La Universidad de Princeton ha compilado un jugoso archivo de sabiduría milenaria dentro del sitio Internet Archive, el cual permite descargar todo tipo de textos que ya no tienen copyright. En este caso se han clasificado más de 70 mil textos religiosos, mitológicos y filosóficos en diferentes idiomas (la mayoría en inglés, pero más de 3 mil en español). La herramienta permite buscar por idioma, por autores, por religión, tema y muchos más filtros.
Los textos allí reunidos son parte de la Princeton Theological Seminary Library y abarcan cientos de años, tocando casi cualquier tema religioso concebible. Son parte de un diálogo interreligioso que preserva y vincula las diferentes tradiciones de lo que podemos llamar una sophia perennis.
Todo aquel interesado en las antiguas tradiciones y las raíces del pensamiento moderno encontrará un jugoso banquete de conocimiento.
Se encuentran en este jardín digital de tesoros textos como La rama dorada de Frazer, La mitología teutónica de Grimm, las obras de Madam Blavatsky, el Zend Avesta (el texto fundacional del zoroastrismo), el Satapatha Brahmana (el texto que describe el sacrificio védico y que Roberto Calasso considera el primer libro en prosa de la historia), las Leyes de Manu, el Mahabharata, los Jyatakas (el texto que recuenta las vidas previas del Buda), compilaciones de los sutras del mahayana, algunos puranas, estudios comparativos del cristianismo y el hinduismo, por supuesto las Upanishad, diferentes versiones del Rig Veda y el Sama Veda, textos islámicos, textos y comentarios de los misterios egipcios y sus rituales soteriológicos, textos sobre las religiones de Mesoamérica, todo tipo de comentarios de los diferentes libros, la Biblia y todo tipo de traducciones, incluyendo una versión sánscrita de la Biblia, textos de las diferentes sectas cristianas, textos de William James, Martín Lutero, John Locke y muchos otros pensadores, textos de astrología clásica, de los misterios de Eleusis, y textos tan especializados como un estudio de la adoración del falo y la vagina (lingam y yoni) en la India.
Un amigo rescata la foto de su padre adolescente. Colores sepia. Recuerdos de los sesentas en una Habana tan lejana. Dos adolescentes con una risa que me recuerda la de los personajes de Twain. Dos rebeldes. Dos muchachos que se hacen hombres. Sus dos causas a cuestas para la rebeldía: fumar y escuchar a los Beatles. Poseedores Un LP de los Beatles. El padre de mi amigo tiene una risa desafiante. Al fondo un grupo de socios aplauden el desafío con gestos de aprobación y apoyo, aunque se mantienen al margen como en las pinturas del Greco, son la multitud. Me cuenta mi amigo que conserva el disco de los Beatles como un talismán contra el olvido.
En su excelente libro ‘El ruido eterno’ Alex Ross cuenta lo siguiente: “Para algunos, la extraña pureza espiritual de Arvo Pärt satisfacía una necesidad más desesperada; una enfermera ponía regularmente ‘Tabula rasa’ en la sala de un hospital de Nueva York a varones jóvenes que estaban muriendo de sida, y en sus últimos días ellos le pedían oírla una y otra vez”. La música minimalista de Pärt, sostiene Ross, alcanzó un inesperado éxito comercial a partir de los años 80 del pasado siglo porque “brindaba oasis de reposo en una cultura tecnológicamente sobresaturada”.
Tiene toda la razón Ross, escuchar la obra de Arvo es una invitación a la paz y el silencio en un mundo de violencias y ruidos.
La música de Pärt sorprende por el golpe espiritual, un vigor sutil que tiene que ver con esa idea budista y cristiana de que el Supremo o Dios se manifiesta en la debilidad, en la paz y el amor de los pequeños. Contenida y sustancial, desprovista de ribetes y de premuras. Arvo convence, el único camino a lo sagrado es la belleza, la compleja simplicidad del amor.
Arvo Pärt luce como un monje ruso, un Dostoievski que detiene con tonadas y melodías el crimen y la violencia del mundo incluso el castigo del mismo Dios. Un monje cuya oración y penitencia es la música. Arvo suena como el alma penitente de Estonia. Creador de su propio sistema de composición nombrado tintinnabuli (el término procede de una palabra onomatopéyica latina —tintinnabulum— que alude al sonido que hacen las campanitas), que fue construido entre 1968 y 1976, o más concretamente, desde el incidente con Credo y el estreno de Für Alina. Guerra fría, crisis de los misiles en Cuba, Stones y Beatles, y en Estonia, patria que había alumbrado al bueno de Arvo en 1935, se disfrutaba de aquel reino de Dios en la tierra que se llamó la URSS.
Arvo Pärt compuso su personal Credo una pieza collage escrita para piano, coro y orquesta en la que se enfrentan una masa atonal contra una tonal, que sigue el esquema del preludio en Do mayor del Clavicordio bien temperado. Como se ve, no se puede decir que la pieza invitase a estallar el Kremlin; el peligro no lo estaba en la forma, entonces buscaron en el contenido.
Titular una pieza “Credo” en la Estonia de los sesentas era una invitación al ostracismo. Así lo entendieron los burócratas soviéticos como una provocación insoportable, tanto que no repararon en que lo que canta el coro no es el credo litúrgico sino ese pasaje del Evangelio de Mateo que dice “se os ha dicho: ojo por ojo y diente por diente; así yo os digo que no devolváis el daño”.
Las autoridades soviéticas no pensaban igual, prohibieron la pieza durante más de una década.
A partir del incidente Arvo hace silencio. Para encontrar sus verdades existenciales y artísticas. El acercamiento de Pärt a la Iglesia Ortodoxa Rusa y por el canto llano y la polifonía temprana.
Los procesos de conversión espirituales e ideológicos son fenomenológicamente muy complejos. No obstante, debe quedar claro que la conversión compromete la vida, en tanto le otorga un nuevo sentido que el converso acepta plenamente. Es lo que dicen los textos vedas o los evangelios. En palabras de Eliade, “la vida en su totalidad es susceptible de ser santificada. Los medios por los cuales se obtiene la santificación son múltiples, pero el resultado es casi siempre el mismo: la vida se vive en un doble plano; se desarrolla en cuanto existencia humana y, al mismo tiempo, participa de una vida transhumana, la del cosmos o la de los dioses”.
Pärt explica “no hay una línea que divida religión y vida: es todo lo mismo”.
En consecuencia, si aceptamos que la música de Pärt es “música religiosa” (tal como él mismo afirma, dicho sea de paso) no podemos aproximarnos a ella de una manera “aséptica”, despojada del sustrato espiritual en el que se levanta. En relación con esto, no es ocioso que el compositor estonio se afane en el estudio del canto llano o de la polifonía baja medieval y renacentista: estas músicas tienen, de manera muy evidente, una relación entre su forma y su pretensión. Ni los intervalos que se emplean son gratuitos, ni lo son los tiempos, etc.; por así decirlo, la estructura formal de un gloria gregoriano es ya un acto de alabanza.
Paul Hillier llama a esto el “espíritu de la música antigua” y puede rastrearse pormenorizadamente en la música de Pärt.
El estilo de Arvo es en apariencia sencillo. El tintinnabuli se construye con dos voces, una que hace la melodía y otra, el acompañamiento. La que hace la melodía se construye en torno a una nota central, que puede ser la tónica o cualquier nota del acorde tónico, y se despliega en cuatro modos: partiendo de la nota central y ascendiendo, partiendo de la nota central y descendiendo, descendiendo hasta la nota central o ascendiendo hasta la nota central. No quiero dar detalles cansinos de cuál es el método mejor lo escuchan en las manos de mi esposa…Für Anna Maria_ Frohlich.
La voz que hace el acompañamiento se construye usando las notas del acorde tónico de la nota que suena en la melodía. Y no hay más. Con estas armas tan sencillas Arvo Pärt ha sabido construir piezas tan sobrecogedoras como el CantusIn Memoriam Benjamin Britten (1977), Fratres (1977), Tabula Rasa (1977) o PassioDómini Nostri Jesu Christi secundum Joannem (1982).
Quisiera hacer una distinción Arvo no tiene nada de monje ascético, a pesar de su aspecto monacal. Es un hombre del mundo, de sus hijas, hijos, nietos, amigos. Es el hombre que se colocó una peluca para arengar a la Unión de Compositores Estonios, en protesta por la censura que ejercía sobre ellos el omnímodo poder soviético. Pero también es ese señor que bromea con sus hijos tapándose las orejas con plátanos en el documental “And then came the evening and the morning” o que saca a bailar al fundador de ECM, Manfred Eicher, durante un ensayo de una de sus piezas, como atestigua la película “Sounds and silence”.
Todo eso es anecdótico: a un creador se le juzga por su obra.
No creo que se pueda escuchar “Fratres” o “Annum per annum” y entender que esa música es monacal, por mucho título en latín que tenga. La música de Arvo Pärt encuentra nuestra unidad bajo la apariencia múltiple de realidad. “Lo omplejo y multifacético sólo me confunde, y debo buscar la unidad. […] He descubierto que es suficiente cuando una nota es tocada bellamente. Esa sola nota, o silencio, o momento de silencio me confortan”.
Sencillez y belleza para realizar ejercicios de una espiritual brutal, directa e imponente. Si les digo que Arvo Pärt busca a Dios no creo que nadie se sorprenda, por muy atípica que sea esta particularidad en el arte contemporáneo.
Y sería un error entender que por este motivo la música de Pärt es una suerte de revival, una suerte de neogregoriano batido en una coctelera minimalista (un simple análisis formal de la música de Pärt debería disuadirnos rápidamente de esta idea). Más allá de todas estas consideraciones teóricas, históricas o taxonómicas, la música de Pärt es, fundamentalmente, un ejercicio estético en el que el compositor hace partícipe al auditorio de su búsqueda y de su hallazgo íntimo.
Asistir a la música de Pärt es una experiencia de lo sagrado en la que el espectador es invitado a ser partícipe; si no es ponerse en oración, al menos sí que es asistir a una.
Me parece que es sincero: ocurre que me creo a Arvo Pärt cuando me habla de Dios.
No conozco inicio más cinematográfico en la historia del cine como la introducción del filme: “2001 A Space Odissey” del cineasta norteamericano Stanley Kubrick.
Existen obras de arte, autores, libros y filmes que pueden configurar tus sueños y tus pesadillas, “2001 A Space Odissey” y “Blade Runner” son dos de esos filmes, esos dos escritores, esos dos cineastas, esas historias me abrieron las puertas del espacio y la percepción siendo aún un adolescente. “Blade Runner” y “2001: A Space Odissey”, Scott y Kubrick, Clarke y Dick son parte de mis paradigmas culturales como lo pueden ser Paradiso de José Lezama Lima o en la Calzada de Jesús del Monte de Eliseo Diego. Me es difícil concebir el universo sin la inteligencia, sin 10 de Octubre, sin la poesía del Paraíso de Dante o José, sin la odisea de la inteligencia artificial, sin los algoritmos, el algebra o la alineación de los planetas, los monolitos o la casualidad.
Ayer chateaba con una amiga sobre el panorama artístico cubano, los libros y el cine reciente de la Isla, es probable que ahora en algún pueblo de Cuba recién nazca otro Lezama, otro Eliseo e intuyo que algún día tengamos en Cuba un Dick o Clarke, un Scott o Kubrick, un Kafka o Dante; pero hoy las novedades culturales parecen alimentar más las carencias artísticas que las materiales, el arte visual, la literatura, se erosionan en los lugares comunes y los estereotipos de una decadencia en pleno; se habla del chisme o del dinero del cantante de moda o la penúltima censura pero ni tan siquiera se intenta (re)crear la introducción o una nota al pie de página para nuestra Odisea, caribeña, ni tan siquiera mirar las estrellas o la alineación de los planetas en éxtasis.
50 años…
“2001 A Space Odissey” cumple cincuenta años de estrenada, algunos dicen que el dos de abril de 1968 otros el seis. Medio siglo. Una odisea que mira a las estrellas y el lugar que nosotros ocupamos entre ellas.
Se cuenta que Kubrick leyó casi todo lo relacionado con la ciencia espacial, la ciencia ficción, la astronomía planetaria, escuchó toda la música del siglo XX, se interesó por la naciente computación, inteligencia artificial y la psicodelia del LSD, la evolución de la especie humana, nuestra historia de simios violentos a sofisticados seres en naves interestelares, todo para armar su filme.
Un recorrido por la ciencia de lo posible, los sonidos de la magia y las vibraciones de los planetas. El vals azul de los misterios, la inteligencia, la vida, la percepción de lo imposible.
Fiel a su exquisitez que rondaba con la neurosis en su creación nos legó quizá la obra maestra de la ciencia ficción en la historia del cine.
El amanecer del hombre
Nadie ha superado la introducción de 2001. La secuencia inicial del filme comienza con algo más de dos minutos de la pantalla en negro y el sonido de Atmosphères la obra del compositor húngaro György Ligeti. Le sigue una Tierra ascendiendo sobre la Luna y el Sol que asciende sobre ambas los tres en perfecta alineación planetaria. En este momento comienza a escucharse el “Sonnenaufgang” (“Amanecer”) del poema sinfónico “Also Sprach Zarathustra” (“Así habla Zaratustra”) de Richard Strauss.
El tema de la música es expuesto por el solo de una trompeta, en tres ocasiones separadas por un redoble de los bombos, para dar paso a las cuerdas primero y toda la orquesta después hasta para completar una orquestación que recorre la escala en Do Mayor y en Do Menor, es solo un adelanto de las tres afirmaciones de la transformación, como la obra que inspira el “Así Habla Zaratrusta” musical. Finalmente cuando asciende el Astro Rey nos quedamos con el acorde del órgano en Do Sostenido.
Kubrick nos presenta entonces la vida cotidiana de un grupo de primates en una sábana semidesértica conviviendo aparentemente de forma pacífica, uno de los miembros de esta manada es atacado y muerto por un leopardo. Se nos muestra su disputa con otro grupo de primates muy similares por el agua de una charca fangosa, todo sin violencia.
Presenciamos el temor compartido por la oscuridad y los depredadores. Su dormir nervioso e intranquilo en el fondo de diminuta caverna. Amanece con extrañas vibraciones acústicas, uno de los primates se despierta y encuentra frente al refugio tallado en la roca un monolito que provoca asombro y la alarma en el grupo. Al poco tiempo, se acercan y, confiando prudentemente, llegan incluso a acariciarlo como reverenciándolo.
Uno de los simios se da cuenta de cómo utilizar un hueso como herramienta y arma al tiempo que se observan visiones mentales del monolito, sugiriéndose que este ha motivado ciertos cambios en la conducta de los primates y les ha dado cierto grado de conciencia sobre los recursos disponibles para sobrevivir debido a que ahora los monos son capaces de matar animales y comer carne. Volvemos a escuchar la fanfarria de Strauss…
A la mañana siguiente le arrebatan el control de la charca a la otra manada, asesinan mediante el hueso usado como arma al líder de la manada rival. Exaltado frente a su poder el primate vencedor lanza su hueso al aire, produciéndose una enorme elipsis temporal en la narración: el hueso que asciende en el aire, pasa a convertirse en un ingenio espacial que surca el espacio entre la Tierra y la Luna, estamos con el Hombre Cohete en el 1999.
Big Bang…
2001 A Space Odissey es un recorrido por el espíritu y la vida que nos sostiene. La historia se divide igual en tres tiempos, en la Tierra, la Luna y Júpiter que esconde un misterio…pero también es el viaje de Nietzsche y Strauss, de Clarke y Kubrick el espíritu expuesto en su arte. De camello, a león de león a niño. Las tres transformaciones descritas en el primer capítulo de “Asi hablo Zaratrusta” y musicalizadas en el poema y visualizadas por Kubrivk de cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.
Al final todo seremos David Bowman (interpretado por un sobrio Keir Dullea), simios terrestres y sapiens intergalácticos, todos traspasamos el monolito que se transforma en puerta para testificar las sombras y las luces, testimonio de Eros y Tánatos, protagonistas de la muerte y la vida. Todos terminamos, ¿o nos iniciamos? como un feto interestelar y universal, un ciclo del eterno retorno.
Entonces, después del silencio y las vibraciones de los monolitos, de la inmensidad estelar volvemos a escuchar el Sonnenaufgang de Also sprach Zarathustra.
Una metáfora construida con una estructura de música, filosofía, imagines, luces, movimientos, el Vals del Danubio danzando con la Tierra Azul junto al Saco Amniótico que contiene el Huevo Cósmico de Ammavaru depositario de la trinidad de la Brahmanda, el feto universal de la creación, la preservación y la destrucción, el Ciclo…
muerte
“¿Esto era – la vida?” quiero decirle yo a la muerte. ¡Bien! ¡Otra vez!” Amigos míos, ¿qué os parece? ¿No queréis vosotros decirle a la muerte, como yo: ¿Esto era – la vida? Gracias a Zaratustra, ¡bien! ¡Otra vez!»
vida
Vendré otra vez, con este sol, con esta tierra, con este águila, con esta serpiente – no a una vida nueva o a una vida mejor o a una vida semejante: vendré eternamente de nuevo a esta misma e idéntica vida, en lo más grande y también en lo más pequeño, para enseñar de nuevo el eterno retorno de todas las cosas, para decir de nuevo la palabra del gran mediodía de la tierra y de los hombres, para volver a anunciar el superhombre a los hombres.
El hombre engendra las ideas, pero éstas adquieren rápidamente autonomía.
Ordenan, exigen, despliegan una energía fabulosa. María J. Regnasco interpreta la función crítica de la filosofía como la tarea de desocultamiento del proceso de producción histórico y social de aquellos conceptos que, como “núcleos sacralizados”, sostienen la dinámica de una época.
Estos supuestos no son visibles, pero estructuran lo visible. Se autoinstituyen por un olvido de su propia génesis, por lo que se presentan como “naturales”, “obvios”, “universales”. Se internalizan irreflexivamente a partir de las prácticas sociales, por lo que se resisten a toda crítica. Operan desde la oscuridad, desde el subsuelo de lo transconsciente. Configuran visiones del mundo tan internalizadas que no son puestas en tela de juicio, por lo que su dominio sobre nuestra percepción de la realidad y sobre la praxis social es enorme.
En este sentido, una cosmovisión configura un poder tan importante como el poder político o el militar. El proceso de desocultamiento implica una toma de distancia, no puede realizarse desde el mismo suelo del pensamiento que se somete a crítica. La tarea de desocultamiento implica elevar a la conciencia el momento no consciente que lo constituye. Se trata, en términos de Heidegger, de pensar lo no pensado. Desde el análisis del pensamiento de Platón, Hegel, Nietzsche, Heidegger, Gadamer, Edgar Morin, entre otros, la presente obra aborda esta tarea.
María J. Regnasco es profesora de Filosofía (Universidad de Buenos Aires). Ha ejercido tareas docentes en la carrera de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), en la Universidad Nacional de La Plata, en la Universidad de Belgrano, en la Universidad Tecnológica Nacional y en el Instituto Superior del Profesorado “Joaquín V. González”.
Actualmente se desempeña como profesora titular en la Universidad Abierta Interamericana. Es autora de crítica de la razón expansiva (Radiografía de la sociedad tecnológica) (1995), El imperio sin centro (La dinámica del capitalismo global) (2000) y coautora de La vocación filosófica (1996), La arzón y el minotauro (1998), Mujeres fuera de quicio (Filosofía, arte y literatura de mujeres extraordinarias (2000). Ha colaborado en Breve diccionario de pensadores contemporáneos (1996) y escrito numerosos artículos sobre filosofía contemporánea para revistas nacionales y extranjeras.
Existe un tema recurrente para todo aquel interesado en la vida estadounidense. Su gusto por la violencia. El derecho constitucional a comprar y portar armas. El uso de la violencia como arma en las relaciones internacionales e individuales.
Lo que resulta inédito ahora es que los jóvenes tomen el discurso y la plaza pública a favor del control de armas. Libros, no pistolas.
Resulta que para comprender la adicción estadounidense por las armas hay que observar cuidadosamente las visiones de una nación que emergió de una revolución violenta para que sus ciudadanos fueran los libres y buscaran su felicidad, que conquistó territorios a base del fuego, se enlutó por medio de una cruenta guerra civil…las armas forman parte del pasado y futuro de América.
La “marcha por nuestras vidas” de millones de adolescentes y jóvenes es un tema inédito en la sociedad civil norteamericana. Los ataques a la cubano-americana Emma Gonzales, una de los rostros más visibles de esas protestas, desvelan los orígenes profundos de ese amor por el plomo y la pólvora. La historia real que nos cuenta la “segunda enmienda”.
No está de más entonces releer “Loaded. A Disarming History of the Second Amendment (City Lights ), de la historiadora Roxanne Dunbar-Ortiz.
Nos comenta su editor.
“América ama las armas. Desde Daniel Boone y Jesse James, hasta la NRA y Seal Team 6, la cultura de las armas ha coloreado el saber, ha forjado la ley y protegido el mercado que arma a la nación. En Loaded , Roxanne Dunbar-Ortiz despega los mitos de la cultura de las armas para exponer los verdaderos orígenes históricos de la Segunda Enmienda, revelando los trasfondos raciales que conectan a los primeros colonos anglos con la proliferación contemporánea de armas, la vigilancia policial moderna y la consolidación de la influencia de nacionalistas blancos armados. De la esclavización de los negros y la conquista de los nativos de América, al arsenal de instituciones que constituyen el “lobby de armas”, Loaded presenta la historia popular de la Segunda Enmienda, como se ve a través de la lente de aquellos que han sido mayoritariamente blanco de las armas: las personas de color. Meticulosamente investigada y estimulante en todo momento, esta es una lectura esencial para cualquier persona interesada en comprender las conexiones históricas entre el racismo y la violencia armada en los Estados Unidos”.
Ahora las armas atacan no solo a las personas de color, matan a la juventud, al futuro.
En efecto, como se señala en la introducción:
“En las siguientes páginas, exploro las diversas formas en que ha surgido una cultura de armas peligrosa en los Estados Unidos, una que ha legitimado al nacionalismo blanco, al dominio racializado y al control social a través de la violencia. Este libro es una historia de la conexión de la Segunda Enmienda con esa cultura, y una reflexión sobre cómo la violencia que ha engendrado ha influido profundamente el carácter de los Estados Unidos.
(…)
En su conjunto, este libro intenta confrontar aspectos fundamentales de la historia de EE. UU. que a menudo se pasan por alto o se niegan, y que se remontan al significado e intención originales de la Segunda Enmienda. Su objetivo es encarar la violencia implícita en la sociedad estadounidense desde el momento de su concepción, y las diversas narrativas y fuerzas que se han formado para negar las consecuencias de esa violencia, popularizándola y comercializándola.
El libro también tiene como objetivo reconocer las familias, las tradiciones, las memorias y la resistencia de los pueblos indígenas y afroamericanos cuyas tierras y vidas forjó la Segunda Enmienda”. No trata sobre las debilidades de las legislaciones vigentes, o las brechas que permiten que un adolescente con problemas mentales y de una familia disfuncional posea un arsenal de armas de guerra.
En fin, como señaló Patrick Blanchfield en las páginas de NR-antes de los desgraciados sucesos de Florida— “sería una locura esperar que cualquier intervención intelectual individual, no importa cuán incisiva sea, pudiera deshacer esta plantilla, o pudiera revertir o ralentizar esta trayectoria. Y sin embargo, si vamos a imaginar tal posibilidad, debemos tener algún tipo de vocabulario para hacerlo. Como retrato de las estructuras más profundas de la violencia estadounidense, Loaded es un libro indispensable”.
Imprescindible igual que el silencio y las palabras de Emma González.
Un millón de jóvenes norteamericanos desfilaron, hablaron y pidieron a los políticos leyes a favor del control de armas en los EE.UU.
Como siempre ocurre el Poder, la clase política, los viejos vicios de los que mandan, se enfocaron más en atacar al mensajero que en escuchar el reclamo de los jóvenes.
Y, de la docena de adolescentes que hablaron la emprendieron con Emma González, por ser queer, por el corte de su cabello, por sus preferencias sexuales o políticas, o la bandera cubana en la solapa del traje militar verde oliva…
Emma conmocionó al auditorio -en un mundo donde los discursos detrás de las tarimas y los pulpitos son pronunciados por ancianos escleróticos desprovistos de la pasión que engendra la verdad- nadie puede ni tan siquiera intentar con mil mentiras o falacias argumentar que las palabras de Emma son falsas, sus lágrimas y su silencio emanan desde lo más profundo de un alma herida.
La verdad de Emma González proviene del dolor de la muerte, de sus amigos ensangrentados agonizando sobre el suelo acribillados a balazos por otro adolescente.
Emma González se convirtió en una referente del movimiento estudiantil contra el acceso a las armas surgido tras el tiroteo de Parkland el 14 de febrero en el que Nikolas Cruz, de 19 años, abrió fuego en la escuela matando a 17 personas.
González representa la otra América. La distinta, la emigrante, la mestiza, la que no se calla…La Asociación Nacional del Rifle, los cabilderos y la derecha prefieren que los jóvenes callen, que solo bailen con Lady Gaga y no asuman sus verdades, reclamos y deseos en la plaza pública.
“Seis minutos y cerca de 20 segundos, 17 amigos murieron, 15 resultaron heridos y absolutamente todos en la comunidad Douglas se vieron alterados para siempre”, dijo ante una multitud.
Después de enumerar los nombres de todas las víctimas fatales del tiroteo, González permaneció en el escenario, entre lágrimas, con respiración fuerte, durante el resto de los seis minutos y 20 segundos.
Pamela tenía varios amantes a los 18. Los dos más importantes Tom Baker y Jean de Breteuil, aristócrata francés que se ganaba la vida como venddor de drogas.
Alli conoció a Jim Morrison en el London Fog, un local de segunda donde actuaban The Doors antes de alcanzar el éxito. Fue un flechazo. Él tenía 22 años y unas cuantas amantes que merodeaban a su alrededor. Pero Pamela cambió su vida.
Ambos se reconocían como salvajes, independientes, inestables emocionalmente, incapaces de comprometerse con nada o con nadie. Sus caracteres resultaban tan similares que chocaban exquisitamente. Jim la definió como su alma gemela, “su pareja cósmica”. Desde que se conocieron, iniciaron una tormentosa relación interrumpida constantemente por violentas discusiones, peleas físicas e infidelidades por parte de ambos, que a veces duraban meses. Sin embargo, después de cada aventura, siempre se buscaban el uno al otro.
Pam a menudo se frustraba por no poder doblegar la rebeldía de Jim.
En realidad, él comía de su mano, deslumbrado por la espontaneidad e inocencia salvaje de la joven a la que conoció siendo casi una niña. Le compró una boutique que ella bautizó “Themis” por la diosa griega de las leyes, y la llenó de ropajes exóticos e hiperbólicos que a menudo importaba de Marruecos. La tienda fue más un gasto que una inversión, pero a Jim jamás le preocupó el dinero, y sí tener contenta a Pam. Se inspiraba en ella para escribir sus poemas y canciones; compuso “Twentieth Century Fox” –“La moderna del siglo XX”-, en la que la definía del siguiente modo: “Desde que su mente abandonó la escuela,nunca ha dudado.No perderá el tiempoen charlas elementales..Porque es la moderna del siglo XX:tiene al mundo metidoen una caja de plástico”.
La adicción de Pam por la heroína no hacía sino aumentar, mientras Jim se sentía un impotente testigo, ahogado en su alcoholismo.
Después de grabar su último álbum en 1971, L. A. Woman Jim dejó la banda y se fue a vivir con Pamela a París, dedicado totalmente a su faceta poética. Allí pasaron unos meses de relativa calma, hasta que el 3 de julio de ese año, Morrison falleció en extrañas condiciones; oficialmente, por una sobredosis. Pamela, un médico amigo suyo y su antiguo amante, Jean de Breteuil –al que seguía viendo, y que fue quien le proporcionó la droga a Jim que supuestamente acabó con su vida- fueron los únicos que vieron el cadáver conociendo su identidad, antes de que este fuera enterrado en el cementerio parisino de Pere Lachaise.
Jim, en su testamento, dejó a Pam como heredera única, por lo que hubo quien sospechó que ella tuvo algo que ver con su muerte. Sin embargo, los tres años que le sobrevivió, Pamela cayó en una espiral de vicio, decadencia y locura. Se definía como la esposa de Jim Morrison y llegaba incluso a decir que esperaba una llamada de su marido. Su drogadicción la condujo a una sobredosis mortal en 1974. Fue enterrada a los 27 en el cementerio del Condado de Orange con el nombre de Pamela Morrison.
En vida de Jim, Pam fue quien le animó a publicar sus dos libros de poemas y, después de muerto, organizó sus cuadernos y anotaciones para que fueran editados de forma póstuma. En los libros que publicó a finales de los sesenta, en la dedicatoria de Jim podemos leer: “A Pamela Susan”. Y es que él, a pesar de lo tormentoso de la relación, la amó profunda y desgarradoramente hasta el final.
En su famosa canción “L. A. Woman”, dedicada a ella, escribió lo siguiente, pensando en el color de fuego de su pelo: Veo que tu cabello arde,las colinas se incendian.Si te dicen que nunca te amé,sabrás que mienten.