificado como Jake Angeli, de 32 años, un exactor y cantante que se hace llamar Yellowstone Wolf y el Chamán de Qanon, un activista prominente de esa teoría conspirativa que se ha dejado ver en los últimos meses en varios puntos calientes de las protestas trumpistas. Estuvo en el condado de Maricopa mientras se contaban los votos de Arizona y participó en un acto organizado por Rudy Giuliani para repudiar los resultados electorales. En redes también se le conoce como “the Q guy”, el tío de Q, porque es una de las caras más reconocibles de ese movimiento que en realidad no tiene líderes y que cree que el mundo está dominado por una secta satánica de pedófilos y caníbales. Los periodistas que llevan meses siguiendo (atónitos) el crecimiento de este fenómeno, que ya tiene representantes en las instituciones, como Kevin Roose del New York Times, lo identificaron con rapidez y desmintieron un bulo que corrió en las primeras horas de tumulto y que lo identificaba como un infiltrado de Antifa. Angeli tiene un canal de YouTube que incluso después de hacerse famoso tenía unos modestos 700 seguidores en el que habla de comunismo, magia negra, control mental, esclavas sexuales y guerra espiritual.

En realidad, la impunidad con la que se movían los insurrectos por el Capitolio, a cara descubierta, está resultando útil para identificarlos. El hombre que invadió el despacho de Nancy Pelosi ha presumido de ello en las redes sociales. Se llama Josiah Colt, es de Idaho y dijo en un vídeo que se sentó en la silla de “esa zorra” porque está harto de que “le mientan”.

En conjunto, la protesta violenta está dibujando ya una estética de milicia blanca pintoresca que mezcla elementos de parafernalia nórdica y vikinga, gorros MAGA, referencias a lo incel, pancartas de “Jesús te salva”, rifles de asalto y banderas confederadas. Cada uno de esos elementos tiene su propia explicación y, sumados, configuran la representación visual de un movimiento que permanecerá cuando Trump se marche. Desde las gorras de camuflaje y otras piezas paramilitares que lucían algunos de los insurrectos, a la curiosa proliferación de prendas de pelo que los memes de Twitter comparaban con el oso de Midsommar. Además de la del ya famoso Angeli, circuló mucho la imagen de uno de los insurrectos que iba vestido con una pelliza de animal, cabeza incluida, y se había tomado la molestia de accesorizar con mueñequeras y botas de caña alta. Se protegía con un escudo antibalas y un chaleco de la policía. La identificación de los movimientos supremacistas con su idea de la mitología nórdica (en la realidad, al parecer, los vikingos nunca llevaron gorros de cuernos) parece responder a una exaltación de la raza blanca y de lo masculino. Existe un grupo paramilitar ultraderechista que se hace llamar Angry Vikings, vikingos furiosos, que participó en el intento de golpe, y retransmitió los hechos desde dentro del Capitolio a través de su propio canal. Su líder es Dylan Stevens, que ganó prominencia este verano organizando contraprotestas contra las manifestaciones Black Lives Matter. Al margen de estos elementos pintorescos, la mayor parte de los participantes en el asalto, casi todos hombres, llevaban variaciones de lo que se considera el uniforme redneck, de la clase blanca trabajadora de los estados rurales: barbas y bigotes largos, chalecos de cazador, y, a veces, bandandas con paramecios. Un atuendo que programas como Duck Dinasty y Here Comes Honey Boo Boo contribuyeron a memeizar en la década pasada, como analiza Nancy Isenberg en White Trash (Capitán Swing). El politólogo Yousef Munayver resumió en Twitter la paradoja de ver gente tan peligrosa con aspectos tan aparentemente risibles: «Nos gastamos 750.000 millones de dólares al año en Defensa y, al final, el centro del gobierno americano cae en dos horas a manos de dos tíos de Duck Dinasty y uno con un bikini de Chewbacca».

 

Quizá por las temperaturas gélidas, a simple vista no se indentifican entre la masa hombres vestidos con el polo Fred Perry de los Proud Boys de Gavin McInnes ni con la camisa hawaiana que algunos grupos de ultraderecha han adoptado como atuendo.

Al principio de la protesta, antes de que otras imágenes (incluyendo, no olvidemos, el vídeo de la muerte de una mujer, Ashli Babitt, que fue grabada desde varios ángulos), lo que más escandalizó a algunos observadores fue la presencia de muchas banderas confederadas dentro del Capitolio. Muchos de los participantes en los tumultos las llevaban en la ropa o las ondeaban. Esa insignia, roja, con una cruz azul central con estrellas, representa a los estados del Sur que perdieron la guerra de Secesión y eran partidarios del mantenimiento de la esclavitud. Desde mediados del siglo XX, cuando la adoptó el Ku Kux Klan, se ha convertido en un símbolo de resistencia racista blanca y su uso (que estuvo también extendido en la cultura rockabilly) se ha intensificado en los últimos años entre la nueva ultraderecha. En julio, Donald Trump dijo que la bandera es un “símbolo de orgullo del Sur”, una de las muchas maneras con las que el todavía presidente coqueteó con su base de votantes más abiertamente racista.

 

Ese no fue el único símbolo del supremacismo blanco que se dejó ver en la insurrección de Washington. Aun más grave, quizá, fue la presencia de varias horcas en los tumultos. La horca representa los linchamientos a negros en el Sur (la asociación por los derechos de los afroamericanos NAACP calcula que hubo unos 4.700 entre y es también una de las insignias más crueles asociadas al Ku Kux Klan y a la violencia racista entre 1882 y 1968) y resulta tan ofensivo que incluso los artículos que informan sobre su presencia en las protestas llevan en el encabezamiento un trigger warning, un aviso de que ese contenido puede resultar perturbador para quien lo lea.

Entre los violentos, también se identificaron dibujos de Pepe Le Frog. Esta rana está considerada oficialmente un símbolo de odio desde 2016, cuando la Liga Antidifamación, de raíces judías, la incluyó en su lista de insignias ofensivas junto a la esvástica y otras. La historia de este anfibio antropomórfico es una de las más curiosas de lo que llevamos de siglo: la creó el dibujante de cómic Matt Furie en 2005, se convirtió en uno de los primeros memes en MySpace en 2008 y de ahí se mudó a 4chan, el foro en el que se han originado muchos movimientos racistas y machistas ligados a la ultraderecha en internet. En 2015, durante su precampaña, Trump retuiteó un meme que mostraba a la rana dibujada con su cara y a partir de ahí, se intensificó su identificación con sus seguidores y con el nacionalismo blanco.

 

Aunque si hubo un símbolo ubicuo en los tumultos, ese es la gorra roja de MAGA, la prenda que uniformiza a los seguidores acérrimos de Trump. Uno de los insurrectos se la colocó a una estatua de bronce del presidente Gerald Ford y, por supuesto, se fotografió con su proeza: para qué sirve tomar el Capitolio si uno no lo cuelga en sus stories– y merchandising con la Q de Qanon. Amazon ha recibido críticas por seguir vendiendo gorras, camisetas y otras prendas asociadas con este movimiento. Todavía ahora es perfectamente posible hacerse con una variedad de prendas que llevan una Q y un conejo blanco. Éste hace referencia a una frase de Alicia en el país de las maravillas (“sigue al conejo blanco”) y los seguidores de la teoría de la conspiración la utilizan para subrayar su creencia en que hay verdades escondidas que no se pueden ver en la superficie.

 

Key West (Philosopher Pirate)

https://ctxt.es/es/20201101/Culturas/34178/bob-dylan-key-west-disco-cancion-philosopher-pirate-rodrigo-fresan.htm

Un tiempo de incertidumbres y miedos, mediocres y medios de noticias falsas y payasos con poder…les dejo con un regalo….

Tañendo casi las campanadas del final de un año y el principio de otro, creo que todos más o menos coincidimos en cuál ha sido el gran acontecimiento del 2020. De ahí que toda curiosidad encuestadora –otro de esos rasgos inevitables que suelen caracterizar a diciembrenero, como las reuniones masivas con pocas/muchas ganas o encomendarse al azar salvador o prometer promesas incumplibles para los doce meses por venir– quede prontamente establecida y lista para su trámite y archivo.

Por lo que –para romper la monotonía– me permitiré aquí auto-encuestarme para entrar en materia acerca de otras cuestiones acaso más convencionales pero variadas.

¿Mejor canción del 2020?

Key West (Philosopher Pirate)” de Bob Dylan, muy por encima de su tanto más alabada y también impresionante “Murder Most Foul”, e incluida también en su magistral y contenedor de multitudes y maníaco referencial y trigésimo noveno álbum de estudio Rough and Rowdy Ways, aparecido el pasado junio.

¿Mejor cuento?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor novela?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor poema?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor película?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor serie de televisión?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor cuadro (paisaje & retrato & desnudo & abstracción figurativa)?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor actuación?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor accidente geográfico?

“Key West (Philosopher Pirate)”

¿Mejor platillo regional?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

Y así hasta donde quieran llegar –por esa Route 1 crepuscular y arrullados por un plácido acordeón– que, luego de cruzar el propio Rubicón, conduce hacia el sur de todas las cosas.

Allí, en esta canción que se ubica sin esfuerzo ni demora entre sus mejores,[1] el personaje con voz de Bob Dylan intenta sintonizar[2] las razones y sinrazones que lo llevaron a este viaje que intuye como definitivo. ¿Es un corsario filosofante? ¿Es un fugitivo? ¿Es un perseguidor? ¿Es un falso profeta? ¿Es un anarquista magnicida? ¿Es un beatnik que se va quedando sin gasolina ni huella digital en su pulgar para auto-stop? ¿Es un sumo sacerdote de religiones secretas? ¿Es alguien cegado por el amor? Quién sabe… Tampoco este Key West es el de los atlas[3] sino uno habitado, mentalmente, por nada más que uno, por un huérfano por opción de todo y de todos: por aquel, por este que nos invita a acompañarlo por los 9 minutos y 34 segundos que dura esta canción tan clásica y atemporal. Lo cierto es que aquí el hombre se da caza a sí mismo a lo largo y ancho de estrofas íntimas y nubladas. Alguien a quien, recuerda, a los doce años lo metieron en un trajecito y lo obligaron a casarse con una prostituta que “sigue siendo bonita y seguimos siendo amigos”[4]. Alguien que se enorgullece porque “Nunca he vivido en la Tierra de Oz o malgasté mi tiempo en una causa indigna”. Informaciones puntuadas por estribillos que parecen salidos del más reflejo y automático y soleado de los folletos turísticos[5] optando por ignorar el lado de la sombra por el que camina un narrador con cadencia en off de film de Terrence Malick. Hay una historia velada allí (y, por la maestría con que la devela y la esconde, ¿queda alguien por allí aún indignado por el Nobel a Dylan?). Así, la trama de alguien que se niega a ser negado o a desplegar el mapa que conduce al retiro en esa Florida que suele funcionar como pre-cementerio de jubilados Made in USA (y siempre recuerdo esa entrevista a Dylan en la que se alababa la épica de sus giras interminables y en la que, de pronto, el girador centrífugo interrumpía al entrevistador con un “No veo que sea algo tan admirable… Es esto o mudarme a Miami a beber whisky frente al televisor… ¿Tú que elegirías?”).

Y, ah, claro, todo con esa voz. Y, de pronto, la comprensión de los pasados años en los que Dylan se la pasó explorando el songbook de Frank Sinatra[6] para re-aprender a cantar y frasear así. Con esa delicada firmeza con la que Dylan enfatiza y actúa aquí palabras como confess, rest, disease, life, happiness, help, friends, kiss, ends.

Y, ah, teoría privada: en “Key West (Philosopher Pirate)” Dylan homenajea a la vez que compite con la sublime –otro novelístico gran cuento acancionado– “Lake Marie” de John Prine,[7] quien alguna vez fue uno de los tantos “Nuevos Dylans” y, por suerte, acabó siendo nada más y nada menos que el único y viejo John Prine. Prine –quien murió el pasado abril por complicaciones de covid-19– también desgrana en “Lake Marie” una historia en tres tiempos partiendo de lo histórico pasando por lo romántico hasta alcanzar lo siniestro con locación de postal como telón de fondo[8]. Así, pienso, de camino a Key West, Dylan hizo un alto para reponer combustible e ir al baño y asar unas salchichas en ese Lake Marie con princesas indias, matrimonio naufragando y asesino en serie suelto.   

“Key West (Philosopher Pirate)”, finalmente, acaso cierre una suerte de trilogía territorial dylanesca luego de explorar las tierras bajas (“Sad-Eyed Lady of the Lowlands” en Blonde on Blonde, en 1966), las tierras altas (“Highlands” en Time Out of Mind, en 1997) para por fin llegar a las pantanosas y terminales flatlands en las que “el invierno, es cosa desconocida” y donde –en un legendario bar llamado Capt. Tony’s Saloon– Bob Dylan tiene un taburete con y a su nombre por toda la eternidad.

Cerca del final y despedida de “Key West (Philosopher Pirate)” destella uno de esos versos que quitan el aliento por el modo en que se los canta y dice y que, enseguida, nos permiten seguir respirando tranquilos:

“Esa es mi historia, pero no donde termina”, avisa allí Bob Dylan.

Que así sea.


Notas

[1] Siendo otra de esas sentidas auto-elegías que Dylan viene componiendo desde finales del milenio pasado como “Dignity”, “Series of Dreams”, “Shooting Star”, “Not Dark Yet”, “Sugar Baby”, “Nettie Moore” y “Long and Wasted Years”.

[2] Probablemente Rough and Rowdy Ways sea el disco más “radial” del que se tenga memoria; sus canciones en heavy rotation pidiéndole otras canciones a disc-jockeys radiactivos y fantasmales.

[3] El Key West de coordenadas 24°33′55″N 81°46′33″W, el de una población estimada de 24,118, el de To Have and Have Not de Ernest Hemingway o el de  Bloodline: la atendible serie de Netflix perteneciendo al género “catástrofe familiar”. 

[4] ¿Acaso —y, sí, el claramente críptico Dylan siempre obliga a la práctica compulsiva y patológica y por lo general delirante de ese deporte en el que siempre sale ganando él y que es el de la adictiva interpretación de todas-las-cosas Dylan— una codificada alusión al propio bar mitzvah y a la fe polimorfa y mutante y perversa pero siempre constante de Dylan? 

[5] De hecho, fueron varias las revistas de viaje y oficinas de turismo de Florida quienes fueron fácilmente encandiladas y celebraron la canción como invitación a visitar esta sombría “tierra de luz”.  

[6] Al que Dylan exploró entre 2015 y 2017 en Shadows in the Night, Fallen Angels y Triplicate y quien, digámoslo, siempre consideró a Dylan un prodigio vocal. 

[7] Oírla y admirarla en Lost Dogs and Mixed Blessings (1995).

[8] “Lake Marie” es –Dylan la señaló varias veces– su canción favorita de John Prine, cuya maestría definió como “puro existencialismo proustiano… trips mentales del medio-oeste elevados a la enésima potencia”

Key West (Philosopher Pirate)

Traducción canción Key West (Philosopher Pirate) 

McKinley gritó, McKinley chilló
El doctor dijo: “McKinley, la muerte está en la pared
Dímelo si tienes algo que confesar “
Escuché todo sobre eso, iba bajando lentamente
Lo escuché todo, la radio inalámbrica
Desde abajo en los boondocks hasta Cayo Hueso
Estoy buscando amor, inspiración
En esa estación de radio pirata
Saliendo de Luxemburgo y Budapest
Señal de radio, clara como puede ser
Estoy tan enamorado que apenas puedo ver
Abajo en las llanuras, muy abajo en Key West
 
Key West es el lugar para estar
Si buscas la inmortalidad
Mantente en el camino, sigue la señal de la autopista
Key West está bien y es justo
Si te vuelves loco, lo encontrarás allí
Key West está en la línea del horizonte
 
Nací en el lado equivocado de la vía del ferrocarril.
Como Ginsberg, Corso y Kerouac.
Como Louis, Jimmy, Buddy y todo lo demás.
Bueno, tal vez no sea lo que hay que hacer
Pero me quedo contigo de principio a fin
Abajo en las llanuras, muy abajo en Key West
Tengo los dos pies plantados en el suelo
Tengo mi mano derecha alta con el pulgar hacia abajo
Así es la vida, tal es la felicidad
Flores de hibisco, crecen en todas partes aquí
Si usa uno, colóquelo detrás de la oreja
Abajo en el fondo, muy abajo en Key West
 
Key West es el lugar para ir
Abajo por el golfo de México
Más allá del mar, más allá de la arena movediza
Key West es la clave de entrada
A la inocencia y la pureza
Key West, Key West es la tierra encantada
 
Nunca he vivido en la tierra de Oz
O desperdicié mi tiempo con una causa indigna
Hace calor aquí abajo, y no te puedes vestir demasiado
China florece de una planta tóxica
Pueden marearlo, me gustaría ayudarte pero no puedo
Abajo en las llanuras, muy abajo en Key West
Bueno, los estanques de cola de pez y los orquídeas
Pueden darte esa enfermedad cardíaca sangrante
La gente me dice que debería probar un poco de ternura
En Newton Street, Bayview Park
Caminando en las sombras al anochecer
Abajo, muy abajo en Key West
Jugué espirituales de Gumbo Limbo
Conozco todos los rituales hindúes.
La gente me dice que estoy realmente bendecida
Buganvillas que florecen en verano, en primavera
El invierno aquí es algo desconocido.
Abajo en las tierras planas, muy abajo en Key West
 
Key West está bajo el sol, bajo el radar, bajo el arma
Te quedas a la izquierda y luego te inclinas a la derecha
Siente la luz del sol sobre tu piel y las virtudes curativas del viento.
Key West, Key West es la tierra de la luz
 
Donde quiera que viaje, donde sea que deambule
No estoy tan lejos antes de volver a casa
Hago lo que creo que es correcto, lo que creo que es mejor
Calle de la historia de Mallory Square
Truman tenía su Casa Blanca allí
Con destino al este, con destino al oeste, en Cayo Hueso
Doce años me pusieron un traje
Me obligó a casarme con una prostituta
Había flecos dorados en su vestido de novia
Esa es mi historia, pero no donde termina
Ella todavía es linda, y todavía somos amigos
Abajo en el fondo, muy abajo en Key West
Juego ambos lados contra el medio
Tratando de captar esa señal de radio pirata
Escuché las noticias, escuché tu última solicitud
Vuela, mi pequeña señorita
No amo a nadie, dame un beso
Abajo en el fondo, muy abajo en Key West
 
Key West es el lugar para estar
Si buscas la inmortalidad
Key West es el paraíso divino
Key West está bien y es justo
Si te vuelves loco, lo encontrarás allí
Key West está en la línea del horizonte

La Voz Humana

La voz humana, el cortometraje dirigido por Pedro Almodóvar y protagonizado por la actriz británica Tilda Swinton ha logrado una recaudación de 120.000 euros y se ha convertido en la gran sorpresa de una cartelera española muy mermada por los efectos del coronavirus.

Los datos: desde que se estrenara el pasado 21 de octubre en cines, el cortometraje del director manchego ha sido visto por más de 30.000 espectadores, logrando ser programado en más de 150 salas, explica hoy en una nota la productora y distribuidora Avalon.

Ahora, tres semanas después de su estreno, La voz humana continúa su recorrido por más de sesenta salas de toda la geografía española.

Sinopsis y tráiler de La vida humana

Una mujer ve pasar las horas junto a las maletas de su examante (que vendrá a recogerlas, pero nunca llega) y un perro inquieto que no entiende que su amo le haya abandonado. Durante los tres días de espera, la mujer solo ha bajado una vez a la calle, para comprar un hacha y una lata de gasolina. La voz humana es una lección moral sobre el deseo, no importa que su protagonista esté al borde del abismo. El riesgo es parte esencial en la aventura de vivir y de amar.