Historias de exilios y desexilios…

 

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Gustavo Pérez Firmat: 50 lecciones de exilio y desexilio

Cincuenta lecciones de exilio y desexilio. Hypermedia, 2016).

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Creyendo que no puedo servir a dos gramáticas a la vez, siento la obligación de escoger entre el inglés y el español. Quisiera anclarme en un idioma como si fuese un cuerpo o un puerto. Las palabras tienen peso y espesor, y es difícil hallarles cabida en el mismo lóbulo al enorme Webster y al descomunal Sopena. Por lo menos, lo es para mí. El plurilingüismo es un fenómeno harto común. Las literaturas occidentales abundan en ejemplos de escritores que han cultivado más de una lengua. Aunque admiro inmensamente a esos seres, para mí excepcionales, que hablan o escriben más de un idioma sin malestar o daño aparente, carezco de ese talento.

Gagueo en mis dos idiomas. Siempre recuerdo que Juan Ramón Jiménez nunca aprendió inglés porque tenía miedo de que el mal inglés fuera a estropear su depurado español.

Pero ahora empiezo a darme cuenta de que la madurez quizás consiste en no sentirse obligado a escoger, en aceptar que al repartirme entre lenguas cada una se volatiliza un poco, se convierte en ancla leve. Viviré una temporada en español, hasta que me entre la añoranza del inglés, y entonces levaré ancla. Me pasaré una temporada navegando en inglés, hasta que me entre la comezón del español, y entonces levaré ancla otra vez. Si hay vientos de través, aprenderé el arte del zigzagueo.

Lo que sí me parece inmaduro, por inútil, es intentar aunar los dos idiomas. La mezcla del español y el inglés, el Spanglish, de momentos puede resultar divertida o delirante, y nada impide que un idioma recoja palabras o giros del otro. Pero la mezcla a partes iguales termina devastando los dos idiomas sin por ello engendrar un tercero. En los poemas en Spanglish —en los míos, por ejemplo— los dos idiomas no se acompañan: se maltratan, se agravian. No se juntan, se pegan. No se adhieren, se hieren.  Entablan una lucha a muerte que acaba matando la poesía.

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De las muchas razones que alguien puede tener para desplazarse de la lengua materna a la lengua alterna, una de las más poderosas es el rencor. Escribir en inglés es o puede ser un acto de venganza —contra los padres, contra las patrias, contra uno mismo. Siempre me ha parecido que la afición a los juegos de palabras bilingües es un síntoma de ese rencor; el pun es pulla, una pequeña detonación de terror y de tirria, una manera de blandir el hyphen como arma: que nos parta no el rayo sino la rayita.

El vilo avilanta. La ingravidez pesa. Desprovisto de ancla o sostén, el cubano con rayita se torna agrio, angry. (Nadie odia más a Cuba más yo).

En inglés se dice que la mejor defensa es una buena ofensa; pues entonces ofendamos, afirma el cubano con rayita. La audacia del enunciado bilingüe —You say tomato; I say tu madre— es un tipo de insolencia; su ligereza —An I for an ¡Ay!— es una forma de pesadez. Vil en el vilo, mordaz en el remordimiento, el cubano con rayita se lanza a triturar el español en la osterizer del inglés, y a despedazar el inglés en la batidora del español. Todo por rayar, por rayarse.

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Exul inmeritus, exiliado sin merecerlo: así se llama Dante y así —respetando las distancias— se podría describir a aquellos de nosotros que llegamos al exilio de niños. De ahí nuestra contradictoria gama de actitudes hacia Cuba (la de ayer, la de hoy, la de nunca), hacia la Revolución (la de todos, la de pocos, la de nadie) y hacia el mismo Exilio (histórico e histérico, numeroso y sin nombre). De ahí, quizás, el rencor que nos consume y la vergüenza nos exalta.

Muy otra es la actitud de quienes decidieron su exilio, o de quienes nacieron aquí. La nostalgia de unos y la curiosidad de otros duelen sin perjuicio. En el fondo son recodos del bienestar, géneros de lo saludable. Pero nosotros nos dividimos entre nostalgia y curiosidad, pues Cuba nos parece a la vez terruño natal y terra incognita. No sé si es posible conciliar actitudes tan dispares, feelings tan mixed.

Con todo, se me antoja que nuestro rencor es también cordial, que riega nuestras vidas, capilarizando lo que de otra forma sería resentimiento a secas. Divina comedia la del exiliado que se revira contra su patria, y hace de su torsión homenaje.

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Siempre me pregunto qué pensarían mis hijos de mí —así como yo de ellos— si nos conociéramos en mi lengua materna. ¿Nos querríamos distinto en español? Pero ellos y yo nos conocemos exclusivamente en inglés, y esa exclusividad lo que excluye es un temperamento, cierto acorde de entusiasmos y reticencias, una manera de ver el mundo y de tratar a la gente, todo un conjunto de costumbres, manías, miedos, alegrías que al ser expresados en traducción hurtan parte de su significado. Cuando les digo, a ella o a él, I love you, queda sin expresar la mitad de lo mucho que los quiero. Cuando me dicen, ella o él, I love you too, no sé si se lo creo.

Para mis hijos no soy padre sino su padre sino su padre —así, en cursivas, como una palabra extranjera en el decurso, el discurso de sus vidas. Para conocerme, tienen que interpretarme. En lugar de expresarme, tengo que explicarme. Es cierto que expresarse en traducción tiene sus ventajas, en particular la distancia; pero lo que se gana en distancia se pierde en familiaridad. Grave cosa: perder familiaridad con la propia familia.

De tanto vivir en traducción, el español se me ha vuelto exótico. Al regresar a él, me demoro en cada palabra como si la pronunciara por primera vez: añoranza, fracaso, infidencia, macerar, pericia. Las que más disfruto son aquéllas que carecen de cognados o cuya traducción entrampa (fracaso/fracas), porque son esas las que mejor recogen lo que Juan Marinello llamó alguna vez “las esencias intransferibles” del idioma.

Rehúyo, en lo posible, los ecos del inglés. Busco recuperar esos años en que todavía no había aprendido el idioma en que ahora vivo, cuando el español no estaba teñido de exotismo y el inglés me parecía, en frase de Guillén, lengua extraña. Pero me cuesta trabajo remontarme a esos años sin inglés, porque la verdad es que desde muy joven, desde mucho antes del exilio, el inglés ya me era familiar. Aun así, y aunque no logre rescatar memorias concretas de esa vida sin vilo, sé que no siempre sentí el complejo del repartimiento.

Hago estas notas redactando en voz alta, algo que nunca he hecho al escribir en inglés, quizás porque aún pronuncio ese idioma con un acento. El placer de la fonación, de casar sonido con sentido sin remanentes, lo experimento sólo en español. En inglés la palabra es letra; en español, voz. Lo cual quiere decir que todavía no soy completamente bilingüe, porque en el sujeto bilingüe los dos idiomas establecen una relación especular, equilibrada —condición que los lingüistas han denominado “equilingüismo” o “bilingüismo balanceado” (balanced bilingualism).

Me pregunto si en verdad existe tal equilibrio, o si lo que sucede más bien es que uno de los idiomas se adueña de ciertas zonas de la expresión, aunque la jerarquía no sea perceptible para el propio hablante. Me inclino a creer que todo bilingüismo supone un estado de desequilibrio, una compleja e inestable dinámica de carencias y compensaciones. Si damos por sentado que el traductor traiciona, el sujeto bilingüe, traductor tenaz y empedernido, vive de la traición. Y el concepto mismo de equilingüismo podría ser una de las tantas justificaciones con que los bilingües engañamos la fractura de nuestra subjetividad.

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Según los diccionarios, “sinsonte” proviene de zentzontle, vocablo azteca que quiere decir “pájaro de cuatrocientas voces”. Su nombre científico es todo un epigrama: Mimus polyglothus orpheus. El sinsonte es emulador, políglota y musical porque “puede imitar el canto de otras aves, y hasta el ladrido de un perro o una tonada si se le enseña”. De ahí que este violín que vuela sea el ave emblemática de los bardos cubanos, como en los versos del Cucalambé dedicados a Fornaris:

Tú que de Cuba has nacido 

entre las flores y plantas

y con dulce anhelo cantas

como el sinsonte en su nido…

Pero en inglés los cien sones del sinsonte se convierten en rancias trompetillas, pues su nombre americano es mocking bird, pájaro burlón. Se me hace que muchos exiliados hemos padecido la humillante metamorfosis de sinsonte a mocking bird.

Nos dejaste sin son, sinsonte.

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El inglés nombra; el español ingenia perífrasis. Trailer: casa de remolque. Continental drift: el desplazamiento gradual de los continentes. Clockwise: en el sentido de las manecillas de reloj.  Para vivir en movimiento, el inglés; para una vida pausada, el español.  José Angel Buesa se describe en un poema como “lento y triste”. Así me parecen las cadencias del español, lentas y tristes.

Ya me lo dije: si quiero “aclimatarme” al español, tengo que superar mi gusto por los monosílabos: grunt, want, crunch (quejido, querer, crujido); doom, gloom, swoon (ruina, lobreguez, desmayo); quick, kick, trick (rápido, patada, truco).

La abundancia de monosílabos del idioma inglés concuerda con la inquietud del exiliado, inquietud que se transparenta en un habla inquieta, entrecortada. Los monosílabos nos permiten expresarnos sin palabras, gruñir los pensamientos, habitar el inglés sin dominarlo. Pero en español cada sílaba espera su momento pacientemente (¡cuánta paciencia requiere este solo adverbio!), dejándose saborear, paladear, como humo en la boca.

Por su relativa falta de concisión, el español es menos citable que el inglés. Si se compara con la inglesa o la francesa, la literatura en lengua española no es pródiga en aforistas. ¿Cuántos autores hispánicos se recuerdan por sus epigramas? Tenemos las máximas de Gracián —entre ellas, “más valen quintaesencias que fárragos”— las greguerías de Gómez de la Serna, las “ideolojías” de Juan Ramón, alguna que otra frase feliz de Unamuno, de Ortega, de Paz.

En Cuba, recordamos los aforismos de Luz y Caballero, frases felices e infelices de Martí, los “eslabones” de Varona, algún chispazo de Lezama o Piñera o Cabrera Infante. Pero no sé si existen en español compendios análogos al Bartlett’s Familiar Quotations, tan popular en Estados Unidos. Si los hay, dudo que hayan tenido igual difusión. Porque no es eso lo que buscamos en la literatura en lengua española.

Buscamos el acorde, y no la nota; la luminosidad, y no la chispa. No existe traducción adecuada al castellano de palabras como flash o crash, o de modismos como a bolt from the blue o a stroke of luck, que designan instantaneidad de acontecer; mas tampoco existen traducciones precisas al inglés de adjetivos como “duradero” o “paulatino”, en los que el transcurrir del tiempo transcurre.

Intraducible también, por la misma razón, el refrán “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. La negación doble, mediante la cual la retahíla de monosílabos (cosa rara) del primer octosílabo se alarga en el segundo octosílabo, insinúa el lento desgaste del cuerpo (el del mío, por ejemplo).

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Escribir en español durante el día es demasiada claridad. El inglés tapa, tapia. Creo que por eso no me cuesta trabajo, ni me da vergüenza, revelar intimidades en inglés, como he hecho en algunos libros. Al escribirlas en inglés, muchas veces un idioma distinto de aquél en que las he gozado o padecido, dejan de ser mías, como si la traducción fuese también despojo. El cambio de pronombre —de yo a I— produce un cambio de persona. Además, hay una parte de mí, soterrada mas no cancelada, que no entiende esos libros porque todavía no ha aprendido inglés. (Esa parte vive a la sombra de un flamboyán.)

En español todo queda al descubierto, como si cada frase, ráfaga de luz, iluminara rincones y rendijas que preferiría ocultar. En inglés las arrugas son wrinkles —matices, sutilezas— y es fácil esconderse entre ellas; en español una arruga es sólo un pliegue en la piel, mediodía de la madurez. Disimular wrinkles con arrugas es tapar un dedo con el sol.

Me complace pensar que el español sigue siendo el idioma de mi piel. El idioma del rubor, del pudor; de los ojos, del sonrojo. El idioma en el que todavía soy capaz de avergonzarme.

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No hay exilio interminable, pues solo dura lo que dura una vida. Por lo tanto, alguien por ahí tendrá el récord del exilio de más larga duración, marca que será batida algún día por uno de esos viejitos que deambulan, pena en el alma, por las aceras de Miami. Aunque a lo mejor (y a lo peor) morir en el exilio es seguir viviendo en el exilio, y en tal caso la marca es imbatible. El exilio nos acaba sin acabarse él.

Me informa un demógrafo amigo que en las últimas décadas más de un cuarto de millón de cubanos han muerto lejos de Cuba: un sinfín de exilios sin fin. ¿A qué fin?

Más seguro sería el cálculo del exilio de menos duración. Sin duda uno de los aspirantes a esta distinción haya sido mi tío Miguel, quien juraba que había salido de Cuba como exiliado pero que había llegado a Estados Unidos como inmigrante. Su exilio duró lo que el vuelo entre La Habana y Miami. O hasta menos, porque tal vez Miguel inauguró su exilio al levantar el pie para subir la escalera de abordaje, y al plantarlo en el primer peldaño ya lo había superado. De ser así, el suyo fue un exilio de un paso: tránsito y no trance.

Muy distinta ha sido la suerte de aquellos cubanos —la gran mayoría— que no se resignaron o se decidieron a ser nada más que exiliados: todos esos “refugiados” que llevaron su destierro a cuestas hasta el último suspiro. Entre ellos ha habido de todo: vividores y muertos de hambre, mártires y mataperros, hombres sin nombre y renombradas damas de sociedad. Me duelen todos, porque el exiliado que sobrevive hereda de sus muertos, quiéralo o no, el peso y pesar de tantos destinos incumplidos.

Hace años me parecía que nadie se moría en Miami; ahora no conozco otra ciudad con más muertos, con más muerte, que Miami. Lo que primero fue expectativa después se hizo espera, y a la larga la espera se ha convertido en duelo. La capital del exilio es ahora la necrópolis del exilio. En contra de lo que dicen algunos, Miami no es una ciudad alegre, porque en Miami se vive con la evidencia de un exilio en agonía, con el convencimiento, por inconfesado no menos palpable, de que ninguna peripecia histórica ya nos puede salvar. De ser refugiados sin país hemos pasado a ser exiliados sin refugio.

En defensa de Dios…

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En Atenas llovía desde las doce de la noche pero al medio día era más bien cálido. Protágoras de Abdera llegó temprano al almuerzo como invitado a la mesa del dramaturgo Eurípides. Se quitó las sandalias. Sintió el suelo húmedo a sus pies. Se sirvió un buen vaso de vino y pan fresco con aceite de oliva.  Y se dispuso a modo de sobre mesa a pronunciar su retórica sobre los dioses. Ningún dios podía imponerle su voluntad a los seres humanos, y en cuanto a los dioses olímpicos, quien puede decidir si existían o no. Hay muchos obstáculos a ese conocimiento, incluida la oscuridad del asunto, y la brevedad de la vida humana. Según Protágoras no hay evidencia para pronunciarse sobre la existencia de lo divino, ni en un sentido ni en el otro.  Atenas por entonces estaba dominada por los fundamentalistas de los olimpos.  Protágoras fue condenado a muerte y en su huida se ahogó en las celestes aguas del Mediterráneo. Pero ya la idea estaba en el aire.

El logos de los griegos estaba allá y hoy aquí, los dioses existen o no existen en nuestro logos pues son solo la manifiesta tosquedad de ese logos humano que reproducen o no en nuestros sueños la existencia o no de los fantasmas divinos. Como escribiera el poeta.  Para Esquilo (525-456)  contemporáneo de Protágoras,  Zeus  -quién quiera que pudiera ser-  había enseñado que la experiencia humana era la única verdadera, enseñado a los hombres a pensar, a razonar y significar la experiencia del amor y el dolor.  La poesía había hablado:

Que debemos sufrir, en verdad.  No podemos dormir, y del corazón gotea de nuevo, el dolor del dolor recordado, y, aunque nos resistamos, con él llega también la madurez. De los dioses entronizados en el augusto puente de mando Nos llega el amor que nos imponen con violencia.

Eurípides y Esquilo parecen concluir que el nous de cada uno de nosotros es un dios. Los filósofos de Atenas y sus ciudadanos estaban a punto de llegar a la misma conclusión. La anécdota la cuenta Karen Armstrong en su libro En defensa de Dios,  un análisis controvertido y lucido del significado actual de las religiones en el mundo. Por primera vez en la historia millones de millones de personas no quieren saber nada de Dios. En el pasado los individuos peregrinaran millas para experimentar una realidad sagrada que describían provenía directamente de dios, como experiencia de Brahman, Tao, del Nirvana o cualquier otro avatar de lo divino.  En efecto la religión ha sido una de las características definitorias  -para bien o para mal-   del homo sapiens.

Actualmente  -sin embargo-  los militantes ateos predican el evangelio del descreimiento con el mismo celo de los misioneros cristianos en la edad de la fe oscura  o los nuevos evangelizadores televisivos y encuentran igual una enorme cantidad de una entusiasta audiencia, como la audiencia  proto-capitalista de Lutero hace quinientos años o la de los proto feudalitas calvinistas para diferenciarse de la nueva amenaza germana y romana. La nueva fe siempre se hace más dependiente del Texto, de la forma, del nuevo dogma, de su  sola y pervertida interpretación de las Sagradas Escrituras.  A ello se refiere Protágoras de Abdera en su almuerzo hace dos mil quinientos años en la casa de Eurípides. Los dioses son solo interpretaciones del logos y por lo tanto pueden o no contener la existencia de las divinidades. 

Ahí reside una posible respuesta. Entonces, por qué el dios moderno se ha vuelto increíble, infinitesimal, cuasi inexistente. Cómo ha llegado a suceder esto. A estas interrogantes intenta hacerle frente el libro de Karen Armstrong.

33 Revoluciones…

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En la novela “1984”de George Orwell hay un ejemplar dialogo entre sus protagonistas: Winston y O´Brien. Ese dialogo podría prefigurar un epilogo para el siglo XX o un prólogo para el XXI.Escribe Orwell:

—¿Tienes alguna prueba de que eso esté ocurriendo? ¿O quizás alguna razón de que pudiera ocurrir?

—No. Es lo que creo. Sé que fracasaréis. Hay algo en el universo —no sé lo que es: algún espíritu, algún principio contra lo que no podréis.

—¿Acaso crees en Dios, Winston?

—No.

—Entonces, ¿qué principio es ese que ha de vencernos? —No sé. El espíritu del Hombre.

—¿Y te consideras tú un hombre?

—Sí.

—Si tú eres un hombre, Winston, es que eres el último. Tu especie se ha extinguido; nosotros somos los herederos. ¿Te das cuenta de que estás solo, absolutamente solo? Te encuentras fuera de la historia, no existes. —Cambió de tono y de actitud y dijo con dureza— ¿Te consideras moralmente superior a nosotros por nuestras mentiras y nuestra crueldad?

—Sí, me considero superior.

Yo no poseo ninguna evidencia de que algo esté ocurriendo. Que algo este por ocurrir. Pero el propio autor inglés en su ensayo “Homenaje a Cataluña” propone nuevas evidencias. Pero entre nuestras muchas perplejidades estála la de no escuchar a los que nos dicen o hablan palabras simples al oído. Describe, George,  el momento justo de enlistarse en la guerra civil española:

“En los Cuarteles Lenin de Barcelona, el día antes de ingresar en la milicia, vi a un miliciano italiano de pie frente a la mesa de los oficiales. Algo en su rostro me conmovió profundamente: era el rostro de un hombre capaz de matar y de dar su vida por un amigo”.

Esa clase de instantánea simpatía es la que podrías sentir por Canek Sánchez Guevara, pero en su caso esa devoción la puedes intuir desde un inicio pues Canek es un hombre  incapaz de matar, solo dar la vida por un amigo. El ideario descrito en los diarios de Canek es una respuesta de amor en tiempos de fanáticos. En las primeras páginas de sus Diarios sin motocicletas” podemos descubrir su ideario de vida y amor “cualquier cosa que no me sea impuesta y que yo no pueda imponer a los demás”.

Es lo que narra el visionario dialogo de “1984”. El principio del hombre superior. El espíritu del hombre que ama. El resto es fracaso. Esa fuerza superior fue la que hizo de Canek un rebelde; y, uno verdadero en el sentido de Camus y Emerson. El hombre que dice: no. El joven que en la Escuela Vocacional uso drogas, escuchó rock´n´roll, música de vanguardia, leyó los ensayos de Montaigne y Camus. Que nunca hizo marketing revolucionario con la memoria de su abuelo, jamás comerció con la imagen de una Cuba tercermundista o la perpetua e inacabada revolución de la izquierda pseudo-proletaria.

Canek fue uno de esos revolucionarios que tuvo como única patria la música y la literatura, como posesiones su mochila y un obsoleto ordenador. Ganó dinero como programador, cineasta, informático; fue flauner, vagabundo, escritor. Un errante entre Cuba, España, México, Perú, Panamá, Barcelona, Italia, Nicaragua y Marsella. Media casi dos metros y padecía insomnio. Sentía curiosidad por lo nuevo, leer, conocer y saber. Un hedonista que amaba la vida, la cerveza, el vino, el balbuceo de los bares y los barrios de emigrantes. La vida jamás lo decepcionaba.

No se dejó engañar por ideología alguna, por fanatismos. “Yo siempre he sido un extranjero”. Leer sus libros 33 Revoluciones y Diarios sin motocicletas” es retomar una interrumpida conversación entre amigos con vinos y cervezas. En cualquier esquina del mundo. No le gustaba hablar del Che, ni discutir sobre Cuba. Como su abuelo, Ernesto Guevara de la Serna, su madre Hilda Beatriz Gadea: Canek Sánchez Guevara murió antes de cumplir cuarenta años.

El papa Francisco libera a Angel Lucio Vallejo Balda.

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El papa Francisco ha perdonado al sacerdote español Ángel Lucio Vallejo Balda por la filtración de papeles y documentos secretos e internos de la Santa informó la oficina de prensa de la Santa Sede en un comunicado. Se trata, añade el mensaje, de un “acto de clemencia” de Bergoglio con el sacerdote. La pena “no queda extinguida”, pero podrá “gozar de libertad condicional”.

“Considerando que el reverendo Vallejo Balda ya ha cumplido más de la mitad de su pena —era de 18 meses—, el Santo Padre Francisco le ha concedido el beneficio de la libertad condicional”, informa el Vaticano. Anuncia que “a partir de esta tarde, el sacerdote deja la cárcel y cesará todos los lazos de dependencia laboral con la Santa Sede”. Dependerá a partir de este momento de “la jurisdicción del obispo de Astorga. Vallejo, perteneciente al Opus Dei, fue detenido por la gendarmería del Vaticano,  cuando era secretario de la Prefectura para los Asuntos Económicos. Era una de las personas en las que el Papa había confiado para supervisar las cuentas del Vaticano y racionalizar el gasto, pero terminó protagonizando junto a  la  italiana Francesca Immacolata Chaouqui el nuevo caso Vatileaks, el segundo escándalo de filtraciones de documentos secretos en el Vaticano después de que Paolo Gabrielle, mayordomo de Benedicto XVI, lo traicionara en 2012.

Vallejo fue castigado a 18 meses de prisión por sustraer y filtrar abundante información secreta sobre las finanzas de la Santa Sede. La italiana fue condenada a diez meses de prisión con suspensiónn de la aplicación de la pena. Ambos obtuvieron la documentación como miembros de la COSEA, la Comisión que creó Bergoglio para poner orden en las finanzas vaticanas. Sustrajeron documentos e incluso grabaron conversaciones privadas que mantuvieron con el Papa en Santa Marta y que facilitaron a los periodistas Gianluigi Nuzzi y Emiliano Fittipaldi, que sacaron todo a la luz en los libros Via Crucis y Avarizia, respectivamente. En ellos denunciaron los desmanes financieros del Vaticano y las grandes resistencias internas a las reformas de Bergoglio. Denunciaban fraudes, escándalos financieros y un uso poco ético del dinero y publicaban una relación de las propiedades inmobiliarias del Vaticano. Los autores de los libros también fueron juzgados por divulgación de documentación reservada, pero no fueron condenados porque el tribunal vaticano consideró que existió “defecto jurisdiccional” y defendió el “derecho divino de libertad de pensamiento y de libertad de prensa”.

El Papa se refirió al caso en público, después del Ángelus celebrado el 8 de noviembre de 2015. Ante los fieles de la Plaza de San Pedro, calificó como “deplorable” el robo de “documentos de la Santa Sede que han sido robados y publicados”. Anteriormente, en mayo de 2014, Lucio Vallejo ya protagonizó un escándalo al participar en una polémica comida celebrada en la terraza de la prefectura vaticana de Asuntos Económicos junto a otros religiosos, además de empresarios y periodistas, que no gustó a Francisco por su exceso de lujo.

Roberto y los maestros…

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Hace muchos años en una época terrible alguien me regaló un pequeño libro de un hasta entonces desconocido chileno. La Habana por aquel entonces estaba llena de chilenos revolucionarios fugitivos como hoy lo está de canadienses obesos y aburridos. El libro del chileno terminó en una de esas lecturas voraces en la que terminas con una enorme interrogante ¿y, ahora qué? El libro apenas lo contenían setenta páginas…de poesía. Su título. Los perros románticos.

El chileno desde entonces me conmovió, su exilio, su tenacidad, su inteligencia, su libertad. Años después con dos de sus versos logré que la madre de una de mis hijas me diera la primera oportunidad, de al menos, escucharme por un par de segundos.

Cae fiebre como nieve

Nieve de ojos verdes.

No puedo dejar de agradecerle, entre muchas, que me haya permitido enamorarla con su (mi) poesía.

Cuando la derrota compasiva nos convenza de lo inútil

Que es seguir luchando, a tus ojos me fiaré.

Gracias a los versos de los perros románticos descubrí que Chile existe más allá de Neruda, de los 20 poemas de amor, de las batallas ideológicas y del inconcluso caudillismo latinoamericano. Me leí cada página que escribió Roberto Bolaños, su lectura  te puede golpear con un mazo austral o elevar como peyote perfumado.

Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.

De eso se trata toda la literatura de Roberto Bolaños, de la enfermedad, de la vida, de los viajes, el sexo y el amor, de los libros. De lo nuevo que siempre está aquí.

En una reciente conversación y almuerzo,  entre platos verganos de ensaladas y sopas frías,  con unos compatriotas ligeramente universitarios, de esos que acaban de descubrir a Bolaños en edición digital y Google mediante, me recordaron de inmediato la estridente dialéctica que existe entre lo nuevo y lo viejo, entre Kafka y Bolaños. Por ejemplo, las diferencias que existen entre aquellos exiliados chilenos y los actuales turistas canadienses que son el pasado y el presente del paisaje humano de una La Habana por siempre tropical. Todo se cierra como un mantra tibetano dentro de una muralla de piedra bordada con hilos de oro, incluso lo nuevo pero sobre todo lo viejo.

Todo es, a final de cuentas, folclore. Somos buenos para pelear y somos malos para la cama. ¿O tal vez era al revés, Maquieira? Ya no me acuerdo.   Roberto dixit.

Tampoco recuerdo muy bien pues soy muy malo para la memoria peor para el olvido. Aunque si, algo aprendí por ahí, de camino en camino sobre la nieve de tus ojos verdes, de leer algunos libros o de los infinitos viajes. Algo aprendi de la vida. Por ello siempre te pregunto a las mañanas si soy bueno en la cama o bueno peleando.

Ahora intento en vano conversar con los descubridores digitales de Roberto Bolaños pero después del segundo plato no son capaces de resistir la tentación de revisar Facebook o enviar un mensaje por correo electrónico. No me dieron la oportunidad de decirles que en la obra de Roberto Bolaños hay inteligencia, valentía y desesperación como lo hay en la vida, las mujeres, los libros y los viajes. Son asombro y no costumbre.

Si pudiéramos crucificar a Borges, lo crucificaríamos. Somos los asesinos tímidos, los asesinos prudentes. Creemos que nuestro cerebro es un mausoleo de mármol, cuando en realidad es una casa hecha con cartones, una chabola perdida entre un descampado y un crepúsculo interminable. Quién ahorraríamos a nosotros mismos para épocas mejores. No sabemos estar sin papá y mamá. Aunque sospechamos que papá y mamá nos hicieron feos y tontos y malos para así engrandecerse aún más ellos mismos ante las generaciones venideras. Pues para papá y mamá el ahorro era interpretado como perdurabilidad y como obra y como panteón de hombres ilustres, mientras que para nosotros el ahorro es éxito, dinero, respetabilidad. Sólo nos interesa el éxito, el dinero, la respetabilidad. Somos la generación de la clase media.

La generación que aspira a ser una nueva clase media en tiempos en que la clase media desaparece desde Suecia a Japón, la generación que Iván Rojas define como los acumuladores primarios y precarios del capital. Y, ya no un capital ficticio o de texto neo marxista si no uno fundamentado en la abolición de la dignidad humana.  Sin darnos cuenta que esas construcciones mentales que te irradian por todos los medios  posibles provienen no de palacios de cristal sino de chabolas de playwood. 

De un crepúsculo interminable…imagino que para pretender conocer y ser maestro de literatura latinoamericana hay que leer primero a Cesar Vallejo o Roberto Bolaños, antes que a García Márquez y sus mil epígonos con zapatos de charol o a Vargas Llosa con sus manías de oráculo de revista del corazón. Imagino primero hay que estudiar el español de mierda que hablan Maduro y Morales, cuyo creador es un escritor chileno que solo vivió cuarenta años.

 

 

 

 

El papa perdonará al mayor de los herejes …

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El papa Francisco y el presidente de la Federación Luterana Mundial, Munib Younam, firmaron este lunes una declaración conjunta en la que rechazan todo tipo de violencia en nombre de la religión. Francisco viajó a Suecia para participar en los actos conmemorativos del 500 aniversario de la Reforma protestante, promovida por Martín Lutero el 31 de octubre de 1517. La firma se produjo después de la ceremonia que abre en Suecia el ‘Año Lutero’, celebrada en la catedral de Lund.

El 2017 es un año de aniversarios, ya veremos, uno a uno, pero fiel a Jack vayamos por partes… los herejes no pierden su encanto incluso entre los hombres santos.

Los historiadores podrían juzgar la sangrienta historia de Europa por cómo se han celebrado los centenarios del nacimiento de Martín Lutero (Eisleben, Alemania, 1483-1546). Si las conmemoraciones sirven para algo, esta de los 500 años de la Reforma abre un boquete para el encuentro entre las diferentes iglesias cristianas. El concilio Vaticano II sembró en 1962 la semilla del ecumenismo, pero poco se ha avanzado. Al contrario, Juan Pablo II y su ideólogo principal, el cardenal Ratzinger (entonces inquisidor, más tarde Benedicto XVI) agriaron de mala manera el proceso abierto por Juan XXIII. Lo hicieron el año 2000 con la declaración Dominus Iesus sobre la unicidad de la Iglesia católica como única religión verdadera. El documento tenía “expresiones ofensivas para las personas creyentes de otras religiones”, reaccionaron entonces 75 de los mejores teólogos cristianos del momento. Aquel volver a la idea de que “fuera de la Iglesia no hay salvación” (lo proclamó el obispo Cipriano de Cartago, en el siglo III), hirió de muerte el ecumenismo, echando por tierra los logros de varias décadas.

Este viaje de Francisco a Suecia, para asistir en una basílica luterana a la apertura del ‘Año Lutero’, que culminará dentro de un año cuando se cumpla el V Centenario de la Reforma, es todo un símbolo, de manera especial porque quien da el paso por la parte de Roma es nada menos que un jesuita, la congregación que combatió en primera fila aquella reforma tomando incluso un nombre militar (la Compañía de Jesús). “El peor de los herejes”, había sentenciado Roma en el decreto de excomunión. Guerras que se prolongaban a veces por treinta años, torturas, quema de herejes y la división de Europa en varios bandos hace mucho tiempo que son historia. El conflicto fue religioso, pero sobre todo político. Las víctimas fueron los pueblos. Cuius regio, eius religio, es decir, la religión del rey será la religión de su súbditos, fue una manera de sobrevivir cuando las iglesias luteranas se libraron del yugo romano y el poder papal (los pontífices como brutales comandantes militares) fue reemplazado por el de los reyes, no menos totalitarios.

Se discute si Francisco prepara una rehabilitación de Lutero. El Vaticano no podrá levantar la excomunión al fraile agustino (eso solo puede hacerse en vida), pero sí reconocer que las intenciones del famoso fraile no estaban erradas. Francisco habló del tema en el avión de vuelta del viaje a Armenia y ha insistido la semana pasada en una entrevista con La Civiltà Cattolica. Dijo:

“Lutero fue un reformador en un momento difícil y puso la palabra de Dios en manos de los hombres. Tal vez algunos métodos no fueron correctos, pero si leemos la historia vemos que la Iglesia no era un modelo a imitar: había corrupción, mundanismo, el apego a la riqueza y el poder”.

Lutero colmó el vaso de su paciencia el 31 de octubre de 1517 cuando se enteró de que el enviado papal, el predicador dominico Juan Tetzel, estaba vendiendo indulgencias en Wittenberg, donde el monje agustino era profesor de la universidad.

Esa misma noche redactó sus 95 tesis y clavó el manuscrito en la puerta de la catedral local. Wittenberg, a orillas del Elba, era entonces la capital del pequeño ducado de Sajonia, una ciudad próspera gracias al comercio y a sus muchas riquezas mineras. Hoy tiene apenas 50.000 habitantes y vive sobre todo del turismo cultural y religioso que atrae la fama de su huésped más famoso.

Aunque el gran reformador contó más tarde que la conversión le llegó mientras estaba en el retrete del convento.

Según Owen Chadwick, profesor de historia en Cambridge, empezó así su tomo sobre la Reforma:

A principios del siglo XVI, todas las personas importantes dentro de la Iglesia Occidental estaban clamando por reformas. Había corrupción y superstición. Los puestos eclesiásticos se podían comprar y vender. Muchos sacerdotes eran adúlteros, borrachos e ignorantes de las Escrituras. Por eso confesó Maquiavelo: “Nosotros los italianos somos más irreligiosos y corruptos que otros, porque la iglesia y sus representantes nos han dado el peor ejemplo”.

Aquella noche de hace 500 años germinó el segundo gran cisma de la cristiandad, después de la separación en 1054 de católicos y ortodoxos.

Lutero abría, además, nuevas maneras de ver el mundo. La Reforma marcó la historia de Europa y Estados Unidos, y también el devenir de España, que se convirtió en abanderada de la Contrarreforma.

Y de América del Sur donde la iglesia romana impidió toda reforma.

Si la Reforma fue el antecedente necesario de la Ilustración y el comienzo del mundo moderno, la Contrarreforma cierra a España y sus colonias al mundo moderno.

Ocurrió pese a que el emperador Carlos V (y Carlos I de España) fue un protector de Lutero, a quien Roma quería quemar vivo cuanto antes. La escena es famosa. Lutero se presenta frente al joven emperador en la Dieta de Worms (28 de enero de 1521) y mantiene su doctrina con la famosa respuesta:

 “No puedo de otra manera”.

La larga inquina entre el emperador y el papado culminó el 6 de mayo de 1527 con el terrible saqueo de Roma por tropas al mando del duque de Borbón. Durante siglos, los reyes de España fueron más papistas que el Papa para hacerse perdonar aquel episodio de pillaje y muerte en el corazón del Vaticano. Así vio la historia nacional Marcelino Menéndez Pelayo, empezado ya el siglo XX:

 “España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de san Ignacio; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra”.

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Frente al  “No puedo de otra manera” el “no tenemos otra” de los hispanos, no es de extrañar que entre santos y herejes, una de las figuras públicas más reconocidas sea la del caudillo carlista tanto en la península como en estas otras nuevas tierras, por lo pronto -con 95 tesis o no-  al resto de los mortales   -en pleno siglo XXI-   podemos mirar atrás en 500, 1000, 2000 el triste show del circo de los caudillos, los papas, los generales, los reyes, lo mandatarios… ver la celeste esfera en la que todos se desvanecen.

 Perdonará Francisco al mayor de los herejes. Es posible…

 

Las personas del Verbo.

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¿Qué son eso que llamamos las personas del verbo?
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En un primer momento podría pensarse que son únicamente lugares de enunciación, posiciones de discurso que nos permiten hablar. Pero parece claro que su esencia no se agota en ese mero posibilitar. No son, por tanto, meros pronombre. ¿Qué otra cosa son? En pocas palabras, el cobijo de diferentes miradas sobre el mundo. A sabiendas de que pensar es siempre pensar desde algún sitio, las personas del verbo aquí planteadas son diferentes perspectivas sobre la realidad. Se trata de mostrar cómo se ve el mundo –el mundo común, el mundo compartido, el mundo de todos- desde cada uno de esos lugares. Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona, recoge en este ensayo múltiple diferentes perspectivas sobre un mismo tema. Sin caer en discursos autorreflexivos o viciados de individualidad, cada uno de los autores (todos profesionales universitarios del mundo de la filosofía) muestra cómo es visto el mundo (compartido y común) a través de las lentes ofrecidas por el yo, el tú, el él, el nosotros, el vosotros y el ellos. Si bien desde el yo (texto de Fina Birulés) asistimos a cierta rehabilitación de la antigua certeza e indubitabilidad con las que se presentan las vivencias subjetivas (como si el lugar del sentido de las acciones radicara exclusivamente en las vivencias del sujeto), el tú supone una vía que escapa del contumaz individualismo y del en ocasiones gregario comunitarismo. El “pensamiento del tú” aporta al pensamiento contemporáneo una preeminencia de la ética sobre la ontología, es decir, un desplazamiento del saber a partir de la relación ética con un tú (a cargo de Laura Llevadot). La tercera persona, él (Alicia García Ruiz), supone la base de las oraciones impersonales, y por ello, la aspiración a una siempre pretendida objetividad; de ahí que esta persona del verbo se emplee en contribuciones a la filosofía y pensamiento políticos. La historia moderna se ha erigido a partir de un desenraizamiento de sus individuos, o lo que es lo mismo, el hombre no quiere recordar que es imposible decir “yo” sin aludir al mismo tiempo a un nosotros (Marina Garcés), del que no se puede escapar. Actualmente se da un auge de la cooperación, de la ayuda mutua y de la lucha común por la existencia, técnicas que ponen en práctica los individuos más aptos. En cuanto al vosotros (Ángela Lorena Fuster Peiró), supone el reconocimiento de una diferencia y, por tanto, de una distancia. El vosotros depende siempre de un espacio común en el contexto de una conversación o diálogo, donde la presencia de otros conforma el espacio de las relaciones recíprocas. Por último damos con una tierra de nadie, con el ellos (David Gràcia Albareda): una exterioridad que nos constituye y nos complica en un mundo compartido y complejo. Esta obra nos brinda la inapreciable oportunidad de acercarnos al panorama filosófico español, en muchas ocasiones dejado a un lado e incluso denigrado en beneficio de ensayistas y pensadores extranjeros. La publicación de Las personas del verbo (filosófico) muestra la vigencia no sólo de la filosofía en el conjunto de preocupaciones de la sociedad actual, sino la necesidad de crear un entorno de diálogo que fomente el intercambio de posiciones encontradas con el fin de adelantarse un paso a los tiempos que corren, para de este modo anticipar los desamparos que podríamos sufrir frente a esta terrible crisis por la que, casi todos, nos sentimos ya huérfanos en algún sentido por todo aquello que se ha llevado. No se trata tanto de pensar el presente para cambiar un dudoso futuro como de cuestionar las bases sobre las que se asienta nuestro modo de afrontar los acontecimientos que nos afectan y acechan, desde una perspectiva común y global.
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Manuel Cruz  natural de Barcelona es catedrático de filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona y director la colección “Pensamiento”. Autor de alrededor de una veintena de libros y compilador de más de una docena de volúmenes colectivos, de entre sus títulos más recientes (algunos de ellos traducidos a otros idiomas) cabe mencionar: La comprensión del pasado, junto a Daniel Brauer; Las malas pasadas del pasado (Premio Anagrama de Ensayo 2005); Acerca de la dificultad de vivir juntos; Menú degustación y Si de verdad me quisieras… (Premio Espasa de Ensayo 2010). Colaborador habitual en la prensa española y argentina, así como en la cadena SER, dirige la revista Barcelona Metropolis.

El espejismo de Dios.

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Richard Dawkins (Nairobi, 26 de marzo de 1941) no necesita se le presente, detractaores y seguidores lo aborecen y aman por igual. Es una de las caras visibles del neo ateismo mundial. Una voz punzante para con los doctrinarios, esos que ven el diablo en la TV, el Cine, la Internet, la vida…
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Richard Dawkins, es en esencia un hombre de ciencia. 
Etólogo, zoólogo, teórico evolutivo y divulgador científico.  Fue titular de la «cátedra Charles Simonyi de Difusión de la Ciencia» en la Universidad de Oxford hasta el año 2008. Es autor de El gen egoísta, obra publicada en 1976, que popularizó la visión evolutiva enfocada en los genes, y que introdujo los términos meme y memética. En 1982, hizo una contribución original a la ciencia evolutiva con la teoría presentada en su libro El fenotipo extendido, que afirma que los efectos fenotípicos no están limitados al cuerpo de un organismo, sino que pueden extenderse en el ambiente, incluyendo los cuerpos de otros organismos. Desde entonces, su labor divulgadora escrita le ha llevado a colaborar igualmente en otros medios de comunicación, como varios programas televisivos sobre biología evolutiva, creacionismo y religión.
Entonces, Richard Dawkins, el más notable ateo mundial- afirma la irracionalidad de la creencia en Dios y el penoso daño que la religión ha infligido a la sociedad, desde las Cruzadas hasta el 11-S. Con rigor e ingenio examina a Dios en todas sus formas, desde el tirano obsesionado por el sexo del Antiguo Testamento, hasta el más benigno (y aun así ilógico) relojero celestial favorecido por algunos pensadores de la Ilustración. Disecciona los principales argumentos de la religión y demuestra la suprema improbabilidad de un ser supremo. Muestra cómo la religión alienta las guerras, fomenta el fanatismo y el abuso infantil, apuntalando sus ideas con evidencias históricas y contemporáneas. El espejismo de Dios muestra un irresistible tema acerca de que la creencia en Dios no sólo es errónea, sino que es potencialmente mortal.También ofrece una animada introspección de las ventajas del ateísmo para el individuo y la sociedad, gran parte de lo cual es una apreciación más clara y verdadera de las maravillas del universo que la que cualquier creencia pudiera nunca mostrar.

Espiritualidad laica…

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Este libro pretende rescatar para nuestro tiempo la sabiduría humana y espiritual de las grandes tradiciones religiosas en un contexto cultural que se ha tornado inevitablemente laico.
La época en la que vivimos esta atravesada por cambios radicales que afectan a todas las esferas de nuestra vida, incluida la religión. Según el autor, sin embargo, lejos de lamentarnos por la gran crisis de las religiones debemos afrontar el reto de cultivar una espiritualidad creativa, libre de los limites establecidos por creencias y ortodoxias excluyentes. El siglo XX y XXI son de los hijos del fundamentalismo religiosa y las dialecticas excluyentes, a lo que habra de anteponer la espiritualidad de la libertad, el libre intercambio de ideas y experiencias, esa es la idea del libro de Corbí. 
Para ello, hay que releer con coraje y en profundidad las religiones y las tradiciones espirituales en las que nuestros antepasados fundamentaron su calidad humana y espiritual, pues mas que nunca necesitamos también calidad humana y espiritual para orientar nuestro futuro y gestionar de forma sostenible nuestras potentes ciencias y tecnologías.
Exclente lectura para iniciar febrero.
Mariano Corbí Quiñonero (o Marià, cuando firma en catalán) nace en 1932, en Valencia (España) es un epistemólogo español. Ha centrado sus investigaciones en las consecuencias axiológicas de las transformaciones generadas por las sociedades de innovación o post-industriales.
En 1974 cofundó el Instituto Científico Interdisciplinar de Barcelona, en el que fue investigador durante los diez años de vida del mismo. Desde ese mismo año, fue nombrado profesor en la Fundación Vidal y Barraquer (1974-1996), y desde 1981 del Departamento de Ciencias Sociales de ESADE Business School (1981-2001). Apartado ya de las tareas docentes, mantiene su colaboración con ambas instituciones. Desde 1999 dirige el Centro de Estudio de las Tradiciones de Sabiduría, CETR, de Barcelona. A nivel internacional, ha colaborado con distintas instituciones universitarias (en Brasil, México, Colombia, Costa Rica…) participando en jornadas y congresos.
Además de investigar las consecuencias valorales, ideológicas y religiosas de las transformaciones que implican las sociedades de conocimiento e innovación continua, sus trabajos y publicaciones de los últimos años se proponen facilitar un acercamiento a la riqueza de las antiguas tradiciones religiosas que no suponga ni unas creencias, ni unos modos religiosos como se vivieron en el pasado, ni un determinado sistema de organización y comportamiento. Corbí insiste en la necesidad de releer el legado espiritual de la humanidad poniéndolo al servicio del desarrollo de la cualidad humana en las nuevas condiciones culturales.Con este propósito impulsó la creación del Centro de Estudio de las Tradiciones de Sabiduría, que hoy dirige, como un espacio que pudiera favorecer el desarrollo de la calidad humana profunda, aprendiendo del legado del pasado.

Carminum I, 11 («Carpe diem»)

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Carminum I, 11 («Carpe diem»)

No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a mí y a ti, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos cantiles.
No seas loca, filtra tus vinos
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el dia de hoy. Captúralo.
No te fíes del incierto mañana.