La Biblia Humanista…

La bendición de la amistad, del respeto y la generosidad son armas contra la que no existen defensas u ofensas posibles, no mientras exista humanidad. Una amiga leyó uno de mis comentarios -o lo que sea-  por cualquier perdido lugar dentro de la red y me contactó  de inmediato para hablar de los viejos y los nuevos tiempos. Del pasado y del presente que se nos hace futuro a los dos. La conversación terminó parcialmente enviándome este precioso libro,  compilación al estilo de la más sublime tradición humanista y libertaria The Good Book. A Humanist bible. Escrito por A.C.Grayling uno de los pensadores más interesantes y gentiles de la actualidad. Un humanista entre los postmodernos, un orador al estilo griego, un renacentista, al estilo toscano, un hereje, como los ateos de Burgos, un brujo, al estilo de Salem, un hombre, al estilo de todos nosotros. A.C.Grayling en construye su propio Antiguo y Nuevo Testamento, para ello reune miles y miles de citas, ideas, párrafos, pensamientos de más de mil hombres y mujeres a través de la historia, citas folclóricas y anónimas de los cinco continentes, conversaciones en bares e iglesias, y, en un esfuerzo humano,  nos confecciona otro Libro, otra historia de la humanidad, una versión de esa humanidad igual de posible y deseada. Hace meses no leía la Biblia. Esta versión me emocionó, como mi primera lectura de la Torah, o los Evangelios, ya que la generosidad, el respeto y la amistad junto al amor son signos esenciales de lo que somos, una especie única. Hay un Árbol que en primavera brinda flores…Les dejo con los primeros versos, del Primer Capítulo del  Libro del Génesis.

In the garden stands a tree. In springtime it bears flowers; in the autumn, fruit.

Its fruit is knowledge, teaching the good gardener how to understand the world.

From it he learns how the tree grows from seed to sapling, from sapling to maturity, at last ready to offer more life;

And from maturity to age and sleep, whence it returns to the elements of things. 

The elements in turn feed new births; such is nature’s method, and its parallel with the course of humankind. 

It was from the fall of a fruit from such a tree that new inspiration came for inquiry into the nature of things,

When Newton sat in his garden, and saw what no one had seen before: that an apple draws the earth to itself,and the earth the apple,

Through a mutual force of nature that holds all things, from the planets to the stars, in unifying embrace.

So all things are gathered into one thing: the universe of nature, in which there are many worlds: the orbs of light in an immensity of space and time,

And among them their satellites, on one of which is a part of nature that mirrors nature in itself, 

And can ponder its beauty and significance, and seek to understand it: this is humankind.

All other things, in their cycles and rhythms, exist in and of themselves;

But in humankind there is experience also, which is what makes good and its opposite…

 

 

En la era del artificio.

‘Vindicación del arte en la era del artificio’

 

ATALANTA

Vindicación del arte en la era del artificio es un brillante y meditado alegato contra el estado actual del arte, sometido a las tramposas leyes del mercado, la banalización de la cultura del espectáculo, y la perniciosa influencia del progreso tecnológico, donde ya no es la tecnología la que se adapta a nuestros deseos y necesidades sino nuestros deseos y necesidades los que se adaptan a la tecnología. Así, este joven escritor y premiado director de cine canadiense reclama buscar salidas a la honda decepción que produce este panorama decadente, que equipara con el estado de la biosfera, como algo que también está en peligro de extinción.

Tomando ejemplos, que van de las pinturas del Paleolítico a la música pop, J. F. Martel va construyendo las bases de su pensamiento crítico a través de oportunas referencias a las reflexiones de Joyce, Wilde, Deleuze y Jung, entre otros, para hacernos recordar de nuevo que el arte y la emoción estética son un fenómeno humano innato que precede a la formación de las culturas y sociedades humanas, y expresa una realidad mucho más profunda y compleja que la que cualquier artificio ideológico o consumista pueda transmitirnos.

Aunque los medios que utilizan son equiparables, el arte y el artificio difieren en sus objetivos. Más allá del mero deseo o repulsión que suscita el objeto, o lo que representa, toda experiencia artística capaz de conmovernos sobrepasa con creces la obviedad de cualquier discurso o de cualquier guiño del mercado. El arte no es un panfleto ni un objeto de consumo. Si lo dejamos actuar en libertad, es capaz de iluminar nuestro campo de visión o de sumergirnos tanto en nuestro propio misterio como en los misterios del mundo que nos rodea. 

«La completa colonización de la mente humana es la última frontera del dominio capitalista. Como Martel bien sabe, esta clase de dominación conduce a una aceleración cada vez mayor y a un reduccionismo de la imaginación mediante lo predecible y controlable. Lejos de ser una mera mercantilización de la estética, es una ingeniería para eliminar lo inefable y único de la existencia humana.» Joshua Ramey, autor de The Hermetic Deleuze

«Vindicación del arte en la era del artificio argumenta en favor de la belleza de la experiencia trascendente del arte en contraste con el mundo discordante del artificio moderno. Moviéndose con confianza y esfuerzo entre el cine, la literatura y la pintura, J. F. Martel nos muestra -en una cuidadosa progresión razonada- que todo gran arte, en última instancia, se enraíza en el poderoso misterio de la vida.» David Staines, profesor de la Universidad de Ottawa 

«Un ensayo luminoso que explora “la naturaleza del arte en el momento histórico actual”, un viaje personal hacia un arte que “trabaja con la propia conciencia, con el material del que están hechos nuestros sueños.”» Santos Domínguez

«He aquí un lúcido y oportuno recordatorio sobre aquellas cosas que tan a menudo parecen haber sido olvidadas en las consideraciones artísticas, como la importancia de la belleza, el misterio o la profundidad. Tras décadas de hipocresía y pretenciosidad -al margen de la trivialidad- que ha rodeado al mundo del arte, la lectura de este libro resulta un grave y a la vez refrescante despertar.» Patrick Harpur, autor de
El fuego secreto de los filósofos 

 PREFACIO

Piense en una de esas raras salidas al cine que resultan realmente excepcionales. Tras la proyección, ya en el vestíbulo, la experiencia suscita en usted una expresión de anonadamiento y ausencia. Es como si pudiera decir: «Me había olvidado de todo… Y podría haber seguido así para siempre». Al salir a la calle tiene la impresión de que nada es igual que antes. Los automóviles, el cielo nocturno por encima de los elevados edificios acristalados, las luces reflejadas en el húmedo pavimento… Todo brilla con una extraña inmediatez y novedad. Es como si la película que acaba de ver hubiera tenido algún efecto sobre el mundo. Algo muy parecido a lo que ocurre cuando terminamos de leer una gran novela o nos sumergimos en una pieza musical impactante.

     Hay una línea memorable del Apocalipsis que dice: «Mirad, yo hago nuevas todas las cosas». Reflexionando sobre este antiguo texto, el crítico Northrop Frye ha definido el Libro de las Revelaciones como «la manera de ver el mundo tras la desaparición del ego». Y es que toda gran obra de arte es un apocalipsis silencioso. Desgarra el velo del ego y reemplaza las viejas impresiones por otras nuevas que son a un tiempo inexorablemente ajenas y profundamente significativas. Las grandes obras de arte tienen la capacidad única de arrebatar la mente discursiva para llevarla a un nivel de realidad más expansivo que la dimensión del ego en la que habitamos normalmente. En este sentido, el arte es la transfiguración del mundo.

      Este libro es un intento de explorar la naturaleza del arte en el momento histórico actual. No es la última palabra ni propone una teoría estética; es más bien un viaje hacia el mundo del arte, un viaje personal. No obstante, tengo la esperanza de llegar a inspirar en el lector una apreciación más profunda de la fuerza única del arte, y también de lo urgente que es para todos hacer que el arte sea una parte fundamental de nuestras vidas y de nuestra sociedad. Creo que ello es esencial si queremos hallar solución a los graves problemas a los que nos enfrentamos en el presente, ya sean políticos, medioambientales, económicos o espirituales.

El Joven Papa.

 

Desnudo frente al espejo, Pío XIII (Jude Law) se repite a sí mismo: “Soy el Papa”. Soy el Papa”. Así comienza la serie El Joven Papa. Pero este Santo Padre no es hebreo, tampoco es alemán ni tan siquiera es argentino. Es uno norteamericano, interpretado por un inglés y ficcionado por el italiano Paulo Sorrentino para la trasnacional audiovisual HBO.

Muchos de los fanáticos de siempre han declarado que es una serie que nos muestra toda la corrupción y putrefacción de la Iglesia Romana. Otros que es una apología a la Iglesia  y al Santo Padre. Algunos han opinado sin tan siquiera haberla visto. No sé qué serie han visto, al menos no es la que he visto yo. Uno nunca sabe, cuándo se trata de Dios, o Poder, o Riqueza, los hombres casi siempre terminan enfrentados y contradiciéndose los unos a los otros. El Joven Papa es un canto al cristianismo, aunque más que al cristianismo podemos decir al amor, a la compasión, a la reflexión, a la crítica y la libertad. ¿El Papa debe creer en Dios? Pues no. Y no por ello debe ser juzgado porque al fin y al cabo… ¿Quién es Dios? ¿Qué es Dios?

Un poeta español nos dejó escrito que la vida es sueño y los sueños casi siempre concluyen enmarcados en la majestuosidad del poder. Prisioneros en el despliegue total de la ficción del poder. Una de las posibilidades del arte es librarnos de esos sueños, o al menos la posibilidad de señalar esas barreras.  Quien si no la Iglesia inventó la teatralidad del mundo, la mitra, los trajes, las luces y la pirotecnia de las máscaras, la opulencia y el resplandor del oro. La Iglesia es la irresoluble contradicción entre lo material y lo espiritual. El propio actor protagónico Jude Law (Lenny Belardo-Pio XIII) responde a la pregunta: ¿Reconoce en el Papa a un compañero de profesión? Sin duda. La primera escena de la película es la de un hombre que se prepara para interpretar el papel de su vida. Está desnudo delante de su traje. Fuma mientras toma té. Y se repite a sí mismo: «Yo soy el Papa, yo soy el Papa…». Tiene que interpretar un papel. Es un actor, sin duda. Y, en este sentido, lo encuentro muy cercano. Imagino que cualquier Papa, vivo o muerto, se ha visto en un trance similar. Es puro teatro.

Es puro cine. Aunque se trate de una serie para HBO, Paulo Sorrentino no deja de deslumbrarnos visualmente al mejor estilo italiano, pues Paulo es heredero de Federico Fellini, Bernardo Bertolucci o la propia majestuosidad del Vaticano y su arte incomparable. El joven Papa es la continuación lógica de La Grande Belleza o Il Divo. Creada por un cineasta ya inclasificable y de estilo muy personal además de un artista con ideas despolarizadas en un mundo cada vez más paranoico donde la libertad de pensamiento, de ideas y creación parece ser un estilo de vida en perpetua desaparición.  Algunos críticos han querido ver la llegada de un ficticio Papa norteamericano al Vaticano con el arribo de un real Trump a la Casa Blanca. Un conocido diplomático afincado desde décadas en la Santa Sede nos ilustra.  “La política, tal como la conocemos, es un juego de niños comparado con las maniobras y equilibrios de poder en el Vaticano”.

Como ya he escrito anteriormente la contradicción de la ficción lo engloba todo. ¿Y no es el cristianismo una contradicción en sí mismo? Donde María es una virgen que da a luz, Dios es a la vez padre, hijo y espíritu santo. Con tales contrapuntos no es extraño que haya un canguro en los jardines del Vaticano a través del que se manifieste el invisible Espíritu Santo. A ello parece apuntar la serie de Sorrentino. A un festín de ideas relevantes a un humor provocador a una ovación visual por la libertad humana. A reflejar la vida íntima dentro de un Estado y como se maneja el poder cuando su dogma e imperativo moral es la renuncia de ese poder y el amor desinteresado hacia el prójimo.

La serie nos recorre por una pléyade de personajes son de lo mejor que he visto en mucho tiempo tanto en el cine como la TV.  Partiendo de Lenny Belardo Pio XIII (interpretado por Jude Law), un Papa que no llega a los 50 años, que fuma, que se salta todos los protocolos de la iglesia, que tiene una visión ultraconservadora, que tiene un pasado que le atormenta y una búsqueda que le tiene cegado, que desayuna Coca Cola Cherry Zero, que tiene visiones sexuales y es la persona más inteligente del mundo pero a la vez es el más estúpido, una contradicción tras otra.  La normalidad dentro de la Iglesia.

Otro personaje fundamental es Sister Mary (Dianne Keaton) una monja que juega al baloncesto y duerme en camiseta. Voiello (Silvio Orlando) un personaje lleno de matices y que supuestamente es el personaje antagonista al principio. Pero que al final se nos descubre en su condición humana; pues; aunque la propaganda santoral nos quiera hacer creer estupideces el Vaticano está habitado y gobernado como toda institución por hombres y mujeres.

El Joven Papa evita la crítica superficial, por el contrario nos adentra en una íntima introspección del laberinto de la fe. La posibilidad de hacer o no hacer. Al final toda ficción termina siendo una conspiración de palacios no importa estemos en Roma, Moscú, Washington o Dinamarca. Algo siempre huele a podrido escribía Shakespeare. El Rey alguna vez se tiene que preguntar al mismo tiempo que responderse: se es o no se es. Para dictar un dogma que nos alivie la pesada carga existencial que todos soportamos. El Joven Papa es una bellísima mirada en profundidad a la espiritualidad humana, al amor, a la infancia, a la compasión, a la aceptación, a los sueños, las ficciones y el uso del poder.

Lenny Belardo se levanta todos los días con la mirada de Dios sobre él. No parece algo tan duro, hasta que un plano picado a un Cristo crucificado nos obliga a contemplarla: los ojos de todos le observan en todo momento, atentos a cualquier decisión que decida tomar. El ambiente religioso, tranquilo y diáfano, espera con regia serenidad su salida al balcón. La población mundial aguarda horas al calor, frío y lluvia para verle proclamar bondades. La prensa se afana para conseguir un primer plano, una gran declaración, otra gran verdad irrebatible de boca del Santo Pontífice.
Entre todo este majestuoso despliegue, parece alzarse la pregunta de Sorrentino: ¿cómo es posible que una sola persona decida el devenir espiritual del mundo?

El oficio del Papa es casi ciencia ficción, pero por alguna razón es algo que existe y permanece, que muchos conocen y muchos otros veneran. Por lo tanto, Sorrentino no se corta: un Papa joven, fumador e impredecible parece la perfecta figura para hablar acerca de esta ficción existente. Lenny se echa sin mucha dificultad la capa de Pío XIII sobre los hombros, y al hacerlo también se proclama salvador espiritual de la humanidad, por mucho que no pueda parecerlo. Pero en la ficción todo es posible. ¿Quién es la cara visible de una de las mayores instituciones religiosas de la Historia?

Lo primero que encuentra el Papa Pío XIII es una entidad caduca y corrupta, anclada en casi dos mil años de dogmas y contradicciones, en santos y asesinos. Apenas un despreocupado museo de ese dogma que todos parecen conocer pero nadie lleva a la práctica. Los personajes se debaten en sus pequeñeces humanas pero al mismo tiempo están inmersos en la titánica tarea de buscar el verdadero sentido de la Cristiandad que Sorrentino retrata en escenas deslumbrantes de belleza e intimidad, casi siempre con un difuso Papa como un vago espectador.

Más allá de la extraordinaria visualidad de la serie no puedo dejar de mencionar su banda sonora. Encabezada por el brave new Premio Nobel Bob Dylan en una versión instrumental de All along the watchtower, además de temas como “Life is life”, “Sexy and I know it”  (un escena al estilo video clip más fascinantes que he visto nunca), “Changes”. Y por último, los diálogos, sobre todo los diálogos finales de los capítulos tres, cinco y siete,  conversaciones densas pero con un exquisito sentido del humor que te conducen por caminos insospechados.

Una serie de las mejores que puedas disfrutar, un verdadero Juego de Tronos. Pero como siempre la vida es mucho más exuberante que el arte.

En una reciente entrevista para el diario español El País, el Papa Verdadero, Francisco, nos confirma que la ficción de El joven Papa es solo una infinitesimal normalidad dentro de la caja blanca que ocultan las decoradas paredes de San Pedro. Donde según el propio Bergoglio -el Papa Real- conviven santos y pecadores, vírgenes y putas.

Pregunta Antonio Caño director de El País en compañía del corresponsal Pablo Ordaz en la Santa Sede:

Aquellos problemas que tuvo Benedicto XVI al final de su pontificado y que estaban en aquella caja blanca que le entregó en Castel Gandolfo. ¿Qué había allí dentro?

Respode Jorge Mario Bergoglio:

La normalidad de la vida de la Iglesia: santos y pecadores, decentes y corruptos. ¡Estaba todo ahí! Había gente que había sido interrogada y está limpia, trabajadores… Porque aquí en la Curia hay santos, ¿eh? Hay santos. Eso me gusta decirlo. Porque se habla con facilidad de la corrupción de la Curia. Hay gente corrupta en la Curia. Pero muchos santos. Hombres que han pasado toda su vida sirviendo a la gente de manera anónima, detrás de un escritorio, o en un diálogo, o en un estudio para lograr… O sea, ahí adentro hay santos y pecadores. A mí ese día lo que más me impresionó es la memoria del santo Benedicto. Que me dijo: “Mirá, acá están las actas, en la caja. Acá está la sentencia, de todos los personajes”. Y acá “fulano, tanto”. ¡Todo en la cabeza! Una memoria extraordinaria. Y la conserva, la conserva.

Es bueno igual que el arte conserve esa memoria.

Poemas prohibidos

1

Ya soy un viejo. Aunque las nuevas tecnologías me han convertido en un lector digital. (Tal vez al día todo lo que leo sea un 90 por 100 en esté en formato). Pero sigo siendo esencialmente un tipo del siglo XIX.

Amo los libros impresos. En papel. La Hoja en Blanco sobre la Tinta en Negro. Así aprendí a leer.

Aunque hoy por hoy no me molesta la lectura en cualquier dispositivo electrónico. Si siento la necesidad de comprar de vez en vez un libro en el antiguo formato de Gutenberg. Un libro como obra de arte, objeto de culto y espacio de veneración. En papel. Por ejemplo acabo de adquirir una exquisita edición de Los Poemas Prohibidos de Charles Baudelaire, con ilustraciones de Gustav Klimt. Editada por MALDOROR en el 2007, en una cuidada edición en francés y español.

A la polémica si la literatura o el libro digital terminarían por desplazar a los libros impresos, Poemes Interdits tiene una respuesta posible y muy probable. Nunca. Pues el tacto del papel-poema de Baudelaire y las estilizadas y provocativas mujeres de Klimt tienen en el libro de papel una textura, un olor, una profundidad que no puede tener jamás el libro digital o electrónico. Solo lo pueden superar los originales de Charles o Gustav. Un regalo para los sentidos. El libro se organiza en seis capítulos. Las alhajas, Lesbos, El leteo, A la mujer demasiado alegre, Mujeres Malditas, La Metamorfosis del Vampiro. Cualquiera que conozca algo de poesía sabe que esos poemas fueron excluidos de Las Flores del Mal, censurados por décadas. Solo se incluyeron ya muy entrado el siglo XX.

Comienza el libro:

Desnuda estaba mi amante,
y leyendo en mi corazón.
2
Igualmente les podría hacer la historia de la noche en que me convertí en vampiro.
*
La femme cepedant, da sa boueche de fraise
En se trodant ainsi qu un serpent sur la braise,
Et pétrissant ses seins sur le fer de son busc
Laissait couler ces mot tout imprégnés de music
Moi jail la levre humide, et je sais la science
De perdre au found de un lit l Antique conscience.

*

La mujer hacia ofrenda de su cuerpo
Con un movimiento de serpiente cercada por el fuego,
y mientras acariciaba sus senos prisioneros del corsé,
Su boca de fresa decía con almizclado sabor:
Tengo el labio húmedo, y conozco el arte
De hacer perder la conciencia sobre un lecho.

¿Quién es Slenderman?

 

Una de las principales características de mi genética es mi voraz curiosidad. Sé que esa genética se las he trasmitido a mis hijas. La menor de ellas, a la tarde temprano, cuando regresaba del trabajo me preguntó, papi… ¿Quién es Slenderman…Fue como si un misil impactara entre mi pecho y mi cerebro. Amo a mis hijas. Me hacen permanecer feliz y vivo, alerta y amoroso. Su curiosidad innata es mi curiosidad innata. La mayor de mis herencias.

¿Quién es Slenderman, preguntó? Who is slender man?

Mi hija es muy pequeña para entender la complejidad del mundo, pero ya se imagina cómo es.

¿Quién es Slenderman para ti?, hada.

Aren t daddy! A slender man without eyes or mouth.

Eso mismo una ficción. Un hombre sin ojos no ve. Sin boca no se alimenta. Slender Man es una ficción de terror. Lo contrario a las ficciones de Disney. Más cercana a las historias de los hermanos Grimm que tanto te gustan. Sonrió. Y continuó con otra ask-solicitude.

Read me Der Rattenfänger von Hameln.

Perfecto, hada. Pero…¿Quién es Slenderman… ?

Una nena tenía un dibujo de él: delgado, sin rostro, vestido de negro y con tentáculos como pulpo gigante. Slender Man es simplemente eso que me explicas, una versión-digital de la fábula alemana del Flautista de Hamelin. Que a su vez es una versión de otra fábula, de otra fábula. No hay nada nuevo en el internet. Solo el reflejo de la enorme capacidad de asombro e imaginación de la humanidad. Todo reciclado. Una y otra vez.

**

La pregunta de mi hija me hizo recordar viejos debates surgidos de la masacre de la Escuela Secundaria de Columbine en Colorado, Estados Unidos. Sus responsables, Eric Harris y Dylan Klebold, habían escuchado poco antes de asesinar a sus amigos al cantante Marilyn Manson. Pronto los medios le echaron la culpa a la música de Manson. Algo irresponsable.

Michael Moore en su reconocido documental sobre el asesinato le preguntó a Manson sobre lo que les hubiera dicho a los adolescentes asesinos de la Secundaria Columbine, él excéntrico cantante le contestó:

«No hubiera dicho una sola palabra. Más bien, me hubiera gustado escuchar lo que tenían que decir y eso es lo que nadie hizo»

La respuesta de Manson lo dice casi todo: la sociedad estadounidense -y contemporánea en general- es especialista en la búsqueda de enemigos y chivos expiatorios externos en vez de aceptar y afrontar sus problemáticas sociales e individuales. Es un hecho que América ama las armas y la violencia, tiene un gusto enfermizo por la pólvora y por lo salvaje, por la competencia, la rentabilidad, la riqueza. La soledad en la que viven algunos de sus individuos es terrible. Su incansable capacidad de trabajo les impide pasar el tiempo necesario con sus seres queridos, escuchar y hablar. Como dice Manson, si alguien hubiera escuchado a esos niños y niñas quizá hoy no fueran asesinos.

***

«El caso de Slender Man» se hizo notorio cuando dos niñas estadounidenses intentaron matar a una amiga en una pijamada. Terminaron apuñalándola 19 veces en un bosque cercano a sus hogares. La victima sobrevivió por milímetros.

Todo en la historia es espeluznante aunque, quizás, lo más turbador sea las razones para el intento de asesinato: ser proxies de Slender Man. Una de las chicas asegura que tiene comunicación con Slenderman a través de sueños; y, que él puede leer su mente y tele-transportarse. El contacto que tenían las niñas con la cultura de Slender Man era por medio del sitio web creepypasta.wikia.com. Un sitio cooperativo para desarrollar ideas mas o menos de terror entre sus usuarios.

Las niñas planeaban matar a su amiga para demostrar su lealtad al Slenderman y después huirían a la mansión de esta criatura en el cercano Parque Nacional Nicolet de Wisconsin.

Slenderman se ha convertido en la representación del miedo y de esas ideas instintivas que nos hacen considerar que no somos nosotros, sino algo más lo que nos roba la vida. Seguramente se trata de algo que nos ata y no nos deja ser libres. Slenderman transformó la manera de lidiar con el dolor de la pérdida, la enfermedad y la soledad de estas niñas hasta el punto de convertirlas en potenciales asesinas, pero también representa la homogenización y pérdida de individualidad de amplios sectores en sociedades cada vez más alejadas de los individuos y su psicología para encerrarlos en meta-construcciones económicas, políticas, ideológicas o religiosas. No es de extrañar que Slender Man sea un hombre sin rostro. Y, no sólo por su nulo rostro, o el vacío de su personalidad, sino por el fenómeno que provocó.

¿Acaso nos transformamos en seres que sólo digieren la información sin analizar lo que hay detrás? Cientos de noticias virales circulan sin un atisbo de certidumbre o veracidad. No nos preocupamos siquiera por abrir un enlace y nos guiamos por lo que nuestros amigos o colegas saben al respecto. Y cuando se trata de ignorancia, ante el cúmulo de información que existe, tal vez el ejemplo de las niñas que intentaron matar a su amiga por creer en Slenderman, sea el punto para considerar lo irracionales que somos, la disfuncionalidad de las familias y nuestras sociedades post-modernas y globales. Desvirtuada la percepción, un recuerdo desconcertante de cómo Internet, al igual que el revolucionario invento de Johannes Gutenberg, puede ofrecer herramientas poderosas a los individuos de escasa capacidad de empatía y nulo comportamiento ético.

En un reciente filme documental para la cadena HBO la realizadora Irene Taylor Brodsky nos expone el caso con todos sus detalles, con sus protagonistas, sus víctimas y victimarias, las niñas, sus padres, las autoridades policiales, expertos, maestros, escenas de la presentación en los tribunales. Todo el que estuvo directamente relacionado con el intento de homicidio  el 31 de mayo de 2014 en Waukesha, Wisconsin, en las cercanías del Parque Nacional Nicolet.

Lo primero que uno puede concluir como espectador al escuchar los pormenores de la historia es que los principales responsables son y fueron los padres de las adolescentes, por no escuchar a sus hijas. El amor a veces no basta. Uno tiene que afinar los cinco sentidos. Escuchar. Observar. Estar en alerta constante.

El padre de Morgan Geyser padecía esquizofrenia desde su adolescencia, enfermedad que bien diagnosticada y medicada permite a los que la padecen llevar una vida social y personal estable aun dentro de los límites de un padecimiento tan devastador. Para sobrellevarla el apoyo familiar es esencial. En el caso de Morgan sus padres no hicieron nada por ayudar a su propia hija la cual desde los tres años padecía  evidentes síntomas de la enfermedad.

Los primeros responsables de la salud física y mental de los niños y adolescentes somos nosotros, sus padres. Que crezcan sanos y se fortalezcan de carácter y sentimientos para que puedan enfrentar la variedad de la vida es nuestra responsabilidad. Que sean felices en un ambiente sano y saludable, de amor y confianza. Es nuestra responsabilidad. Escucharlos es mucho mejor que imponerles o castigarles.

Pero definitivamente, hada… ¿Qué o quién es “Slender Man”?

Para los que no estén muy enterados, Slender Man es una criatura resbaladiza que ha ganado fama en la cultura pop estadounidense. Se le describe con frecuencia como una criatura humanoide alargada que se roba a los niños, una especie de roba-chicos sobrenatural. Según Slate, el origen de Slender Man es ubicable. Fue en junio del 2009 que un aspirante a maestro de escuela llamado Eric Knudsen publicó dos fotografías en blanco y negro en un foro web llamado Something Awful con el pseudónimo Victor Surge. En una foto aparecía una figura alargada al acecho de una tropa de niños en un parque infantil. Pronto la mitología explotó y todo el mundo reportaba haber visto a Slender Man. Y aunque ha variado mucho lo que se dice de él, parece que hay elementos que permanecen, por ejemplo, tiene la habilidad de cambiar de forma y cuando lo ves, te obliga a mantener la vista fija en él (además, a medida que lo busques y sigas en su caza, todo comenzará a volverse peor para ti).

«La mayoría de la gente que ve Hannibal no se convierte en asesina». Esta es una cita de los administradores de la wiki creepypasta… y tienen razón. Así como cuando ves al Guasón en Batman no te conviertes en un sociópata. No vas al teatro a ver Hamlet y terminas siendo un parricida. Pensamientos así son tan ridículos como pensar que por ver a Pikachu en la tele todos los días y jugar en el iPhone nos podemos convertir en un pokemon.

Lo que uno hace con lo que ve es su responsabilidad y siempre se puede responder de manera distinta a la que se espera.

La censura de las caricaturas violentas, los videojuegos, la música, la pornografía, etcétera, no quitará los males sociales del mundo o de los individuos. Que un niño o niña quiera imitar a un asesino o a un monstruo de la TV o internet habla más de nosotros como sociedad que del producto cultural en cuestión, o dice más de las dinámicas disfuncionales de las familias o de la salud mental del sujeto, que de sus gustos o preferencias estéticas. Son efecto no causa. Existe un interesante debate académico sobre el asunto. Los medios reproducen la violencia de la sociedad, no la producen.

*****

Como sociedades e individuos nos encanta prohibir y censurar antes de hacernos responsables o de entender las causas complejas de nuestros problemas individuales y sociales.

Un ejemplo, los problemas económicos. Cada vez que hay una crisis lo primero que se hace es echar la culpa a un sector: los nazis culparon a los judíos, los europeos culpan a los inmigrantes del Magreb, los estadounidenses a los mexicanos ilegales, los mexicanos a los centroamericanos ilegales, los cubanos a los estadounidenses, etcétera. Es más fácil decirle a la gente que no hay trabajo por culpa de un sector de la compleja vida social o económica que arreglar la economía y admitir que la culpa en ocasiones es de un aliado y no de un enemigo.

Pero ni el racismo va a solucionar la economía en crisis, ni censurar una página o prohibir a los niños ver historias de terror como las de Slender o Hamelin va a terminar con los asesinos en el mundo. Ni negarle a mi hija que en el internet existe una ficción llamada Slender Man, como otros miles de millones de imbéciles y unos pocos genios, hombres malos y hombres buenos, amor y odio, como reflejo de la vida.

Todorov, los enemigos y el futuro.

Antes de morir vimos a un Todorov más implicado con el presente, en la línea de El miedo a los bárbaros.

Los enemigos íntimos de la democracia denuncia que los peligros que acechan a las democracias occidentales no son tanto externos, como se nos ha querido hacer creer invocando el terrorismo islamista, los extremismos religiosos o los regímenes dictatoriales, sino internos.

Todorov argumenta que nadie pone tanto en peligro la democracia como tres tendencias crecientes en el mundo occidental, empezando por los Estados Unidos: el mesianismo (que dio lugar a la invasión de Irak y a otros intentos de imponer por la fuerza la democracia en el mundo), el ultraliberalismo (el imperio de la economía por encima de la política, el poder de los medios de comunicación, el desmantelamiento del estado del bienestar) y el populismo y la xenofobia (el miedo al extranjero, el aumento del nacionalismo excluyente).

Así pues, el enemigo está en nosotros mismos. Todorov llama a resistir y propone la necesidad de una «primavera europea» que ponga fin a estas derivas desde el convencimiento de que quien decide nuestro destino no es sino la suma de nuestras voluntades.

En el último párrafo podemos leer:

Todos nosotros, habitantes de la Tierra, estamos hoy implicados en esta aventura, condenados a salir adelante o a fracasar juntos. Aunque todo individuo sea impotente ante la enormidad de los desafíos, no deja de ser cierto que la historia no obedece a leyes inmutables, que la Providencia no decide nuestro destino y que el futuro depende de las voluntades humanas.

 

Matilda y la censura…

Los cineastas rusos han salido en defensa de la libertad de expresión y contra los intentos de prohibir la película Matilda, sobre la romántica relación juvenil que mantuvieron a fines del siglo XIX el futuro emperador ruso Nikolai II y Matilda Kschessinskaia, la gran bailarina del teatro Marinski, muerta en el exilio en París en 1971 poco antes de cumplir 100 años. Las violentas amenazas contra las salas de cine que se atrevan a proyectar la cinta, proferidas por sectores ortodoxos ultras, autodenominados “Estado Cristiano-Santa Rusia”, obligaron a tomar cartas en el asunto al secretario de Prensa del presidente ruso, Dmitri Peskov.

El miércoles, el alto funcionario calificó de “intolerables” los ataques contra Alekséi Uchítel, el director de la cinta, por parte de “extremistas”.

La película debe estrenarse el 25 de octubre en San Petersburgo en el marco de los acontecimientos dedicadas al centenario de la Revolución de 1917, pero ya ahora, sin haberla visto, sectores cristianos ortodoxos conservadores comenzaron una campaña contra la cinta, que consideran calumniosa para la imagen del último zar ruso, asesinado junto con su familia en 1918 y canonizado posteriormente por la Iglesia Ortodoxa.

Abanderada de la campaña contra Matilda es la diputada de la Duma Estatal (parlamento ruso), Natalia Poklónskaia, una fiscal ucraniana que fue nombrada fiscal de Crimea tras la anexión de la península por Rusia y, en calidad de tal, que se dio a conocer por su rigor en la persecución de los tártaros.

Poklónskaia, que hoy es diputada del partido gubernamental Rusia Unida (RU), se ha dirigido en dos ocasiones a la Fiscalía estatal para que esta entidad verifique si Matilda transgrede la legislación que penaliza las “ofensas contra los sentimientos de los creyentes”. La fiscalía ya consideró improcedente la primera denuncia de la diputada, quien, no obstante, ha vuelto a insistir, por considerar que Matilda tiene por fin “desacreditar” y “calumniar” a “uno de los santos más adorados de nuestra iglesia”.

Uchítel, a su vez, se ha dirigido esta semana a la físcalía para pedir protección para él y su equipo cinematográfico ante “las amenazas y otras acciones ilegales de carácter extremista” de las que son objeto por parte de la organización “Estado Cristiano-Santa Rusia”. Uchítel ha pedido además a la fiscalía que de su valoración jurídica sobre la forma particular de interpretar la ley de Poklónskaia, dado que ésta “carece de formación jurídica rusa”.

“No queremos que nuestra cultura sea oprimida por una nueva censura, por muy influyentes que sean las fuerzas que la hayan iniciado. Queremos vivir en un Estado laico y democrático, donde la censura esté prohibida no solo por la constitución, sino en la realidad”, señala la carta abierta difundida el martes por una cincuentena de cineastas y profesionales del mundo del cine ruso.

Los cineastas subrayan que en algunos cines del país se han recibido cartas en nombre de una organización autodenominada “El Estado Ortodoxo-la Santa Rusia”, en la que se amenaza a las salas que se atrevan a exhibir la película y se exhorta a incendiar estos locales y a la violencia. La situación en torno a la película Matilda, señalan, se parece a la que se ha dio en torno a otros productos culturales que han sido combatidos por los sectores conservadores, como la puesta en escena de la ópera Tanhauser (en Novosibirsk), el ataque a la exhibición de esculturas de Vadim Sidur (en Moscú) o en contra de la política de exposiciones del museo Ermitage de San Petersburgo. “Nosotros los cineastas, especialmente los de la vieja generación, sabemos bien lo que es la censura que durante algunas décadas de la época soviética golpeó el destino de artistas e impidió el desarrollo del arte”. Poklónskaia ha pedido a la fiscalía que investigue además el uso de los fondos oficiales dados a la película de Uchitel, que ha costado 25 millones de dólares.

En el punto de mira de los grupos cristianos ultraconservadores está el director del Ermitage, Mijail Piotrovski, quien recientemente se ha negado a dar permiso a un grupo de cristianos ortodoxos para una rogativa en territorio del museo. Piotrovski declaró a Interfax que la rogativa estaba dedicada a un santo desconocido y advirtió que los rezos públicos en el museo solo pueden tener lugar con el permiso del director de la institución y la bendición del metropolita, aunque la gente “tiene derecho a rezar en voz baja”. Piotrovski ha pedido retrasar la transferencia de la catedral de san Isaac, un tema que ha encendido la polémica entre partidarios y detractores de que el actual museo pase a ser administrado por la iglesia. Mientras tanto, un grupo de altos funcionarios de Rusia Unida de San Petersburgo han pedido que se acelere la transferencia del templo.

Manipuladores y simplificadores de la realidad.

 

Manipuladores y simplificadores de la realidad.

Si usted no conoce el trabajo de Adam Curtis su último documental “HyperNormalization” es un buen inicio para perder su virginidad.

“HyperNormalization” fue estrenado en la plataforma iPlayer de la BBC el pasado 16 de octubre del 2016.  Acabo de ver las casi tres horas del metraje en mi laptop mientras volaba a veinte mil pies de altura; y, sentí quizá por primera vez en mi existencia un vértigo intenso y real. No el vértigo ficticio del maestre del suspense si no el otro vértigo, el  poderoso que te impulsa como instinto de conservación animal al deseo de tener los pies sobre la tierra.

El propio Adam Curtis nos lo explica en su blog de la BBC: “The film has been made specially for iplayer – and is a giant narrative spanning forty years, with an extraordinary cast of characters. They include the Assad dynasty, Donald Trump, Henry Kissinger, Patti Smith, the early performance artists in New York, President Putin, intelligent machines, Japanese gangsters, suicide bombers – and the extraordinary untold story of the rise, fall, rise again, and finally the assassination of Colonel Gaddafi”.

Todo el trabajo documentalistico de Adam Curtis resulta de ese inquietante intento de desentrañar las “fuerzas ocultas detrás del caos político” con un estilo propio entre el periodismo de investigación y el cine de autor, una mezcla potente de ideas intelectuales y académicas junto a la cultura y la comunicación de  masas. Hypernormalisation es un término desarrollado por el profesor y escritor de origen ruso Anton Yurchak para describir los últimos años de la Unión Soviética, cuando gobierno y población acordaran tácitamente que el sistema funcionaba perfectamente a pesar de sus evidentes síntomas de deterioro. La falsedad hipernormal.

La híper normalización de Adam Curtis se inicia entonces en dos lugares bien distantes y diferentes del mundo. Damasco. New York. Con la bancarrota de la ciudad el sistema financiero se hizo con el control de la ciudad de Nueva York por primera vez en la historia de los Estados Unidos, la clase politica era remplazada por Wall Street. La otra cara del mundo: el comienzo de la dinastía de Hafaz al-Assad bajo la geopolítica de Kissinger en el Medio Oriente que a la larga asesinó a millones de vidas humanas.  Dos ciudades que nos revelan el hilo conductor y dramatúrgico de las ideas de Adam Curtis.

En Damasco y New York comienza la “paralyzing complexity” (”complejidad paralizada”) o la “constructive ambiguity” (“ambigüedad constructiva”). Frente a unas sociedades cada vez más complejas e interconectadas las narrativas políticas y financieras optan por la simplificación, entonces -como era de esperar-   se (re)construyen sus propias alternativas a esa realidad, y la adaptan a sus visiones mediante la propaganda o la mercadotecnia con el objetivo en primer lugar de poder legitimar esa confusión y la ansiedad frente a esas realidades para en segundo lugar canalizar el descontento de esas mayorías hacia sus propios intereses: hacerse del control económico y el poder político.

El propio Adam Curtis nos explica en su blog: “All these stories are woven together to show how today’s fake and hollow world was created. Part of it was done by those in power – politicians, financiers and technological utopians. Rather than face up to the real complexities of the world, they retreated. And instead constructed a simpler version of the world in order to hang onto power. But it wasn’t just those in power. This strange world was built by all of us. We all went along with it because the simplicity was reassuring. And that included the left and the radicals who thought they were attacking the system. The film shows how they too retreated into this make-believe world – which is why their opposition today has no effect, and nothing ever changes”.

Curtis nos expone esa “caída y temor de todas esas historias”. Desde el islamismo fundamentalista de la guerra santa hasta el neoconservadurismo en los Estados Unidos de América (ahora ya instalado en la Oficina Oval). Desde la cultura pop y los “ocupas” hasta la nueva Rusia Zarista de Vladimir Putin. Desde la narcisista globalización de la internet al censurado socialismo de mercado de Pekín; al uso indiscriminado de las neurosis individuales y colectivas que reproducen el temor al Otro. El poder desplegar la mejor mercadotecnia con el objetivo de controlar,  vigilar y manipular -no ya a disidentes o criminales-  sino a toda la ciudadanía a escala planetaria. El uso y la concentración de los medios masivos de comunicación, las redes de información y el big data como instrumentos de poder político y económico. Curtis expone hechos tras hechos. Detalle tras detalle. Son irrebatibles. Uno puede sentirse abrumado. O incluso no estar de acuerdo con sus conclusiones. Pero su documental y sus ideas nos deja indefensos frente al vértigo de las alturas, ante la impotencia y la indiferencia que en cualquier momento podemos estar frente a un nuevo 1914 o 1933.

Incluso podemos considerar que el propio Curtis hecha manos a la falsificación de  las teorías conspirativas que tratan de explicar la urdimbre del entramado del complejo militar-industrial-político.

O en su carencia de soluciones o visiones alternativas a las ya expuestas. Pero “HyperNormalization” es un resumen desolador de un mundo cada vez más abocado al caos o a la simplificación mediática de la realidad, a la ansiedad de nuestra percepción como individuos y sociedades que los poderes que controlan nuestras vidas son cada vez más opacos, indiferentes y distantes. A la psicosis propias del poder político. A las neurosis generadas por la inutilidad de los argumentos o los debates políticos cuando estos se abocan con una marcada intensidad a generar solo impresiones verbales para que circulan en las redes sociales. Ya no hay críticas o valoración de ideas,  solo enunciados muchas veces falaces o sobrevalorados, de dudosa parcialidad. Como antes lo hicieran Mussolini, Hitler y Stalin en el pasado siglo XX en el presente la trama política la escenifican otros protagónicos pero que igualmente son maestros en la construcción de ficciones convertidas en realidades. Una puesta en escena mezcla de nacionalismo, egocentrismo, armamentismo, narcicismo y desprecio por la enorme variedad y complejidad de los individuos y las sociedades humanas que implosionan desde esa realidad “controlada” para perpetuar el statu quo pues la simplicidad tiene el efecto de ser conciliadora o retraer falsas esperanza de estabilidad y conciliación. Mientras se alimentan a las fuerzas más oscuras de la historia, el odio, la avaricia, el racismo, la xenofobia, el fundamentalismo religioso y la radicalización ideológica. La parálisis de la complejidad.

Mientras tanto la única alternativa que nos ofrece Adam Curtis es la simplificación extrema de esa complejidad. La híper normalización.

Historias de exilios y desexilios…

 

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Gustavo Pérez Firmat: 50 lecciones de exilio y desexilio

Cincuenta lecciones de exilio y desexilio. Hypermedia, 2016).

*

Creyendo que no puedo servir a dos gramáticas a la vez, siento la obligación de escoger entre el inglés y el español. Quisiera anclarme en un idioma como si fuese un cuerpo o un puerto. Las palabras tienen peso y espesor, y es difícil hallarles cabida en el mismo lóbulo al enorme Webster y al descomunal Sopena. Por lo menos, lo es para mí. El plurilingüismo es un fenómeno harto común. Las literaturas occidentales abundan en ejemplos de escritores que han cultivado más de una lengua. Aunque admiro inmensamente a esos seres, para mí excepcionales, que hablan o escriben más de un idioma sin malestar o daño aparente, carezco de ese talento.

Gagueo en mis dos idiomas. Siempre recuerdo que Juan Ramón Jiménez nunca aprendió inglés porque tenía miedo de que el mal inglés fuera a estropear su depurado español.

Pero ahora empiezo a darme cuenta de que la madurez quizás consiste en no sentirse obligado a escoger, en aceptar que al repartirme entre lenguas cada una se volatiliza un poco, se convierte en ancla leve. Viviré una temporada en español, hasta que me entre la añoranza del inglés, y entonces levaré ancla. Me pasaré una temporada navegando en inglés, hasta que me entre la comezón del español, y entonces levaré ancla otra vez. Si hay vientos de través, aprenderé el arte del zigzagueo.

Lo que sí me parece inmaduro, por inútil, es intentar aunar los dos idiomas. La mezcla del español y el inglés, el Spanglish, de momentos puede resultar divertida o delirante, y nada impide que un idioma recoja palabras o giros del otro. Pero la mezcla a partes iguales termina devastando los dos idiomas sin por ello engendrar un tercero. En los poemas en Spanglish —en los míos, por ejemplo— los dos idiomas no se acompañan: se maltratan, se agravian. No se juntan, se pegan. No se adhieren, se hieren.  Entablan una lucha a muerte que acaba matando la poesía.

***

De las muchas razones que alguien puede tener para desplazarse de la lengua materna a la lengua alterna, una de las más poderosas es el rencor. Escribir en inglés es o puede ser un acto de venganza —contra los padres, contra las patrias, contra uno mismo. Siempre me ha parecido que la afición a los juegos de palabras bilingües es un síntoma de ese rencor; el pun es pulla, una pequeña detonación de terror y de tirria, una manera de blandir el hyphen como arma: que nos parta no el rayo sino la rayita.

El vilo avilanta. La ingravidez pesa. Desprovisto de ancla o sostén, el cubano con rayita se torna agrio, angry. (Nadie odia más a Cuba más yo).

En inglés se dice que la mejor defensa es una buena ofensa; pues entonces ofendamos, afirma el cubano con rayita. La audacia del enunciado bilingüe —You say tomato; I say tu madre— es un tipo de insolencia; su ligereza —An I for an ¡Ay!— es una forma de pesadez. Vil en el vilo, mordaz en el remordimiento, el cubano con rayita se lanza a triturar el español en la osterizer del inglés, y a despedazar el inglés en la batidora del español. Todo por rayar, por rayarse.

***

Exul inmeritus, exiliado sin merecerlo: así se llama Dante y así —respetando las distancias— se podría describir a aquellos de nosotros que llegamos al exilio de niños. De ahí nuestra contradictoria gama de actitudes hacia Cuba (la de ayer, la de hoy, la de nunca), hacia la Revolución (la de todos, la de pocos, la de nadie) y hacia el mismo Exilio (histórico e histérico, numeroso y sin nombre). De ahí, quizás, el rencor que nos consume y la vergüenza nos exalta.

Muy otra es la actitud de quienes decidieron su exilio, o de quienes nacieron aquí. La nostalgia de unos y la curiosidad de otros duelen sin perjuicio. En el fondo son recodos del bienestar, géneros de lo saludable. Pero nosotros nos dividimos entre nostalgia y curiosidad, pues Cuba nos parece a la vez terruño natal y terra incognita. No sé si es posible conciliar actitudes tan dispares, feelings tan mixed.

Con todo, se me antoja que nuestro rencor es también cordial, que riega nuestras vidas, capilarizando lo que de otra forma sería resentimiento a secas. Divina comedia la del exiliado que se revira contra su patria, y hace de su torsión homenaje.

***

Siempre me pregunto qué pensarían mis hijos de mí —así como yo de ellos— si nos conociéramos en mi lengua materna. ¿Nos querríamos distinto en español? Pero ellos y yo nos conocemos exclusivamente en inglés, y esa exclusividad lo que excluye es un temperamento, cierto acorde de entusiasmos y reticencias, una manera de ver el mundo y de tratar a la gente, todo un conjunto de costumbres, manías, miedos, alegrías que al ser expresados en traducción hurtan parte de su significado. Cuando les digo, a ella o a él, I love you, queda sin expresar la mitad de lo mucho que los quiero. Cuando me dicen, ella o él, I love you too, no sé si se lo creo.

Para mis hijos no soy padre sino su padre sino su padre —así, en cursivas, como una palabra extranjera en el decurso, el discurso de sus vidas. Para conocerme, tienen que interpretarme. En lugar de expresarme, tengo que explicarme. Es cierto que expresarse en traducción tiene sus ventajas, en particular la distancia; pero lo que se gana en distancia se pierde en familiaridad. Grave cosa: perder familiaridad con la propia familia.

De tanto vivir en traducción, el español se me ha vuelto exótico. Al regresar a él, me demoro en cada palabra como si la pronunciara por primera vez: añoranza, fracaso, infidencia, macerar, pericia. Las que más disfruto son aquéllas que carecen de cognados o cuya traducción entrampa (fracaso/fracas), porque son esas las que mejor recogen lo que Juan Marinello llamó alguna vez “las esencias intransferibles” del idioma.

Rehúyo, en lo posible, los ecos del inglés. Busco recuperar esos años en que todavía no había aprendido el idioma en que ahora vivo, cuando el español no estaba teñido de exotismo y el inglés me parecía, en frase de Guillén, lengua extraña. Pero me cuesta trabajo remontarme a esos años sin inglés, porque la verdad es que desde muy joven, desde mucho antes del exilio, el inglés ya me era familiar. Aun así, y aunque no logre rescatar memorias concretas de esa vida sin vilo, sé que no siempre sentí el complejo del repartimiento.

Hago estas notas redactando en voz alta, algo que nunca he hecho al escribir en inglés, quizás porque aún pronuncio ese idioma con un acento. El placer de la fonación, de casar sonido con sentido sin remanentes, lo experimento sólo en español. En inglés la palabra es letra; en español, voz. Lo cual quiere decir que todavía no soy completamente bilingüe, porque en el sujeto bilingüe los dos idiomas establecen una relación especular, equilibrada —condición que los lingüistas han denominado “equilingüismo” o “bilingüismo balanceado” (balanced bilingualism).

Me pregunto si en verdad existe tal equilibrio, o si lo que sucede más bien es que uno de los idiomas se adueña de ciertas zonas de la expresión, aunque la jerarquía no sea perceptible para el propio hablante. Me inclino a creer que todo bilingüismo supone un estado de desequilibrio, una compleja e inestable dinámica de carencias y compensaciones. Si damos por sentado que el traductor traiciona, el sujeto bilingüe, traductor tenaz y empedernido, vive de la traición. Y el concepto mismo de equilingüismo podría ser una de las tantas justificaciones con que los bilingües engañamos la fractura de nuestra subjetividad.

***

Según los diccionarios, “sinsonte” proviene de zentzontle, vocablo azteca que quiere decir “pájaro de cuatrocientas voces”. Su nombre científico es todo un epigrama: Mimus polyglothus orpheus. El sinsonte es emulador, políglota y musical porque “puede imitar el canto de otras aves, y hasta el ladrido de un perro o una tonada si se le enseña”. De ahí que este violín que vuela sea el ave emblemática de los bardos cubanos, como en los versos del Cucalambé dedicados a Fornaris:

Tú que de Cuba has nacido 

entre las flores y plantas

y con dulce anhelo cantas

como el sinsonte en su nido…

Pero en inglés los cien sones del sinsonte se convierten en rancias trompetillas, pues su nombre americano es mocking bird, pájaro burlón. Se me hace que muchos exiliados hemos padecido la humillante metamorfosis de sinsonte a mocking bird.

Nos dejaste sin son, sinsonte.

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El inglés nombra; el español ingenia perífrasis. Trailer: casa de remolque. Continental drift: el desplazamiento gradual de los continentes. Clockwise: en el sentido de las manecillas de reloj.  Para vivir en movimiento, el inglés; para una vida pausada, el español.  José Angel Buesa se describe en un poema como “lento y triste”. Así me parecen las cadencias del español, lentas y tristes.

Ya me lo dije: si quiero “aclimatarme” al español, tengo que superar mi gusto por los monosílabos: grunt, want, crunch (quejido, querer, crujido); doom, gloom, swoon (ruina, lobreguez, desmayo); quick, kick, trick (rápido, patada, truco).

La abundancia de monosílabos del idioma inglés concuerda con la inquietud del exiliado, inquietud que se transparenta en un habla inquieta, entrecortada. Los monosílabos nos permiten expresarnos sin palabras, gruñir los pensamientos, habitar el inglés sin dominarlo. Pero en español cada sílaba espera su momento pacientemente (¡cuánta paciencia requiere este solo adverbio!), dejándose saborear, paladear, como humo en la boca.

Por su relativa falta de concisión, el español es menos citable que el inglés. Si se compara con la inglesa o la francesa, la literatura en lengua española no es pródiga en aforistas. ¿Cuántos autores hispánicos se recuerdan por sus epigramas? Tenemos las máximas de Gracián —entre ellas, “más valen quintaesencias que fárragos”— las greguerías de Gómez de la Serna, las “ideolojías” de Juan Ramón, alguna que otra frase feliz de Unamuno, de Ortega, de Paz.

En Cuba, recordamos los aforismos de Luz y Caballero, frases felices e infelices de Martí, los “eslabones” de Varona, algún chispazo de Lezama o Piñera o Cabrera Infante. Pero no sé si existen en español compendios análogos al Bartlett’s Familiar Quotations, tan popular en Estados Unidos. Si los hay, dudo que hayan tenido igual difusión. Porque no es eso lo que buscamos en la literatura en lengua española.

Buscamos el acorde, y no la nota; la luminosidad, y no la chispa. No existe traducción adecuada al castellano de palabras como flash o crash, o de modismos como a bolt from the blue o a stroke of luck, que designan instantaneidad de acontecer; mas tampoco existen traducciones precisas al inglés de adjetivos como “duradero” o “paulatino”, en los que el transcurrir del tiempo transcurre.

Intraducible también, por la misma razón, el refrán “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. La negación doble, mediante la cual la retahíla de monosílabos (cosa rara) del primer octosílabo se alarga en el segundo octosílabo, insinúa el lento desgaste del cuerpo (el del mío, por ejemplo).

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Escribir en español durante el día es demasiada claridad. El inglés tapa, tapia. Creo que por eso no me cuesta trabajo, ni me da vergüenza, revelar intimidades en inglés, como he hecho en algunos libros. Al escribirlas en inglés, muchas veces un idioma distinto de aquél en que las he gozado o padecido, dejan de ser mías, como si la traducción fuese también despojo. El cambio de pronombre —de yo a I— produce un cambio de persona. Además, hay una parte de mí, soterrada mas no cancelada, que no entiende esos libros porque todavía no ha aprendido inglés. (Esa parte vive a la sombra de un flamboyán.)

En español todo queda al descubierto, como si cada frase, ráfaga de luz, iluminara rincones y rendijas que preferiría ocultar. En inglés las arrugas son wrinkles —matices, sutilezas— y es fácil esconderse entre ellas; en español una arruga es sólo un pliegue en la piel, mediodía de la madurez. Disimular wrinkles con arrugas es tapar un dedo con el sol.

Me complace pensar que el español sigue siendo el idioma de mi piel. El idioma del rubor, del pudor; de los ojos, del sonrojo. El idioma en el que todavía soy capaz de avergonzarme.

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No hay exilio interminable, pues solo dura lo que dura una vida. Por lo tanto, alguien por ahí tendrá el récord del exilio de más larga duración, marca que será batida algún día por uno de esos viejitos que deambulan, pena en el alma, por las aceras de Miami. Aunque a lo mejor (y a lo peor) morir en el exilio es seguir viviendo en el exilio, y en tal caso la marca es imbatible. El exilio nos acaba sin acabarse él.

Me informa un demógrafo amigo que en las últimas décadas más de un cuarto de millón de cubanos han muerto lejos de Cuba: un sinfín de exilios sin fin. ¿A qué fin?

Más seguro sería el cálculo del exilio de menos duración. Sin duda uno de los aspirantes a esta distinción haya sido mi tío Miguel, quien juraba que había salido de Cuba como exiliado pero que había llegado a Estados Unidos como inmigrante. Su exilio duró lo que el vuelo entre La Habana y Miami. O hasta menos, porque tal vez Miguel inauguró su exilio al levantar el pie para subir la escalera de abordaje, y al plantarlo en el primer peldaño ya lo había superado. De ser así, el suyo fue un exilio de un paso: tránsito y no trance.

Muy distinta ha sido la suerte de aquellos cubanos —la gran mayoría— que no se resignaron o se decidieron a ser nada más que exiliados: todos esos “refugiados” que llevaron su destierro a cuestas hasta el último suspiro. Entre ellos ha habido de todo: vividores y muertos de hambre, mártires y mataperros, hombres sin nombre y renombradas damas de sociedad. Me duelen todos, porque el exiliado que sobrevive hereda de sus muertos, quiéralo o no, el peso y pesar de tantos destinos incumplidos.

Hace años me parecía que nadie se moría en Miami; ahora no conozco otra ciudad con más muertos, con más muerte, que Miami. Lo que primero fue expectativa después se hizo espera, y a la larga la espera se ha convertido en duelo. La capital del exilio es ahora la necrópolis del exilio. En contra de lo que dicen algunos, Miami no es una ciudad alegre, porque en Miami se vive con la evidencia de un exilio en agonía, con el convencimiento, por inconfesado no menos palpable, de que ninguna peripecia histórica ya nos puede salvar. De ser refugiados sin país hemos pasado a ser exiliados sin refugio.

En defensa de Dios…

sin dios

 

En Atenas llovía desde las doce de la noche pero al medio día era más bien cálido. Protágoras de Abdera llegó temprano al almuerzo como invitado a la mesa del dramaturgo Eurípides. Se quitó las sandalias. Sintió el suelo húmedo a sus pies. Se sirvió un buen vaso de vino y pan fresco con aceite de oliva.  Y se dispuso a modo de sobre mesa a pronunciar su retórica sobre los dioses. Ningún dios podía imponerle su voluntad a los seres humanos, y en cuanto a los dioses olímpicos, quien puede decidir si existían o no. Hay muchos obstáculos a ese conocimiento, incluida la oscuridad del asunto, y la brevedad de la vida humana. Según Protágoras no hay evidencia para pronunciarse sobre la existencia de lo divino, ni en un sentido ni en el otro.  Atenas por entonces estaba dominada por los fundamentalistas de los olimpos.  Protágoras fue condenado a muerte y en su huida se ahogó en las celestes aguas del Mediterráneo. Pero ya la idea estaba en el aire.

El logos de los griegos estaba allá y hoy aquí, los dioses existen o no existen en nuestro logos pues son solo la manifiesta tosquedad de ese logos humano que reproducen o no en nuestros sueños la existencia o no de los fantasmas divinos. Como escribiera el poeta.  Para Esquilo (525-456)  contemporáneo de Protágoras,  Zeus  -quién quiera que pudiera ser-  había enseñado que la experiencia humana era la única verdadera, enseñado a los hombres a pensar, a razonar y significar la experiencia del amor y el dolor.  La poesía había hablado:

Que debemos sufrir, en verdad.  No podemos dormir, y del corazón gotea de nuevo, el dolor del dolor recordado, y, aunque nos resistamos, con él llega también la madurez. De los dioses entronizados en el augusto puente de mando Nos llega el amor que nos imponen con violencia.

Eurípides y Esquilo parecen concluir que el nous de cada uno de nosotros es un dios. Los filósofos de Atenas y sus ciudadanos estaban a punto de llegar a la misma conclusión. La anécdota la cuenta Karen Armstrong en su libro En defensa de Dios,  un análisis controvertido y lucido del significado actual de las religiones en el mundo. Por primera vez en la historia millones de millones de personas no quieren saber nada de Dios. En el pasado los individuos peregrinaran millas para experimentar una realidad sagrada que describían provenía directamente de dios, como experiencia de Brahman, Tao, del Nirvana o cualquier otro avatar de lo divino.  En efecto la religión ha sido una de las características definitorias  -para bien o para mal-   del homo sapiens.

Actualmente  -sin embargo-  los militantes ateos predican el evangelio del descreimiento con el mismo celo de los misioneros cristianos en la edad de la fe oscura  o los nuevos evangelizadores televisivos y encuentran igual una enorme cantidad de una entusiasta audiencia, como la audiencia  proto-capitalista de Lutero hace quinientos años o la de los proto feudalitas calvinistas para diferenciarse de la nueva amenaza germana y romana. La nueva fe siempre se hace más dependiente del Texto, de la forma, del nuevo dogma, de su  sola y pervertida interpretación de las Sagradas Escrituras.  A ello se refiere Protágoras de Abdera en su almuerzo hace dos mil quinientos años en la casa de Eurípides. Los dioses son solo interpretaciones del logos y por lo tanto pueden o no contener la existencia de las divinidades. 

Ahí reside una posible respuesta. Entonces, por qué el dios moderno se ha vuelto increíble, infinitesimal, cuasi inexistente. Cómo ha llegado a suceder esto. A estas interrogantes intenta hacerle frente el libro de Karen Armstrong.