“Don’t F ** K With Cats”.  




El gato y el ratón.

Ayer de regreso a casa la goma trasera derecha reventó como un globo. Hace más de un año que no me ponchaba; entonces, los clanes estaban tan duros que parecían clavos empotrados en una pared de acero. El esfuerzo de desmontarla me provocó un dolor de espalda que no me dejo dormir en toda la noche; aproveche para ver la serie de Netflix:  “Don’t F ** K With Cats”.  

Una saga pos-digital de A sangre fría” de Truman Capote pero con gatos, Big Data, Facebook y personas solitarias y adoloridas; pero sobre todo con seres humanos que son lo peor de los seres humanos. Cada serie de Netflix genera ruido en todo el mundo, sus cajas de eco son las redes sociales que explotan ahora con el “true crime” de “gatos”. “A los gatos, ni tocarlos: Un asesino en internet”.


Esta no es una serie de brujas, o de magos medievales, son hombres y mujeres reales y por supuesto de gatos…


Netflix es una plataforma basada en el Big Data. Sus algoritmos de IA (inteligencia artificial) controlan los hábitos y gustos visuales de sus 158 millones de suscriptores tan de cerca que no solo sabe lo que miras, sino cuando lo miras, cuánto ves y lo que deseas ver. Deseas ver lo peor de los seres humanos dixit la IA. Los datos que Netflix (Google, Facebook, Twitter) tienen a su disposición son terroríficos y monumentales.

“Don’t F ** K With Cats” me enganchó de inmediato sus tres capítulos. 

Matar por un clic.

Soy fan de Truman Capote. De Netflix pues te ofrece lo que quieres incluso antes de saber que lo que quieres. Incluso lo que quieres cuando el dolor de espalda no te permite dormir: usuarios obsesivos de las redes sociales, gente infeliz, egocéntrica, asesinos en series e investigación policial en Facebook. El resultado la serie sobre gatos de más alto perfil jamás estrenada, tres horas de dolor y suspense, y de caída libre… (el gato y el ratón, matar por un clic y la red se cierra).

No cuento los desenlaces. Pensé que “joder” tenía que ver con el “sexo”. Siempre correlaciono la palabra inglesa “fuck” con tener “tener sexo”. Me equivoque. Joder, es sinónimo de asesinar. La historia comienza con un video subido a YouTube que representa gráficamente la tortura y el asesinato de dos pequeños gatitos…(spoiler, el video no se ve en la serie).

Sin embargo, la historia es increíble. Nada parecida a los espacios televisivos de policías y ladrones al estilo “Día y noche” de la TV local.

Un usuario anónimo sube el video de los dos gatitos asesinados y asusta a un grupo de usuarios de Facebook con tanta fuerza que usan todas las herramientas disponibles para localizarlo. Analizan el video cuadro por cuadro en busca de detalles; cualquier cosa, que les dará una pista sobre el paradero del asesino. Las tomas de corriente y los paquetes de cigarrillos. Una manta con el rosto de un lobo se rastrea a través de eBay. Se consulta la experiencia de un foro de aspiradoras en línea. Los metadatos tienen referencias cruzadas con Google Maps.

La historia, a estas alturas ya importa poco.

Importa, lo violentamente angustiante de los personajes que allí aparecen, desde el asesino hasta sus perseguidores virtuales. Son, en esencia seres angustiados por la violencia y la falta de empatía con otros seres humanos. Un miembro clave, una mujer llamada Deanna Thompson, es la narradora de facto de la serie, una mujer solitaria, divorciada, poco agraciada, la que nos narra los peores comportamientos humanos conocidos.

La red se cierra.

Pero tan pronto como el horror de los videos de gatos asesinados desaparece, nos embarcamos en una búsqueda de imágenes inversas, barridos de Google Street View y bases de datos de identidades falsas. Y luego aprendemos quién es el asesino, y que sus asesinatos están a punto de escalar más allá de los gatos, conocemos a la familia de su víctima y ​​la doble dualidad de la serie amenaza con volverse casi insostenible.

Incluso; los detectives aficionados de Facebook conducen al suicido de un hombre enfermo por la depresión crónica, pero a Netflix esa historia de daño colateral no le interesa; al menos por el momento.  Van por el asesino de los dos gatitos. Como sucede en todas sus series el protagonista es el asesino y no las víctimas; al final los que resultan jodidos (asesinados o suicidados) son personas reales; no el esperado spoiler devuelto por los algoritmos de Netflix.

Nota spoiler:

Si no ha visto la serie no lea el siguiente párrafo.

Por ejemplo; lo que no cuenta el documental es que el asesino está casado desde 2017 con otro preso; y, escribe decenas de cartas públicas y libros desde su celda en busca de atención, en ellas, para quien quiera o desee creer en su palabra, explica que su vida entre rejas es similar a la de vivir en un Spa de lujo, le contaba al diario Toronto Sun.

Después de tres horas de dolor, me ducho y regreso al trabajo que deje ayer. 

El informe.

The Report , una nueva película de Vice Studios protagonizada por Adam Driver, se siente de alguna manera oportuna y tardía. Cuenta la historia del empleado del Senado estadounidense Daniel Jones a quien se le encargó investigar el programa de «interrogatorio mejorado» del gobierno de Estados Unidos a fines de la década de 2000. 

El programa, que muchos denunciaron como tortura, se utilizó para extraer información de presuntos terroristas detenidos en sitios negros de la CIA después del ataque de Al Qaeda el 11 de septiembre de 2001. Terminó hace años y ya no es legal, la Enmienda McCain-Feinstein restringe a los prisioneros técnicas de interrogación a las que figuran en el manual de campo del Ejército de los Estados Unidos, y pasó al Senado con una votación de 78-21 en 2015, respaldado por mayorías en ambos partidos.

Sin embargo, entre el público en general, el tema sigue siendo controvertido , ya que casi la mitad de los estadounidenses dicen que creen que la tortura podría ser utilizada para obtener «información militar importante» de «un combatiente enemigo capturado» y solo un poco más de la mitad dicen que piensan que la tortura es «Equivocado». Durante y después de su campaña de 2016, el presidente Donald J. Trump, siempre sensible a las divergencias entre la opinión «élite» y «popular», prometió revivir e incluso ampliar los interrogatorios mejorados, alegando que el submarino es una «forma menor» de tortura y que «deberíamos ir mucho más fuertes que el submarino»

WASHINGTON, DC – NOVEMBER 05: Daniel J. Jones attends the Washington, DC premiere of “The Report” at The Newseum on November 05, 2019 in Washington, DC. (Photo by Shannon Finney/Getty Images)

Jones trabajó para la senadora Dianne Feinstein (interpretada en la película por Annette Bening) y fue sustituido por un comité bipartidista del Senado para dirigir un equipo de seis, tres demócratas y tres republicanos, para averiguar exactamente lo que el programa de la CIA había implicado. En el flash-forward que abre la película, nos enteramos de que su dedicación obsesiva al informe le costó su relación romántica, pero a medida que volvemos al inicio del informe y vemos cómo se desarrollan los eventos cronológicamente, también vemos que este tipo de personalidad era necesaria para proseguir la investigación hasta su finalización y liberación. «¿Alguna vez has dormido?», Le pregunta un guardia de seguridad a Jones en un momento. «Solía ​​hacerlo», responde, «pero se interpuso en el trabajo».

La agencia había destruido sus grabaciones, por lo que los investigadores tuvieron que realizar su investigación utilizando informes escritos y correos electrónicos. Las órdenes de Jones eran claras: «Sin política, sin prejuicios … No puede haber sentencias republicanas ni párrafos demócratas». Jones parecía estar perfectamente calificado para el trabajo. Había trabajado contra el terrorismo en el FBI durante cuatro años antes de convertirse en miembro del personal del Senado, y como estudiante graduado en 2001, cambió todos sus cursos a la seguridad nacional después de los ataques del 11 de septiembre.

Puedes descargar el informe aquí.

Sin embargo, los espectadores piensan que los sospechosos de terrorismo deberían ser tratados, es probable que aprendan algunas cosas que no sabían durante el transcurso de esta película. Para empezar, el programa de interrogatorio mejorado no fue una creación de la Casa Blanca de George W. Bush. Fue completamente una creación de la CIA. Antes de que la CIA comenzara a interrogar a sospechosos de terrorismo, era tarea del FBI, y la Oficina logró obtener información útil sin salirse del libro. Abu Zubaydah, por ejemplo, era un ciudadano saudí arrestado en Pakistán en 2002 y el detenido que tocó a Khalid Sheikh Mohammad como el autor intelectual del 11 de septiembre. El FBI no lo torturó. Sus agentes lo manipularon psicológicamente con un efecto brillante mientras simultáneamente construían una buena relación con él y se aseguraban de que recibiera el tratamiento médico que necesitaba. (Le habían disparado en el muslo, la ingle y el estómago con un AK-47).

La CIA, sin embargo, no estaba satisfecha. El FBI es una organización de aplicación de la ley que se ocupa del pasado. Resuelve crímenes y procesa criminales. La CIA es una organización de inteligencia preocupada por el futuro. Y así se hizo cargo del interrogatorio de prisioneros y comenzó a usar métodos dramáticamente diferentes. Trajo a los psicólogos retirados de la Fuerza Aérea Jim Mitchell y Bruce Jessen, quienes anunciaron que podrían obtener mejores resultados que el FBI al inducir la «impotencia aprendida» en los detenidos y las llamadas Tres D: debilidad, dependencia y temor. Las técnicas mejoradas de interrogatorio (EIT) que introdujeron incluyeron agarrar a los prisioneros por el cuello, arrojarlos contra una pared y someterlos a confinamientos estrechos, ruidos fuertes, posiciones de estrés, privación del sueño, submarinos, insectos y entierros simulados.

A pesar de lo desagradable que era este tipo de trato duro, los defensores del EIT sostuvieron que no estaba a la altura de la tortura. Después de todo, el ejército estadounidense usó exactamente las mismas técnicas en sus propios hombres y mujeres durante el entrenamiento SERE (supervivencia, evasión, resistencia y escape). No perforaban las rótulas, perforaban los globos oculares ni quemaban a los detenidos con sopletes. El periodista Christopher Hitchens se ofreció como voluntario para practicar el submarino y poder escribir un artículo al respecto para Vanity Fair . Incluso filmó el procedimiento . Solo pudo tolerarlo por unos segundos y luego afirmó que efectivamente calificaba como tortura. Pero luego se ofreció como voluntario para volver a navegar en el agua. Las personas razonables pueden estar en desacuerdo sobre dónde termina el trato rudo y comienza la tortura, pero no es irrazonable argumentar que la tortura no puede ser algo que Christopher Hitchens se ofreció a experimentar dos veces. Por otro lado, no se ofreció voluntario para ser enterrado vivo en un ataúd con insectos ni una sola vez, lo que sugiere que los EIT y la tortura no son categorías perfectamente discretas, ya que los defensores de los primeros tienden a insistir.

 

Tanto el informe de Jones como la película al respecto sostienen que el interrogatorio mejorado falló categóricamente, lo que parece inverosímil. Casi todos se rompen al final. Ninguna persona puede tolerar el submarino, las posiciones de estrés y los insectos indefinidamente. «Supongamos que quisieran saber dónde estaba un pariente suyo», dijo Hitchens después de su breve experiencia, «o un amante. Sentirías, bueno, los voy a traicionar ahora. Porque esto tiene que llegar a su fin. No puedo soportarlo más ”. Por el bien de la honestidad, entonces, los opositores a los EIT deberían admitir que, si todas las demás consideraciones morales y éticas se dejan de lado en aras de la eficacia, el tratamiento duro puede producir resultados confiables en un muy estrecho conjunto de circunstancias: si el interrogador sabe con certeza que el detenido tiene la información que busca, y si esa información, una vez obtenida, es verificable.

Pero no fue así como la política fue concebida o aplicada por la CIA. En la práctica, los detenidos produjeron mala inteligencia junto con lo bueno y mintieron para engañar, para terminar su terrible experiencia, o porque su angustia no produce claridad sino confusión. «¿Y si no tuvieras nada?», Señaló Hitchens. ¿Y si se hubieran equivocado de chico? Entonces estarías en peligro de perder la cabeza muy rápido, creo ”. Notoriamente, Khaled Sheikh Mohammad fue abordado en el agua 183 veces, y dijo mentiras absurdas para detener a sus torturadores. En uno de sus hilos, envió a un chico a Montana para reclutar musulmanes afroamericanos para explotar estaciones de servicio y comenzar incendios forestales, tal vez sin darse cuenta de que prácticamente no hay personas negras, musulmanes o incluso ciudades en el estado rural blanco. de Montana La CIA finalmente se dio cuenta de que nunca sería honesto, y luego admitió que acababa de decirles lo que querían escuchar. «Si funciona», dice el senador Feinstein en la película, «¿por qué necesita hacerlo 183 veces?» Un agente de la CIA desconcertado de manera similar pregunta a los psicólogos: «¿Por qué tantos de estos tipos mienten después de que trabajas en ellos?»

Los psicólogos de la Fuerza Aérea que diseñaron el programa nunca habían interrogado a nadie antes. Eran tan verdes como un novato de veinte años que se acababa de unir a la policía local, y estaban operando únicamente con una teoría no probada, siempre un negocio incierto, no importa cuán bien se vea en una pizarra. La CIA realmente mató a uno de sus prisioneros, Gul Rahman, y la agencia ni siquiera sabía en ese momento si era culpable o sabía algo útil. Como Jones lo pone en la película, «Apenas sabían su nombre». Nunca fue acusado o acusado de un delito. (Posteriormente, se determinó que una parte sustancial de los detenidos, aproximadamente un cuarto, eran inocentes). La CIA roció a Rahman con agua helada y posteriormente murió de hipotermia. El agente responsable fue ascendido, y Jones afirma tener pruebas de que el subdirector de la CIA entrenó al oficial a cargo para encubrir lo sucedido, una revelación que sugiere que la CIA sabía que se habían desviado fuera de los límites legales y éticos aceptables. «¿Por qué tendrían que ocultarlo», pregunta Jones retóricamente, «si estuvieran siguiendo el procedimiento operativo estándar?»

El FBI nunca pensó que nada de esto funcionaría. La Oficina al menos pensó que sabía algo que la CIA no sabía. (También vale la pena señalar que ninguna agencia de aplicación de la ley en los Estados Unidos usa este tipo de técnicas incluso en asesinos en serie). «Solo hay una técnica de interrogatorio que funciona», dice el agente del FBI en la película que inicialmente (y con éxito) interrogó a Abu Zubaydah «Construcción de relaciones. Te acercas a estos tipos y se abren. Pero la CIA no creía eso ”. Por supuesto, la manipulación y el engaño también son parte de la receta, como saben todos los agentes de la ley, y el FBI los reunió contra Abu Zubaydah con gran efecto. Los agentes reprodujeron una grabación de la voz del detenido para demostrar que lo habían puesto bajo vigilancia. Luego trajeron todo un caso de cintas adicionales. Las otras cintas estaban en blanco, pero Abu Zubaydah no lo sabía. Pensó que el FBI ya lo sabía todo, así que se encogió de hombros y les dijo lo que sabía. Los departamentos de policía de todo el país utilizan técnicas como esta todos los días, y lo hacen porque estas técnicas funcionan.

Mientras tanto, la CIA no obtuvo nada de Abu Zubaydah, a pesar de que lo abordaron en el agua, lo enterraron en un ataúd con insectos, luego lo dejaron solo en una celda durante más de un mes sin hacerle ninguna pregunta a pesar de que el país estaba en «rojo» alerta”… Personas inocentes fueron arrastradas al programa. Fue inevitable. Los departamentos de policía de todo el mundo arrestan inadvertidamente a personas inocentes todos los días. Lo mismo sucede durante la recolección de inteligencia en el campo de batalla. Literalmente, cualquier persona en el mundo puede ser arrestada e interrogada. Entonces, como una cuestión de política distinta de un experimento de pensamiento ético, el informe de Jones reveló que el programa EIT no era adecuado para su propósito. Sometió a los detenidos a malos tratos y sufrimientos que violaron las normas morales y no arrojaron información procesable. Fracasó en sus objetivos declarados y en sus propios términos dudosos.

El informe, el filme, no es imparcial como el publicado por el Senado; sin lugar a dudas, se pone del lado de Jones, cuya investigación se convierte en una especie de cruzada, ya que el descubrimiento de hechos da paso a una batalla de desgaste con un establecimiento de inteligencia ansioso por suprimir sus hallazgos. El protagonista pasa sus días leyendo archivos y compilando un informe de 7,000 páginas, pero el drama nunca es menos que fascinante, siguiendo una plantilla que recuerda los mejores thrillers políticos estadounidenses de la década de 1970. Sin embargo, el escritor y director Scott Z. Burns está vivo ante la seriedad del tema y (principalmente) resiste la tentación de sermonear. Su película presenta un caso convincente de que el programa realmente falló y hace un trabajo adecuado explicando cómo y por qué.

Tampoco es una pieza de éxito partidista o anti-republicana. Hace todo lo posible para exonerar al menos a partes de la administración de George W. Bush, incluido el propio presidente. Nos enteramos desde el principio que el Secretario de Estado Colin Powell no fue informado sobre el programa porque «volaría su pila si descubriera lo que estaba sucediendo». El presidente no se enteró hasta cuatro años después de que comenzó, y cuando finalmente le dijeron «expresó su incomodidad con la imagen de un detenido encadenado al techo, usando un pañal y obligado a ir solo al baño». Después de que estalló el escándalo de Abu Ghraib, el presidente Bush dijo: «Estados Unidos no tortura Va contra nuestras leyes y va contra nuestros valores. No lo he autorizado y no lo autorizaré”. Todo esto está incluido en la película.

Si los argumentos de la CIA tal como los entendieron en ese momento se reducen, probablemente se deba a que el programa EIT ahora ha sido desacreditado no solo por la investigación del Senado de Jones sino también por la propia investigación interna de la CIA, que llegó a las mismas conclusiones. Sin embargo, esto nunca es una obra de moralidad directa. Hacia el final de la película, un oficial de la CIA se enfrenta a Jones en un restaurante antes de que el informe se haga público. «Puede que no te des cuenta», dice, «pero estábamos tratando de proteger a este país de las personas que quieren destruir todo en lo que creemos». «Puede que no te des cuenta», responde, «pero estamos tratando de hacerlo exactamente lo mismo”. Como siempre, a Jones se le da la última palabra, pero esta breve escena ofrece un reconocimiento de que, a pesar de las siniestras representaciones de algunos de los funcionarios de la CIA, los verdaderos villanos en esta historia fueron los terroristas que intentaban frustrar…

La película podría haber usado un poco más de este tipo de cosas, dada la mayor evaluación de amenazas posterior al 11-S. Los oficiales de la CIA que creían que el programa estaba funcionando no eran más monstruosos que los civiles que creen hasta el día de hoy que debe haber funcionado, incluso si no fuera así. Que casi la mitad de los estadounidenses apoyan el trato rudo de los prisioneros suena inquietante. Pero la pregunta de la encuesta del CICR simplemente preguntó a los encuestados: «¿Puede ser torturado un combatiente enemigo capturado para obtener información militar importante?» Si se entiende que la información significa que la información militar importante en cuestión salvaría vidas inocentes, ya no es una prueba de decencia, pero un dilema moral Pocas personas moralmente serias afirmarían rotundamente que decenas de personas inocentes deben morir para evitarle a alguien como Khaled Sheikh Mohammad la prueba de ser embarcado en el agua. Si, por otro lado, la pregunta hubiera estipulado que tales casos de «bomba de relojería» son raros y que la tortura rara vez es un medio eficaz para obtener inteligencia, ¿cuántos encuestados habrían dado la misma respuesta? Que yo sepa, la pregunta no ha sido encuestada en estos términos, pero esta es la pregunta que el Informe nos pide que consideremos.

Los límites éticos de la conducta permisible rara vez son claros y brillantes cuando las sociedades libres participan en una guerra asimétrica con grupos fanáticos como ISIS, Al Qaeda o Hamas, que no observan ninguna de las normas del derecho internacional. Pero parte de lo que distingue a las democracias de las tiranías y las organizaciones terroristas es que los debates sobre cómo equilibrar la seguridad y los imperativos morales se desarrollan en los niveles más altos del gobierno, en los tribunales y en la prensa libre. Una de las últimas líneas de la película está entre las mejores, y gracias a Dios que se incluyó. Para que nadie salga pensando que Estados Unidos es moralmente equivalente a los que está luchando (o preguntándose si los guionistas podrían pensarlo en secreto), el Jefe de Gabinete de Barack Obama, Denis McDonough, le dice a una sala llena de senadores: «La democracia es desordenada. Pensemos cuántos países hay en el mundo en los que un informe como este podría hacerse”. Ciertamente no hay muchos.

Kim vs Park, parasitos.

Hay una lucha de clases en una mansión ultramoderna de Seúl… Una historia retorcida de Shakespeare en el siglo XXI, ahora son los Kim   -sin referencia a sus hermanos del Norte brutal-  contra los Park.

Leer en 

Parasite: el filme coreano que opaca a Scorsese y Tarantino

Pobres, escurridizos y sagaces, los Kim se las arreglan para trabajar en la sofiscticada casa de los Park. Padre, madre, hija e hijo se hacen pasar por chofer, sirvienta, profesor de inglés y profesora de arte sin relación de parentesco. La idea es habitar gran parte del día la casona que no tienen y deleitarse con el tipo de vida que su estirpe les niega. Todo esto sucede ahora, en la bullente y avanzada Corea del Sur…

En rigor, es la nación asiática, pero es también Parasite, la película del realizador surcoreano Bong Joon-ho, uno de los ases indiscutibles del vigoroso cine de ese país. Pocas veces se había visto crecer tanto una película desde su bautizo en su primera exhibición, cuando se estrenó en mayo pasado en el Festival de Cannes: Parasite (traducible como Parásitos) no sólo será casi segura nominada al Oscar a Mejor Película Internacional, sino que tiene muchas posibilidades de entrar a disputar un cupo al Oscar a Mejor Película, la reina de las categorías.

¿Por qué? Muy simple: dos de las entidades de críticos más importantes de Estados Unidos la eligieron Mejor Película del Año. La última fue la Asociación de Críticos de Chicago, que el viernes pasado no sólo la consideró en aquella categoría, sino que además le dio los reconocimientos a Mejor director, Mejor guión original y, por supuesto, Mejor película extranjera. En el camino por Mejor película quedaron El irlandés, de Martin Scorsese; Había una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino; Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach; y Mujercitas, de Greta Gerwig.

El otro organismo que le había concedido la distinción de Mejor película del año era la Asociación de Críticos de Los Angeles, quizás más influyente que la de Chicago. Hace una semana los críticos de la ciudad de Hollywood también le dieron además los premios a Mejor director y Mejor actor secundario. Y, sin ir demasiado lejos, el lunes pasado Parasite fue nominada a los Globos de Oro a Mejor película, Mejor director y Mejor película extranjera.

Además, la Academia de Hollywood ya entregó ayer lunes 16 de diciembre dos señales claras en favor de Parasite: integra la lista de las 9 preseleccionadas al Oscar extranjero y, contra todo pronóstico, su canción A glass of soju es uno de los 15 temas también previamente seleccionados para la estatuilla. En esta categoría, la sorpresa fue la ausencia de la nación original escrita por Taylor Swift para el musical Cats

Humor negro en Seúl

Ganadora de la Pama de Oro en el Festival de Cannes 2019, Parasite es el séptimo largometraje de Bong Jon-hoo (1969), uno de los directores más singulares del cine de su país. Capaz de tratar los temas más comunes desde una óptica siempre original, Bong acostumbra a disectar la competitiva sociedad coreana con un implacable y ácido sentido del humor. En Parasitedesmembra las entrañas de las diferencias de clase a través de la historia de los empobrecidos y astutos Kim: el padre y sus hijos pretenden tenerlo todo a través de sagacidad, pero también golpes bajos.

En el otro lado del espectro, están los Park, otra familia de cuatro integrantes liderada por un empresario fatuo y una esposa estrecha de mente. Presumen de sus lujos, se arrogan una falsa elegancia y buscan imitar el patrón de vida occidental.

A pesar de contar con una de las cinematografias más originales del mundo, Corea del Sur nunca ha obtenido el Oscar extranjero. Es más, ni siquiera ha quedado entre los cinco nominados. Japón, su vecino más hacia el este, ha postulado en cambio 12 veces y ganó en una oportunidad. La última vez que se presentó fue el año pasado con Shoplifters (2018), película de Hirokazu Kore-eda que también venía de ganar el Festival de Cannes. Es curioso que Shoplifters también fuera el retrato de una familia en lucha contra la pobreza, aunque a diferencia de Parasite el tono no era de comedia negra, sino que de drama humanista.

Prueba del favoritismo de Parasite entre la prensa especializada es la reciente encuesta del portal Indiewire: fue elegida la Mejor película del año en una consulta hecha a 304 críticos de todo el mundo. Por si no bastara con eso, también se quedó con los reconocimientos a Mejor director, Mejor guión original y Mejor película extranjera.

La película de Bong Joon-ho es distribuida en Latinoamérica por la compañía argentina Impacto Cine y en Chile debería estrenarse en el verano del 2020.

Tacones (lejanos) finlandeses.

Este mañana lo primero que hice fue seguir en Twitter a  Marin Sanna, al leer en un diario de Barcelona mensajes de odio e intolerancia sobre la primera ministra finlandesa.

El nombre de Marin Sanna desde Cuba no significa mucho, pues Cuba de Finlandia esta tan lejana como lo puede estar el español del finlandés. Pero, para los que lo desconozacan Sanna, repito,  es la primera ministra de Finlandia.

Marin es a sus 34 años tambien la primera ministra más joven del mundo.

Algunos de sus vecinos, en el gobierno de Estonia, conservadores, continuistas y un poco geriátricos han afirmado que es la primera mujer dependienta en ser jefa de un gobierno. Mujer y dependienta. Como si se tratara de sinónimos de incapaz y/o debilidad. 

Yo, no se ustedes, pero de votar, voto por Marin Sanna. Prefiero el ruido de los tacones a las botas de cordones. 

Sanna es la primera Millennial en el poder, madre de un hijo, esposa, de acuerdo a su blog la más pobre de su clase, bloguera, hija de un alcohólico, de padres divorciados, tampoco la mas inteligente o la mas bella, vicepresidenta del Partido Socialdemócrata, ministra de Transporte y Comunicaciones y ahora Primera Ministra de la nación nórdica.

En la instantánea del nuevo gobierno de Finlandia se la aprecia altiva y sencilla, junto a ella aparecen diez ministros, cinco mujeres y cinco hombres sonrientes. En la foto faltan cuatro ministros, dos hombres y dos mujeres más que, el 10 de diciembre último, no pudieron asistir a la histórica instalación del gabinete de este pequeño pero sobresaliente país de la Unión Europea pues realizaban “otras tareas” relacionadas con la educación, un estandarte.

 Así se presenta Sanna en su blog

SANNA MARIN

I am a 33 year-old mom and politician from Tampere. I work as a member of parliament and vice president of the Social Democratic Party. I am also actively involved in local politics in Tampere and in the Pirkanmaa region. Currently I work as a member of the Tampere city council.

I have studied local and regional administration in the School of Management at the University of Tampere. I have a Master’s degree in Administrative Studies (B.Soc.Sc.).

The values that are important to me are equality, freedom and global solidarity. These are also the founding values of social democracy. Environmental issues and ecological sustainability are also very important to me.

Tetrax tetrax

Cada mañana, una pareja de tetrax tetrax (popularmente conocidos como el sisón común) entonan en mi terraza su particular sintonía acompañados de su inconfundible baile de cortejo; cada mañana le repiten su homilía al Dios Sol.  

¿De niño, alguna vez, imaginó cómo era Dios o ese a quien llaman Dios?

¿De adulto, alguna vez, creyente o no, ha imaginado como es Dios o ese a quien llaman Dios?

Sin duda es una de las figuras más influyentes en la historia de la humanidad que ha determinado buena parte de su destino. Yo personalmente escucho su voz entre la danza en la pareja de tetrax tetrax que se cortejan y esperan -cada amanecer-  que su descendencia asome a la luz de ese Dios… que escucho en su canto simple y transparente danza. Homenaje al Dios Sol, Ra, Huari-cocha, Inti, Helio, Kren, Faetón, el Sol Invictus, Suria, Amón-Ra, Utu, Helios, Saulė, Sulė, Tonatiuh, Cristo, Amaterasu o Abora.

Ese Dios está en la mente de los tetrax tetrax…

Hace par de meses Reza Aslan, investigador iraní-estadounidense, por su parte me describe en palabras esa fascinante sintonía y danza en su personal biografía de Dios; un Dios creado por la imaginación de las personas. Se trata del libros  Dios. Una historia humana (Taurus) que llegó a las librerías en idioma castellano el pasado 5 de septiembre.

El libro me resulta tan interesante pues recorre,  a través de la metamorfosis de esa figura en el imaginario universal, desde que se empieza a comprender no solo la relación del ser humano con la figura de un (su) Dios, sino también del curso de la historia y del enfrentamiento entre los seres humanos por esa causa. Y, sobre todo, la insistente e imperiosa necesidad de crear a alguien como un superhombre. «¿Por qué esa necesidad de que piense, sienta y actúe como nosotros?, se pregunta Aslan: «Radica en nuestra profunda necesidad de experimentar lo divino como un reflejo de nosotros mismos». Reza Aslan considera que esa tendencia en todas las culturas de crear una versión divina de nosotros mismos es innata: «está programada en nuestro cerebro, de ahí que sea una característica central de casi todas las tradiciones religiosas». Este libro, señala la editorial Taurus, «es mucho más que una historia sobre la comprensión de Dios: es un intento de llegar a la raíz de este impulso humanizador para desarrollar una espiritualidad más universal. Creamos en un Dios, en muchos o en ninguno, este libro transforma el modo en que pensamos en la religión, así como nuestra relación con la vida, la muerte, lo espiritual y, en definitiva, la esencia misma de la existencia humana».

Les dejo a mis lectores cubanos, la introducción de Dios. Una historia humana escritor por Reza Aslan, miembro de la American Academy of Religion, la Society of Biblical Literature y la International Qur’anic Studies Association. También es profesor de escritura creativa en la Universidad de California, Riverside. Mientras re-leo escucho en silencio el simple canto y la sofisticada danza de la pareja de divinos sinsontes comunes.  

 Dios. Una historia Humana. 

Introducción: “A nuesta imagen y semejanza”

Por Reza Aslan

 De niño, creía que Dios era un anciano corpulento y poderoso que vivía en el cielo; una versión más grande y más fuerte de mi padre, y con poderes mágicos. Me lo imaginaba apuesto y canoso, con una larga cabellera gris que le cubría los anchos hombros, sentado en un trono forrado de nubes, y cuando hablaba, su voz retumbaba por el cielo, sobre todo cuando estaba enfadado, como solía ser el caso. Pero también era tierno y amoroso, clemente y amable. Se reía cuando estaba alegre y lloraba cuando estaba triste. No estoy seguro de dónde saqué esta imagen de Dios. Quizá la viera en algún lugar, pintada en una vidriera o impresa en un libro. También es posible que naciera ya con ella. Hay estudios que demuestran que, a los niños pequeños, con independencia de su lugar de origen o de su religiosidad personal, les cuesta distinguir entre los seres humanos y Dios en cuanto a sus actos o modo de actuar. Cuando se les pide que imaginen a Dios, siempre describen a un humano con poderes sobrehumanos.

A medida que fui creciendo, dejé atrás la mayoría de mis ideas infantiles, pero conservé la imagen de Dios. Aunque no crecí en una familia demasiado religiosa, siempre me fascinaron la religión y la espiritualidad. Tenía la cabeza llena de vagas ideas sobre qué era, de dónde venía y qué aspecto tenía Dios (curiosamente, seguía pareciéndose a mi padre). No quería saber cosas acerca de él, y punto: quería experimentarlo, sentir su presencia en mi vida. Pero cuando lo intentaba, no podía evitar imaginarme que nos separaba un gran abismo, con Dios a un lado y yo al otro, sin que hubiera forma de que uno de los dos lo cruzara.

Durante la adolescencia, me convertí del islam tibio de mis padres iraníes al cristianismo ardiente de mis amigos estadounidenses. De pronto, mi afán infantil de ver en Dios a un ser humano poderoso cristalizó en el culto a Jesucristo como «Dios hecho carne», literalmente. Al principio, la experiencia fue como si me rascara en un lugar que llevara picándome toda la vida. Hacía años que buscaba una manera de superar el abismo que me separaba de Dios, y ahora una religión me decía que tal impedimento no existía. Si quería saber cómo era él, todo lo que tenía que hacer era imaginar al ser humano más perfecto.

Tenía cierto sentido. ¿Qué mejor manera de eliminar la barrera entre los seres humanos y Dios convirtiéndolo a él también en un ser humano? Como dijo el célebre filósofo alemán Ludwig Feuerbach para explicar el enorme éxito de la idea cristiana de Dios, «solo un ser que comprende en sí a todo el hombre puede satisfacer a todo hombre».

La primera vez que leí esa cita fue en la universidad, más o menos en la época que decidí dedicar mi vida al estudio de las religiones. Lo que parecía decir Feuerbach es que el atractivo casi universal de un Dios que piensa, siente y actúa como nosotros radica en nuestra profunda necesidad de experimentar lo divino como un reflejo de nosotros mismos. Esa verdad me golpeó como un rayo. ¿Por eso de adolescente me atraía el cristianismo? ¿Había estado construyendo mi imagen de Dios todo este tiempo como un reflejo de mis propios rasgos y emociones?

Esta compulsión por humanizar lo divino es algo para lo que está programado nuestro cerebro, y por eso se ha convertido en un rasgo fundamental de casi todas las tradiciones religiosas que el mundo ha conocido. La posibilidad me dejó resentido y desilusionado. Buscando una concepción más amplia de Dios, abandoné el cristianismo y volví al islam, atraído por la iconoclasia radical de la religión: la creencia de que Dios no puede quedar limitado por ninguna imagen, humana o de otra índole. Reconocí rápidamente, sin embargo, que el rechazo del islam a la representación de Dios en forma humana no se traduce en un rechazo a pensar en Dios en términos humanos. Los musulmanes son tan propensos como las demás personas religiosas a atribuirle sus propias virtudes y vicios, sus propios sentimientos y defectos. No es algo que puedan escoger. Ni ellos ni nosotros.

Resulta que esta compulsión por humanizar lo divino es algo para lo que está programado nuestro cerebro, y por eso se ha convertido en un rasgo fundamental de casi todas las tradiciones religiosas que el mundo ha conocido. El mismo proceso mediante el cual surgió el concepto de Dios en la evolución humana nos obliga, conscientemente o no, a formarlo a nuestra propia imagen. De hecho, la historia de la espiritualidad humana en su conjunto puede verse como un esfuerzo constante, interconectado, en permanente evolución y con una notable capacidad cohesionadora para dar sentido a la divinidad otorgándole nuestras emociones y personalidades, atribuyéndole nuestros rasgos y nuestros deseos, proporcionándole nuestras fortalezas y nuestras debilidades, incluso nuestro propio cuerpo; en resumen, haciendo que Dios seamos nosotros. Lo que quiero decir es que muy a menudo, aunque no nos demos cuenta, y con independencia de si somos creyentes o no, lo que la gran mayoría imagina cuando piensa en Dios es una versión divina de nosotros mismos: un ser humano con poderes sobrehumanos.

Esto no equivale a afirmar que Dios no existe, o que lo que llamamos Dios sea por completo una invención humana. Ambas afirmaciones pueden ser ciertas, pero ese no es el tema de este libro. No tengo ningún interés en tratar de probar la existencia o la inexistencia de Dios por la simple razón de que no puede probarse ni lo uno ni lo otro. La fe es algo que se elige; quien diga lo contrario intenta convertirte. Eliges creer que hay (o no) algo más allá del ámbito material; algo real, algo conocible. Si, como en mi caso, optas por lo primero, entonces debes hacerte otra pregunta: ¿quieres experimentarlo? ¿Quieres estar en comunión con eso? ¿Conocerlo? Si es así, puede que te sea útil contar con un lenguaje que te permita expresar lo que es fundamentalmente una experiencia inexpresable.

Ahí es donde entra la religión. Más allá de los mitos y los rituales, los templos y las catedrales, los mandamientos y las prohibiciones que han dividido a la humanidad en bandos de creencias distintas y a menudo enfrentadas durante milenios, la religión es poco más que un «lenguaje» compuesto de símbolos y metáforas que permite a los creyentes comunicar unos a otros y a sí mismos la experiencia inefable de la fe. Lo que pasa es que, a lo largo de la historia de las religiones, ha habido un símbolo que destaca como algo universal y supremo, una gran metáfora de Dios, de la que derivan casi todos los demás símbolos y metáforas de casi todas las religiones del mundo: nosotros, los seres humanos.

La creencia en dioses humanizados nos sirvió de guía como cazadores-recolectores, y luego, al cabo de decenas de miles de años, hizo que sustituyéramos nuestras lanzas por arados y nos pusiéramos a sembrar.

Este concepto, que yo llamo «el Dios humanizado», estaba clavado en nuestra conciencia cuando se nos ocurrió por primera vez la idea de Dios. Nos llevó a formular nuestras primeras teorías sobre la naturaleza del universo y nuestro papel en él. Dio forma a nuestras primeras representaciones físicas del mundo más allá de nuestro entorno. La creencia en dioses humanizados nos sirvió de guía como cazadores-recolectores, y luego, al cabo de decenas de miles de años, hizo que sustituyéramos nuestras lanzas por arados y nos pusiéramos a sembrar. Nuestros primeros templos, así como nuestras primeras religiones, los construyeron personas que consideraban a los dioses seres sobrehumanos. Los mesopotámicos, los egipcios, los griegos, los romanos, los indios, los persas, los hebreos, los árabes, todos idearon sus sistemas teístas en términos humanos y con imágenes humanas. Pasa lo mismo con las tradiciones no teístas, como el jainismo o el budismo, que conciben a los espíritus y devas que encontramos en sus teologías como seres superiores que, al igual que sus homólogos humanos, están sujetos a las leyes del karma.

Incluso los judíos, los cristianos y los musulmanes contemporáneos que tanto se esfuerzan por profesar creencias teológicamente «correctas» sobre un Dios único y singular que es incorpóreo o infalible, omnipresente u omnisciente, parecen obligados a imaginarlo en forma humana y a hablar de él en términos humanos. Los estudios realizados por numerosos psicólogos y científicos cognitivos han demostrado que los creyentes más devotos, cuando se ven obligados a comunicar sus pensamientos acerca de Dios, en su inmensa mayoría lo tratan como si estuvieran hablando de una persona que se hubieran encontrado en la calle.

Pensemos en la forma en que los creyentes suelen calificar a Dios como bueno o amoroso, cruel o celoso, indulgente o amable. Sin embargo, esta insistencia en recurrir a emociones humanas para describir algo que —sea lo que sea— desde luego no es humano, demuestra la necesidad existencial de proyectar nuestra humanidad en Dios, de otorgarle no solo todo cuanto hay de digno en la naturaleza humana —la capacidad ilimitada de amar, la empatía y el afán de mostrar compasión, las ansias de justicia—, también lo que hay de vil en ella: la agresividad y la codicia, los prejuicios y los fanatismos, la inclinación a recurrir a la violencia extrema.

Como es de esperar, este impulso natural de humanizar lo divino conlleva ciertas consecuencias. Porque cuando dotamos a Dios de atributos humanos, esencialmente divinizamos esos atributos, de modo que todo lo bueno o lo malo de las religiones no es más que un reflejo de todo lo que hay de bueno o de malo en nosotros. Nuestros deseos se convierten en los deseos de Dios, pero sin límites. Nuestras acciones se convierten en acciones de Dios, pero sin consecuencias. Creamos un ser sobrehumano dotado de rasgos humanos, pero sin nuestras limitaciones. Modelamos las religiones y culturas, las sociedades y los gobiernos, de acuerdo con nuestros propios impulsos humanos, al mismo tiempo que nos convencemos de que dichos impulsos son divinos.

Eso, más que cualquier otra cosa, explica por qué a lo largo de la historia de la humanidad la religión ha sido una fuerza motriz tanto para el bien infinito como para el mal más indescriptible; por qué la misma fe en el mismo Dios inspira amor y compasión en un creyente, pero odio y violencia en otro; por qué dos personas pueden examinar las mismas escrituras al mismo tiempo y extraer de ellas dos interpretaciones radicalmente opuestas. De hecho, la mayoría de los conflictos religiosos que continúan trastornando nuestro mundo surgen de nuestro deseo innato e inconsciente de convertirnos en la apoteosis de lo que es Dios y lo que Dios quiere, a quien ama Dios y a quien odia Dios.

Tardé muchos años en darme cuenta de que la concepción de Dios que andaba buscando era sencillamente demasiado amplia para que encajara con cualquier tradición religiosa, que la única forma en que podía experimentar de verdad lo divino era deshumanizar a Dios en mi conciencia espiritual.

Por eso este libro es algo más que una mera historia de cómo hemos humanizado a Dios. También es un llamamiento a dejar de imponer nuestras compulsiones humanas sobre lo divino y desarrollar una visión más panteísta de Dios. Por lo menos es un recordatorio de que, tanto si creemos en uno solo como en muchos o en ninguno, somos nosotros quienes hemos modelado a Dios a nuestra imagen y semejanza, y no al revés. Y en esa verdad radica la clave para una espiritualidad más madura, más pacífica y más esencial.