Braveheart el Vikingo

Es un signo de los tiempos que un hecho tan grave como el asalto a Capitolio en plena sesión de confirmación de un nuevo presidente vaya a ser archivado en la memoria de todos los que lo siguieron con una imagen ridícula, la de un hombre vestido de bisonte o de Braveheart vikingo, con el pecho descubierto lleno de tatuajes, gorro de pelo y cuernos y la cara pintada con los colores de la bandera estadounidense. Esa foto y la de otro tipo, vestido con un gorro de esquí con el nombre de Trump, sonriendo de oreja a oreja y llevándose un atril del Senado como quien carga con una tabla de snow, serán para siempre iconos de la revuelta ultra.


Jake Angeli, el asaltante-vikingo. Foto: Getty

El primer personaje ha sido ya identificado como Jake Angeli, de 32 años, un exactor y cantante que se hace llamar Yellowstone Wolf y el Chamán de Qanon, un activista prominente de esa teoría conspirativa que se ha dejado ver en los últimos meses en varios puntos calientes de las protestas trumpistas. Estuvo en el condado de Maricopa mientras se contaban los votos de Arizona y participó en un acto organizado por Rudy Giuliani para repudiar los resultados electorales. En redes también se le conoce como “the Q guy”, el tío de Q, porque es una de las caras más reconocibles de ese movimiento que en realidad no tiene líderes y que cree que el mundo está dominado por una secta satánica de pedófilos y caníbales. Los periodistas que llevan meses siguiendo (atónitos) el crecimiento de este fenómeno, que ya tiene representantes en las instituciones, como Kevin Roose del New York Times, lo identificaron con rapidez y desmintieron un bulo que corrió en las primeras horas de tumulto y que lo identificaba como un infiltrado de Antifa. Angeli tiene un canal de YouTube que incluso después de hacerse famoso tenía unos modestos 700 seguidores en el que habla de comunismo, magia negra, control mental, esclavas sexuales y guerra espiritual.

En realidad, la impunidad con la que se movían los insurrectos por el Capitolio, a cara descubierta, está resultando útil para identificarlos. El hombre que invadió el despacho de Nancy Pelosi ha presumido de ello en las redes sociales. Se llama Josiah Colt, es de Idaho y dijo en un vídeo que se sentó en la silla de “esa zorra” porque está harto de que “le mientan”.

En conjunto, la protesta violenta está dibujando ya una estética de milicia blanca pintoresca que mezcla elementos de parafernalia nórdica y vikinga, gorros MAGA, referencias a lo incel, pancartas de “Jesús te salva”, rifles de asalto y banderas confederadas. Cada uno de esos elementos tiene su propia explicación y, sumados, configuran la representación visual de un movimiento que permanecerá cuando Trump se marche. Desde las gorras de camuflaje y otras piezas paramilitares que lucían algunos de los insurrectos, a la curiosa proliferación de prendas de pelo que los memes de Twitter comparaban con el oso de Midsommar. Además de la del ya famoso Angeli, circuló mucho la imagen de uno de los insurrectos que iba vestido con una pelliza de animal, cabeza incluida, y se había tomado la molestia de accesorizar con mueñequeras y botas de caña alta. Se protegía con un escudo antibalas y un chaleco de la policía. La identificación de los movimientos supremacistas con su idea de la mitología nórdica (en la realidad, al parecer, los vikingos nunca llevaron gorros de cuernos) parece responder a una exaltación de la raza blanca y de lo masculino. Existe un grupo paramilitar ultraderechista que se hace llamar Angry Vikings, vikingos furiosos, que participó en el intento de golpe, y retransmitió los hechos desde dentro del Capitolio a través de su propio canal. Su líder es Dylan Stevens, que ganó prominencia este verano organizando contraprotestas contra las manifestaciones Black Lives Matter. Al margen de estos elementos pintorescos, la mayor parte de los participantes en el asalto, casi todos hombres, llevaban variaciones de lo que se considera el uniforme redneck, de la clase blanca trabajadora de los estados rurales: barbas y bigotes largos, chalecos de cazador, y, a veces, bandandas con paramecios. Un atuendo que programas como Duck Dinasty y Here Comes Honey Boo Boo contribuyeron a memeizar en la década pasada, como analiza Nancy Isenberg en White Trash (Capitán Swing). El politólogo Yousef Munayver resumió en Twitter la paradoja de ver gente tan peligrosa con aspectos tan aparentemente risibles: «Nos gastamos 750.000 millones de dólares al año en Defensa y, al final, el centro del gobierno americano cae en dos horas a manos de dos tíos de Duck Dinasty y uno con un bikini de Chewbacca».

 

Quizá por las temperaturas gélidas, a simple vista no se indentifican entre la masa hombres vestidos con el polo Fred Perry de los Proud Boys de Gavin McInnes ni con la camisa hawaiana que algunos grupos de ultraderecha han adoptado como atuendo.

Al principio de la protesta, antes de que otras imágenes (incluyendo, no olvidemos, el vídeo de la muerte de una mujer, Ashli Babitt, que fue grabada desde varios ángulos), lo que más escandalizó a algunos observadores fue la presencia de muchas banderas confederadas dentro del Capitolio. Muchos de los participantes en los tumultos las llevaban en la ropa o las ondeaban. Esa insignia, roja, con una cruz azul central con estrellas, representa a los estados del Sur que perdieron la guerra de Secesión y eran partidarios del mantenimiento de la esclavitud. Desde mediados del siglo XX, cuando la adoptó el Ku Kux Klan, se ha convertido en un símbolo de resistencia racista blanca y su uso (que estuvo también extendido en la cultura rockabilly) se ha intensificado en los últimos años entre la nueva ultraderecha. En julio, Donald Trump dijo que la bandera es un “símbolo de orgullo del Sur”, una de las muchas maneras con las que el todavía presidente coqueteó con su base de votantes más abiertamente racista.

 

Ese no fue el único símbolo del supremacismo blanco que se dejó ver en la insurrección de Washington. Aun más grave, quizá, fue la presencia de varias horcas en los tumultos. La horca representa los linchamientos a negros en el Sur (la asociación por los derechos de los afroamericanos NAACP calcula que hubo unos 4.700 entre y es también una de las insignias más crueles asociadas al Ku Kux Klan y a la violencia racista entre 1882 y 1968) y resulta tan ofensivo que incluso los artículos que informan sobre su presencia en las protestas llevan en el encabezamiento un trigger warning, un aviso de que ese contenido puede resultar perturbador para quien lo lea.

Entre los violentos, también se identificaron dibujos de Pepe Le Frog. Esta rana está considerada oficialmente un símbolo de odio desde 2016, cuando la Liga Antidifamación, de raíces judías, la incluyó en su lista de insignias ofensivas junto a la esvástica y otras. La historia de este anfibio antropomórfico es una de las más curiosas de lo que llevamos de siglo: la creó el dibujante de cómic Matt Furie en 2005, se convirtió en uno de los primeros memes en MySpace en 2008 y de ahí se mudó a 4chan, el foro en el que se han originado muchos movimientos racistas y machistas ligados a la ultraderecha en internet. En 2015, durante su precampaña, Trump retuiteó un meme que mostraba a la rana dibujada con su cara y a partir de ahí, se intensificó su identificación con sus seguidores y con el nacionalismo blanco.

 

Aunque si hubo un símbolo ubicuo en los tumultos, ese es la gorra roja de MAGA, la prenda que uniformiza a los seguidores acérrimos de Trump. Uno de los insurrectos se la colocó a una estatua de bronce del presidente Gerald Ford y, por supuesto, se fotografió con su proeza: para qué sirve tomar el Capitolio si uno no lo cuelga en sus stories– y merchandising con la Q de Qanon. Amazon ha recibido críticas por seguir vendiendo gorras, camisetas y otras prendas asociadas con este movimiento. Todavía ahora es perfectamente posible hacerse con una variedad de prendas que llevan una Q y un conejo blanco. Éste hace referencia a una frase de Alicia en el país de las maravillas (“sigue al conejo blanco”) y los seguidores de la teoría de la conspiración la utilizan para subrayar su creencia en que hay verdades escondidas que no se pueden ver en la superficie.

 

Key West (Philosopher Pirate)

https://ctxt.es/es/20201101/Culturas/34178/bob-dylan-key-west-disco-cancion-philosopher-pirate-rodrigo-fresan.htm

Un tiempo de incertidumbres y miedos, mediocres y medios de noticias falsas y payasos con poder…les dejo con un regalo….

Tañendo casi las campanadas del final de un año y el principio de otro, creo que todos más o menos coincidimos en cuál ha sido el gran acontecimiento del 2020. De ahí que toda curiosidad encuestadora –otro de esos rasgos inevitables que suelen caracterizar a diciembrenero, como las reuniones masivas con pocas/muchas ganas o encomendarse al azar salvador o prometer promesas incumplibles para los doce meses por venir– quede prontamente establecida y lista para su trámite y archivo.

Por lo que –para romper la monotonía– me permitiré aquí auto-encuestarme para entrar en materia acerca de otras cuestiones acaso más convencionales pero variadas.

¿Mejor canción del 2020?

Key West (Philosopher Pirate)” de Bob Dylan, muy por encima de su tanto más alabada y también impresionante “Murder Most Foul”, e incluida también en su magistral y contenedor de multitudes y maníaco referencial y trigésimo noveno álbum de estudio Rough and Rowdy Ways, aparecido el pasado junio.

¿Mejor cuento?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor novela?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor poema?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor película?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor serie de televisión?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor cuadro (paisaje & retrato & desnudo & abstracción figurativa)?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor actuación?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

¿Mejor accidente geográfico?

“Key West (Philosopher Pirate)”

¿Mejor platillo regional?

“Key West (Philosopher Pirate)”.

Y así hasta donde quieran llegar –por esa Route 1 crepuscular y arrullados por un plácido acordeón– que, luego de cruzar el propio Rubicón, conduce hacia el sur de todas las cosas.

Allí, en esta canción que se ubica sin esfuerzo ni demora entre sus mejores,[1] el personaje con voz de Bob Dylan intenta sintonizar[2] las razones y sinrazones que lo llevaron a este viaje que intuye como definitivo. ¿Es un corsario filosofante? ¿Es un fugitivo? ¿Es un perseguidor? ¿Es un falso profeta? ¿Es un anarquista magnicida? ¿Es un beatnik que se va quedando sin gasolina ni huella digital en su pulgar para auto-stop? ¿Es un sumo sacerdote de religiones secretas? ¿Es alguien cegado por el amor? Quién sabe… Tampoco este Key West es el de los atlas[3] sino uno habitado, mentalmente, por nada más que uno, por un huérfano por opción de todo y de todos: por aquel, por este que nos invita a acompañarlo por los 9 minutos y 34 segundos que dura esta canción tan clásica y atemporal. Lo cierto es que aquí el hombre se da caza a sí mismo a lo largo y ancho de estrofas íntimas y nubladas. Alguien a quien, recuerda, a los doce años lo metieron en un trajecito y lo obligaron a casarse con una prostituta que “sigue siendo bonita y seguimos siendo amigos”[4]. Alguien que se enorgullece porque “Nunca he vivido en la Tierra de Oz o malgasté mi tiempo en una causa indigna”. Informaciones puntuadas por estribillos que parecen salidos del más reflejo y automático y soleado de los folletos turísticos[5] optando por ignorar el lado de la sombra por el que camina un narrador con cadencia en off de film de Terrence Malick. Hay una historia velada allí (y, por la maestría con que la devela y la esconde, ¿queda alguien por allí aún indignado por el Nobel a Dylan?). Así, la trama de alguien que se niega a ser negado o a desplegar el mapa que conduce al retiro en esa Florida que suele funcionar como pre-cementerio de jubilados Made in USA (y siempre recuerdo esa entrevista a Dylan en la que se alababa la épica de sus giras interminables y en la que, de pronto, el girador centrífugo interrumpía al entrevistador con un “No veo que sea algo tan admirable… Es esto o mudarme a Miami a beber whisky frente al televisor… ¿Tú que elegirías?”).

Y, ah, claro, todo con esa voz. Y, de pronto, la comprensión de los pasados años en los que Dylan se la pasó explorando el songbook de Frank Sinatra[6] para re-aprender a cantar y frasear así. Con esa delicada firmeza con la que Dylan enfatiza y actúa aquí palabras como confess, rest, disease, life, happiness, help, friends, kiss, ends.

Y, ah, teoría privada: en “Key West (Philosopher Pirate)” Dylan homenajea a la vez que compite con la sublime –otro novelístico gran cuento acancionado– “Lake Marie” de John Prine,[7] quien alguna vez fue uno de los tantos “Nuevos Dylans” y, por suerte, acabó siendo nada más y nada menos que el único y viejo John Prine. Prine –quien murió el pasado abril por complicaciones de covid-19– también desgrana en “Lake Marie” una historia en tres tiempos partiendo de lo histórico pasando por lo romántico hasta alcanzar lo siniestro con locación de postal como telón de fondo[8]. Así, pienso, de camino a Key West, Dylan hizo un alto para reponer combustible e ir al baño y asar unas salchichas en ese Lake Marie con princesas indias, matrimonio naufragando y asesino en serie suelto.   

“Key West (Philosopher Pirate)”, finalmente, acaso cierre una suerte de trilogía territorial dylanesca luego de explorar las tierras bajas (“Sad-Eyed Lady of the Lowlands” en Blonde on Blonde, en 1966), las tierras altas (“Highlands” en Time Out of Mind, en 1997) para por fin llegar a las pantanosas y terminales flatlands en las que “el invierno, es cosa desconocida” y donde –en un legendario bar llamado Capt. Tony’s Saloon– Bob Dylan tiene un taburete con y a su nombre por toda la eternidad.

Cerca del final y despedida de “Key West (Philosopher Pirate)” destella uno de esos versos que quitan el aliento por el modo en que se los canta y dice y que, enseguida, nos permiten seguir respirando tranquilos:

“Esa es mi historia, pero no donde termina”, avisa allí Bob Dylan.

Que así sea.


Notas

[1] Siendo otra de esas sentidas auto-elegías que Dylan viene componiendo desde finales del milenio pasado como “Dignity”, “Series of Dreams”, “Shooting Star”, “Not Dark Yet”, “Sugar Baby”, “Nettie Moore” y “Long and Wasted Years”.

[2] Probablemente Rough and Rowdy Ways sea el disco más “radial” del que se tenga memoria; sus canciones en heavy rotation pidiéndole otras canciones a disc-jockeys radiactivos y fantasmales.

[3] El Key West de coordenadas 24°33′55″N 81°46′33″W, el de una población estimada de 24,118, el de To Have and Have Not de Ernest Hemingway o el de  Bloodline: la atendible serie de Netflix perteneciendo al género “catástrofe familiar”. 

[4] ¿Acaso —y, sí, el claramente críptico Dylan siempre obliga a la práctica compulsiva y patológica y por lo general delirante de ese deporte en el que siempre sale ganando él y que es el de la adictiva interpretación de todas-las-cosas Dylan— una codificada alusión al propio bar mitzvah y a la fe polimorfa y mutante y perversa pero siempre constante de Dylan? 

[5] De hecho, fueron varias las revistas de viaje y oficinas de turismo de Florida quienes fueron fácilmente encandiladas y celebraron la canción como invitación a visitar esta sombría “tierra de luz”.  

[6] Al que Dylan exploró entre 2015 y 2017 en Shadows in the Night, Fallen Angels y Triplicate y quien, digámoslo, siempre consideró a Dylan un prodigio vocal. 

[7] Oírla y admirarla en Lost Dogs and Mixed Blessings (1995).

[8] “Lake Marie” es –Dylan la señaló varias veces– su canción favorita de John Prine, cuya maestría definió como “puro existencialismo proustiano… trips mentales del medio-oeste elevados a la enésima potencia”

Key West (Philosopher Pirate)

Traducción canción Key West (Philosopher Pirate) 

McKinley gritó, McKinley chilló
El doctor dijo: “McKinley, la muerte está en la pared
Dímelo si tienes algo que confesar “
Escuché todo sobre eso, iba bajando lentamente
Lo escuché todo, la radio inalámbrica
Desde abajo en los boondocks hasta Cayo Hueso
Estoy buscando amor, inspiración
En esa estación de radio pirata
Saliendo de Luxemburgo y Budapest
Señal de radio, clara como puede ser
Estoy tan enamorado que apenas puedo ver
Abajo en las llanuras, muy abajo en Key West
 
Key West es el lugar para estar
Si buscas la inmortalidad
Mantente en el camino, sigue la señal de la autopista
Key West está bien y es justo
Si te vuelves loco, lo encontrarás allí
Key West está en la línea del horizonte
 
Nací en el lado equivocado de la vía del ferrocarril.
Como Ginsberg, Corso y Kerouac.
Como Louis, Jimmy, Buddy y todo lo demás.
Bueno, tal vez no sea lo que hay que hacer
Pero me quedo contigo de principio a fin
Abajo en las llanuras, muy abajo en Key West
Tengo los dos pies plantados en el suelo
Tengo mi mano derecha alta con el pulgar hacia abajo
Así es la vida, tal es la felicidad
Flores de hibisco, crecen en todas partes aquí
Si usa uno, colóquelo detrás de la oreja
Abajo en el fondo, muy abajo en Key West
 
Key West es el lugar para ir
Abajo por el golfo de México
Más allá del mar, más allá de la arena movediza
Key West es la clave de entrada
A la inocencia y la pureza
Key West, Key West es la tierra encantada
 
Nunca he vivido en la tierra de Oz
O desperdicié mi tiempo con una causa indigna
Hace calor aquí abajo, y no te puedes vestir demasiado
China florece de una planta tóxica
Pueden marearlo, me gustaría ayudarte pero no puedo
Abajo en las llanuras, muy abajo en Key West
Bueno, los estanques de cola de pez y los orquídeas
Pueden darte esa enfermedad cardíaca sangrante
La gente me dice que debería probar un poco de ternura
En Newton Street, Bayview Park
Caminando en las sombras al anochecer
Abajo, muy abajo en Key West
Jugué espirituales de Gumbo Limbo
Conozco todos los rituales hindúes.
La gente me dice que estoy realmente bendecida
Buganvillas que florecen en verano, en primavera
El invierno aquí es algo desconocido.
Abajo en las tierras planas, muy abajo en Key West
 
Key West está bajo el sol, bajo el radar, bajo el arma
Te quedas a la izquierda y luego te inclinas a la derecha
Siente la luz del sol sobre tu piel y las virtudes curativas del viento.
Key West, Key West es la tierra de la luz
 
Donde quiera que viaje, donde sea que deambule
No estoy tan lejos antes de volver a casa
Hago lo que creo que es correcto, lo que creo que es mejor
Calle de la historia de Mallory Square
Truman tenía su Casa Blanca allí
Con destino al este, con destino al oeste, en Cayo Hueso
Doce años me pusieron un traje
Me obligó a casarme con una prostituta
Había flecos dorados en su vestido de novia
Esa es mi historia, pero no donde termina
Ella todavía es linda, y todavía somos amigos
Abajo en el fondo, muy abajo en Key West
Juego ambos lados contra el medio
Tratando de captar esa señal de radio pirata
Escuché las noticias, escuché tu última solicitud
Vuela, mi pequeña señorita
No amo a nadie, dame un beso
Abajo en el fondo, muy abajo en Key West
 
Key West es el lugar para estar
Si buscas la inmortalidad
Key West es el paraíso divino
Key West está bien y es justo
Si te vuelves loco, lo encontrarás allí
Key West está en la línea del horizonte

La Voz Humana

La voz humana, el cortometraje dirigido por Pedro Almodóvar y protagonizado por la actriz británica Tilda Swinton ha logrado una recaudación de 120.000 euros y se ha convertido en la gran sorpresa de una cartelera española muy mermada por los efectos del coronavirus.

Los datos: desde que se estrenara el pasado 21 de octubre en cines, el cortometraje del director manchego ha sido visto por más de 30.000 espectadores, logrando ser programado en más de 150 salas, explica hoy en una nota la productora y distribuidora Avalon.

Ahora, tres semanas después de su estreno, La voz humana continúa su recorrido por más de sesenta salas de toda la geografía española.

Sinopsis y tráiler de La vida humana

Una mujer ve pasar las horas junto a las maletas de su examante (que vendrá a recogerlas, pero nunca llega) y un perro inquieto que no entiende que su amo le haya abandonado. Durante los tres días de espera, la mujer solo ha bajado una vez a la calle, para comprar un hacha y una lata de gasolina. La voz humana es una lección moral sobre el deseo, no importa que su protagonista esté al borde del abismo. El riesgo es parte esencial en la aventura de vivir y de amar.

El dedo gordo del pie…

 

¿Quién puede comparar el rencor y la animosidad, la envidia y la venganza, con la amistad, la benevolencia, la clemencia y la gratitud?

David Hume

Querido colega:

Me entero por las noticias de que la universidad de tu ciudad, a instancias de personas como tú, ha privado de sus honores a David Hume. Cuando él vivía, la universidad rechazó su candidatura como profesor. No por falta de méritos para el cargo, sino porque sus opiniones en materia de religión no eran del agrado de la jerarquía eclesiástica escocesa. Tras su muerte, cuando su prestigio alcanzó una dimensión mundial, la universidad se apropió de su nombre y de su legado, hasta el punto de convertir el dedo gordo del pie derecho de la estatua que mucho después, en 1996, se erigió en memoria suya en la Royal Mile en un amuleto que los estudiantes de filosofía acarician antes de presentarse a un examen para intentar contagiarse de su sabiduría. Ahora, la universidad vuelve a rechazarle por algo que nada tiene que ver con la calidad de su obra, sino porque algunas de sus opiniones disgustan a la nueva jerarquía escolástico-empresarial que hoy decide sobre estos asuntos.

En 1981, hablando sobre la carta que el rey de Prusia dirigió a Kant acusándole de pervertir el cristianismo y prohibiéndole escribir y enseñar sobre materias religiosas, Jacques Derrida reconocía que muchos profesores de filosofía actuales desearían recibir una carta parecida, pero se lamentaba con nostalgia de que algo así era “inimaginable en boca de Brézhnev, Reagan, el rey de España o la reina de Inglaterra (quizá no tanto en la de un ayatolá)”. Pues he aquí que Hume ha conseguido que vosotros, los nuevos ayatolás, le enviéis esa carta… ¡más de dos siglos después de su muerte! Con razón decía Walter Benjamin que “ni los muertos estarán seguros ante el enemigo si éste vence”. Y este enemigo —el enemigo de la libertad de opinión, incluida la libertad de opinión de los muertos— es el que hoy está venciendo.

Os recomiendo vivamente disfrutar de este momento, porque no alcanzaréis a lo largo de vuestras vidas mayor grado de notoriedad pública ni de virtud moral que el que así habéis conseguido. Y todo ello a costa de Hume, cuya denigración es el único asiento de vuestro efímero lustre. No cabe duda de que los seres humanos nos ennoblecemos cuando luchamos a favor de causas nobles. Y no cabe duda de que la lucha contra el racismo es una causa noble. Pero ¿es esta la forma de luchar contra el racismo que debemos combatir en nuestros países y en nuestros tiempos? Como mucho, así se combate el racismo de hace 243 años, del cual no creo honradamente que queden muchos partidarios. Me diréis quizá que el racismo de hoy es consecuencia del de ayer, que los argumentos que justifican el racismo contribuyen a las conductas discriminatorias y que los policías que tratan brutalmente a los negros son asiduos lectores del ensayo de Hume Sobre los caracteres nacionales. Pero, puestos a señalar los discursos racistas en vez de las acciones racistas, ¿no pensáis que habrán tenido más responsabilidad en el racismo de nuestros días las arengas de ciertos políticos nacionalistas y populistas y de ciertos líderes de opinión cuya influencia pública es innegable? ¿Por qué, entonces, no arremetéis contra ellos —los tenéis bien cerca— en vez de levantar vuestro dedo acusador contra Hume? ¿Por qué os conformáis con esta reconvención que, aunque importante, es aún insuficiente? ¿Qué me decís de las autoridades universitarias que dieron el nombre de tamaño racista a sus edificios e instituciones? ¿Es que no habían leído sus obras o es que también eran racistas? ¿Y qué decir de los patronos de la universidad de aquella época? ¿Y de todos los directivos y patronos de la universidad desde aquellos días hasta ahora?

Claro, es cierto que ninguno de ellos, como tampoco ninguno de los racistas de hoy goza del predicamento universal que tiene el pensamiento de Hume, de manera que es mucho más satisfactorio pretender por este sencillo procedimiento ser mejor que Hume. Igual que otros pretenden, a fuerza de rasgarse las vestiduras éticas ante diferentes tipos de escándalos, ser mejores que Picasso, que Wagner o que Proust, precisamente porque es mucho más excitante elevarse sobre la inmensa altura de esos nombres que sobre la modesta estatura de un policía, de un youtuber o de un demagogo. Es cierto que no por contribuir a la demolición de las estatuas de estos clásicos llega uno a pintar mejor que Picasso, a hacer mejor música que Wagner, a escribir mejor que Proust o a ser mejor filósofo que Hume, pero ¿quién reparará en este pequeño detalle? ¿Cuántos estudiantes, profesores o ciudadanos dejarán de molestarse en mirar un Picasso, en escuchar a Wagner, en leer a Proust o en explicar a Hume para no quedar por debajo del elevado listón moral en el que habéis colocado vuestra virtud al ejercer como censores?

Quizá creerás, querido colega, que motiva esta carta el corporativismo gremial, y que por ello levanto la voz cuando se trata de un filósofo, habiendo tantos otros ejemplos idénticos o similares. Sin duda, cuenta en mi actitud el hecho de que no podría nombrar a muchos pensadores que hayan contribuido tanto como Hume a la defensa de la libertad de opinión y de la tolerancia, a la lucha contra el fanatismo, contra la superstición y contra los prejuicios. Su reputación de impío —que le mantuvo durante años alejado de los temarios oficiales de filosofía bajo el franquismo— está ligada a su sistemática costumbre de poner en duda las convicciones más arraigadas y las creencias más firmes, especialmente cuando sirven para masacrar a nuestros semejantes. Sin embargo, y aunque no me pueda considerar su discípulo ni acepte todos sus enunciados, la verdad es que, de todos los autores que habitan en las páginas de la historia de la filosofía y que he conseguido conocer un poco, él es el único al que he llegado no solamente a admirar por su lucidez, su serenidad, su buen carácter y su admirable sentido del humor, sino a apreciar personalmente como a un amigo al que hubiera deseado tratar. Y es la desgracia de un amigo lo que hace que hoy sienta tristeza y vergüenza por algunos de mis colegas que quieren hacer carrera a sus expensas.

Él solía contar la fábula de un riachuelo que se encontró con un antiguo río amigo suyo de otro tiempo, que se había convertido en una poderosa corriente que rivalizaba con el Danubio, y que le recriminó, en su reencuentro, su pequeñez: “En verdad te has hinchado hasta conseguir un gran tamaño”, le respondió, “pero considera que, con ello, te has vuelto más turbulento y fangoso. Yo me conformo con mi baja condición y mi pureza”. Asegúrate de que, mientras se procede a retirar la estatua nadie le toque el dedo, no sea que se contagie de esa pureza.

Un saludo cordial.

José Luis Pardo es escritor.

 

PD… Otro invento americano: la “cancelacion de la cultura” llega a Europa.

Tildar de fascista a Winston, a Cervantes de colonizador, que jodidos estamos… 

Louise Glück poetiza sobre su propia biografía.

En un mundo sin valor, valor en el sentido de Keats y no monetario, que exista una poeta que dibuje acantilados de nostalgias y vidas, es un hecho cuando menos oportuno.

De hecho, el valor, es el tema principal de uno de sus mejores ensayos poéticos.

Valor y valentia. De escribir. O hacer silencio.  Cuando a la mayoria les da por vociferar o gritar, la poeta escribe dos palabras separadas por un tenue silencio.

Con las formas más sutiles de valentia, escribir desde el yo, rotundo, incisivo, individual. La valentia de emplear el “yo” en vez del “nosostros” que en temas de poetas dice bien poco. Menos en temas de vida. El “nosostros” es el escondite de los muertos. Nosotros los muertos en vez de Yo, la Vida. Merecido Nobel en un mundo agotado por la pandemia y los hombres, sean de blanco o de negro.

El yo para recontruir a la familia, relaciones entre seres que han de amarse, el matrimonio, el paso del tiempo y  la ausencia. Nuestra condición de seres mortales. Naturaleza espiritual, es su (la) vida y obra.

Louise Glück poetiza sobre su (nuestra) propia biografía.

 

Dust in the wind….

 

“Como polvo en el viento” es una novela ingente sobre de qué callada manera las costuras internas de unos personajes lanzados al mar de sus deshielos se encuentran y se extravían en un recorrido vital, personal e íntimo que es también el de todo un país. Cuba como un pueblo confrontado hacia sí mismo y hacia la diáspora que se configura en los remolinos de un relato sitiado entre la isla y el mundo. Cuba dibujada como “un país maldito y los cubanos [como] su peor maldición. Somos gentes que preferimos odiar y envidiar más que crecer con lo que tenemos.”  Con una estructura fragmentaria y contrapuntística, que va y viene del pasado al presente y del presente al pasado y que es uno de los aciertos de este libro, Leonardo Padura (La Habana, 1955) ha sabido mostrar los entresijos argumentales de un “exilio eterno”, o lo que es lo mismo, el porqué de las motivaciones de Clara, Elisa, Bernardo, Darío, Irving, Horacio, Liuba y Fabio, Walter, Ramsés, Joel, Fabiola, Guesty, Marissa y Montse, un elenco de personajes atenazados por determinados acontecimientos del pasado y que los arrastra a un presente perpetuo. Personajes dañados por “los recuerdos o la nostalgia o la culpa. O el odio.” 

 

La ética de la escritura de Padura se percibe como contención emotiva del Clan, inextricable nudo de personajes cada uno de ellos con sus propias contradicciones. En ocasiones, es el miedo, la desolación o el amor compartido; en otras, la sexualidad propia y ajena, la compasión, el futuro en ciernes, la maternidad o la esperanza desencantada. Pero todos ellos están unidos en una suerte de soledad compartida, la dosis incierta de un porvenir que llega tarde y mal y que los ubica en el límite de una encrucijada: “es como si no existiéramos, es como si fuéramos fantasmas, o los invisibles… No estamos en la memoria de nadie y nadie está en la memoria de nosotros. Somos y a la vez no somos, y van a pasar una pila de años para que empecemos a ser algo más que espectros… acá no somos lo que allá éramos

¿Una novela sobre el destino desproporcionado que atañe a un país abonado a la confrontación sempiterna? Sí. ¿Un libro reuniendo cólera y angustia tanto como melancolía y ternura por una patria que convierte a sus exiliados en “fantasmas” de lo que Adorno llamó “la vida dañada”? Pues también. ¿Una ficción sobre la posibilidad y la imposibilidad del regreso, piedra de toque de todos los exiliados que en el mundo han sido y que aquí viven a la intemperie? Sin duda. En cualquier caso, una novela sobre “el vértigo y el caos”, sobre las querellas emocionales de un grupo de amigos que abandonan la isla, aunque se queden, y que juran amor eterno a Cuba, aunque se vayan.

La difícil huella de un mapa personal trazado en toda su complejidad con una mano diestra que ha sabido dosificar las intrigas constantes que proliferan por sus casi 700 páginas.